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Lo raro era vivir

Hace veinte años que se mantiene la nubosidad fija sobre el 43 de Doctor Esquerdo. La inquilina más ilustre de ese inmueble, la mujer de pelo plateado que habitaba un piso alto por cuyo pasillo cobraban corporeidad las ausencias, emprendió el viaje del que nadie vuelve cuando estaba a punto de caramelo el fin de siglo. Se apagó su sonrisa de niña pícara, se quedó sin anclaje su vieja boina de resistente y los árboles del Retiro comenzaron a extrañar los pasos perdidos de quien tanto alivió con su compañía las horas de soledad a las que la abocó una vida que fue excepcional en lo bueno y en lo malo: en su afán de transgredir las normas para elevar su criterio y su vocación por encima de las convenciones que marcaban el paso de su época, pero también en su capacidad para sobreponerse a las dificultades que el devenir fue poniendo en su camino y colocar en ellas los cimientos sobre los que se fue elevando una obra tan singular como reivindicable.

El primer obstáculo se le presentó bien pronto. La guerra civil le impidió iniciar el bachillerato en el Instituto-Escuela de Madrid y tuvo que permanecer en la levítica Salamanca, donde su progenitor se había ocupado de educarla por libre para evitar a las rigideces de la educación religiosa. Pero como si el mismo destino se esforzara por equilibrar las cosas, en aquel Instituto Femenino que se alzaba junto a las orillas del Tormes acabó siendo alumna de Rafael Lapesa y Salvador Fernández Ramírez, que estimularon su gusto por las letras. El ingreso en la misma universidad en la que habían enseñado Fray Luis, Nebrija o Unamuno le permitió compartir pupitre con compañeros como Ignacio Aldecoa y Agustín García Calvo, con quienes estableció una complicidad que en el primer caso terminaría siendo crucial para su futuro. Fue aquélla una época importante: obtuvo una beca para pasar un verano en Coímbra, pudo ampliar estudios en el Collège International de Cannes y al regresar a España tuvo la idea de asentarse en Madrid para preparar allí una tesis doctoral sobre los cancioneros galaico-portugueses, un tema en el que arraigaban ciertas querencias contraídas durante su estancia en Portugal y la ascendencia gallega de sus abuelos maternos.

Escultura de Carmen Martín Gaite en Salamanca.

Pero el mayor regalo que le brindó la capital de España fue un reencuentro. En las calles madrileñas recuperó a Ignacio Aldecoa, que ya había publicado su primer poemario y se había rodeado de un grupo de personas que estaban llamadas a marcar la literatura española de la década de 1950. Entre ellas figuraban Jesús Fernández Santos, Alfonso Sastre, Josefina Rodríguez Álvarez, Carlos Edmundo de Ory o Rafael Sánchez Ferlosio. Martín Gaite fue abandonando sus pretensiones doctorales y empezó a publicar artículos y cuentos en revistas. Cuando contrajo matrimonio con Ferlosio, viajó con él a Italia y regresó de allí cargada con las influencias de Pavese o Ginzburg. Se sucedieron, muy pronto, venturas y desdichas: en la primavera de 1954 ganó el premio Café Gijón con su primera novela, El balneario, y en octubre de ese mismo año nació su primer hijo, que moriría siete meses después a causa de una meningitis. El pesar acabaría trasladándose a su prosa y se anudaría con los recuerdos de su etapa de bachiller en Salamanca para inspirar la que fue su obra de consagración, Entre visillos. Con ella obtuvo el Nadal y comenzó a encumbrarse, por más que al vértigo de la gloria lo ensombreciera el regusto amargo de la desdicha.

Quizá en esa fuerza con que la sinrazón de la realidad deslucía los brillos de la ficción estuvieron las razones de su dedicación, durante la década siguiente, a la escritura ensayística. Más de diez años permaneció alejada de las novelas y los cuentos —ese periodo abarca el paréntesis abierto entre Ritmo lento (1963, finalista del Biblioteca Breve) y Retahílas (1974)— porque prefirió volcarse en los estudios históricos y la conclusión de su tesis doctoral, que tituló Lenguaje y estilo amorosos en los textos del siglo XVIII español y acabó leyendo el 11 de junio de 1972. Ya se había divorciado por aquel entonces de Ferlosio y compartía vivienda con su hija Marta, que moriría en 1985, con sólo veintinueve años, a consecuencia del SIDA. Acababa de iniciarse en la literatura juvenil —El castillo de las tres murallas y El pastel del diablo datan de 1981 y 1985, respectivamente— y el destino le arrebataba a quien había sido su principal fuente de inspiración en aquellas incursiones que aún darían piezas tan sublimes como Caperucita en Manhattan (1990). Fue una pérdida que heló su corazón, según dejó escrito ella misma, y al mismo tiempo impulsó su instinto superviviente para llevarla hasta los escalones más altos de su carrera. Carmen Martín Gaite parecía condenada a que sus triunfos profesionales coincidieran con desgracias íntimas e irreversibles, pero en vez de dejarse abatir por las segundas las convirtió en el combustible que imprimió fuerza a su etapa más esplendorosa. Obtuvo el Príncipe de Asturias de las Letras en 1988 y el Premio Nacional en 1994. Fue Medalla de Oro del Círculo de Bellas Artes en 1997 y arrojó en esos años, que encarrilaban ya el tramo final de su vida, algunos de los títulos que más celebraron la crítica y los lectores.

A Carmen Martín Gaite, que se obstinó en ser el reverso bondadoso de la Reina de las Nieves, le diagnosticaron al comenzar el 2000 un cáncer que terminaría con su vida el 23 de julio de ese mismo año, cuando las arboledas del Retiro regalaban sus mejores sombras a un Madrid transformado en el mismo mar desierto de todos los veranos. Estando como estaba en la cima de su carrera, no permitió que esa última andanada la apeara de su sonrisa impenitente ni la obligara a claudicar de sus paseos por los parques. Dos años antes había publicado la que fue su última novela, que tituló Irse de casa como si involuntariamente anticipase su propia despedida. En un papelito suelto que alguien encontró entre los cuadernos que almacenaba en aquel piso alto del 43 de Doctor Esquerdo, ella misma había escrito: «No sé dónde estaré enterrada, pero estaré en un sitio desde el que no pueda hablar, y los que vienen a llorarme no pueden hablar por mí. Hablo ahora pensando que si hay algo seguro es que eso va a pasarme.» Fue tan grande que siempre tuvo clara la única verdad insoslayable: lo raro era vivir.

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