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Los archivos del Gran Teatro de Oklahoma (VIII)

Foto de portada: Jeosm

El Gran Teatro de Oklahoma, según Kafka “el teatro más grande del mundo”, albergó en su seno un archivo con centenares de libros prácticamente desconocidos. Los tres escritores que firman esta sección presumen de haber descubierto algunos de esos libros y han decidido dar a conocer breves retazos de los más oscuros, inquietantes y extraños de ellos.

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Vida de un héroe nacional, de Antonio Menchaca, Santiago de Chile, 1961.

(Del prólogo)).- Para aquellas pocas personas que no conozcan la vida de nuestro héroe nacional, he aquí unas pinceladas biográficas. Pablo Cayro Zunzunegui (Vitoria, 1900-Madrid, 1946) fue un hombre plural: seminarista, policía, campeón de ajedrez, presidiario, hampón, espía y sádico. Después de haber servido en el cuerpo de la policía primorriverista, del que fue expulsado por corrupto, trabajó para un inspector de policía corrupto, colega suyo pero aún en activo, que se dedicaba a hacer servicios especiales para el Estado y para políticos necesitados de coartadas inexistentes, fotos incriminatorias y pruebas falsas. Cayro había heredado de su difunta tía, Amparo Zunzunegui, un burdel en la calle Desengaño que él convirtió en una pequeña fortuna al traspasarlo a unos grandes almacenes (La Señorial), donde emplearon a las prostitutas en trabajos de dependientas. De esa fortuna fue viviendo como si fuera rico y pronto la gastó en vicio y anómalas caridades. Se metía en líos. Era grueso, le gustaba dar palizas hasta que se ahogaba. Tenía debilidad por un joven excomunista al que pagaba de vez en cuando por información a cambio de drogas.

"Así pues, tenía cuatro meses por delante para hacer algo que valiese la pena. Se retiró al desierto de Atacama y estuvo una semana al raso, meditando y pensando en la humanidad"

Frecuentaba Cayro a un amigo cura, de los tiempos del seminario, con el que jugaba al ajedrez en la iglesia. Un día, su amigo cura le pidió un favor: quitar de en medio a su cuñado, el marido de su hermana, a la que maltrataba. Cayro y el joven excomunista se pasaron en el celo de su cumplimiento y terminaron rompiéndole la crisma al muy hijo de puta del cuñado. Cuando encontraron el cadáver de este, ya no tenía cara, si por cara se entendía la extensión de carne picada sanguinolenta y sin forma que antecedía a los sesos. Los pillaron. Fueron juzgados. Veinte años. Cayro no cumplió ni un mes. El poli corrupto que lo amparaba montó una fuga disimulada. El excomunista no estaba en ella. A cambio, Cayro tenía que abandonar el país. Lo hizo, se embarcó para Valparaíso, Chile. Allí no tardó en volver a las andadas. Se ofreció a la policía estatal para “trabajos especiales”: si alguien sobraba, él, Cayro, se encargaba de hacerlo desaparecer.

Un día se encontró mal, se le nubló la vista, perdió el sentido, y el médico, tras los análisis, lo avisó: cuatro meses, quizá menos, y el cáncer que avanzaba lo llevaría a la tumba. Así pues, tenía cuatro meses por delante para hacer algo que valiese la pena. Se retiró al desierto de Atacama y estuvo una semana al raso, meditando y pensando en la humanidad. Se sintió una especie de salvador o algo así. Cuando se le encendió la luz de la cordura, tomó la decisión por la que luego pasaría a la Historia. Unos días más tarde, regresó a España, contactó con el viejo policía corrupto que lo amparaba antaño y que ahora estaba al servicio de la guardia personal del Generalísimo Franco, vencedor de la guerra civil y dictador maniático. Cayro consiguió cierto material prohibido, al fin y al cabo sabía dónde encontrarlo. Con ese material, y en compañía de su amigo, el policía corrupto adepto al Movimiento, se introdujo en los círculos de Franco, llegó al palacio de El Pardo y, aprovechando que el dictador se echaba la siesta, entró en su habitación.

Lo demás es historia conocida: a las 16.30 del 12 de junio de 1946, Francisco Franco saltó por los aires junto con su esposa, veinte personas del servicio, quince soldados de su guardia, tres perros y un palacio entero, más -se cree- Pablo Cayro Zunzunegui, de quien no se halló el menor rastro. Y cuando se dice el menor rastro, es el menor rastro. Literal. Pulverizados por la explosión, sus restos, con el cáncer y todo, cayeron como lluvia fina sobre los tejados de los alrededores de El Pardo. En 1971, con motivo del 25º aniversario del magnicidio, convertido en fiesta nacional por el presidente de la república española, don Manuel Azaña, se le puso el nombre de Pablo Cayro a una calle del barrio de Salamanca, a un instituto de enseñanza media y a un cuartel.

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«Crónicas del espiador», de Juan Fernández, en Manual de literatura dominante en lengua española del siglo XXI, Penélope Escalante, Doctora en Literatura Dominante, Universidad de Monterrey, 2109. Tomo III Págs. 257-258.

El éxito de Juan Fernández como novelista dominante había devastado su impulso creativo. Hay un vídeo de la época en el que al autor, claramente afligido por la multitud que le acosaba en la caseta de firmas, declara: «Mi literatura se ha vuelto crujiente, adictiva e indigesta, exactamente igual que un paquete de patatas fritas». Por entonces —es preciso aclararlo para las lectoras y lectores de hoy—, las «patatas fritas» no habían sido prohibidas. En cualquier caso, en el marco de esas declaraciones es imposible saber si ya estaba en mente de Juan Fernández escribir las Crónicas del espiador, aunque, desde luego, está constatado que Fábulas de Sabatini fue su último libro de ficción.

Las Crónicas, no obstante, le depararon ese fracaso que Juan Fernández parecía desear, un fracaso de crítica que se fue volviendo cada vez más peligroso para el autor por el gran número de enemigos que iba generando la lectura secreta de su obra.

"El asunto del libro es sencillo. El espiador se limita a describir lo que ve y lo que oye en todo tipo de eventos, reuniones, comidas o conversaciones privadas"

Alrededor de la publicación de las Crónicas del espiador, se estableció un rotundo pacto de silencio, tanto en los medios de comunicación como en el mundo cultural, pacto que contrastaba con las numerosas demandas que el autor y su editorial fueron recibiendo, hasta el punto de que esta tuvo que cerrar pues las librerías cancelaron los pedidos de este libro y de cualquier otro publicado en sus colecciones, acogiéndose —paradójicamente— al código ético de la Ley de Consumo Mínimo de Indecencia, por entonces recién instaurada y todavía con muchas limitaciones.

El asunto del libro es sencillo. El espiador se limita a describir lo que ve y lo que oye en todo tipo de eventos, reuniones, comidas o conversaciones privadas.

Se han hecho célebres algunos episodios, como la conversación que Juan Fernández mantiene con la novelista Elena Jaime, cuando le comunica a esta la muerte de un famoso editor en un accidente de tráfico.

«—Qué susto me has dado —contestó ella—. Pensaba que había rechazado mi manuscrito».

Con este último fragmento se puede relacionar otro en el que Juan Fernández relata su encuentro con Salvador Rey, uno de los miles de escritores en activo en la tercera década del siglo pasado:

«Llevábamos apenas dos minutos conversando en la esquina cuando vi cómo su rostro se demudaba por completo. Me preocupé porque me acababa de hablar de su mala salud; de hecho, pensé que le estaba dando un infarto, pero, al ver que miraba aterrado hacia la acera de enfrente, miré yo también hacia el mismo lugar y descubrí a la editora de Salvador, que caminaba a paso rápido, acaso hacia alguna reunión.

—Perdona —balbució Salvador.

Y vi cómo corrió tras aquella grácil espalda que se alejaba, lo más rápido que podía a pesar de su salud, que me pareció de hierro en ese momento. Salvador logró agarrarla del brazo e inició una cháchara llena de sonrisas y probables adulaciones en la que definitivamente me olvidaba».

Aunque el fragmento más interesante para los Comités de Decencia de hoy día es el siguiente:

«Sentí tanta pena por ella como alegría me había dado reencontrarla en la entrega de aquel premio, adonde había ido solo por el placer de darle un abrazo de enhorabuena. El jurado estaba elogiando en aquel momento la histórica probidad de aquella pintora, una verdadera artista que jamás había claudicado ante ligereza, presión o corrupción alguna. Entonces yo, que la tenía justo al lado, vi con inmediata piedad un temblor dentro de su mirada, una estremecimiento preocupado que se borró en cuanto salió, a continuación, a recoger el trofeo y a recibir nuestros aplausos».

"Juan Fernández vendió su casa, abandonó el país y el continente. No dejó ni señas ni rastro"

Todos los episodios retratan pequeñas debilidades de este tipo, anecdóticas, incluso insustanciales. Pero el efecto resultante, al identificar a cada personaje por su nombre y apellidos, acaba siendo demoledor. Como el mismo autor afirma en el breve prólogo a su libro, dicho efecto resulta parecido «a mirar una mosca con un microscopio. Dentro de cada uno de mis contemporáneos, hay una caricatura peluda y monstruosa. Lo mismo ocurre conmigo, por supuesto; en caso contrario, no habría podido escribir estas páginas»

Las crónicas del espiador desapareció de las librerías y solo permaneció el ejemplar obligatorio en nuestra Biblioteca Nacional. El autor colgó un PDF de descarga gratuita en su página web, que fue clausurada de inmediato por la Ley de Consumo Mínimo de Indecencia.

Juan Fernández vendió su casa, abandonó el país y el continente. No dejó ni señas ni rastro. La pequeña estatua que le recuerda en su ciudad natal sigue pendiente —a día de la publicación de este manual— de la resolución de vigencia o derribo.

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Tumbas de mariposas célebres, de Thaïs Irisarry, Publicaciones del CSIC, Madrid, 1987.

La reedición de este curioso libro, mitad relato novelado, mitad estudio científico, es una ocasión de oro para recordar las tumbas de mariposas y de libélulas que tanto abundaban en el viejo Madrid y que, desgraciadamente, van desapareciendo con el paso de los años, borradas por la transformación inmobiliaria incesante que sufre nuestra ciudad. Solís y María, los protagonistas de la novelita, son dos investigadores del CSIC a los que, a principios de los años ochenta, se les encomienda la tarea de hacer un informe sobre las tumbas de mariposas y de libélulas que todavía existen en Madrid. Los dos son muy jóvenes, él estudiante de Arquitectura en la Universidad Complutense y ella estudiante de Geografía e Historia en la Universidad Autónoma. En un principio, los dos se aborrecen cordialmente y consideran que el otro no está cualificado para llevar a cabo la delicada investigación que tienen entre manos, y lo cierto es que durante las primeras dos semanas, que se pasan buscando en los lugares habituales (parques, descampados, triángulos de tráfico, glorietas, aceras de calles olvidadas, bulevares, alcorques, pasajes, pasadizos, túneles, criptas etc.) no logran descubrir ni uno solo de estos curiosos monumentos.

"En el sarcófago solo hay una botella salamazar de color amarillo oro, en cuyo interior encuentran una ninfa de enormes dimensiones que, desde luego, no puede ser Alicia Bellver Salamanca"

Las tumbas de mariposas de Madrid suelen ser de piedra y estar parcialmente enterradas, cuando no totalmente invadidas de plantas ruderales. El sarcófago suele tener una cobertura de cristal a través de la cual se puede ver el cuerpo de la mariposa perfectamente conservado, ya sea en estado de pupa, larva, ninfa, imago o en su forma completa de niña o mujer. En el caso de los odonatos o cuando la niña no ha alcanzado el estado de imago, se suelen usar, además, botellas de cristal de colores. Tanto el sarcófago como la botella se disponen dentro de una tumba de piedra que tiene una lápida a menudo disfrazada de boca de alcantarilla o registro del agua o de la luz. Por esta razón, es posible pasar todos los días al lado de una de estas míticas tumbas de mariposas sin apercibirse siquiera de su existencia.

Poco a poco, María y Solís van superando su mutua aversión inicial y comienzan a hacerse amigos. La relación de ambos da un vuelco definitivo cuando ella le cuenta que de niña se cayó al interior de una de estas tumbas cuando jugaba al escondite con unos amigos en la Colonia Socialista de Ciudad Jardín. Los jóvenes investigadores intentan volver a encontrar el lugar, recorren callejuelas silenciosas, saltan las tapias de algunos jardines privados y finalmente, en un solar situado entre dos propiedades semiabandonadas, encuentran un rectángulo de cemento que parece un antiguo registro de agua pero que resulta ser, en realidad, la tumba de una mariposa muerta en 1923 y llamada Alicia Bellver Salamanca. En el sarcófago solo hay una botella salamazar de color amarillo oro, en cuyo interior encuentran una ninfa de enormes dimensiones (las botellas salamazar tienen nueve litros y medio de capacidad) que, desde luego, no puede ser Alicia Bellver Salamanca. ¿Quién es, entonces?

Los recuentos de mariposas, de polillas y de odonatos (libélulas) de principios de siglo suelen estar llenos de inexactitudes. Al parecer, y de acuerdo con los datos que logran desenterrar en los archivos del ayuntamiento,  Alicia Bellver murió muy joven e hizo una brevísima carrera como cantante de music hall y luminaria nocturna en las fiestas municipales de San Isidro de 1911. Pero tampoco ella puede ser la ninfa encontrada, ya que las ninfas no son todavía niñas completas. La trama se complica cuando descubrimos que Alicia Bellver fue la bisabuela de María.

Tumbas de mariposas célebres se completa con varios mapas que señalan la situación de las tumbas de mariposas que todavía podían encontrarse en las calles madrileñas en el momento de publicación del libro. La mayoría de estas tumbas, algunas de las cuales todavía son visibles si uno tiene ojo para los detalles y un poco de imaginación, se encuentran en la zona norte de la ciudad, especialmente en los alrededores del antiguo Cerro del Viento.

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Dejaron las casas vacías, de Juan Luis Brummel, París, 1889.

Esta curiosa novela tiene su origen en la fascinación que sentía su autor, desde que era niño, por la cultura maya. El joven Juan Luis Brummel leía todo lo que encontraba sobre esta civilización perdida y visitaba sin cesar el Museo Etnográfico de París (hoy desaparecido), en el que se encontraban varias copias de escayola de relieves mayas y algunos códices cuyos glifos incomprensibles encendían la imaginación del niño, que llegó a asegurar más tarde que había logrado descifrarlos de manera intuitiva y que contaban historias tan oscuras y terribles (por ejemplo, que el mundo terminaría en el año 2013) que había preferido olvidarlos y olvidar también la forma de interpretarlos.

"Odón Merkator se entera de que un antiguo compañero de colegio, François Villiers, al que siempre llamaban Pánfilo, ha decidido abandonar su casa de París y marcharse a vivir al campo"

Dejaron las casas vacías era, en principio, un intento de imaginar qué es lo que sucedió en las ciudades mayas, que fueron abandonadas en mitad de la selva por sus habitantes sin razón aparente. El protagonista es Odón Merkator, investigador del Museo Etnográfico y especialista en culturas mesoamericanas precolombinas, cuya tragedia secreta es que no ha cruzado jamás el océano. Sea como sea, Odón está convencido de que los seres humanos son iguales en todas las épocas y en todas las partes del mundo, y que no es necesario viajar a México o a Guatemala, donde solo hay ruinas abandonadas, para comprender el misterio de las ciudades. Ya que tal misterio, se dice a sí mismo, puede ser resuelto allí mismo, en París.

Entonces sucede algo sorprendente. Ah, pero ¿no es esa frase la que resume limpiamente todo el arte de la novela? Hay alguien en algún sitio, alguien va a algún lugar, hay una familia feliz, o un chico deseoso, o una señorita perspicaz, que tienen una vida rutinaria o se encuentran en esta o aquella situación… y entonces sucede algo sorprendente y la novela comienza. Odón Merkator se entera de que un antiguo compañero de colegio, François Villiers, al que siempre llamaban “Pánfilo” (“que todo lo ama”), ha decidido abandonar su casa de París y marcharse a vivir al campo. Al parecer su decisión ha sido imprevista y radical. De pronto, Pánfilo le ha dicho a su familia, para desesperación y asombro de su mujer y sus hijos, que se iban del precioso apartamento que tenían en el IV arrondissement y que no volverían a aquella casa jamás. Ha mandado llamar a unos operarios que han metido todas sus pertenencias en varios carromatos y se ha marchado al campo, más concretamente a Rambouillet, donde alquiló una villa.

Odón visita el piso de su antiguo compañero, situado en el barrio del Marais. La puerta está abierta, ya que no se han molestado en cerrarla. Las habitaciones están vacías. A continuación averigua las señas de su amigo en Rambouillet y se va allí a visitarle. Pánfilo le explica que aquello de abandonar París de forma inmediata y sin mirar atrás fue una idea súbita, pero que cuando se presentó en su cabeza ya no podía abandonarla. “Querido Odón”, le dice al final de su conversación, “prepárate, porque pronto lo mismo te sucederá a ti”.

"Poco a poco, la ciudad de París va quedando abandonada. Los omnibuses no corren por las calles. Los teatros y cafés permanecen cerrados. Los restaurantes y las tiendas cierran también, aunque los suministros siguen llegando regularmente a la ciudad"

Poco a poco, Odón comienza a tener noticia de otros casos de personas que abandonan sus casas de París y se marchan a vivir al campo. Simplemente cargan con todas sus pertenencias y, sin molestarse en vender sus casas ni arreglar sus asuntos legales, salen de París como si amenazara la peste o como si se acercara una guerra. Casi todos se van a vivir a pueblecitos de los alrededores, nunca demasiado lejos de la capital, como Créteil, Saint Dennis, Nanterre, Argenteuil… La tendencia no hace sino aumentar ante el estupor del gobierno y de la conserjería, cuyos agentes contemplan asombrados cómo bloques enteros de la ciudad se vacían en cuestión de días y cómo carros y carromatos de todo tipo avanzan por las calles cargados de muebles, lámparas, alfombras, niños llorosos y abuelos contrariados. Pero ¿qué pueden hacer? ¿Qué puede hacer el ayuntamiento o el gobierno? Nadie está rompiendo ninguna ley.

Poco a poco, la ciudad de París va quedando abandonada. Los omnibuses no corren por las calles. Los teatros y cafés permanecen cerrados. Los restaurantes y las tiendas cierran también, aunque los suministros siguen llegando regularmente a la ciudad. Poco a poco, los gatos y los perros salvajes se adueñan de las calles. Una ordenanza municipal ordena liberar a los animales del Jardín de Plantas que, de otra manera, morirían de hambre, de modo que ahora es posible encontrarse con un león escuálido o un hipopótamo aburrido por Montparnasse o el Bulevar de los Capuchinos. Odón Merkator nunca ha sentido la llamada ni el deseo de marcharse, pero ¿qué puede hacer? No es posible vivir en una ciudad vacía. Finalmente, se ve obligado a abandonar su amado Museo Etnográfico y se marcha también.

Odón Merkator no ha logrado desentrañar el misterio de las ciudades mayas. ¿O quizá sí? “En realidad, nadie sabe por qué actúan los seres humanos”, afirma en las últimas líneas de su novela. “Simplemente, alguien hace algo y el que está al lado siente el deseo de hacer lo mismo. Somos seres imitativos, y solo podemos vivir siguiendo tendencias y patrones. Somos como los dibujos de una alfombra. Uno no se pregunta por qué hay aquí una flor: la hay porque antes hay otra, y otra, y otra…»

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