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Los archivos del Gran Teatro de Oklahoma (II)

Foto de portada: Jeosm

El Gran Teatro de Oklahoma, según Kafka “el teatro más grande del mundo”, albergó en su seno un archivo con centenares de libros prácticamente desconocidos. Los tres escritores que firman esta sección presumen de haber descubierto algunos de esos libros y han decidido dar a conocer breves retazos de los más oscuros, inquietantes y extraños de ellos.

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Memorias de un domador de leones, de Sören Sfagurson, Buenos Aires, 1949.

Así reza la contracubierta: “El libro que el lector tiene en sus manos son las amenas memorias del viajero y domador de leones sueco Sfagurson, quien llegó a tener un espectáculo de fieras de más de veinte animales, entre leones, leonas y panteras negras. Recorrió toda África y Asia Menor en pos de grandes felinos. Fue recibido en Kapurtala por el marajá y en Pekín por el emperador Pu Yi en sendas giras asiáticas de casi dos años; sus fieras asombraron al público parisino de entreguerras en el teatro-circo Medrano, donde fue un habitual de su programación; logró montar su carpa en la plaza de San Pedro del Vaticano en 1928 y pagó una fortuna por llevar sus leones en góndola a lo largo del Gran Canal de Venecia en 1931. Stalin, con quien dicen que compartía un parecido físico extraordinario, fletó un tren sellado desde Helsinki a Moscú para una sola representación en el famoso Palacio Revolyutsiya, donde se llevó a cabo el primer ballet sobre hielo con animales salvajes. Sfagurson se codeó con figuras de la talla de Picasso, Roosevelt, Hemingway, Stravinsky, De Gaulle, Chaplin, Dreyer y Greta Garbo. Amó por igual a hombres y a mujeres y, como él solía decir, tan solo le hirió ‘el desgarro del desamor’. Algunos de sus leones alcanzaron enorme fama en Estocolmo, como fue el caso de Shapur, un león albino que vivía en la misma casa de su domador campando a sus anchas, criado por Sfagurson como a un hijo desde que nació. Mussolini lo compró disecado y metía la cabeza entre sus fauces antes de dar sus arengas. La vida de Sfagurson está llena de aventuras sentimentales y de riesgos sin fin, pero no pudo evitar la ruina económica. Estas memorias, que abarcan de 1904 a 1945, aparecieron en un baúl de disfraces poco tiempo después de su muerte, en abril de 1947. Para entonces, había caído en el olvido y sus leones terminaron vendidos en zoológicos de Sudamérica y Europa del Este. Sobre la lapida de su tumba, en el cementerio de Estocolmo, hay una zarpa de león esculpida en mármol negro junto a la frase: Aquí yacen los rugidos”.

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Guía de donaciones a la ciudad de Baltimore, edición a cargo del Dr. William S. Gilkes, Baltimore, 1921.

(Del prólogo del doctor Gilkes). “Durante varias generaciones, la ciudad de Baltimore fue recipiendaria de regalos, donaciones, herencias y cesiones de todo tipo, tanto en especie física como el activos financieros y fiduciarios y bienes inmuebles. Su cuantía y su dimensión llevaron a las sucesivas administraciones locales, a iniciativa del alcalde Morris S. Flugal, a encargarme una catalogación detallada de dichas donaciones, la cual está recogida en el presente volumen con exhaustividad. Describiré aquí, de manera general, los campos de dichas dádivas: Locales e inmuebles (10 templos, 3 teatros, un matadero, 25 apartamentos, 4 solares, 17 sótanos, 200 hectáreas de labranza, 7 mansiones, 91 tiendas y comercios); animales (7 serpientes, 5 camellos, 1 hipopótamo, 24 avestruces, 1.500 pavos, 16.333 pollos, 8 lechuzas, 1.768 perros, 91 gatos, 16 loros, 7 mofetas, un toro); libros (24 bibliotecas particulares de aproximadamente 800 volúmenes cada una, destacando 6 ediciones completas en piel de las obras de Charles Dickens, 4 ediciones incompletas de las obras de Mark Twain, 1 edición firmada por Baudelaire de Las flores del mal, de Baudelaire, 2 ejemplares intonsos de La roja insignia al valor, de S. Crane, todo Tolstoi en inglés, casi todo Melville y los 24 volúmenes de las obras inéditas del señor Walter Cornelius Peabody, gobernador de Arkansas); ajuar, cubertería y lencería (piezas de porcelana y ropa de cama de 356 particulares y negocios de hostelería, cubertería de plata de 8 casas de empeño, de 9 herencias, de 21 embargos y de 8 incendios); maquinaria (tractores, vehículos de tracción animal, coches, camiones, máquinas de coser, de ordeño, de esquila, de peluquería, de conservación de alimentos, más un número indeterminado de microscopios, gramófonos, máquinas fotográficas y cortadoras de césped, en un total de 514 piezas de diversa tecnología); barcos (dos veleros, un yate y 14 barcas, una de ellas hidropedal); obras pictórica (699 paisajes, 21 desnudos, 134 autorretratos, 108 retratos, 7 bustos en bronce de Abraham Lincoln y 2 cuadros con escenas del Oeste de Julius Athanasius Peabody, hijo del gobernador de Arkansas)».

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Zoológico, Fénix Guatever, Solitum, 1999

Bueno, no deja de tener gracia que eligieran precisamente aquel lugar para hacer el experimento. Al fin y al cabo ellos eran escritores y estaban al tanto del mecanismo de manera inconsciente. Todos los escritores están en condiciones de saberlo. Se dedican a lo mismo que nosotros, solo que en otro nivel más obtuso, bastante embotado en la mayoría de los casos en lo que al cómputo numérico se refiere. Pero a nosotros ese cómputo nos interesa para otros fines que no son artísticos, ya sabéis a lo que me refiero.

No me siento cómodo haciendo bromas con esto, la verdad. Un día deberíamos plantearnos de una vez por todas buscar otras soluciones.

"Pasaron ante los elefantes como si nada, casi ignoraron el rinoceronte negro, y no fue hasta llegar al acuario cuando se dieron cuenta de que sus sentidos se estaban abriendo"

Pero vuelvo a la historia. Los dos se habían puesto sombreros de verano porque hacía bastante calor y poco después de comprar las entradas, nada más rebasar las jaulas de las grullas japonesas, se apartaron bajo el gran nogal y se tomaron la sustancia. He de aclarar que aquellos dos papelitos que desenvolvieron no estaban en las mejores condiciones. Hacía ya demasiado tiempo que habían sido impregnados y el estado de conservación era lamentable, pues habían viajado en diferentes carteras masculinas hasta llegar a sus destinatarios. Por eso, tardaron un rato en sentir los efectos. Pasaron ante los elefantes como si nada, casi ignoraron el rinoceronte negro, y no fue hasta llegar al acuario cuando se dieron cuenta de que sus sentidos se estaban abriendo. Empezaron con algo básico. Podían penetrar en los ojos de los peces y entrever la chispa de luz que los anima. Podían quedarse imantados dentro de la conciencia azul de una sepia y sentir el placer de propulsarse a toda velocidad con un solo espasmo acuático.

Es verdaderamente hermoso y complejo el mecanismo externo de todo lo que acontece en el zoológico, y podemos estar orgullosos de ello.

"El otro escritor sonreía mirando la escena unos metros atrás, aunque era consciente del peligro. De alguna manera consideraba natural que aquel poeta fuese devorado por una hiena"

El caso es que siguieron paseando por el parque y ocurrió algo divertido: el más joven se detuvo ante el recinto de las hienas y comenzó a mirarlas con la misma intensidad que había empleado en el acuario. Claro, una de ellas comprendió enseguida y le contestó probándole con su extraña risa y enseñándole los dientes. El muchacho —podemos llamarlo así, definitivamente— le respondió con una imitación perfecta que desconcertó por un instante a la hiena, que no estaba acostumbrada a aquellas interacciones y comenzó a acercarse a él, por pura curiosidad y deseando olisquearle desde más cerca.

El otro escritor sonreía mirando la escena unos metros atrás, aunque era consciente del peligro. De alguna manera consideraba natural que aquel poeta fuese devorado por una hiena. De hecho, se desentendió de lo que fuera a pasar. Miró hacia el cielo radiante que alumbraba el zoológico. Algunas nubes deshilachadas parecían cubrirlo con un velo.

Nunca supo que yo lo observaba y me gustó verlo feliz, indagando y ciego en todos los sentidos. Incluso sentí cosquillas en las plantas de los pies.

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Cómo reconocer las señales en los sueños, de Norah Saint-Pierre-Bouverdin, Editions Wagneriennes, París, 1929.

(El fragmento que transcribimos reproduce una de las conversaciones entre el doctor Ernest Komblach y la joven Norah cuando ella contaba solo dieciséis años de edad.)

P. Dejaste a Dujas en la entrada del parque, bien hecho. Ahora reflexiona, ¿qué llevaba Dujas consigo? R. No consigo recordarlo… era algo blanco y pesado. Algo metálico, sin duda. P. No fuerces la memoria, simplemente piensa en la imagen de Dujas en la entrada del parque. Intenta observar la escena en su totalidad. ¿Qué había alrededor? R. Había varios niños. Niños y niñas, que jugaban con trompos, con diábolos y con un gran aro metálico. Una de las niñas era horrible… verdaderamente horrenda… P. ¿Horrenda? ¿Por qué? ¿Qué tenía de horrendo? R. Tenía la cara al revés, ¿comprende? Tenía la boca en la frente, y los ojos en la parte inferior del rostro. Era horrible mirarla. P. ¿Qué más cosas se veían alrededor? R. Había unas matas de laurel rosa, las barras de la verja del parque… y también un animal, un animal grande. Quizá una vaca. Sí, era una vaca sin duda. P. ¿Una vaca? R. Sí, una vaca blanca… ¡Ahora lo recuerdo! Lo veo con toda claridad. Lo que Dujas llevaba consigo era dos grandes lecheras metálicas llenas de leche. Ahora lo comprendo: su misión era llevar la leche al parque para alimentar a los leones. P. Entonces, ¿dentro del parque había leones? R. Por supuesto. El parque estaba lleno de todo tipo de animales salvajes, aunque como estaba rodeado de una alta verja les resultaba imposible escapar. P. ¿Y los leones se alimentaban de leche? R. Sí, desde luego. Eran unos leones maravillosos, muy grandes, muy alargados, mucho más largos que los leones reales, y estaban tocados por unas melenas de rizos perfectos que parecían como de cristal dorado. Tenían los ojos azules y largas lenguas rosadas con las que sorbían la leche que les traía Dujas. P. Comprendo. R. Y los leones me hablaban. Me decían toda clase de cosas. P. ¿Qué cosas, por ejemplo? R. Oh, todo tipo de cosas. P. Cuénteme alguna. R. Oh, no sé, ya sabe usted cómo son los sueños. P. ¿Le daban miedo las cosas que le decían los leones? ¿Eran cosas con sentido? R. Sí, desde luego. Los leones hablaban con un lenguaje exquisito y parecían poseer todos una gran inteligencia. P. Pero ¿de qué le hablaban? R. Del futuro, desde luego. Y de mí misma, de mi vida. También me hablaban de deseos. P. ¿De deseos que ellos tenían? R. No, no, desde luego que no: me hablaban de mis propios deseos, me explicaban con toda claridad cuáles eran verdaderamente las cosas que yo deseaba. P. Pero eso no podía sorprenderla mucho, ¿no es así? R. Se equivoca usted. Los leones me revelaban la verdad de mis deseos, ¿comprende? No los deseos que yo creía tener, sino mis deseos verdaderos. P. Comprendo. ¿Y le daban miedo esos deseos? ¿Le escandalizaban, quizá? R. Sí, me escandalizaban y me daban miedo. Pero no porque tuvieran una naturaleza sexual. Soy muy consciente de mis deseos de naturaleza sexual y no necesito a nadie que me ayude a reconocerlos. Pero estos deseos eran completamente distintos. P. ¿Por qué le escandalizaban, entonces? ¿Eran violentos, quizá, inmorales en algún sentido? R. No, no, todo lo contrario. Eran profundamente morales. Los leones me revelaban mi verdadera naturaleza, mi naturaleza moral, ¿comprende usted? Me hablaban de largos viajes realizados solo con el pensamiento y me explicaban cómo realizar esos viajes. Me hablaban del bien, del amor, de la hermandad entre los hombres, del sueño de una sociedad feliz donde no existen la violencia ni la guerra. P. Ya veo, pero ¿por qué le escandalizaban a usted esas cosas? R. No lo sé. P. A lo mejor el término «escandalizar» no es el adecuado. ¿Diría usted, más bien, que le sorprendía descubrir esas tendencias, digamos, filantrópicas, dentro de usted? R. No, no es eso. No sé cómo explicarlo. Los leones hablaban, en realidad, de una cosa, de una sola cosa, aunque usaran muchas palabras floridas y muchas metáforas para referirse a ella, palabras como rosa, roca, panteón, copa, dragón: hablaban en realidad de la inocencia. P: ¿De la inocencia, dice usted? R. Sí, doctor, ese era el mensaje de los leones: «Creed en la inocencia». Y entonces comenzaba a sonar aquella música, doctor Komblach, aquella música divina. Y entonces todo adquiría pleno sentido. P. ¿Qué tipo de música? ¿La había oído usted antes? R. Sí, claro que sí. Era música de Wagner, algo entre Parsifal y Lohengrin. Y yo, por fin, entendía el significado de la música del gran Zauberer. Trata en realidad de la inocencia, de la inocencia original. P. ¿Usted cree que la música de Wagner habla en realidad de eso? ¿De la inocencia? R. No importa lo que yo crea, doctor. Intento explicarle lo que he visto, lo que me ha sido revelado. Los leones me revelaron que en mí existía, por debajo de mi vanidad, de mi sensualidad, de mi codicia, de mi necesidad de ser amada, incluso de ser amada brutalmente, el deseo de convertirme en una fuerza de paz y de amor para el mundo, y que eso era, en realidad, más fuerte que ninguna otra cosa. Sí, doctor, la música de Wagner trata en realidad de la inocencia original, de lo que somos antes de nacer, cuando estamos en la indefinición del huevo hialino, antes de ser hombres o mujeres. La música de Wagner habla de la placenta y habla desde la placenta. Por eso nos ayuda a imaginar mundos que no existen y a soñar que tenemos cuerpos de otros sexos. De esa nebulosa radiante surge todo.

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