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Los archivos del Gran Teatro de Oklahoma (VII)

El Gran Teatro de Oklahoma, según Kafka “el teatro más grande del mundo”, albergó en su seno un archivo con centenares de libros prácticamente desconocidos. Los tres escritores que firman esta sección presumen de haber descubierto algunos de esos libros y han decidido dar a conocer breves retazos de los más oscuros, inquietantes y extraños de ellos.

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Historia del Protocorán, El Corán original, del imán Omar Qabbani, El Cairo, 1980. [Versión española, P. M. M.]

(Fragmento) En 1920, el imán Qabbani, después de diversas y prolongadas investigaciones, dio a conocer la que él señala como la “versión original de El Corán primitivo”, obra sin manipulaciones y preservada en secreto durante siglos, en Damasco, por una secta destinada al solo fin de su ocultación, “para evitar la herejía de la falsa verdad”. Se llamaban a sí mismos los fihristim (los ocultadores de libros). La base de las teorías de Qabbani, que él hace pasar por hechos reales, es la siguiente: Ali al-Bagdadí, un hombre ciego y fanático del coito con cabras, dueño de muchos rebaños de esos animales, más de camellos y ánsares, poseedor de doscientas esposas a las que cubría con una piel de oveja por las noches, era el cabeza de una familia cuyos miembros se pasaban el día maldiciendo y despotricando contra todo. En sus imprecaciones, siempre emitían alguna sentencia condenatoria. Al escucharlos, Al-Bagdadí empezó a dictar sus propias ocurrencias, basadas en los enfados de sus familiares. Estas ocurrencias fueron copiadas por algunos de esos familiares a su manera y según sus propias ideas. Así surgió un texto enorme, dispar y extravagante. En él, aparecían tanto recetas inventadas para hacer queso inspirado por los ángeles de Alá como se diseñaba una lista de enemigos a los que pasar por las armas, robar sus bienes, violar a sus mujeres e hijas, azotar a los adúlteros y decapitar a los extranjeros.

"Al-Sawmin pronto fue conocido en todo el mundo árabe como Muhammad o Mahoma y, en su madurez, dictó lo que sería El Corán original o Protocorán"

Cuando la familia del rico Al-Bagdadí quiso utilizar aquellos escritos como legislación tribal, entró en una especie de conflicto interior que terminó polarizándose en dos facciones: los muy-yihadistas y los muy-muy-yihadistas. En esa guerra civil, cuando, por ejemplo, los primeros decían que había que dar cien latigazos a la mujer que deja ver su meñique a los ojos lujuriosos de un hombre, los segundos exigían que fueran doscientos latigazos, más el meñique mismo, debidamente cortado. Si los primeros optaban por degollar a los judíos que hubiera en sus tierras, los segundos elegían degollarlos, trocearlos y quemarlos. Y cada facción convertía en ley estupideces parecidas. Llegaron incluso a prohibir las ventosidades.

La segunda facción estuvo liderada por un primo de Al-Bagdadí llamado Mohamed al-Sawmin, el Ayunador, quien, para imponerse a la otra facción, empezó a proclamar que un caballo alado lo llevaba cada día junto a Alá y este le dictaba las azoras que él propalaba entre su pueblo. Al-Sawmin pronto fue conocido en todo el mundo árabe como Muhammad o Mahoma y, en su madurez, dictó lo que sería El Corán original o Protocorán, texto ceñido a 104 azoras destinadas a regular cada gesto, acto, pensamiento o idea que tuvieran hombres y mujeres, catalogando como pecado todo aquello que no estuviera dentro de esa rígida normativa.

"La yihad es buena, es sana y es necesaria. Los yihadim salvarán el mundo a sangre y fuego por el poder que Alá les ha otorgado"

Cada acción o imaginación tenía su contrapartida punitiva y todo iba destinado a dos grandes objetivos: la anulación de la mujer, mero vehículo sumiso de placer y de procreación, y la eliminación sangrienta de los enemigos, considerados como tales todos aquellos que no fuesen seguidores del tal Al-Sawmin, popularmente conocido como Mahoma. Cuando las tribus contrarias o enfrentadas a la casta de Al-Sawmin empezaron a rebelarse, estas pusieron a Mahoma el mote de El Payaso (porque hacía reír a los niños cuando les explicaba lo que le había dicho Alá, ya que era tartamudo, tuerto y feo), enfureciéndolo hasta el extremo de que dictó una famosa azora 105 destinada a extender la yihad o guerra santa, contra todos los hombres y mujeres, en todo tiempo y lugar, por el mero hecho de ser distintos a los fieles. Se inventó así el término infiel. Es famosa su última frase: “Los infieles os llamarán asesinos, pero sabed que sois los benditos de Alá, los preferidos de este vuestro profeta Mahoma, y os esperan en el cielo setenta huríes verdes, blancas, amarillas y rojas para cada uno que os darán placer eternamente. La yihad es buena, es sana y es necesaria. Los yihadim salvarán el mundo a sangre y fuego por el poder que Alá les ha otorgado. Al-lahu-ákbar!”. Pese a que este Protocorán ha estado oculto durante siglos, en realidad, en las madrasas se ha venido estudiando siempre una versión del mismo ligeramente matizada.

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Qué hay detrás, de William Somerset Maugham, Villa Mauresque, Saint-Jean-Cap-Ferrat, 1957.

Nunca me ha gustado Maugham. Al filo de la navaja es una de las novelas más decepcionantes que he leído. Sin embargo me ha interesado este librito que el escritor autopublicó en la famosa colección con cuyos cotizadísimos ejemplares agasajaba a las visitas que recibió durante décadas en su Villa Mauresque. Qué hay detrás pertenece al final de su vida. Se trata de 99 estampas cotidianas que transcurren en París. Todas empiezan con el mismo sintagma y se desarrollan de modo diferente. Traduzco las dos primeras.

  1. Qué hay detrás del mendigo que, en el tren que nos lleva a Saint-German-des-Prés, recorre el vagón de los pasajeros absortos. Camina por el pasillo murmurando la historia de su desgracia. Me han quemado la tienda, repite mientras deja sobre los asientos un pequeño papel lleno de mugre, igual que su rostro, su ropa, sus arrugas, su escualidez, una mugre donde hay escrita una historia tan visible como impenetrable. Cuando llega al fondo del vagón, repite en voz alta su conseja, se arrodilla y afirma con tranquilidad que va a rezar una oración por todos los presentes, por mí incluido, que le estoy mirando y sé que no voy a hacer nada o apenas nada por él. Todos los demás van absortos, personas a sueldo con los hombros inclinados, una oración por todas ellas, por todos nosotros, dice el mendigo de rodillas, le demos o no una limosna. Se incorpora en el traqueteo del tren. Cuando me va a rebasar le retengo un instante cogiéndole de la manga, pero él tira con violencia de su brazo, insiste en proseguir con libertad su camino.
  1. Qué hay detrás del taxista que me recoge en la estación de Austerlitz, un día de otoño luminoso, en dirección a mi hotel, mientras este hombre gordo, que me ha reconocido y dice haber leído mis libros, me cuenta su juventud de montañero en los Alpes.

Subía la montaña aceleradamente. Y se cruzó con un hombre que caminaba despacio en la misma dirección, fumando, un guarda forestal de la zona.

—¿Tan deprisa vas? —preguntó el guarda.

—Sí, voy al refugio, quiero llegar antes de que anochezca —contestó el taxista, que aún no lo era pero que por entonces todavía permanecía en forma.

—Luego te alcanzo —respondió el guarda fumador, que caminaba lento pero firme y que así, paso a paso, lo rebasó cuando el taxista de hoy, mucho más joven, se derrumbó agotado por tener prisa en la altura.

Otra vez el cuento de la liebre y la tortuga, le digo al taxista, que me mira regocijado a través del espejo retrovisor.

—En la montaña —me contesta— aprendí dos cosas. No te salgas de las veredas que ya existen. En esas veredas hay concentrada mucha sabiduría.

—¿Y la otra? —le pregunto.

—La otra es mantener un paso constante. Esto sirve para todo en la vida.

Estoy pensando si hay o no sabiduría en esas afirmaciones, cuando hace su aparición mi enemiga la ironía, la ironía de las cosas pequeñas. Comienzo a fijarme en el indicador de velocidad del automóvil. No puedo hacer otra cosa hasta llegar al hotel. La flecha cae flácida en los semáforos. Asciende vertiginosa e irregular cuando el taxista acelera por Quai de la Tournelle.

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Elogio de la mierda, de Valentín Camarassa Čiurlionis. Ediciones Contraproducentes (Villalar de los Comuneros, s. f.)

"Elogio de la mierda sigue el modelo de Erasmo: un elogio irónico de algo que en realidad se aborrece y desprecia. Pero ¿qué representa la mierda para Camarassa?."

Descendiente por parte de madre del célebre compositor y pintor lituano, M. K. Čiurlionis, Valentín Camarassa nació en Madrid en 1963 y estudió pintura y composición con idea de convertirse, émulo de su brillante antepasado, en una luz transformadora de ambas artes dentro del país en que le había tocado nacer, ya que Camarassa aseguraba que a pesar de no haber pisado jamás el país báltico, siempre, desde niño, se había sentido lituano de corazón. Si su remoto tatarabuelo (muerto, al igual que Gustav Mahler, en 1911) logró un éxito considerable en ambas ramas de su quehacer creativo, Valentín Camarassa, por el contrario, fracasó discretamente en ambas. Y utilizamos el adverbio con toda intención, ya que un fracaso «estrepitoso», que también los hay, desde luego, sugiere un cierto estruendo, una cierta repercusión, mientras que ni las pinturas ni las composiciones de Camarassa lograron suscitar el interés de nadie. «Como músico es un romántico trasnochado», escribió Jorge Cazalet en una nota en ABC, «como pintor un simbolista trasnochado». El País le trató todavía peor: «Las cinco piezas para clarinete y piano de Camarassa que escuchamos ayer en la Fundación March revelan un temperamento reaccionario, cursi e infantiloide con veleidades místicas y teosóficas tan pasadas de moda como vomitivas y repelentes. Claramente, un arte enamorado de la «belleza» y de la «fantasía» y, por tanto, hedonista, fascista y despreciable.» Al parecer, fue esta última crítica la que movió a Camarassa a escribir su voluminoso Elogio de la mierda, un libro al que dedicó quince años de afanoso trabajo.

Elogio de la mierda sigue el modelo de Erasmo: un elogio irónico de algo que en realidad se aborrece y desprecia. Pero ¿qué representa la mierda para Camarassa? Hay que decirlo enseguida: representa a España, ya que este libro suyo, con sus más de 1.200 páginas de prosa continua, sin puntos y aparte ni división en párrafos, no es otra cosa que un inmenso canto de odio al país que le vio nacer, escrito con una amargura y un resentimiento que hacen verdadero daño al que lo lee. El libro fue prohibido y secuestrado varias veces, y la edición que citamos, que no se encuentra en la Biblioteca Nacional, fue probablemente sufragada por el propio autor.

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La tragedia de Candaules, Anónimo, Ediciones Infieles, sin ciudad ni fecha.

"No es el primer caso de un director que se deleita exhibiendo desnuda a su esposa: Carlos Saura y Nicholas Roeg serían otros ejemplos"

Este libro está destinado a convertirse, quizá, en la Biblia de aquellos hombres que tienen la fantasía de exhibir a su mujer sin ropa o bien de verla en brazos de otro hombre. Considerado tradicionalmente una «perversión», este fetiche sexual ha estado presente en todas las épocas y en todas las culturas. Aparece en la historia clásica del rey Candaules, que obligaba a su esposa a que se desnudara frente a uno de sus generales, al que mantenía escondido tras una puerta, un tema que ha sido representado innumerables veces en la pintura y es también la base de una ópera de Alexander Zemlinsky, con libreto del propio compositor a partir de una obra de teatro de Gide. Aparece también en la Novela del celoso extremeño de Cervantes, en En busca del tiempo perdido de Proust, en La Venus de las pieles de Sacher-Masoch, en On the Road, de Jack Kerouac o en Underworld de Don DeLillo, y es sin duda el tema secreto (o no tan secreto, según se mire) del Ulises de Joyce. La célebre novela de Sacher-Masoch dio origen a una obra de teatro de David Ives que más tarde Roman Polanski convirtió en una de sus más geniales películas. El propio Polanski es un buen representante de esa forma de fetichismo si pensamos en películas como La novena puerta o Lunas de hiel. No es el primer caso de un director que se deleita exhibiendo desnuda a su esposa: Carlos Saura y Nicholas Roeg serían otros ejemplos. Por no mencionar la larga lista de pintores que han exhibido a esposas, novias, amantes y amadas en sus obras: Botticelli, Rubens, Rembrandt, Boucher, Goya, Modigliani, Dalí, Koons…

En realidad, tal como nos asegura el autor o, probablemente, los autores de La tragedia de Candaules, este tipo de fantasías están mucho más extendidas de lo que parece y son tan comunes que sería difícil considerarlas como una «desviación» o una «anormalidad». Si fuera cierto, como ellos aseguran, que la inmensa mayoría de los hombres tienen la secreta fantasía de ver a su mujer con otro hombre, entonces tal «estilo de vida» sería la norma y no la excepción. Hay que aclarar, de cualquier modo, que La tragedia de Candaules no es un estudio científico ni mucho menos. Se trata en realidad de una especie de novela erótica que cuenta innumerables historias cruzadas de hombres aquejados, en distinto grado y cada uno a su manera, de la extraña afección del rey Candaules. El anónimo autor asegura que todas las historias son reales, y que  solo se han cambiado nombres y detalles circunstanciales para proteger la intimidad de los implicados.

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