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‘Lord Jim’: Una piedra del tamaño del Patna

‘Lord Jim’: Una piedra del tamaño del Patna

Esta es una historia escrita por Joseph Conrad en 1899, publicada por primera vez por entregas en la Blackwood’s Magazine, y en la que, según nos cuenta el capitán Charles Marlow, un barco remonta río arriba hasta llegar a un remoto lugar de la jungla donde un hombre blanco trata brutalmente a algunos nativos. No, no es El corazón de las tinieblas, aunque comparta con ella todos estos detalles. Como es bien sabido, Józef Konrad Korzeniowski, nacido en lo que entonces era Rusia y ahora Ucrania de padres polacos, no aprendió inglés, su cuarto idioma, hasta pasados los veinte años, pero varias de sus obras retratan sin misericordia y en esa misma lengua las tribulaciones del espíritu humano durante el apogeo del imperio británico, tras haber experimentado el colonialismo blanco en Asia y África de primera mano. Jim es una de sus creaciones más logradas: un marino inglés fuerte, alto y rubio que comienza el relato con sueños de porvenires gloriosos y lo acaba habiendo visto y vivido cosas que no creeríais. La película rodada en 1965, segunda versión hecha para la pantalla, nunca ha recibido críticas particularmente buenas, pero si se ve sin los prejuicios del tener que servir a un texto considerado como, al menos, de los mejores de su tiempo, contiene mucho y bueno que apreciar.

[Aviso de destripes en todo el texto]

La naturaleza del corazón humano, especialmente en tiempos tempestuosos, es el leit motiv de la película. Jim, en la novela hijo de un apacible párroco, se nos presenta como un joven apuesto y soñador, al principio de su carrera como marino, «del tipo de los que yo querría en la cubierta de mi barco», según nos relata Marlow. Atraído hacia el mar inicialmente desde sus lecturas de pequeño, por esa «magnífica incertidumbre» que provoca «una bella avaricia de aventura y misterio», sin embargo Jim se encierra a bordo en su propio mundo de fantasía, imaginando que rescata a una guapa joven de una balsa o que salva a su capitán de un motín. La película lo refleja con los azulísimos ojos de Peter O’Toole congelados y ensimismados en la media distancia, mientras la otra mitad de la pantalla refleja lo que él piensa y Marlow nos narra.

Pronto le llega a Jim el momento de demostrar su valía. Sin embargo, esto no ocurre como se lo había imaginado: no es rescatar a la bella, o salvar a su superior, o derribar un mástil durante un huracán. Se trata de hundirse con su barco. Se trata de acabar con tu propia vida antes de que tu potencial haya podido siquiera demostrar algo. Y todo en servicio de unos peregrinos musulmanes camino de La Meca en el SS Patna, que tras una tormenta corre peligro de hundimiento en medio del Índico. El capitán y otros dos tripulantes, presa del pánico, reparan en que el buque solo tiene dos botes salvavidas. Y entonces, «allí, en la oscuridad, a solas con lo inesperado, Jim quedó finalmente infectado del terror de otros, y su imaginación le hizo ver lo que temía ver». Antes de que se dé cuenta, Jim ha saltado del Patna al bote, con los cobardes a los que hace un momento despreciaba, y se aleja del barco junto a los desertores. La película lo presenta así, y que sea cada uno quien decida si Jim era dueño de sí mismo cuando obró de esta manera. De esta forma, el sueño de gloria se desvanece antes de haber comenzado. ¿Cómo puede vivir uno el resto de su vida con un peso semejante, con tal golpe a la autoestima?

Cuando el bote llega a puerto ven con sorpresa que el Patna no se ha hundido, sino que fue rescatado por un barco francés que pasaba cerca. El remordimiento, al menos, no será ya por unas muertes ajenas que nunca se produjeron, pero sí lo será por lo que Jim descubrió sobre sí mismo cuando vinieron mal dadas. En lugar de esconderse, Jim decide confesar y ser juzgado con todas las consecuencias. Uno de los marinos jueces, el capitán Brierly, severamente sentencia: «El peligro nunca es barómetro de la conducta de un oficial (…). Su comportamiento fue el de un absoluto e inexcusable cobarde». El oficial francés, sin embargo, introduce más gris en su parecer: «No soy yo quien debe decir si un hombre es cobarde o no… El honor es algo muy personal… No hay ley escrita al respecto… Todo esto es una idea creada por las aseguradoras, porque si un solo marino permanece a bordo, no se puede reclamar salvataje sobre los restos del naufragio… Cuando los barcos cambiaron de vela a vapor, quizá los hombres cambiaron también… El miedo nos llega a todos, está siempre ahí, esperándonos…». El juicio acaba con Jim desposeído de su licencia de tripulante, pero por lo que Brierly reprende a Jim no es por su cobardía, sino por haberla confesado delante de un público de «sonrientes nativos», según él encantados de ver flaquear al altivo colono blanco. «¿No se da cuenta de lo que ha hecho? Es usted uno de los nuestros. Su deshonra se refleja en nosotros. ¡Nos ha llevado a juicio a todos! ¿Por qué no salió corriendo y reptó seis metros bajo tierra, que es donde le corresponde estar?».

A partir de ahí, Jim cambia completamente de expectativas vitales. De desear fama y gloria pasa a «intentar perderse entre los sin nombre», aceptando «cualquier trabajo, en cualquier lugar, por cualquier paga… Ansiaba la anonimidad… se convirtió en uno de los restos flotantes que antes despreciaba… hambriento de olvidar la pesadilla recurrente del Patna…». En la novela, varias cosas le ocurren en su vagabundeo por los puertos de Asia, entre ellas la asistencia personal de Marlow, que se obvian en la película. El film a partir de ahora se enfoca mucho más en los temas centrales que interesan al director y guionista, Richard Brooks: la búsqueda de la redención y sobre todo de la autorredención. Un día Jim ve a un nativo intentar sabotear una pequeña embarcación cargada de pólvora, y lo impide, sin saber quién ni qué está involucrado en el asunto. ¿Es su instinto heroico, que al fin asoma? Sea como fuere, esto lleva a que el dueño del cargamento, un occidental septuagenario llamado Stein (Paul Lukas), contrate a Jim para el peligroso trabajito de llevar un cargamento de armas, río arriba, a la (por demás ficticia) región de Patusan. Allí la tribu nativa amiga de Stein está siendo acosada por los bandidos de alguien llamado el General, otro occidental, con el careto de Eli Wallach, a quien Stein define como «preciso, militarista, inteligente, despiadado y mortal», que les roba en forma de tributos el estaño con el que comercian y que esclaviza a los lugareños en las minas. En el libro el conflicto es entre jefes nativos, pero aquí de nuevo se ve la idea de Brooks de dejar meridianamente claros los temas sugeridos por la novela que a él le interesa resaltar, esta vez el colonialismo europeo.

Stein es a partir de aquí quien tiene las frases más memorables de la historia, en contraste con el callado y aún apesadumbrado Jim. «El hombre es asombroso, sí, pero tiene demasiados defectos. Hace demasiado ruido sobre sí mismo. Estropea el equilibrio. Quiere ser santo y también diablo. Siempre quiere ser lo que no es». Cuando Jim no acepta cobrar por el trabajito, Stein ya se huele que nuestro marino rubio trae carga oculta: «No confío en un hombre que no respeta el dinero». «Algunos hombres nunca pueden ser héroes, y algunos héroes nunca pueden ser hombres». Jim, aquí, respondiendo a ese cuchillo que intenta abrirle la ostra (y también reflejando que a Peter O’Toole habrá que darle algo que decir), replica: «Y algunos tienen la suerte de ser ambos». La nueva misión va insuflando vida a Jim, que espera encontrar en Patusan un sitio apartado donde nadie sepa qué es el Patna, «un paraíso», como lo llega a calificar. Stein le dice que no le debe ninguna obligación, y que lo comprendería perfectamente si Jim quiere… «¿Saltar?», salta Jim. «Retirarse», aclara Stein. Por mucho paraíso remoto que busque, el infierno lo lleva Jim dentro de sí, en forma de autoflagelación constante.

Jim inicia viaje río arriba, pero por peripecias de la trama acaba preso del General y de su esbirro, Cornelius (Curt Jürgens), que en el libro era el padrastro de Jewel, la chica de la historia, que aún no ha aparecido. Esta es la segunda estación en el via crucis de Jim: resistir la tortura sin revelar al General dónde está la pólvora que traía para los nativos. «Persuasión», lo llama el General. «¿Y pueden todos los hombres ser persuadidos?», pregunta Jim. «Todos». Cornelius lo intenta de otra manera: «El autosacrificio por los tuyos es comprensible, pero ¿por qué sufrir agonía insoportable si uno ha de rendirse al final? ¿Y para quien? ¿Por la gloria de la empresa comercial? Míreme a mí. Ocho años de servicio leal en este agujero dejado de la mano de Dios. Abandonado, olvidado. Sin gratitud, sin respeto… sin futuro. Sea sensato. Piense en usted mismo». Jim responde con estoica estocada: «Eso hago». El General se harta: «Esta gente estará acabada mañana por la mañana, como nación, como pueblo, por el desagüe, sin dejar rastro». «¿Como un barco que se hunde?», sugiere Jim, siempre con su obsesión a flor de piel, principalmente para sí mismo. «¡Exacto!», contesta el General, pensando darle jaque mate sin saber que así solo logra reforzar la resolución de Jim. La partida de ajedrez en que se convierte el interrogatorio continúa todavía con varios movimientos más, mencionando la mente, el dolor, el silencio, la fortaleza, la imaginación, la resistencia, la debilidad, el miedo, el honor, la cobardía, la vida, la muerte, el olvido… Como última oferta, ofrecer a Jim una hora de placer con una bella lugareña.

La bella lugareña resulta que está allí para liberar a Jim, y tras una secuencia de acción esto se consigue. Jim pasa de reo a líder de la resistencia y a ser llamado «Tuan». «Hombre de valentía, hombre al que respetar». Un señor. Lord Jim. Llevamos casi hora y media de película, con temporalidad interna comprimida (el general atacará mañana mismo) y no da tiempo en realidad a llegar a conocer a la joven nativa, que en el film ni siquiera tiene nombre. Nos habla de los funerales locales, que para ser como (su) dios manda han de tener música y baile y ricas ofrendas a los dioses y torres de madera pintadas para quemarlas, pero como son caros, los pobres esperan a que muera un rico y se unen a su cremación. La Chica ahora cree en la reencarnación, sobre todo en la de su madre, pero también ha pasado por Jesús, Buda, Mahoma y Confucio. «Estaba sola, y en momentos como este no puedo soportar estar sola». Sobre todo ahora, que su pueblo entero corre riesgo de desaparecer. Jewel, o La Chica, representa a todas esas mujeres constantemente abandonadas, a ratos más o menos largos, por esos hombres que se van al mar, a veces para no volver, y por esos otros, a veces los mismos, que hacen guerras y esclavizan a la gente y hacen desaparecer a pueblos enteros. «Y tú también te irás, de vuelta con los tuyos, y yo no quiero morir llorando como mi madre».

Se acerca el monte Calvario para Jim. Vuelven las visiones: ¡repta a seis metros de profundidad!, ¡están acabados!, ¡salta, salta! Stein, que por su edad se había quedado atrás, llega a Patusan también, y esta vez sabiendo lo del Patna. Encuentra a Jim planificando incluso cosechas para el año siguiente. La compañía holandesa que prácticamente posee Patusan ha escrito con un ultimátum: no queremos que Jim Burke nos represente allí, salvo si el jefe Du-Ramin lo acepta. Y para eso Stein quiere que les cuente la verdad, «por si acaso ocurre otra vez…». Y se interrumpe. La admiración que hasta ahora sentía por Jim parece haberse tornado en desconfianza. Otra vez la misma canción que me persigue. Comparando esto con la confianza que ve en los ojos de los patusanos, que lo miran como a un dios, Jim se niega a confesarles nada.

Y en estas, una extraña nueva aparición: el Gentleman Brown, alguien que «ha dado más negocio a la Muerte que la peste bubónica: desde Java a Fiji, se le busca por pirateo, esclavitud, motín, violación, asesinato… e incluso cosas no mencionadas en la Biblia». ¿Interpretado por? Ni más ni menos que James Mason, llevando literalmente lo de «gentleman» hasta el punto de lucir bombín, barba cana y un amago de acento escocés. Con él se inicia una fallida incursión nocturna a Patusan que acaba con la escena estelar para la que seguramente se contratado a Mason: una conversación llena de cinismo y escuela de la vida con perlas como que «el heroísmo es una forma de enfermedad mental inducida por la vanidad». Con sibilinos razonamientos sobre el desperdicio de vidas humanas y la importancia de las segundas oportunidades, y con la observación de que si Jim está tan oculto en la jungla es porque debe de haber una razón para eso, consigue que Jim lo deje marchar vivo. Al igual que el General antes, Brown incluso recurre a aquello tan peliculero de que «en el fondo usted y yo no somos tan diferentes». No debería colar, ya que el exilio de Jim es autoimpuesto y el de Brown es obligado por sus múltiples delitos, pero Jim lo deja pasar. Waris, el hijo del jefe, no puede comprenderlo: «Esos hombres quebrantaron la ley». Es la ley de la supervivencia: muerte por muerte. ¿Por qué no seguir la costumbre local? ¿Ley privada? ¿Justicia colonial? ¿Conciencia cristiana? Ni el propio Jim parece saberlo, y se evade con un simple «quizás». Según Brown, lo que Jim busca en realidad es perdón por sus pecados, una gloria lograda de otra manera. Jim confiesa a Stein que se siente responsable de… Otra vez una frase sin terminar, estableciendo un paralelismo con el Gran Trauma: responsable de… un gentío entero, como lo era en el Patna. Jim acaba prometiendo al jefe Du-Ramin que si una sola persona de Patusan muere por liberar a Brown, él renunciará a su vida. Waris lo reduce todo a una sola pregunta: ¿confiamos en él? Sí, se responde él mismo. Brown, entonces, es liberado. Jim está en tal estado de todo o nada que incluso contempla la palabra «Patusan» como la suma de «Patna» y «us» («nosotros», en inglés): «un barco fantasma que vuelve para ajustar una vieja cuenta».

Se produce por fin el decisivo ataque de los hombres del General, en la principal secuencia de acción de la película, tras la que Cornelius y Brown resultan muertos. Desafortunadamente, también muere Waris. Stein, oliendo represalias, intenta apaciguar al jefe, pero este lo corta en seco: «Sé padre antes de juzgar la ira de un padre». A pesar de eso, Du-Ramin permite a Jim irse de Patusan con la Chica. Esta misma noche. «Si por la mañana está aún aquí, por su propia palabra debe a la ley su vida». Jim quiere quedarse. Stein intenta razonar con él para que no lo haga, llegando incluso a dirigirse a la Chica para que se lo lleve corriendo. Corriendo. Lo mismo que le dijeron tras el juicio. «Desaparece a seis metros de profundidad». «Pero cómo se esconde uno con una piedra del tamaño del Patna alrededor del cuello?». «Me han llamado cobarde y héroe, y no cabe una hoja de papel entre los dos. Quizá los cobardes y los héroes son solo hombres ordinarios que en un breve segundo hacen algo fuera de lo ordinario». La conclusión acaba siendo que «no se trata de lo que haces sino de por qué».

Llega la mañana. Comienza el funeral de Waris, un funeral de rico, con andas, y mucha gente, y música solemne. Jim se pone su chaqueta de marino y deposita su gorra sobre el cuerpo de Waris. El pueblo entero le saluda. Le da su fusil a Du-Ramin. Se da la vuelta. Mira al cielo azul y sonríe, quizá en paz consigo mismo por primera vez en años, al haber encontrado la manera de igualar sus sueños y sus ideales morales con la realidad. El plano cambia a la Chica. Se oye un disparo fuera de cámara. La pira funeraria arde, y Du-Ramin echa sobre ella la chaqueta de Jim. El barco de Stein se aleja río abajo.

Jim, pues, es un hombre que sucumbe a sus propios altos ideales, no una sino dos veces. La primera, con su abandono del Patna, y la segunda al dejar irse a un criminal de fama reconocida que luego provocará la muerte del hijo de jefe de Patusan. En su interpretación de su código moral, no cabe el perdonar rápido y aprender para la próxima vez: se han de sufrir consecuencias graves, en primer lugar la pérdida del oficio y del honor, además del exilio más o menos forzado por los puertos asiáticos, y en segundo lugar de la propia vida. Además, incluso una vez alcanzado el «paraíso» donde puede ser un héroe admirado, no logra lo otro que más desea: el olvido de su primera mácula. Él mismo nunca la olvida (siempre es él el primero es comparar situaciones) y Stein acaba volviendo a ponérsela delante de la cara, justo cuando parecía definitivamente apartada. La confianza y la traición son dos temas capitales también, no solo entre personas, sino hacia uno mismo y su código ético. ¿Mereció la pena todo esto? Eso es cada uno quien debe decidirlo.

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