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Looking for Paddy (V): Historia de unas pantuflas por el camino de Teseo

Looking for Paddy (V): Historia de unas pantuflas por el camino de Teseo

Desde Inglaterra y sobre el mapa todo parecía sencillo; comería langostas en Ástaco, navegaría un corto trecho de mar para arribar a Missolonghi y una vez allí, sería relativamente fácil llegar hasta el tesoro. Unas cuantas conversaciones, algunas monedas y tantos ouzas como fuese necesario y Grecia volvería a ser para Paddy aquel lugar de su juventud; una promesa cercana y ruidosa de amigos, mujeres y aventuras.

Pero tras un tortuoso viaje, Fermor descubre desilusionado que en Ástaco, el pueblo más al sur de Roumeli, con la silueta de Ítaca desdibujada en el ocaso, no había langostas desde hacía siglos. No había nada. “Hay ciudades en fase de transición que ya no saben distinguir entre lo bello y lo repugnante”, diría, antes de partir para siempre de aquel lugar desolado. Afortunadamente el mar limpia casi todas las desilusiones y Missolongui se iba ya perfilando en la proa como una pequeña Venecia en mitad de un paisaje de orillas encenagadas, salinas planas y laberintos de mimbres para el pescado.

"Entonces el sueño de aventura comenzó a derretirse bajo el sol implacable del mediodía dando paso a la pesadilla"

Al saltar a tierra y buscar en su mochila descubrió que había olvidado la carta del griego que poseía los zapatos de Byron. “No es posible que haya podido olvidar también su nombre”, se recriminó. Pero lo había olvidado por completo. Entonces el sueño de aventura comenzó a derretirse bajo el sol implacable del mediodía dando paso a la pesadilla. La única solución era hacer que el pueblo al completo supiese que él estaba allí y que buscaba a un hombre que guardaba desde hacía años aquella singular pertenencia.

Se puso manos a la obra: preguntó en la oficina de Correos a todos y cada uno de los funcionarios; en el Ayuntamiento habló con el alcalde, que le enseñó el pequeño museo dedicado a Byron con algunas cartas, grabados y fotos, pero sin rastro de zapatos ni nada que se le pareciera. Entró en las principales iglesias interrogando a los curas, en las sucursales bancarias a los directores, en los bares a los silenciosos parroquianos que miraban al inglés con desconfianza; preguntó incluso a desconocidos que, en su desesperación y de forma aleatoria, asaltaba por la calle. Las palabras “Ta papoutsia tou Lórdou Vyrónou” canturreaban por toda la ciudad sin resultado.

Lord Byron con traje albanés

Lord Byron

Lady Wentworh

Desesperado, y cuando aquella lluviosa tarde en casa de Lady Wentword comenzaba a diluirse en la irrealidad de un sueño, apareció una guapa muchacha:

“¿Es usted el inglés que busca al dueño de los zapatos de Lord Byron? Es mi tío, sígame”.

El tío era un griego grande y robusto, que en realidad había recibido el preciado objeto por puro azar, pues el verdadero heredero de aquellos zapatos había sido un muchacho griego que había estado junto a Byron durante sus últimos meses de vida en Missolonghi, acompañándolo en una de las aficiones del poeta: la pesca de patos en la laguna. Qué curiosa coincidencia; los mismos tristes pasos y la misma afición que la de otro escritor, Hemingway, quien más de cien años después, iría a despedirse de su vida al extremo de este mismo mar, en la laguna de Venecia, tan amada por el bardo inglés, escribiendo con cierta melancolía byroniana su más hermosa novela, “Al otro lado del río y bajo los árboles”.

"El silencio reverencial bajo la vieja lámpara invitaba a la imaginación y Paddy no pudo evitar evocar el retrato de Byron con elegante atuendo griego y unas hermosas tsarouchias"

Tal vez ambos escritores, unidos por la geometría sin tiempo de los que van a morir, intuían en el húmedo amanecer, al cobrar sus piezas, que la Parca rondaba sus barcas esperando paciente el momento propicio de cobrar las suyas.

“Aquel muchacho griego guardó los zapatos como una reliquia sagrada y cuando murió se los cedió a su hija, monja en un convento de Jerusalén que, ya anciana, a su vez, me los entregó a mí en agradecimiento por haberla cuidado en su vejez”, contaba emocionado el robusto y afable desconocido abriendo con parsimonia la bolsa de lona que envolvía aquel tesoro.

Hemingway

El silencio reverencial bajo la vieja lámpara invitaba a la imaginación y Paddy no pudo evitar evocar el retrato de Byron con elegante atuendo griego y unas hermosas tsarouchias, esos pesados zapatos de montaña terminados en pico de suela claveteada, con llamativos adornos de terciopelo. Pero muy lejos de aquella imagen marcial, a la luz de la mortecina bombilla, el endeble trofeo se mostraba por fin en su más cruda realidad; no eran zapatos, sino un par de pantuflas descoloridas de piel marroquí con las puntas curvadas hacia arriba al modo oriental:

“Recordaban a las pantuflas que un dandy de la época de la regencia podía haber comprado en las arcadas de Burlington, o en alguna zapatería o tienda de confección masculina de las galerías de Génova y Venecia”.

Zapato de Lord Byron

Un tanto decepcionado, Paddy tomó aquellos trozos de cuero entre las manos sin saber muy bien qué hacer, dándoles la vuelta. Fue entonces, rozando con los dedos aquella delgada superficie sucia, cuando de repente saltó toda la emoción que había arrastrado el viajero hasta allí desde Sussex e incluso mucho antes, desde aquellos días de su juventud en los que leía a escondidas, en las horas perdidas de clase, «La peregrinación de Childe Harold», cuyos largos fragmentos memorizados fueron a veces su única compañía en la noche negra de los bosques, los castillos silenciosos y el agua helada de los ríos que cruzaban Europa.

Así lo contó:

“Las partes gastadas de las suelas eran diferentes en cada pie. Las de la izquierda eran normales, las de la derecha mostraban un dibujo distinto, particularmente en la zona del arco del pie[…] Esas humildes reliquias eran punzantes y conmovedoras en grado extremo, como si Lord Byron hubiese entrado renqueando en la penumbra de la habitación”.

"La emoción de esta extraño encuentro se repetiría en Roumeli, su famoso libro de viajes por el norte de Grecia"

La cojera del poeta, como un retazo de vida radiografiada en el cuero, devolvió la luz a aquellos negros días griegos. Paddy entregó las pantuflas al desconocido, quien confesó con los ojos humedecidos su desesperanza ante la idea de tener que renunciar a aquella reliquia, cuyo destino era ser el regalo de bodas de su sobrina, para que así pudiese pasar a través de las generaciones de griegos que durante siglos recordarán, vivirán y amarán pisando la tierra donde descansa el bardo.

Sir Paddy Leigh Fermor miró el rostro bellísimo, casi aniñado, de la joven sobrina. Qué mejor sitio y qué mejor destino.

Se despidió del emocionado griego con un fuerte abrazo y siguió su camino hacia Mani, renunciando feliz a la devolución de las pantuflas. De esta aventura, Paddy escribiría un largo artículo para el New Yorker titulado Byron´s Shoes. La emoción de esta extraño encuentro se repetiría en Roumeli, su famoso libro de viajes por el norte de Grecia.

Where Lord_Byron died. (Missolonghi, Greece,1888)

Missolonghi

Ariadne (John William Waterhouse, 1898)

Corinto quedó atrás. Hace calor y el camino a Lemonodasos es largo. El paisaje, extenso y dorado, se vuelca en un falso infinito que recorta con suavidad el Golfo Sarónico. Bajo las ventanillas para sentir el aire cálido. El mismo, pienso, que acarició el rostro atezado de Teseo, que hubo de caminar sobre esta tierra que recorro a 80 kms/hora para cumplir la imposición de unos sagrados trabajos. Menos conocidos que los de su primo Hércules, los Seis Trabajos del héroe ateniense son contados, entre otros, por Pausanias y Plutarco, y tenían como finalidad limpiar de indeseables criaturas el camino que iba desde el Peloponeso al Ática. Sólo la última empresa la hubo de realizar fuera de esta tierra, en la cercana Creta, donde al igual que Paddy durante la Segunda Guerra Mundial, Teseo tendría que aniquilar a la bestia.

"Miro el horizonte y sonrío con tristeza. Teseo no la abandonó, sencillamente, la olvidó como el que olvida una concha de nácar en la orilla"

Con el tiempo hemos sabido que la crueldad de un general de las SS puede ser compatible con la exquisita educación en lenguas clásicas, y que asimismo, el minotauro encerrado en el laberinto, cansado de vivir su monstruosa soledad, cuando divisó la espada letal del héroe, apenas se defendió.

Esa aventura cretense acarrearía gloria y desgracia a Teseo; sería rey de Atenas, sí, pero a un alto precio: el suicidio de su padre amado, el suicidio de su esposa Fedra y sobre todo, el abandono y asesinato de la princesa Ariadna, la verdadera heroína de la historia de Creta, pues es ella quien lo guía por el laberinto con la audacia de un ovillo, traiciona a su padre, desprecia a su madre, asesina a su hermanastro y renuncia a su hermana y su patria por amor al héroe.

Artículo de Paddy sobre el zapato de Byron.

Algunos dicen de Teseo que era un rey pacificador; otros, como mi admirado Roberto Calasso no lo tienen tan claro:

“Teseo no es cruel porque abandone a Ariadna. Su crueldad se confundiría entonces con la de muchos. Teseo es cruel porque abandona a Ariadna en la isla de Naxos. No en la casa donde ha nacido, y menos aún en la casa donde se esperaba ser acogido, y ni siquiera en un lugar intermedio. Es una playa, batida por olas ensordecedoras, un lugar abstracto al que solo acuden las algas. Es la isla que nadie habita, el lugar de la obsesión circular, del que no hay salida. Todo ostenta la muerte. Es un lugar del alma».

Miro el horizonte y sonrío con tristeza. Teseo no la abandonó, sencillamente, la olvidó como el que olvida una concha de nácar en la orilla. Creo conocer la sensación de la fría arena de Naxos bajo los pies.  Acelero como queriendo alejarme de este lugar y esos pensamientos poniendo rumbo a Lemonodasos, el Jardín de los limoneros, ese lugar recóndito como una isla donde Paddy y Balasha se amaron con dulce pasión aquel largo y cálido verano.

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Capítulo I: Atenas. Una habitación con vistas

Capítulo II: Tabernas, amigos y una princesa

Capítulo III: Atenas era una fiesta

Capítulo IV: El canal de Corinto y la muerte de Lord Byron

Próxima semana: ¡Galatas, Lemonodasos! 

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