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Lo que se sabe sentir se sabe decir

Lo que se sabe sentir se sabe decir

Más de medio millar de páginas en estos tiempos que corren, de tanto apremio y de tanta prisa, aunque ahora amortiguada por el mal que nos azota, parecen muchas páginas. Sólo que cuando el texto está excelentemente escrito, amén de entretenido, y el estilo resulta claro, vigoroso, preciso, esmerado, sin excesivos adornos y elocuencia sólo la justa, uno avanza al galope, disfrutando de lo que lee y aprendiendo de lo que escucha por boca de quienes hablan: desde Cervantes hasta Quevedo, desde Ramón Gómez de la Serna hasta el otro Ramón, el escritor y pintor murciano Gaya, que son algunos de los muchos nombres que aquí se dan cita. De ese modo, el camino resulta mucho más liviano y, al final, como todo buen viaje, se nos antoja breve.

En alguna parte, Baroja —otro de los autores a los que Trapiello, con buen criterio, sitúa en butaca y primera fila en el desarrollo de este volumen— dejó escrito que la amenidad nunca se sabe de dónde proviene. “A veces —insiste el escritor vasco, cuya conocida foto del húngaro Nicolás Muller, paseando por el Retiro, se plasma en estas páginas— parece que es el fondo lo que la trae; a veces se piensa que es sólo el tono y el estilo”.

"Madrid es, sin duda alguna, uno de los mejores libros escritos por Andrés Trapiello; y, acaso, habría que pensar en ir considerándolo entre los mejores en lo que va de siglo XXI en España"

Sea como fuere, Andrés Trapiello utiliza todos los elementos necesarios que hay a su alcance —incluido, cómo no, el humor, a veces fino, en ocasiones solanesco, como cuando se refiere a un Cristo cuya cabellera “parece que han ido a buscarla a un cementerio”— para que el interés de su obra no decaiga en ningún instante. Cuando le viene bien, con capítulos cortos, repletos de anécdotas, con divertidos pasajes autobiográficos con los que a veces se identifica el lector. O con el empleo de grabados, mapas, postales y fotografías de los mejores retratistas (Cualladó, Catalá-Roca, Nieto o Alfonso), que apuntaron con su objetivo al pastelón de Madrid. O con las referencias a la capital de España de autores ineludibles como Gutiérrez-Solana, Larra (“el suicida más famoso de la literatura española”), Mesonero, Bergamín o Galdós, quien, como señala Trapiello, “nos ha descrito esas calles madrileñas del XIX como nadie lo ha hecho jamás”, con lo que difícilmente podríamos entender Madrid sin la mirada del escritor canario. De este último, del autor de Fortunata y Jacinta, novela tan madrileña, Trapiello asegura que “ponía buen cuidado en detallarnos todas y cada una de las calles en las que sus protagonistas vivían, por las que pasaban, donde se ubicaban los principales negocios, talleres, cafés, instituciones”.

Madrid es, sin duda alguna, uno de los mejores libros escritos por Andrés Trapiello; y, acaso, habría que pensar en ir considerándolo entre los mejores en lo que va de siglo XXI en España. Es, en resumidas cuentas, una obra escrita a base de memoria (“Felizmente —decía Larra— la memoria no se puede prohibir”) y, sobre todo, de mucha inteligencia para saber seleccionar el material y saber distraer al lector con todas estas historias. Observamos, una vez más, a un Trapiello valiente —el mismo, ni menos ni más, que el de la serie Salón de pasos perdidos—, “ni envidiado ni envidioso”, que llama a las cosas por su nombre, sin pensar en el qué dirán ni atenerse a lo políticamente correcto. Así sucede, por ejemplo, cuando se refiere a ciertos pintores y escritores que se aprovecharon de su nombre para llevar a cabo ciertas tropelías, a algunos museos de la ciudad de Madrid que no merecen la fama que les preceden o a otros asuntos más cercanos a nosotros, como la tan traída y llevada “Movida madrileña” que, según nuestro autor, es “lo más parecido a la espuma que viene detrás del corcho en la botella de champán”.

"Con esta obra lleva a cabo un acto de generosidad devolviendo lo aprendido no ya como estaba, sino enriquecido"

Andrés Trapiello demuestra, una vez más, que ha leído mucho. Y lo que es mejor aún: que ha entendido y asimilado lo que ha leído, hasta convertirlo en valioso material de su propia cosecha. Con esta obra lleva a cabo un acto de generosidad devolviendo lo aprendido no ya como estaba, sino enriquecido, con una sabia mezcla de lo propio y lo ajeno, con frases tan agudas y originales como aquella, incluida en el capítulo dedicado al Romanticismo, en la que dice que “lo nuevo es nuevo porque nos enseña a descubrir lo nuevo en lo viejo”. Gómez de la Serna se hubiera sentido complacido al escuchar de boca de Trapiello que los confesionarios “parecen cabinas góticas de teléfono”. El secreto de tanta inspiración es bien sencillo, y Cervantes se lo pone en bandeja: “Lo que se sabe sentir se sabe decir”.

Buscando la verdadera esencia de Madrid, esa urbe estrepitosa y bizarra, fascinante y campesina en donde aún se hacen los mejores calamares fritos de España, Andrés Trapiello se encuentra a sí mismo, y pone en pie toda una historia —a veces algo cruel, en otras ocasiones repleta de dulzura— que se inicia un cinco de mayo de 1971, siendo un crío aún imberbe, flaco y pálido, con el pelo negro y gafas de pasta también negra, pantalones de campana y unos zapatos viejos y sucios. Ese lejano día llega no a Comala en busca de su padre, un tal Pedro Páramo, sino a la capital del reino para averiguar el paradero de una muchacha por la que estaba dispuesto, incluso, a dar la vida.

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Título: Madrid. Autor: Andrés Trapiello. Editorial: Destino. Venta: Todostuslibros y Amazon.

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