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‘Hermanos de sangre’: Por qué luchamos

‘Hermanos de sangre’: Por qué luchamos

En 1998, la película Salvar al soldado Ryan se convirtió en una auténtica sensación, en especial para los seguidores del cine bélico: su primera media hora, reflejando el desembarco aliado en Normandía con una crudeza y violencia nunca vistas hasta entonces, dejó impresionado a cualquiera que la vio. Tras el éxito, su protagonista, Tom Hanks, desarrolló el proyecto de agrandar una película de dos horas y media a miniserie de diez, siguiendo a una sola compañía de paracaidistas desde su entrenamiento en Estados Unidos hasta la toma del Nido de las Águilas, el famoso bastión en Baviera que el partido nazi regaló a Hitler a modo de lugar de peregrinaje y retiro espiritual. Al igual que ocurre en la película, la serie utiliza un enfoque pequeño (la búsqueda de un solo soldado, las penurias de una sola compañía) en el marco de una de las guerras más extendidas de la Historia, individualizando poco a poco a sus protagonistas hasta hacernos temer cuáles de ellos (ya sabido desde el principio qué bando va a ganar la contienda) no van a llegar vivos al final. A esto ayuda también el hecho de que muchos de los episodios, sobre todo en la segunda mitad de la serie, siguen principalmente a uno de los hombres en concreto: el asustadizo soldado raso Blithe en el tercero, el médico de campaña Roe en el sexto, el sargento primero Lipton en el séptimo… La serie ha sido habitualmente considerada como aún mejor que la película, y recibió veinte nominaciones a los Emmy (recordemos que es serie de una sola temporada), de los que ganó siete.

[Aviso de destripes (los nazis pierden) en todo el texto]

Una de las principales críticas que se le hicieron a la serie fue que incluso tras varios episodios se hacía difícil distinguir a unos soldados de otros. Bueno, es lo que tiene la guerra y los uniformes y tal. Esto pasa en toda película bélica, por otra parte. Pero esa queja ha quedado bastante mitigada con el paso del tiempo, ya que en las casi dos décadas desde entonces, varios de sus actores se han convertido en caras conocidas, a quienes se puede recordar de otras series o películas, desde Urgencias a The Walking Dead, Homeland, Dexter, Doctor Who, Battlestar Galactica, Los Soprano… E incluso cuando ya parece que te los conoces a todos, en un nuevo visionado aparecen por ahí Tom Hardy o Michael Fassbender en segundo término, mezclados con extras sin frase.

Quien sí era conocido era David Schwimmer, alias, y para siempre jamás, Ross Geller en Friends. Su personaje era alto, moreno, judío y odioso (un poco como el que aún interpretaría tres años más en una de las telecomedias más famosas de todos los tiempos), y se trataba del capitán Herbert Sobel, el hombre que por un lado puede decirse que forjó la luego legendaria Easy Company con su entrenamiento duro y picajoso, y por el otro resultó luego casi universalmente rechazado, ignorado y hasta apartado de la fama pública de la que luego gozó la compañía. El libro de Stephen E Ambrose en el que se basó la serie le da muchísima caña a Sobel, desdeñándolo como un vendedor de ropa antes de la guerra que no sabía nada de la vida al aire libre, llegando a llamarlo chickenshit («cagada de gallina»), y confirmando su incapacidad para orientarse y dirigir maniobras en campo abierto, por muy buen instructor físico que fuera. «Sus manerismos eran graciosos, hablaba diferente. Exudaba arrogancia». También se lo trata de rencoroso y vengativo, y solo a regañadientes se logra sacarle a sus alumnos que la compañía fue lo que fue luego gracias a él en lugar de a pesar de él. Sobel intentó suicidarse en 1980 y después acabó matándose de un tiro cinco años antes de publicarse el libro en 1992, así que no pudo responder a todo esto. Su familia ha estado protestando contra el libro e incluso la serie durante décadas, aunque sin llevar el asunto más allá. Y es que Sobel, como Richelieu o Salieri, queda demasiado bien como antagonista maléfico.

Cuando ocurrieron los hechos reales, a partir del verano de 1942, las compañías paracaidistas eran una novedad cuyos profesores iban solo un poco más adelantados que sus propios alumnos, y que empezaban a distinguirse por ser de lo más peligroso en lo que podía enrolarse un militar: tirarse de un avión DETRÁS de las líneas enemigas e inmediatamente ponerse a realizar todo tipo de diversas misiones allí, desde emboscadas hasta toma de posiciones, pasando por defensa de trincheras, búsqueda de información o combate directo y de frente, siempre en movimiento hacia el siguiente fregado, cargando con sus rifles, morteros y ametralladoras. O sea, que se distinguían por aceptar entre sus filas solamente a lo mejor de lo mejor. Si a esto se añade que también pagaban más, pues miel sobre hojuelas para los más lanzados. Es decir, que esta no va a ser la historia de un grupo de hombres reacios a servir, a quienes les haya tocado una indeseada lotería, como se refleja mucho en las películas sobre Vietnam, sino que aquí son voluntarios vehementes, ilusionados, dedicados, idealistas, rigurosamente entrenados y que esperan entrar en acción con impaciencia. De hecho, ellos pensaban que era más arriesgado estar en una unidad de infantería normalita hecha de reclutas forzosos que en una unidad de élite bien preparada, por mucho tomate que fueran a ver (esta teoría luego se vio seriamente comprometida cuando sufrieron un 150% de bajas durante el año de guerra que pasaron). Además, estas nuevas unidades estaban concebidas para mantenerse unidas desde su entrenamiento hasta su entrada en combate. Nada de entrenar juntos y luego irse cada uno a un destino diferente. No: desde el principio sabías que quien madrugaba, corría, vomitaba y se quedaba sin permisos a tu lado era el que luego iba a salvarte la vida, o al revés, a medio mundo de distancia. Algunos eran pobres, otros de clase media, y los había con estudios universitarios, pero todas sus familias habían pasado por la Gran Depresión. 5300 candidatos iniciales en torno a los veinte años de edad se quedaron finalmente en 140 hombres y siete oficiales, todos ellos de raza blanca y solo tres de ellos casados.

El entrenamiento en el campamento de Toccoa, en Georgia, al que se dedica todo el primer episodio, con su famosa colina de Currahee («tres millas para arriba, tres millas para abajo»), era tan riguroso que les llevó casi dos años, y de resultas la compañía casi se queda sin guerra: su primera acción bélica, sin ninguna experiencia de combate real anterior, fue en el mismísimo Día D, saltando sobre Normandía la noche antes y logrando inutilizar una posición de artillería con nidos de ametralladoras alemanas que apuntaban directamente contra la orilla de la playa de Utah, con los escalofriantes resultados que todos recuerdan del Soldado Ryan. Este hecho, que aparece en el segundo episodio, aún se estudia en las academias militares estadounidenses como ejemplo «de libro» de cómo llevar a cabo una acción semejante.

De entre todos los soldados que sobrevivieron al campamento para luego dar el salto al continente desde Inglaterra sobresale enseguida Dick Winters (Damian Lewis, considerado junto a Idris Elba y Hugh Laurie como el actor británico al que mejor se le da el acento norteamericano), interpretado aquí como un hombre perfectamente normal, sin toques de superhéroe, que resulta particularmente bien adaptado a las irregulares circunstancias en las que se ve envuelto, y que se convierte en un líder natural. Véase, por ejemplo, la escena en la que ayuda a cada uno de sus hombres a levantarse del suelo con toda su impedimenta, como un padre haría con un hijo cargado de cosas, para subirse al avión que los llevará hasta Francia. Allí es donde se mezclará todo un poco (ayuda saberse el orden ascendente del momento: equipo – escuadrón – pelotón – compañía – batallón – regimiento – brigada – división – cuerpo – ejército), empezarán las muertes y correrá el escalafón varias veces en pocos meses. En esto resulta aconsejable no dejarse enredar por estos detalles ni tampoco por si no te acaba sonando la cara de todos los soldados: el uno entre cientos que resulte memorable, como Aquiles, o Fëanor, o Jaime Lannister en lo suyo, se le quedará a uno en la cabeza seguro. Otro de los que se graba en la mente rápido, por ejemplo, es Bill Guarnere, pronunciado «Garníer» a la americana, alias Gonorrea, el italoamericano moreno, bajito y pendenciero que en la vida real es uno de lo que más partido han sacado de todo el tema de la compañía, con su propia página de internet, foros y hasta canal en YouTube. No sé si esto le compensa de haber perdido una pierna (spoilers, avisé), pero a muchos otros les ha ido peor. Suyo es también ese irresistible momento cuando se entera por accidente de que su hermano acaba de morir en Montecassino.

El segundo episodio, Day of Days, abre con el tipo de escena «Ryan» que veníamos esperando. Esta vez, en vez de la bestial carnicería en las playas, quienes atacan en masa mientras algunos de ellos ni siquiera llegan a salir de sus vehículos es la 101 Aerotransportada saltando en medio de una noche en principio oscura pero a la vez siniestramente iluminada por el fuego alemán sobre los aviones. Con Sobel enviado a otro centro de entrenamiento en lugar de liderar a la compañía en combate y su sustituto el teniente Meehan muerto en su avión, Winters es el centro de atención principal como imán que va atrayendo a sí a todos los desperdigados por los campos normandos. Aparte de esto, el episodio aún tiene espacio para el humor negro (como el deseo desesperado de hacerse con una pistola Luger como trofeo de guerra o el inicio de la extraña maldición en la compañía de sufrir disparos en los glúteos), y para el tipo de acciones que van aumentando de exageraciones con cada vez que se relatan en el futuro, como es lo del teniente Speirs y si de verdad se cargó a un grupo entero de prisioneros alemanes por la cara, sin permiso y después de darles de fumar (Speirs también murió antes de que se publicara el libro).

El tercer episodio, Carentan, intenta recoger un elemento de la guerra que cada vez ha ido emergiendo más, de resultas de la sensibilidad moderna, y es el efecto que algo tan brutal tiene en el combatiente. Las películas más antiguas en comparación presentan héroes más monolíticos, el mítico strong silent type, que hace lo que hay que hacer sin parecer sufrir gran cosa. El soldado Blithe, a quien sigue este episodio, solo recibe dos menciones en el libro, pero aquí representa a todos los que superan sus momentos más bajos (incluido en su caso el quedarse temporalmente pero literalmente ciego de histeria), logrando en su caso salir de él al concentrarse en un solo alemán al que abatir en medio de una batalla de tanques. Continuando con el hilo común del miedo, Blithe acaba compartiendo escena con el ya mítico Speirs, que le viene a decir aquello tan griego-antiguo de que la única esperanza es aceptar que ya estás muerto, para así poder funcionar como se supone que debe funcionar un soldado: sin piedad, sin compasión y sin remordimiento. Y lo siento por quien le haya parecido poética la muerte del pobre Blithe a los pocos días, pero el soldado real aún vivió dos décadas más, continuó en el ejército, estuvo en Corea, y Winters, en su propio libro, habla muy bien de él, tras ese primer momento de pavor. Tras la denodada lucha casa por casa en el pueblo, el episodio se cierra con uno de esos momentos emotivos marca de la casa Spielberg cuando Malarkey va a recoger su ropa de la planchadora y se acaba llevando también la de todos los hombres de su compañía que ya no la van a necesitar.

El cuarto episodio, Replacements, también encuentra un hilo interesante en el tema de los novatos que se incorporan como sustitutos a un grupo donde llevan juntos casi cada día desde hace dos años y que se acaban de convertir en mitos tras el Desembarco. Si en un ambiente militar en tiempo de paz al nuevo se le da caña, aquí aún más, porque estos nuevos son la gente de la que tu vida va a depender a partir de ahora, y hay que encontrar la medida justa entre acojonarlos aún más y sobreprotegerlos demasiado para que luego no den de sí lo que deben. De hecho, la razón de que hubiera tras la guerra unos cuantos supervivientes del campo de Toccoa original, a pesar de ese 150% de bajas, es porque quienes más muertes sufrieron fueron muchos de esos reemplazos. Hubo, sin embargo, quien se salvó con cuatro agujeros en el culo hechos por la misma bala, como Buck Compton esta vez. La Operación Market Garden que sale en este episodio también aparece en Un puente lejano, que es probablemente la película con el reparto más increíblemente estelar de la Historia: Michael Caine, Sean Connery, Gene Hackman, Robert Redford, Laurence Olivier, Ryan O’Neal, Anthony Hopkins, James Caan, Maximillian Schell, etc.

El quinto episodio, Crossroads, es de transición entre Holanda y Bélgica y también el momento en el que Winters es ascendido a un papel más organizativo a nivel batallón y deja el mando de la compañía, no sin antes marcarse una tremenda misión de combate, cargando en solitario mientras los demás le siguen en medio de un humo rojo. Si en la serie queda épico y hasta peliculero, la manera en que Winters lo cuenta por escrito lo es aún más: después de matar al primer soldado alemán, vació un cargador entero contra los demás, recargó y vació otro sin siquiera ponerse a cubierto y disparando desde la cadera. Pudo hacer todo esto por lo lentos que le parecieron los alemanes al reaccionar. Después de eso, es normal que le cueste trabajo estar sentado en una oficina o de permiso en París, una ciudad que al ser conquistada tan fácilmente por ambos bandos se libró de los bombardeos que sufrieron Londres, Berlín o Tokio, y en muy poco tiempo pudo pasar a ser el lugar de recreo favorito de los aliados, con el frente a poco más de doscientos kilómetros hacia el noreste. Al final del episodio está la marcha hacia Bastoña, al mismo tiempo que de allí viene de retirada una columna entera de hombres con la famosa mirada de los mil metros. ¿La reacción de Easy? «El que no vaya a usar ya la munición, que nos la pase». Debe de ser que acababan de ver a John Wayne en Siete pecadores cuando les llegaron las nuevas órdenes. O a Marlene Dietrich.

El episodio seis, Bastogne, está visto desde el punto de vista del médico itinerante de la compañía, Eugene Roe, lo cual para algunos es un desperdicio, porque sería como ver la batalla de Trafalgar desde los ojos de un cirujano cortando piernas en la panza de su buque, pero es que por una vez, a Easy no le tocó estar en medio de lo más gordo de la acción en la famosa batalla de las Ardenas, sino que esta se produjo más al sur, así que queda históricamente justificado. Roe va de trinchera a trinchera (foxhole), intentando arreglar, con paciencia, salivilla y un uso juicioso de la poca morfina que le queda, la peliaguda situación en que se ha metido la 101 en un nevado bosque belga en plena semana antes de navidad, corto de efectivos y aún más corto de provisiones para el frío. Sus paseos pueden parecer menos importantes que las balas que les quedan, pero está hecho con tal maestría que uno se acaba alegrando de que un prisionero alemán sea capturado con una venda limpia guardada en el uniforme. También es una manera, de nuevo, de ver la guerra desde otro punto de vista: Roe no lleva arma, no pega tiros, y solo pasa tiempo con un soldado cuando este está bien jodido, a menudo en sus últimos y desesperados momentos de vida. Uno llega a entender que Roe no quiera usar los apodos de los hombres y solo los llame por su estricto nombre de pila, al menos hasta que la enfermera belga con la que más o menos había hecho migas también muere y él decide ya que es imposible escaparse a la Parca, así que si va a doler lo mismo, al menos disfruta la camaradería. Y mientras muchos hombres se dejan barba, Winters, haciendo honor a su apellido, se sigue afeitando a navaja por las mañanas en medio de la nieve.

Episodio siete: The Breaking Point. El favorito de muchos, porque es donde Easy vuelve a dar caña de la buena, a pesar de que el sucesor de Winters, el teniente Dike, era más aficionado a cavarse un hoyo y esperar. Es el episodio donde Guarnere y Toye (este después de haberse librado de DOS granadas que le estallaron cerca en Normandía) pierden sendas piernas, donde Compton, que no ha vuelto a ser el mismo desde su balazo en el culo, definitivamente entra en estrés postraumático, y donde la Easy sale de un bosque de árboles que explotan y ataca el pueblo de Foy a pecho descubierto, con el heroico Speirs tirando de ellos y acabando confirmado como su nuevo jefe permanente. También es el episodio hilado por el sargento primero Lipton (Donnie Wahlberg, muchos años después de ser un New Kid on the Block), que es de esos oficiales menores que cuando los superiores no dan la talla mantienen a la compañía en orden. Es un episodio bélico perfecto.

En el octavo, The Last Patrol, se da más cancha a David Webster, un soldado educado en Harvard que no estuvo con Easy en Normandía ni Bastoña, ya que estaba en el hospital, pero que después de la guerra fue escritor, y de hecho el propio Ambrose usó sus textos para el libro y facilitó que se los publicaran en los 90. Sin embargo, en este episodio aparece como desdeñado por los demás, quizá porque era un universitario de clase media con cierta cultura y también porque tuvo la «suerte» de estar herido durante la campaña belga, sin darse excesiva prisa en volver al frente antes de tiempo (Toye, en contra, sí que volvió cuanto antes, y perdió una pierna por ello). El episodio, pues, es un mini-estudio nada hagiográfico de cómo la guerra puede cambiar el carácter de los hombres, volviéndolos bastante injustos con otra gente. Véase también al irlandés Malarkey, antes juguetón y entusiasta, y ahora una cáscara vacía tras haber perdido a todos los amigos de su pelotón. A pesar de eso, una nueva misión, la de cruzar el río en Hagenau y capturar espías alemanes para interrogarlos, enseguida une de nuevo a todos los hombres. Sin embargo, estos son ya los días cuando se ve que el ejército alemán está en las últimas y nadie quiere morir cuando la victoria está a la vuelta de la esquina. Winters, mientras, a punto de ser comandante, aún echa una mano a su antigua compañía desde las oficinas evitando que el coronel Sink les mande repetir la misión.

Va llegando el final. En el episodio nueve, Why We Fight, el capitán Nixon está muy preocupado: quiere encontrar desesperadamente… whisky de su marca favorita, Vat 69. Nixon empezó en Toccoa, con la compañía original, pero subió de escalón muy pronto, ha pasado más tiempo en la retaguardia que los demás, ahora también está quemado, y se ha dado demasiado a la bebida. La compañía Easy está un poco igual, habiendo ya entrado en terreno enemigo y preguntándose para qué se ha hecho todo esto. Como venganza y recompensa, roban, beben e insultan por doquier. Llega entonces el momento que responde a su pregunta de por qué luchan: el descubrimiento de los campos de concentración. El foco entonces pasa al soldado Joe Liebgott, un judío de Easy que habla alemán, que se encuentra en medio de todo esto y que ha de verse en la tesitura de decir a toda esa gente al borde de la inanición que ahora mismo donde están más seguros es en ese mismo campo, que se vuelvan a sus celdas y que no coman tanto de las provisiones que traen, porque esa misma comida puede matarlos tras tanto tiempo de hambruna.

Y al final aparece el whisky. La verdad es que tras la batalla de las Ardenas, Easy no ha tenido tanto que luchar, así que los dos últimos episodios de la serie pueden parecer un anticlímax, pero siempre se aprende algo. Esta vez, por ejemplo, sobre el sistema de puntos para poder licenciarse que da título al episodio final, Points. El ejército liberador de Francia y los Países Bajos se ha convertido en ejército de ocupación en Alemania y Austria, y quizá ahora están en más peligro de morir por estupideces que cuando estaban en batalla. Winters vuelve a ser el centro de la trama, y la compañía disfruta de momentos para recordar para siempre como el partido de béisbol al pie de los Alpes o el saqueo de la bodega personal de Goering y del álbum de fotos de Hitler en el Nido de las Águilas. El final, con el oficial alemán diciendo a sus hombres lo mismo que los americanos dirían, o dijeron, a los suyos, es de los que tiene un mensaje bastante claro. Y para terminar del todo, salen a desmonterarse los veteranos auténticos que han ido abriendo cada episodio, identificados ahora con sus nombres y con lo que les pasó hasta la filmación de la serie: ser carteros o taxistas y tener nietos que les preguntaban si fueron héroes. «No, pero luché junto a algunos». Como dijo Shakespeare: «We few, we happy few, we band of brothers».

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