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Lo español

Esta casa, ­—o sea, Zenda Libros­—, y el XL Semanal inquirieron hace unas semanas al personal por el escritor que represente mejor “lo español” a juicio de cada cual. Ha pasado tiempo desde entonces, pero no he podido olvidar la cuestión y este domingo, mientras desayunaba campurrianas con chocolate, me dio por preguntarme qué será exactamente “lo español”. ¿Un posible “espíritu”, cómo no, inequívocamente “español”? ¿Una manera de ser? ¿Un estilo? ¿Una actitud? ¿La españolidad en sí misma? ¿La españolez sin más? ¿Españolismo? ¿Quizá la entrañable españolada? ¿La vieja y sólida «Madre España», tan maltratada? ¿O la desvencijada “Hispania Fecunda” que saludara un optimista una vez?

“Ínclitas razas ubérrimas, sangre de Hispania fecunda,
espíritus fraternos, luminosas almas, ¡salve!”

"Así que España empezó siendo el sitio donde se acababan el mar, la ruta y el mundo"

Finalmente, me digo que tal vez “lo español” no sea más que la famosa «piel de toro», aquel lugar que Estrabón dejara establecido y delimitado para la eternidad hace diecisiete siglos con la imagen formidable de una piel de toro extendida de este a oeste, una imagen contundente y gráfica que a estas alturas, me digo también, debiera impedir que nadie pueda llamarse a andana. Por entonces hacía mucho que Hispania e Iberia habían nacido en la percepción de los audaces navegantes del Mediterráneo oriental que habían marchado rumbo a la puesta de sol; iban en pos de sabe Dios qué, un destino, un sueño o simplemente en pos del anhelo más viejo de la Humanidad: el oro. “Iberia” e “Hispania” eran las palabras con las que aquellos locos designaban el sitio que les aguardaba al final del viaje, el jardín de las Hespérides, el litoral después del cual ya no había nada, la costa donde se acababa el mundo, un país vagamente fantástico, un sitio anterior a la Historia que hoy ve uno perfilarse cada vez que se acerca a Denia o Jávea por mar mientras el sol se precipita tras la mole del Montgó, más que montaña señal dejada ahí por Dios para que nadie se pierda. Una marca inconfundible sobre el paisaje para que nadie se engañe nunca.

Cal que pugem al Montgó,
bonica morena.
Cal que vetllem per la nit
i llancem l’engany dins de l’aigua!

Hay que subir al Montgó,
bonita, morena.
¡Hay que subir, velar por la noche
y arrojar el engaño al agua!

Así que España empezó siendo el sitio donde se acababan el mar, la ruta y el mundo. Y el hito que lo anunciaba era el Montgó, avanzadilla de una geografía desvertebrada, carlistona y medio loca entre el Teide y el pico del moro Almanzor, que uno imagina con otros nombres y el mismo perfil, una geografía desparramada entre el Mulhacén y La Maliciosa, entre las Tres Sorores y las Maladetas, entre el Ocejón y el Teleno y entre cualquier sitio y el fantasmal Monte de Cayo que en enero se yergue sobre el valle del Ebro como un catafalco blanco y que, según un sevillano fantasioso, al llegar abril aún tiene la espalda nevada. El Moncayo preside España entre Aragón y Castilla como una muga solitaria, inmaculada e inamovible para que nadie se confunda: si el sol sale por detrás es que está uno en Castilla, pero si lo ve ponerse es que está en Aragón. Y, sobre todo, más cerca del amanecer: no es cuestión baladí estar a un lado o a otro del Moncayo. Todas las mañanas y todas las tardes, y sólo durante unos minutos, es a la vez de día y de noche a lo largo y ancho de esta geografía erizada de cimas: cuando en Menorca se ha puesto el sol y sólo es posible ver con luz eléctrica, en las rías bajas el Divino Febo aún cuelga del cielo y se puede hojear el periódico sin iluminación artificial.

El Montgó, omnipresente entre Denia y Jávea

"Uno visualiza lo español como una sucesión de balizas que indican por dónde sale y se pone el sol, como una sucesión de hitos, de señales que indican caminos, bifurcaciones, valles, ríos, búsquedas y encuentros"

Uno visualiza “lo español” como una sucesión de balizas que indican por dónde sale y se pone el sol, como una sucesión de hitos, de señales que indican caminos, bifurcaciones, valles, ríos, búsquedas y encuentros. Uno visualiza “lo español” como un rosario de abrazos, como un derroche de mugas de ilusión y vida. Y de mucha muerte también. Uno cruza el Camino Real entre Emérita y Tarraco, España entera de este a oeste, o más bien de sudeste a noroeste, y pasado Guadalajara ve en la cima del Ocejón al Empecinado encaramado sobre el valle del Henares. Y unos kilómetros más adelante, el cerro guerrero de Medinaceli con el fantasma de Almanzor vigilando la cabecera del Jalón. Y así puede seguir, seguir y seguir. También puede obviar tanta guerra, tanta sangre y tanto dolor, subirse al cerro del Arcipreste, entre Segovia y Madrid, y en lo alto de la Tablada saludar jovial al mismísimo Juan Ruiz mientras las vaqueras de Cercedilla y Guadarrama persiguen becerros a bordo de sus Land Rover.

En Tablada, la sierra pasada, me encontré con Aldara una madrugada.

Las vaqueras ya no se llaman Aldara, sino Yolanda, Susana o Paloma. En todo caso, “lo español” es decididamente altivo: cuestas que suben, bajan, se empinan, bifurcan, entretejen y, después de siglos de separar, unen. “Lo español” son montañas mágicas que envían ríos al mar o los retienen, que indican caminos, acumulan nieve y señalan, sobre todo, el sitio exacto donde está uno, el sitio por donde sale y se pone el sol.

Per Mallorca ens ix el sol,
bonica morena,

per Mallorca ens ix el sol
i per Castella s’apaga.

Por Mallorca sale el sol,
bonita, morena,
por Mallorca sale el sol
y por Castilla se apaga.

El Moncayo desde Castilla con la cima en la parte izquierda del sector central

Los españoles solemos ignorar que nos hicieron españoles los demás. Hispanioles, el vocablo que, Europa adelante, designa desde mucho antes de que Cristo anduviera por la tierra cuanto llega de más allá de los Trofeos Pompeyanos (no me haga que se lo explique, querido lector, mire la Wiki, no me sea vago) y de más acá de las Columnas de Hércules (“non plus ultra”, ¿recuerda?). Pues no lo olvide, sólo que sin el “non”. ¡Plus ultra! Y sueñe, como Quijano, pero nunca tanto como para dejar de oír a Sancho, el lúcido. “¡Por Dios, mi señor, que no son gigantes!” 

Hi havia una volta un poble
que dormia i que dormia,
bonica morena,
i de tant que va dormir
despert i tot somniava.

Érase una vez un pueblo
que dormía y dormía,
bonita, morena,
y que de tanto como durmió,
despierto y todo soñaba.

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