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Lo que nos hacía libres

Lo que nos hacía libres

El día que conocí a Luis Aguilé

Me llama un joven periodista, probablemente recién incorporado a la redacción, para pedirme unas declaraciones acerca de un tema que no viene al caso y que devienen en una conversación entre caótica y pintoresca de la que deduzco que alguien facilitó mi teléfono al pobre chico sin molestarse en explicarle nada sobre mí. La circunstancia me divierte porque quienes hemos estado al otro lado de la trinchera sabemos bien de los avatares por los que antes o después tenemos que pasar los redactores primerizos y guardamos en la mochila un arsenal de anécdotas que unas veces ocultamos por pudor y otras soltamos de buenas a primeras, como si periódicamente necesitásemos exorcizarnos para recordar que hubo un tiempo en el que vivimos permanentemente expuestos al ridículo. La breve charla me trae a la memoria una tarde de hace poco más de veinte años —sucedió en el verano de 2002—, cuando trabajaba de becario en el mismo periódico en el que ahora está este chico. Era julio y visitaba Gijón el cantante Luis Aguilé para ofrecer un concierto en una sala de fiestas que ni siquiera sé si sigue existiendo. A su edad y con su trayectoria, había alcanzado un estatus a medio camino entre el clásico vivo y la vieja gloria, y nuestro director, con buen criterio, entendió que había que entrevistarlo. Envió allí a una compañera —becaria como yo— que cumplimentó el encargo aquella misma mañana y lo dejó escrito en la página en la que yo insertaría a la tarde otra entrevista que tenía que hacer a no recuerdo quién —puede que fuera Concha Velasco, me parece que el leit motiv que emparentaba ambas piezas era su carácter yeyé—. Mi compañera contó al regresar que el periódico rival había enviado a entrevistar a Aguilé a uno de sus redactores veteranos y a nuestro director se le puso la mosca tras la oreja: si en vez de a un becario, como era lo acostumbrado, los de la competencia encomendaban la cuestión a un profesional avezado, es que algún misterio había. La cosa, en principio, quedó ahí. Avanzaron las horas y estaba próximo el cierre cuando el director salió del despacho hecho un manojo de nervios. Estaba viendo en televisión —solía tenerla siempre encendida en su cubículo mientras trabajaba— una entrevista en directo con Luis Aguilé en la cadena local, y el cantante acababa de contar que, en su niñez, había conocido a Eva Duarte de Perón, de cuya muerte se cumplía medio siglo en aquella misma fecha. Dio por hecho que el otro periódico había centrado su conversación con él en ese tema —y de ahí que se la hubiese encargado a una de sus plumas más reconocibles— y decidió que nosotros no podíamos quedarnos atrás. Como mi compañera ya se había ido, y de los pocos que quedábamos en la redacción yo era el que menos falta hacía, me pidió que subiera a toda mecha al primer taxi que encontrara para ir a los estudios de la cadena de televisión y entrevistar de nuevo a Aguilé, centrando el cuestionario en la figura de quien fuera primera dama argentina. Cuando llegué a las puertas del plató y los encargados de producción me indicaron que debía esperar unos minutos, mi humor no se encontraba en sus mejores momentos: no había tenido tiempo de documentarme, apenas sabía nada de Luis Aguilé —más allá de algún estribillo que sonaba en los bares donde pasaba algunas noches— y tampoco le veía el sentido a aquella suerte de entrevista exprés que estaba a punto de hacer. El pobre Aguilé me recibió sonriente y agradecido, acaso también con cierta sorpresa por el interés que despertaba en aquella ciudad del norte en la que debía de llevar ya un buen puñado de comparecencias, y su rostro pasó del alborozo a la estupefacción —él no sabía que el periódico para el que yo trabajaba era uno de los que ya lo había entrevistado aquella mañana— cuando empezó a ver que todas mis preguntas orbitaban en torno a Evita Perón y ninguna en torno a su propia figura. Le planteé tres o cuatro cuestiones, las que me vinieron a la cabeza en el momento, y después le di las gracias. «¿Pero no me querés preguntar nada de mí, de mis canciones, del concierto que vengo a dar acá?», me preguntó. Podía haber sido más cortés o más compasivo, pude fingir y alargar aquel momento para que el hombre se sintiera mínimamente congratulado, pero yo era demasiado joven para tener en cuenta esas delicadezas, se estaba haciendo cada vez más tarde y aún tenía que rehacer toda una página con aquellas pocas frases con las que había recordado para mí cómo, siendo niño, había llegado a cantar en un coro para Evita y que obtuvo de ésta una caricia en la cabeza y un par de piropos hacia su virtuosismo incipiente. Así que, en vez de hacerle un par de preguntas más por mero formalismo, aunque no tuviese la menor intención de incluirlas en mi artículo, me limité a responder: «No, con esto basta, gracias otra vez», y me fui en busca del taxi que me aguardaba en la calle. Acabábamos de arrancar cuando el conductor me hizo ver que había un hombre haciendo señas desde la puerta del estudio. Le pedí que frenara. El tipo en cuestión se acercó y resultó ser el propio Aguilé, que traía en la mano dos entradas que me brindó a través de la ventanilla: «Para que vengás con tu novia, si querés». Le agradecí el detalle y el coche arrancó de nuevo. Tras avanzar unos pocos metros, nos volvimos a detener en un semáforo. El taxista, un hombre entrado en años, me miró de reojo. «¿Ese señor era Luis Aguilé?» Asentí y dijo: «A mi mujer y a mí nos encantaba». Nos pusimos otra vez en marcha, yo miré las entradas para aquel concierto al que no pensaba ir y en el siguiente semáforo se las regalé. No me cobró la carrera. Me gusta pensar que fue con su mujer y que los dos se lo pasaron bien. Cuando hace unos años, en Buenos Aires, me encontré con el nombre de Luis Aguilé inscrito en una baldosa de la calle Corrientes, me detuve un momento a ofrecerle unas disculpas algo avergonzadas y le conté que aquel periodista apresurado y desabrido con el que se tropezó en una tarde de verano había realizado, pese a todo, una buena acción gracias él.

La vida al pasar 

"Me pregunto en qué momento dejaron de aparecer en el buzón las cartas, cuándo dimos por amortizado nuestro hábito de escribirnos correos electrónicos"

Toda vida deja tras de sí unos cuantos cabos sueltos que no podemos anudar. De esa certeza nacen Tinta simpática, la última novela de Modiano, y Paez que nun foi ayeri, el cómic con el que Ángel de la Calle obtuvo el Alfonso Iglesias y que es en realidad la primera parte de una obra de más envergadura y, por lo tanto, un cabo suelto en sí misma. Acostumbran esos hilos olvidados a tener nombres propios y se dividen en dos clases que no sólo parecen antagónicas, sino que también lo son: aquellos con los que nos cruzamos de manera fugaz y atropellada, esos que tratamos o mencionamos durante un breve tiempo, por necesidad o por obligación, y los que designaron a personas con las que sí tuvimos relación y trato frecuente y de las que nos fuimos separando por razones que o bien no recordamos o bien juzgamos hoy incomprensibles. Son abrumadora mayoría los primeros: hombres y mujeres a los que nos tuvimos que dirigir en alguna negociación, o con los que compartimos pupitre o puesto de trabajo, o que coincidían con nosotros en aquella cafetería a la que tanto acudimos en un periodo determinado, y que se desvanecen en cuanto abandonamos o sustituimos las rutinas que propiciaron su irrupción; sombras difusas que se convierten en siluetas inacabadas con el paso de los años, rostros medio disueltos por las brumas del desinterés que sólo aparecen esporádicamente, cada vez que en el duermevela nos da por regresar a aquella etapa de nuestra biografía o si una noticia del periódico, una esquela, una conversación cazada al vuelo en un paseo o en un restaurante, nos devuelven la imagen borrosa de esa persona que una vez tuvimos cerca y que seguramente también nos haya convertido en una anécdota intrascendente de su pasado. El otro grupo es más restringido, y quizá por eso su evocación mueva más a la melancolía. Se trata de las compañías que fueron firmes e inquebrantables y que o bien se fueron distanciando poco a poco o bien tuvieron que ver cómo éramos nosotros quienes nos alejábamos de ellas, casi siempre por designios del azar y no por simple determinación. Me acuerdo a veces de algunos viejos amigos con los que conviví casi a diario durante mucho tiempo y de los que hace mucho que no sé apenas nada, en algún caso ni siquiera puedo asegurar que sigan vivos. Me pregunto en qué momento dejaron de aparecer en el buzón las cartas, cuándo dimos por amortizado nuestro hábito de escribirnos correos electrónicos para mantenernos al tanto de nuestras andanzas respectivas, y no encuentro una respuesta concluyente o satisfactoria: ocurrió, sin más, igual que ocurren tantas cosas que uno no espera y que terminan resultando decisivas, y seguramente esté bien que así fuera. La vida no es un crucigrama, ni obedecen sus idas y venidas a un manual de instrucciones, y puede que la mejor manera de recorrerla consista en dejarse sorprender por sus designios y permitir que sus corrientes nos vayan llevando plácidamente hacia la orilla.

El valor de los niños

"A medida que nos hacemos mayores y entramos en ese territorio de arenas movedizas que es la adolescencia para llegar después a la edad adulta, dejamos de interpretar la vida como un juego"

Se hizo famosa una máxima que Leopoldo María Panero pronunciaba en El desencanto, aquel documental de Jaime Chávarri en el que despotricaba, junto a sus hermanos, del legado familiar: «En la infancia se vive, después de sobrevive». Somos una especie rara, los humanos. En la niñez, el periodo vital en el que somos más vulnerables y en el que más razones tenemos para sentirnos así, hacemos gala de una valentía o un arrojo que se nos van diluyendo con el paso de los años hasta terminar convirtiéndonos en criaturas cautelosas, asustadas por cualquier eventualidad que no hayamos previsto a tiempo, a veces incluso mezquinas o cobardes, o timoratas, o en exceso susceptibles. A medida que nos hacemos mayores y entramos en ese territorio de arenas movedizas que es la adolescencia para llegar después a la edad adulta, dejamos de interpretar la vida como un juego —y olvidamos, de paso, que los juegos son una cosa muy seria— y sustituimos las rayuelas que pintábamos con tiza en los adoquines de las calles por el fino alambre que nosotros mismos fabricamos y sobre el que caminamos con docilidad y a tientas, tratando por todos los medios de mantener un equilibrio que, a la hora de la verdad, no garantiza gran cosa. Una persona muy querida me decía el otro día que los niños, antes de aprender nada, ya lo saben todo. Me pregunto a veces si entonces no nos pasaremos la vida desaprendiendo lo que nos hacía libres.

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Josey Wales
Josey Wales
2 meses hace

Aunque es de la generación de mis padres, me gustaba mucho Luis Aguilé, cuya música conocí por la versión de ‘La chatunga» que hizo Dr. Explosion. Lo vi de cerca, ya muy mayor, y parecía una persona agradable y nada arrogante.