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Los Ángeles: en busca de Charles Bukowski (II)

Los Ángeles: en busca de Charles Bukowski (II)

Ilustración de portada: Los Ángeles, en busca de Bukowski, de Daniel San Juan.

—¿Qué quieres saber sobre Buk? —me preguntó nada más sentarme. Sentí un escalofrío al escuchar aquel mote: Buk. Así lo llamaba la gente cercana. También le decían Hank, diminutivo de su segundo nombre, Henry (Henry Charles Bukowski), que utilizó para el alter ego de sus novelas y relatos, Henry Chinasky—. Estará disfrutando, el muy hijo de puta. Él tan cómodo en su tumba y yo aguantando turistas.

Como rápido recordatorio para quien no haya leído la primera parte (o no quiera leerla): tras llegar a Los Ángeles me acerqué al restaurante Musso & Frank Grill que frecuentaba Bukowski, y el camarero me señaló hacia una de las mesas, donde había un hombre que lo conoció. Así que me acerqué a hablar con él.

Continuemos.

Amagué con decir algo, pero no me salió la voz. Aquel hombre me cohibía. Además, su inglés era muy cerrado. Me costaba entenderlo. Y posiblemente las dos jarras vacías de cerveza que tenía al lado lo empeorasen aún más.

—Da igual, no quisiera importunarlo…

—¿Ya te rindes? Vaya un mierda. Inténtalo al menos, maldita sea… ¿De dónde eres?

—E… español.

—Ah, mi querida España… Hace años que no voy. Pronto la visitaré otra vez. —Hizo una pausa mientras me escrutaba con paciencia—. Estás acojonado… ¡Lanza tu pregunta, vamos! ¡Yo no me como a nadie!

"Antes de contestar, cogió su jarra y vació la mitad de un trago. Había música de fondo y, justo entonces, empezó a sonar Old Town Road, del rapero Lil Nas X"

Tragué saliva. No entendía por qué seguía sin ofenderme, con tanta palabrota y tortazo verbal. Quizás porque había algo amable en sus ojos, en su forma de mirar, que suavizaba la agresividad del lenguaje. Es curioso cómo con algunas personas no te cabreas aunque te lancen el insulto más fuerte, mientras que con otras ocurre justo lo contrario: abren la boca para decir buenos días y te entran ganas de partírsela. Las palabras pueden servir de tapadera, pero las formas siempre delatan.

—Bukowski no tenía miedo —conseguí articular al fin. Fui directo al grano—. O al menos parecía no tenerlo. Decía lo que tenía que decir sin que le importasen las consecuencias. ¿Cómo se consigue eso?

Rio el otro con ganas. Antes de contestar, cogió su jarra y vació la mitad de un trago. Había música de fondo y, justo entonces, empezó a sonar “Old Town Road”, del rapero Lil Nas X.

—Cada persona teme algo distinto, muchacho —afirmó—. Y Buk no era una excepción. Por ejemplo, le daba pánico enamorarse de una mujer decente. De una que lo sacase de aquella vorágine de alcohol, apuestas, sexo desbocado, vigilias sin pegar ojo frente a su máquina de escribir y más alcohol por la mañana. Le gustaba esa manera de vivir…  Y decía lo que le pasaba por la cabeza sin filtros ni adornos, sí. Formaba parte de su carácter. Sabía cuándo y cómo hacerlo, y encima le daba de comer. Además, ¿qué era lo peor que podía ocurrirle? ¿Que lo insultaran? Le importaba una mierda. Lo prefería, incluso. Así se le acercaba menos gente. Al contrario de lo que pueda parecer, le aterraba socializar. De hecho, uno de sus grandes miedos era que, al acudir a fiestas o eventos, donde la mayoría de las veces iba forzado, se le pegase algún charlatán y no pudiera quitárselo de encima. Por eso priorizaba hablar con mujeres. Todos pensaban que lo hacía para ligárselas, pero la mayoría de las veces no era así. Prefería conversar con ellas porque apenas fardaban y el intercambio era más productivo… Ya sabes: muchos hombres sólo buscan destacar. Buk odiaba especialmente a quienes iban de ingeniosos o querían hacerse los listos. Le entraban náuseas. Cuando se hartaba intentaba ahuyentarlos con malas formas o groserías, pero esos tipos no se daban por aludidos. Yo disfrutaba como nunca de verlo en apuros. Me colocaba detrás y reía con ganas. Aunque también me inquietaba que no pudiera contenerse y estallara. Cierta vez, uno empezó a contarle las formas en las que la poesía podía salvar su alma, y Buk, con el rostro descompuesto, se le acercó a menos de un palmo y empezó a gritarle de todo. No era fácil que perdiese el temple, créeme. Pero aquella vez parecía un oso elevado sobre sus patas traseras. El otro, con la cara llena de salivazos, se quedó mirándolo con los ojos muy abiertos, soltó una risa nerviosa, le dio un golpecito en el brazo como si fueran amigos de toda la vida y siguió con su perorata. Buk, desesperado, tiró su bebida al suelo, se dio la vuelta y salió de aquel piso metiendo un portazo. Luego me dijo que tenía que haberle dado una patada en los huevos.

"En el mismo momento en el que las palabras salían de mi boca sabía que decirlas no procedía, que sólo estaba molestando, que estaba siendo un bobo, por no llamarme otra cosa; pero el piloto automático es el que es y cuesta mucho controlarlo"

Cuando calló para darle un trago a la cerveza mis temblores habían escalado hasta el punto en el que un sudor frío me helaba la nuca. No me atrevía a decir nada. Me habían entrado ganas de reír con la última parte de la anécdota, pero reprimí el impulso. Seguía sin saber cómo actuar frente a aquel hombre. A los pocos segundos comprobé que también me costaba sostener el silencio. Esta vez se estaba tomando su tiempo para beber, y hasta había desviado la mirada hacia la ventana. Entonces sentí la urgencia de decir algo, pese a saber de antemano que sería alguna estupidez. Por suerte, antes de que pudiera cagarla, él acabó la jarra, hizo un gesto para pedir otra y volvió a hablar.

—Cada vez es más difícil mantener una conversación decente, ¿no crees? Contigo parece que se puede, aunque todavía no hayas dicho demasiado.

Exacto, pensé. Precisamente por eso. Eran tantas las veces que había intentado hacerme el listillo o el gracioso, sobre todo ante personas a las que admiraba o con las que quería encajar —y maldita la gracia que había hecho en todas y cada una de esas veces— que, tras escuchar aquella anécdota, mucho tendrían que cambiar las cosas para que interviniese con más de dos o tres frases cortas por turno. En mi defensa, diré que siempre me han saltado las alarmas en tales situaciones: esto es, en el mismo momento en el que las palabras salían de mi boca sabía que decirlas no procedía, que sólo estaba molestando, que estaba siendo un bobo, por no llamarme otra cosa; pero el piloto automático es el que es y cuesta mucho controlarlo. Hay que moldearlo después, a solas en casa, mientras te retuerces por dentro. No obstante, también es necesario entrenarlo, me dije. Y qué mejor ocasión que aquella. Así que me propuse responder con toda la prudencia de la que fui capaz.

—Es que me gustan las historias que me estás contando sobre Bukowski.

Puf. Eres idiota, Adrián. El nuevo silencio que reinó entonces oprimió mi pecho hasta dejarme sin aire. Él me miraba con desdén.

—Si quieres vamos a la trasera del bar, que llevo tiempo a secas y a estas alturas no tengo escrúpulos. —en aquel punto tuvo que ver cómo mi cara se ponía roja como un tomate, porque soltó una carcajada y acercó su jarra hacia mí. Yo agarré la mía intentando que no me temblase la mano, brindé y bebí un largo trago. Aquello me relajó un poco—. Dime una cosa, ¿de qué te estabas acordando cuando has dicho que Buk no tenía miedo a decir las cosas?

Eso podía contestarlo sin liarla.

—Hace poco dejé mi trabajo y no les dije a mis jefes lo que pensaba. Ellos sí que lo hicieron… No se cortaron ni un pelo.

—Y eso te está matando.

—Sí.

—¿Qué les hubieras dicho?

—Que me deslomé durante casi cinco años y ni siquiera me preguntaron si quería cambiar de tareas. De variar en algo mis funciones. Podían haber contratado a otra persona que me ayudase, sé que había dinero porque yo mismo lo facturaba. Lo hicieron con mis compañeros cuando yo me fui.

"Por suerte, ahora soltaba menos tacos y su tono era más sosegado. Asentí con la cabeza y añadí que, cuando entregué la carta de baja laboral, ya había elegido estudiar un máster en Madrid"

Luego me preguntó si había informado a la empresa de mi hartazgo con respecto al puesto meses o años antes de irme. Le dije que no. Que no quería que me confirmaran lo que ya intuía: que el trabajo era el que era, y punto. Y que descubrieran que quería dejarlo y me echaran antes de tiempo. Todavía no sabía qué haría después y esa incertidumbre me inquietaba. Tenía ahorros suficientes, sí, pero no quería dejar de cobrar. Ninguna cantidad me parecía suficiente para decir basta.

—Ah, ya entiendo. Pero al final explotaste, ¿no es cierto? Y la cantidad se fijó sola.

Aquel señor de orejas danzantes me estaba desnudando. Por suerte, ahora soltaba menos tacos y su tono era más sosegado. Asentí con la cabeza y añadí que, cuando entregué la carta de baja laboral, ya había elegido estudiar un máster en Madrid.

—Tenías dinero, el siguiente movimiento decidido y sabías lo que necesitabas decirles. ¿Por qué no lo hiciste? Estoy seguro de que también sabías cómo. No te veo gritándoles a la cara.

Me aferré al último comentario.

—Tal vez fuera eso… Los últimos meses estaba muy quemado. No quería perder las formas.

—Y si las llegas a perder, ¿qué?

—Me podrían haber retenido o quitado el finiquito.

—¿Cuánto era?

—Unos dos mil euros.

—Pues ahí lo tienes… Te rajaste por dos mil cochinos euros.

Eso último me dolió. Tenía parte de razón, me excusé en el dinero, pero algo dentro de mí sabía que aquel no era el único motivo. ¿De verdad me tragué lo que sentía, me fui de allí sin quedar en paz conmigo mismo, por un dinero que ni siquiera me hacía falta?

—Es posible que tampoco quisieras iniciar una discusión donde hubiesen salido más asuntos… asuntos ante los que no habrías sabido o podido defenderte.

"Entonces, ante mi mutismo y evidentes signos de desolación, mi Sócrates particular de una sola noche, mi mayéutico underground, se puso en pie, rodeó la mesa y me colocó una mano en el hombro"

Ahora sí. Ahora sí que sentí un calambrazo que me recorrió de arriba a abajo. Era cierto; absolutamente cierto. Siempre temí más reproches. No me había preparado lo suficiente para enfrentarlos. Como rezaba el «podido» que había introducido mi interlocutor al final de su frase, seguramente hubiesen aflorado nuevas cuestiones que no habría podido exculpar de ninguna forma, y lo que realmente me daba pavor era que me dejasen en evidencia por cosas que sabía que había hecho mal, o que me señalaran otras sobre las que no tenía ni idea. En definitiva, que eludí el conflicto para no mermar todavía más la mediocre opinión que tenía de mí mismo.

Entonces, ante mi mutismo y evidentes signos de desolación, mi Sócrates particular de una sola noche, mi mayéutico underground, se puso en pie, rodeó la mesa y me colocó una mano en el hombro.

—¡Arriba esa frente, muchacho! Seguro que no hiciste las cosas tan mal. Y si las hiciste, que le jodan. Habrás aprendido de ellas. ¿Sabes? Buk tenía una máxima para combatir sus miedos: decía que había que aislarlos, enviarlos cada uno a una habitación distinta, procurar que no hablasen entre ellos, que ni siquiera se viesen. Si entran en contacto, se contagian unos de otros y se acompañan hasta situaciones a las que no deberían asistir; en las que no pintan nada. En tu caso, seguro que te has acordado muchas veces de ese momento y has concluido que no tienes valor para enfrentar otros problemas, aunque no tengan nada que ver. Ahí está el gran error. Si generalizas, estás perdido. Ya sabes lo que se dice: un miedo te señala una limitación, pero cada uno responde a una situación y a sus miles de condicionantes. Evita que se extienda, que acapare una zona entera de tu carácter. Enciérralo en su eventualidad. ¿Cómo era lo que decía vuestro filósofo? Yo y mis circunstancias… Pues eso. Los miedos y las suyas.

Yo no movía ni un músculo. Volvía a estar paralizado. Él empezó a alejarse de la mesa.

—¡Venga, nos vamos!

—¿A dónde?

—A una fiesta… Tienes que practicar.

Continuará y terminará en «Los Ángeles: en busca de Charles Bukowski (III)»

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