Sergio Pitol hizo una labor dietarística espectacular, por sus dimensiones, que ahora comienza a publicar Anagrama en un empeño editorial admirable y arriesgado. Ocho años después de su muerte aparece el primer volumen de sus Diarios, un tomazo de más de 800 páginas de tamaño grande y letra menuda. Esta inicial entrega encarece por sí misma la envergadura de esta clase de prosa del escritor mexicano, y suscita asombro al saber que aún le seguirán otras dos más.
Según es moneda corriente en los diarios, los de Pitol ofrecen un frente testimonial y otro reflexivo. La primera vertiente deja constancia tanto de la personalidad del escritor como de las circunstancias de su trabajo y de los lugares donde residió. El autorretrato de Pitol surgido de sus propios apuntes presenta una figura muy compleja. Se muestra hipocondríaco, bipolar, bebedor empedernido, iracundo, caprichoso e inconstante, obsesionado por el sexo. Plasma su retrato sin ninguna complacencia, incluso con un punto de querencia por la auto mortificación. Sin ninguna restricción habla de su homosexualidad en tiempos nada tolerantes.
Algunos aspectos de su personalidad no lo dejan en muy buen lugar, sin ser él mismo consciente de su aspecto negativo. Resulta de estremecedora frialdad el modo como se refiere al accidente de automóvil con resultados mortales por culpa suya reconocida. Dice sentirse trastornado, pero poco más, y solo lo recuerda de pasada de tarde en tarde. Igualmente negativo resulta su trato con las personas. Se ve en las relaciones conflictivas con el chileno José Donoso y con Carlos Monsiváis. Tuvo en su compatriota Monsi un valedor a quien debía muchos favores y un amigo íntimo y rompió violentamente con él por una cuestión menor, aunque volvieron a mantener ocasionales encuentros posteriores. Sus relaciones con el personal de las diversas embajadas donde estuvo destinado son enconadas. Menosprecia, aplica motes vejatorios e insulta con términos agresivos a todo el mundo (“cloaca viviente” le llama a un tal Mauricio González), incluido el embajador de turno. Casi sin excepción, todos los compañeros de oficina le parecen desperdicios humanos y profesionales.
Nunca se le ocurre a Pitol pensar cuánta culpa tendrá él de una historia que se repite destino tras destino, qué persona insociable era, qué misantropía guiaba sus pasos y sentimientos. Su ensimismamiento narcisista —deja testimonio de lo mucho que se contempla en el espejo y que observa su estampa física— se empareja, sin embargo, con intensa espiritualidad, con auténtica devoción por la música, en especial la ópera, y por el teatro y la literatura. Pero estos valores elevados contrastan también con su enfermiza fijación con el dinero —tal vez el asunto más reiterado en el libro— y con preocupaciones materiales pequeño burguesas como la de sentirse propietario de una finca en México o la compulsiva compra de objetos artísticos, muebles, adornos y alfombras para sus residencias. Ya lo he dicho: personaje enormemente complejo cuya cabal biografía tendrá que recurrir a los materiales sin trampa ni cartón que ofrecen los diarios.
La vertiente testimonial no aporta todo lo esperable. Flojo resulta el retrato de los personajes del boom en sus años finales. Esquiva lo mucho que intuimos que tiene que decir de Carlos Fuentes. Poco ahonda en Octavio Paz. Pasa por encima del círculo de interesantes actores de aquel singular momento. Está a sus cosas. Donde sí descuella el documento es en el testimonio implacable referido al retablo de las legaciones diplomáticas, un nido de conspiradores, inútiles y vagos, covachas que aglutinan tontos y guetos de malvados. ¿Cuándo trabaja o hace algo positivo alguien en una Embajada, empezando por el propio Pitol? Gran novela saldría de estas abultadas y reiteradísimas observaciones que conducen a la inexcusable conclusión de la necesidad de suprimir urbi et orbe los ministerios de Asuntos Exteriores.
Novela de artista y escritor
Cualquiera que sea el interés de todo lo señalado, lo sobresaliente de los Diarios está en un aspecto bien concreto de su dimensión reflexiva. Constantemente se refiere Pitol a su propio trabajo literario de creación —también hizo extensa labor pro pane lucrando como traductor— y detalla los trabajos en marcha, los proyectos planeados o las intuiciones captadas al vuelo. Algún libro suyo esbozado pasa de embajada en embajada (así el frankenstein narrativo Juegos florales) sin que avance nada, incluso con planes en constante cambio. Sale un documento revelador del work in progress literario, solo que sin ningún progreso real. Al paso, Pitol va detallando los motivos de inspiración, cómo una lectura le sugiere una anécdota y otra un personaje y una tercera una situación narrativa. Sin reparo informa del origen libresco de sus fabulaciones. Intuimos que lee más que por placer y curiosidad, que también, para buscar materia para su obra. También constata cómo toma fidedigna noticia de la realidad común, de la gente que trata, a la que desea carnalmente o con la que se pelea pensando en convertirlo en contenido literario. Todo, lecturas y vida, lo considera materiales útiles para su obra in fieri, en especial para los cuentos. A la vez, constata con crudeza limitaciones artísticas: defectos, insuficiencias, falta de brío dialogal, carencia de fuerza en las situaciones, abuso de tópicos expresivos o de lugares comunes anecdóticos… De engendro llega a calificar algún escrito suyo.
Mantiene Pitol una lucha angustiosa, desesperada y paralizante con sus textos. Vemos cómo anda entre tinieblas en busca de la forma deseada, de la expresión que quisiera lograr. Planea un cambio aquí y otro allá en el relato, modificar el comportamiento de un personaje, sustituir un comienzo o final por otro distinto. Alguna vez le satisface el resultado, pero incluso en estas escasas ocasiones, al día siguiente lo condena.
Es el propio autor en su condición de tal, pues, el objeto prioritario de los Diarios y estos se transfiguran, al margen de los otros objetivos arriba señalados, en una auténtica novela de escritor a la vez que en novela de artista. El escritor, el mismo Pitol, se muda en tema y protagonista de lo que los teóricos llaman Künstlerroman. Sin proponérselo, los Diarios se convierten en la instructiva novela del padecimiento y perplejidades de un escritor enfrentado a su oficio. Suelen pedir los jóvenes autores consejos a los veteranos. Sobrados los hallarán en esas libretas de Pitol, más instructivas y económicas, pienso, que las enseñanzas de las escuelas de escritores.
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Autor: Sergio Pitol. Título: Diarios, 1968-1980, vol. I. Editorial: Anagrama. Venta: Todos tus libros.


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