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Los amores idiotas, poemas de Carlos Rubio

Los amores idiotas, poemas de Carlos Rubio

Dice Paul Valéry que “el amor es idiota, pero, por una perversidad de las cosas de este mundo, se es idiota cuando no se ama”. “El amor es idiota pero es el único medio de sentir uno la comprensión de la vida”, escribió el autor de El cementerio marino. Y es que el sentimiento amoroso nos permite disfrutar emociones y goces sin los cuales seríamos incapaces de conocer la felicidad. Por desgracia, muchas veces esa misma cualidad del amor provoca tragedias y desdichas, y enmascara el germen de violentos arrebatos que culminan con la muerte. En todo caso, no podemos negarnos a la grandeza del amor, por mucho que sepamos cuánto trastoca nuestras vidas.

Estos poemas reflejan esa geografía emocional sin distinción de razas, culturas o nacionalidades, y en su epicentro aparecen las mujeres, a quienes el amor desgarra, exalta y enaltece por igual, y tratan de mostrar, con el destello de la poesía, la fragilidad de un sentimiento que lo mismo alimenta monstruos y hace aparecer nuestros peores fantasmas y demonios que nos transforma, nos extasía y, en última instancia, nos libera.

Zenda reproduce para sus lectores varios de estos poemas.

Cuántas veces

Cuántas veces, amenazada por la ira, dijiste que sí,
que tal vez las nubes grises de su cielo
no volverían a escupirte a la cara tormentas de odio.

Cuántas veces, convencida por la bondad de sus ojos,
cambiaste el espejo roto
para mirarte en ellos nuevamente.

Cuántas veces dijiste que sí,
sola en la muchedumbre que te absorbía,
cuántas, cuántas veces,
golpeada, amoratada, enjaulada
en el nido que tú misma habías construido
volviste a dejar tu cuerpo a la deriva,
naufragando en sus brazos de ola enfurecida,
entregada al ultraje como un botín de guerra.

Cuántas veces tus labios temblorosos
no pudieron decir ¡ya basta!
Cuántas, cuántas veces.

Huida

Ella huía en el dolor,
huía para no dejarse atrapar por la costumbre,
para escapar de la cocina donde todos los días
hervía café con amargura y preparaba tostadas de tristeza,
para olvidarse de las habitaciones que limpiaba de reproches,
de la rutina de esperarlo con las piernas abiertas al insulto,
los labios partidos de silencio y la mirada prisionera.

Nunca le traía flores, sino burla y desprecio
y a menudo le regalaba puñetazos.
La amaba como se ama un cigarrillo cuando se está aburrido,
con la felicidad de una bala que explota en el pecho,
sin ternura fingida ni dulzura forzada.

Se miraba al espejo y encontraba en las marcas de los golpes
un pasaporte al olvido de sí misma,
viajera hacia la tierra donde ya no era nada,
sin miedo ni angustia ni espera,
volátil, ligera, ajena a su cuerpo violado una y otra vez,
vencida la memoria del horror y el martirio,
feliz en esa fuga y libre al fin para encontrar la muerte.

La niña madre

Juega la niña
con su muñeco de carne;
juega y lo abraza
hasta romperle las tripas,
hasta dejarlo sin alma y sin hambre
para que no sufra y no llore.

Qué ilusión pone la niña
en ver crecer su barriga,
qué desaliento que el padre
ande en la bicicleta.

Una noche ambos jugaban
a ser los novios perfectos
y en el abrazo de sangre
sus cuerpos se confundieron.

Ella buscaba un recuerdo
y se encontró un misterio;
él disputaba una apuesta
y se quedó con el premio.

Ahora la niña no quiere
jugar a la madre grande,
pero el muñeco de carne
roba sus horas de ensueño
y tiñe sus madrugadas
con el color del desvelo.

Pobre niña madre
nunca tuvo más tiempo
para jugar a otras cosas
que no fueran las del muñeco,
y poco a poco se fue apagando
hasta pudrirse en silencio.

Fragilidad

El corazón se parte solo,
no hace falta darle martillazos,
apenas el roce de una caricia ausente,
la ligera brisa de un olvido
o el delicado silencio tras una despedida.

El corazón es frágil aún en las pieles más duras,
aún en aquellas almas rocosas que han visto la muerte.

Si una palabra despojada de cuchillos es paciente,
noble o envilecida, puta, cabrona, alegre o triste,
esperará a que llegue su momento,
penetrará hasta lo más profundo de la sangre,
ahí donde se inventa la vida,
y convertirá unas cuantas gotas
en diamantinas lágrimas que horadarán el pecho
hasta romperlo todo.

Estrategias para besar un coño

1

Dirigirse a los ojos.
El resto es símbolo.
Todo debe arder.

2

Huir de la impaciencia.
Como un cazador de soles
esperar eclipses de alegría.

3

Encontrar la cúspide del alma,
el terciopelo del deseo,
la feliz conjunción del horizonte.

4

Perseguir la embriaguez de la saliva,
la alquimia de esencias
que contienen lo ignoto.

5

Desnudarse de pronombres.
Asistir al rito como un sacerdote
que oficia por toda la humanidad.

6

Estar dispuesto a zozobrar.
Es la mejor manera de no morir en el naufragio.
Y con cielo despejado siempre hay la posibilidad
de volver a zarpar.

7

El temor a la sangre es atávico.
Pero es lo que nos une a la vida.
El caldo de los días de muerte.

8

Escuchar el rumor del aire,
la fiesta encerrada en cada eco,
el violento torbellino que se avecina.

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Autor: C. Rubio Rosell. Título: Los amores idiotas. Editorial: Renacimiento. Venta: Amazon

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