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Los adjetivos los dispara el diablo

Los adjetivos los dispara el diablo

Adjetivar está al alcance de cualquiera. “Un renegrido dolor de palabras astilladas me hiere con profusión de palomar enloquecido”, escribió un clásico neo-moderno. Cuando redacte su próxima carta, en vez de “queridos padres” pruebe a escribir “diáfanos padres depositarios de mi amor desatado” y quedará como Dios. La literatura siempre gustó de emperifollarse con adjetivos diseminados con profusión de palomar enloquecido; la deriva actual puede atribuirse a la influencia de Umbral, o quizá de Cela (si no fuera por su, digamos, “tetralogía viajera”: la contención del Viaje a La Alcarria, Judíos, moros y cristianos, Del Miño al Bidasoa y Viaje al Pirineo de Lérida disuade. Cela es mucho Cela y, desaparecido su marquetiniano y carpetovetónico personaje, permanece una literatura magnífica que crece a ojos vistas.

"Muy aficionado a los maudits franceses fue también Lorca, un tótem que ha hecho mucho daño con sus imágenes de caballos azules y morenos de verde luna"

En cuanto a Umbral, señalar que bebía de los maudits franceses. Lo curioso es que a la vez suspirase por Larra, que supo ser escueto sin por eso dejar de ser certero. Los maudits franceses —Baudelaire, Rimbaud, Verlaine…— no ponían adjetivos en los versos, sino cuchilladas, hasta el punto de resultar perfectamente intraducibles. ¿Cómo traduces el “petit rayon buissonnier”? ¿Y los “grands arbres indiscrets”? ¿“Grandes árboles indiscretos”? Por favor, no lo diga. Casi da vergüenza. Las palabras tienen alma y ésta, encima, se transmuta en función de la sintaxis, sin contar con que la fonética también significa: total, que cuando traduces te la juegas (y, normalmente, te la pegas). La posibilidad de leer a Rimbaud (Rrrrambó) en su lengua original ha sido para este cura compensación generosa por los dolores que le proporcionara el aprendizaje de la lengua francesa (ya que no del habla, arte reservado a los dioses: Belmondo, Deneuve, Gabin, Moreau…).

Muy aficionado a los maudits franceses fue también Lorca, un tótem que ha hecho mucho daño con sus imágenes de caballos azules y morenos de verde luna. Lorca era luminoso —o sea, que iluminaba—, aunque uno siga prefiriendo delicadas exquisiteces renacentistas: las “dulces ninfas” de Garcilaso, la “música extremada” de Fray Luis o las noches, intensas y oscuras, del inmenso San Juan de la Cruz. Más acá recalo en el “otro” siglo de oro, el XX —que es el de Lorca, por cierto—, para descansar en la “simpleza”, dicen, de los Campos de Castilla machadianos con su “alto llano”, sus “cristianas viejas” y ese hermoso hallazgo de la adjetivación de todos los tiempos que son los “galgos agudos”. Juan Ramón es Juan Ramón, y Lorca, Lorca, sí. Y Miguel, Miguel, pero Campos de Castilla es la obra maestra absoluta de la literatura española del siglo XX, y ya. Más que un libro, una patria.

"Quintero forma con Umbral entre las leyendas de la Transición, al lado del hijo de Ataúlfo Argenta, la bruja Avería, la cazadora de ante de Felipe González y, cómo no, Butanito"

No puedo terminar sin evocar a José María García, Butanito, periodista radiofónico que no es que adjetivara que da gusto, es que hacía avanzar el lenguaje. “Caducos y trasnochados tribuletes de pesebre». «Estómagos agradecidos”. «Correveidiles soplagaitas». “Lametraserillos, chupópteros y abrazafarolas». El Butanito veía el alma de las palabras, como Jesús Quintero, llamado El loco de la colina, otro periodista radiofónico muy dado al expresionismo del vocabulario. Quintero emitía en directo desde Sevilla, esa “polifonía sorprendida de saetas agredidas y azahares desnortados” y sus entrevistas, dirigidas al alma del entrevistado, encendían las audiencias. “¿Es España un estanque blanco de petunias gigantescas o un pozo negro de agonías yuxtapuestas, Antonino?” El tal Antonino parpadeaba perplejo o, por el contrario, se venía arriba sin complejos. “España es un haz de claveles misántropos que hiere la tras-terrada mañana con alegría fugaz y melancólica, queridísimo Jesús”. O algo así. De vez en cuando, particularmente inspirado, Quintero se arrancaba con un monólogo para presentar a su invitado. “En las interioridades de una tierra atascada buscaremos hoy el alma elegante de un duende bizantino”. Frente a él, el “duende bizantino”, quienquiera que fuese, ponía cara de circunstancias o sonreía complacido, según mercado.

Quintero forma con Umbral entre las leyendas de la Transición, al lado del hijo de Ataúlfo Argenta, la bruja Avería, la cazadora de ante de Felipe González y, cómo no, Butanito. La próxima circunvolución se la dedicaremos a la Transición, hombre, esa dama tan denostada. Como con el coronavirus, todos los listos de España (que son centón) lo habrían hecho mejor. Eso sí, el noventa por ciento aún no había nacido. Tampoco yo había nacido cuando don Pelayo se puso bravo en Covadonga. Y menos mal, porque si llego a estar yo allí, la Reconquista dura ocho semanas en vez de ocho siglos y a ver en qué hubiera empleado sus ocios Rodrigo Díaz. Yo hubiera aprovechado el factor sorpresa, y al llegar a Cangas de Onís no hubiese consentido a las mesnadas parar hasta cruzar la península y tomar Granada, ya de paso. En fin, que soy un talento desaprovechado. Bonne nuit, mes enfants.

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