Cowboys en el infierno es la cruda y absorbente novela protagonizada por dos jóvenes corresponsales de guerra españoles que, en 2012, se adentran en el infierno de Alepo, donde se desarrolla una cruenta guerra urbana. Una novela, pues, sobre la guerra de Siria y sobre quienes la narraron.
En este making of Antonio Pampliega cuenta cómo escribió Cowboys en el infierno (Diëresis).
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Antes de entrar en harina, me disculparé con ustedes por lo pretencioso del título que encabeza este artículo, posiblemente tanto o más que el autor que firma este making of —y a la postre, quien está detrás de Cowboys en el infierno—, pero hay mucho de esa famosísima novela (Territorio Comanche), escrita por Arturo Pérez-Reverte a mediados de la década de los 90, en la que vengo a presentarles aquí y ahora.
Aquella historia supuso un antes y un después en mi vida profesional, debo admitirlo, porque tras releer en varias ocasiones las aventuras y desventuras de Márquez y Barlés me puse el mundo por montera y, con 25 años, me fui a Irak en 2008, en busca de fortuna y gloria y, por qué no decirlo, con la esperanza de convertirme en el Reverte de mi generación…
Lógicamente, nunca llegué a convertirme en el afamado autor de El Capitán Alatriste, aunque espero haber estado a la altura de las circunstancias; un currículo plagado de guerras y de premios, nacionales e internacionales, avala una trayectoria de más de una década recorriendo las zonas más conflictivas del planeta: desde Siria a Afganistán, pasando por Somalia, Irak, México, Ucrania, Congo o Haití.
Durante años, más de diez, he ido tejiendo en mi cabeza la historia de Cowboys en el infierno, hasta conseguir plasmarla en 480 páginas. En Cowboys no hay puente que valga, pero sí que existe la misma obsesión por ser testigos del horror de la guerra… Lucas Corso —en honor al personaje de El Club Dumas— y El Guaje son dos jóvenes periodistas españoles, de la generación de los 80, que aterrizan en plena batalla de Alepo (Siria) con un solo objetivo: conseguir la mejor fotografía y una historia exclusiva, aun a riesgo de sus propias vidas:
Cuando decidió cruzar por aquel punto, fue la primera vez, desde que trabajábamos juntos, que se me pasó por la cabeza no ir con él. ¿No había más cruces en toda la maldita ciudad que aquella avenida del demonio? ¿Qué necesidad había —más allá de nuestro chute diario de adrenalina— de comprobar si seguíamos teniendo una flor en el culo? Una cosa era jugarse el pellejo para conseguir una buena exclusiva, y otra muy distinta era hacer el capullo en una avenida infestada de francotiradores para que nos disparasen al tuntún.
En la ciudad de Alepo, la elección de una mala calle te aseguraba un billete directo al Paraíso, sin pagar peaje alguno. Así de sencillo. Una maldita calle y ¡zas! Al otro barrio de cabeza. No te daba tiempo ni de ver por dónde diablos te había venido el balazo. La diferencia entre la vida y la muerte, en aquella ciudad, dependía, en muchas ocasiones, de la suerte. Así de cabrona podía llegar a ser la guerra.
Cowboys, como acaban de comprobar en este pequeño fragmento, es una novela de aventuras —no podía ser de otra forma— que recrea una atmósfera asfixiante, donde la muerte espera al doblar cada esquina sin importar que seas niño, doctor o periodista. Un paraíso para los francotiradores, y un infierno para las víctimas civiles, que sólo pueden rezar para sobrevivir un día más.
En una aldea minúscula de la provincia de Idlib. Abu Mohamed, un anestesista jubilado, me dejó asistir a una operación de un joven que había recibido un disparo. “La bala entró por la espalda y salió por el pecho. Tiene el pulmón perforado y ha perdido mucha sangre. Está en estado crítico”, me relató mientras se ponía los guantes de látex y miraba directamente a la cámara con gesto grave. “Con el instrumental que tengo poco puedo hacer. Uso cucharillas de postre para extraer balas, las cucharas soperas son lancetas y la espumadera un separador de costillas. Así es imposible hacer nada…”.
Han tenido que pasar más de tres décadas —Territorio Comanche se publicó en 1994— para que dos nuevos corresponsales de guerra españoles hayan tomado el testigo de los protagonistas de la novela de Pérez-Reverte.
Corso y El Guaje representan a una nueva hornada de jóvenes periodistas, denominados freelance —autónomos—, que trabajan a la pieza para infinidad de medios de comunicación de todo el mundo, con la esperanza de acabar siendo de plantilla y dejar así de mendigar las migajas de una profesión que empieza a oler a rancio.
Cowboys, no podía ser de otra forma, tiene mucho de crítica a esa precariedad que viven los periodistas independientes que se van al culo del mundo a informar sobre lo que nadie quiere ver, convirtiéndose en los ojos de una humanidad más preocupada por el último video del influencer de turno que sobre la aparición de un grupo terrorista que amenaza su modus vivendi.

Esos jóvenes cargados de ilusiones que, además de tener que sobrevivir en zonas hostiles, tienen que lidiar con redactores jefes que, cómodamente en su sofá, tratan de escamotearles 10, 15 o 20 euros por fotografía o crónica. Porque, para que ustedes lo sepan, los medios de comunicación españoles pagan entre 35 y 120 euros por reportaje sobre el terreno, mientras los tertulianos de turno se llevan cerca de 200 euros cada vez que aparece su careto por televisión diciendo una sarta de gilipolleces que no hay por donde cogerla. En definitiva, los Cowboys no dejan de ser esos herederos pobres de Territorio Comanche, pero con la ilusión intacta por informar sobre lo que nadie quiere ver.
Hay mucho de verdad en esta novela: cerca del 70% está inspirada en vivencias propias durante los doce viajes que hice a Siria entre 2011 y 2015, y espero que ustedes la disfruten tanto como hice yo al escribirla.
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Autor: Antonio Pampliega. Título: Cowboys en el infierno. Editorial: Diëresis. Venta: Todos tus libros.



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