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Los hombres con suerte, por Espido Freire

Los hombres con suerte, por Espido Freire

Fragmento de La marcha de Gálvez, de Augusto Ferrer-Dalmau.

En Los hombres con suerte Espido Freire nos cuenta cómo decidieron los muskogi —los creek para los británicos— a quiénes cortar las caballeras en la guerra que libraban españoles, franceses y americanos contra los ingleses.

Este cuento está incluido en el libro Bajo dos banderas —editado por Zenda y patrocinado por Iberdrola—. Doce miradas, doce relatos de España en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, firmados por doce relevantes escritores españoles: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte Clara Sánchez y Lorenzo Silva.

 

¿Qué haremos, ahora que nos ha abandonado la suerte?

¿A quién acudiremos, ahora que nuestro nombre ya no es el nombre con el que nos creó Hisagitaimisi, a dónde puede acudir un pueblo sin tierra y sin suerte?

Los españoles nos cuentan que nos liberarán pronto si somos sus amigos y los de los americanos, y luchamos contra los ingleses. Después de dos noches encerrados, hemos dicho que sí. Ahora aguardamos en el patio a que el Gran Hombre, el Dueño de la Tierra Gálvez venga a nuestro encuentro.

—Es un gran honor —nos ha dicho uno de los vendidos a su causa, que habla las lenguas de esta tierra, casi todas mal—. Es un hombre muy ocupado.

Nosotros nos preguntamos en qué se ocupa un hombre tan importante. Nuestros sabios no hacen gran cosa: hablan con Esaugetuh Emisee, el maestro del aliento, a través del tabaco, el humo y el sueño, y nos indican qué hacer. Pero los sabios de los blancos parecen comportarse de manera diferente: todo lo hacen de manera diferente, y por primera vez en nuestra existencia, su Dios blanco parece estar venciendo al nuestro.

"Algunos españoles nos señalan con el dedo; primero hacen la señal de cortar una cabellera de sus cabezas, y luego se la llevan a la garganta, para indicarnos que así acabaremos nosotros"

Cuando llegaron, en vida de los abuelos muertos, parecía que todo nos separaba menos Dios: ellos tenían su dios, y nosotros al nuestro, el maestro del aliento. Sus sacerdotes y los nuestros se sentaban para enseñarse nuevas palabras. Su dios, como el nuestro, había creado a los hombres con arcilla, el barro de la única colina que asomaba sobre las aguas, y les había insuflado aliento. Como el nuestro, había dominado a las criaturas del mal, y había creado al Hermano sol y a la Hermana luna, y las cuatro esquinas sobre las que se sostiene el mundo. Y nuestro Dios supremo mantenía ese aliento humano, y nos lo retiraba cuando llegaba la hora.

En el patio de arcilla,  hecho  de  la  misma  materia que los hombres, nos apiñamos  para  protegernos  del sol y de la vergüenza. Algunos españoles nos señalan con el dedo; primero hacen la  señal  de  cortar una cabellera de sus cabezas, y luego se la llevan a la garganta, para indicarnos que así acabaremos nosotros. No mostramos miedo, no mostramos nada. Tenemos hambre, y sed, y sabemos que todo eso es mentira, no es más que un engaño de nuestro cuerpo hecho de barro. Esperamos.

Pero el traductor, sentado en cuclillas a nuestro lado, insiste.

—Amigos, amigos.

Los hombres blancos, no importa si son españoles o ingleses, negocian bien, si tienen con qué, y roban mejor, si tienen el qué, pero no sienten piedad si somos nosotros los que negociamos o robamos. Y como ladrones, somos los mejores. Con habilidad de quien tiene como madre a la Serpiente Cornuda, nos deslizamos sobre nuestros vientres para sortear los cercados que guardan los caballos y el ganado de los blancos. Los caballos nos aportan prestigio. El ganado nos da de comer. Cuando nos atrapan y nos golpean, gritan:

—¡Cultivad vuestras tierras! ¡Criad vuestro ganado!

"Los ingleses, en los últimos tiempos, nos han dado muchas cosas y nos han ofrecido su amistad: armas, pero no siempre las mejores"

¿Cómo vamos a criar vacas quienes cazamos? ¿Qué quieren que seamos? Nuestro padre fue el Cazador con Suerte, nuestra madre, la Mujer Maíz. Cazamos. Sembramos una tierra y regresamos a ella cuando el maíz ha crecido. Nos han hecho para esa vida, nuestro aliento se mantiene por esa vida y por las que arrebatamos a los enemigos. Es correcto que nos maten, es el privilegio de los guerreros que vencen: pero no pueden pretender que cambiemos. Uno no puede vivir sin aliento.

Los ingleses, en los últimos tiempos, nos han dado muchas cosas y nos han ofrecido su amistad: armas, pero no siempre las mejores. Caballos, pero no siempre los mejores. Mantas, y ropa, y joyas, esas sí, las mejores. Nosotros somos los muskogi, los ingleses nos llaman creek.

—Lo mejor para los creek —dicen, pero mienten, y nos dan armas viejas que pierden pólvora.

—Dadnos más. Más.

—Lo mejor para los creek —dicen los ingleses—; ahora, matad españoles.

"Eso nos dijeron los ingleses, y los franceses, y alguien quiere creer que los españoles también, aunque ahora lo nieguen, y por eso es práctico llevarles la cabellera"

Nos parece bien, un enemigo es parecido a otro, y ahora que tenemos pólvora, matamos con pólvora a los españoles que se han instalado muy cerca, demasiado cerca, cerca de Pensacola, cerca de nuestra tierra que estuvo cubierta por agua y que les permitió llegar por agua a los malditos blancos. La pólvora nos permite matar desde lejos, pero eso no cuenta para nuestro pueblo: un cazador puede mentir si lo desea, si no se lleva la presa con él las palabras pueden hincharlo y hacerlo grande, aunque sea muy pequeño. Eso nos dijeron los ingleses, y los franceses, y alguien quiere creer que los españoles también, aunque ahora lo nieguen, y por eso es práctico llevarles la cabellera. Eso satisface nuestro honor de hijos de serpiente, sobre la tierra reptamos, zas, zas, llegamos al español que ha muerto ya, o aún no, y zas, zas, no con el dedo, como ellos, sino con el cuchillo, como nosotros, cortamos la cabellera (y a veces un brazo, o la nariz, a veces hasta la guerra aburre si no variamos los hábitos) y se la llevamos a los blancos.

Todos quieren cabelleras, mientras no sean la de su pueblo.

Hambre. Sed. Mentiras del cuerpo. Esas no importan. Las mentiras dichas en palabras, esas sí son las que conviene distinguir.

"Cuando Dios hizo tiempo, hizo de sobra para todo. El dios de los blancos les regala poco tiempo, y lo gastan muy deprisa"

El Gran Hombre, el Dueño de la Tierra Gálvez se asoma desde la casa grande, y se acerca a nosotros. Esta vez sí es él, confundimos a veces los rostros de los blancos, que se empeñan en parecerse los unos a los otros con las mismas pelucas blancas y el mismo ropaje de capas y colores. Los Cazadores con suerte, a los que nos llaman creeks, mostramos cada uno unas marcas, como los caballos sus colores, y desde lejos así pueden saber quiénes somos y quién falta. Los blancos no, todos son iguales,  y si no fuera por sus uniformes de guerra no sabríamos a quiénes estamos robando y a quién matando.

Pero esta vez nos han dicho que es él, y se acerca con calma. Eso nos gusta a los muskogi. Cuando Dios hizo tiempo, hizo de sobra para todo. El dios de los blancos les regala poco tiempo, y lo gastan muy deprisa. El Gran Hombre se aproxima mirando a izquierda y derecha, nos dirige una mirada a cada uno, intenta leer nuestras manchas y nuestros colores.

—¿Quién es el jefe? —pregunta, aunque la voz que suena es la del traductor.

Es lógico que el jefe quiera hablar con otro jefe, pero nosotros somos más astutos, y no vamos a delatar a nuestro sabio.

—No hay jefe —respondemos—, el creek es el jefe del creek.

—Yo soy un jefe —dice él, con su otra voz en idioma prestado.

—Sí, lo sabemos. Eres un Gran Jefe, un Gran Hombre, el Dueño de la Tierra tuya.

Casi todos los blancos son sensibles a la adulación, pero este blanco no cambia el gesto mientras el traductor añade sus propios elogios.

—Es verdad, tengo alguna tierra al otro lado del mar. Allí me llaman Conde, que es como vosotros entendéis que soy Dueño de la Tierra. Pero por encima de mí hay otro jefe, y ese jefe es al que pertenece esta tierra. Y yo hablo en nombre de él.

Nosotros nos encogemos de hombros.

—Entonces, todos los creek somos jefes, porque esta tierra es nuestra, también.

—No, no —se apresura a aclarar el traductor, sin decirle nada al Conde Gran Hombre—. La tierra vuestra no. La tierra del jefe del jefe.

—Sí —concedemos—, de él. Pero nuestra también.

"Nosotros no entendemos qué significa medalla, y el traductor, con respeto infinito, roza con un dedo las planchas de metal que lleva el Gran Hombre sobre el pecho"

El Gran Conde Hombre Jefe pero con un Jefe mira por encima de nosotros, clava la mirada en un muro a nuestras espaldas, y sigue sin prisa. Nosotros cambiamos de postura, entendemos que la reunión será larga y eso nos gusta. En las reuniones así puede hablarse durante muchas horas y a los muskogi nos encanta hablar.

—¿Por qué habéis atacado a mis hombres? —dice él—. Nosotros no os hemos hecho nada. Los españoles somos amigos de los indios, muchos de nuestros hombres son indios. Yo admiro su valor, y los llevo a mi lado en la batalla, y he cubierto de regalos y de medallas a los más valientes.

Nosotros no entendemos qué significa medalla, y el traductor, con respeto infinito, roza con un dedo las planchas de metal que lleva el Gran Hombre sobre el pecho. Creíamos que sería algo parecido, porque a los blancos, y a nosotros, nos encanta el metal, y el cristal, pero nunca se pierde tiempo por preguntar algo que no se sabe. Luego preguntamos:

—¿Qué indios?

Porque el Gran Hombre Gálvez, como otros, llaman así a muchos pueblos, y eso mueve a gran confusión. Una cosa es que no distingan nuestras marcas y otra que nos junten a amigos y a enemigos, como si fuéramos la misma mazorca del mismo maíz. Nosotros venimos del Cazador con suerte y de la Mujer Maíz, a saber de dónde habrán salido los semínolas, o los apaches, o los otros pueblos.

El patio tiene muchos colores, hombres blancos y negros, algunos pardos, como nosotros, otros de un color entre blanco y negro.

—Mirad —dice el Hombre Gran Gálvez—, yo sé que vosotros, los indios de esta tierra, sois los más listos de los hijos de Dios. Tenéis inteligencia natural, y conocéis cada palmo de terreno, despreciáis la muerte, y amáis la libertad. Los españoles respetamos eso; además, somos hijos del mismo Dios, aunque lo llaméis de manera diferente. Los ingleses son vuestros enemigos, como son los nuestros. Son unos cobardes, falsos, malos. Quieren quitarnos la tierra, y no creen en Dios Nuestro Señor.

"Se abre despacio la primera capa de ropa negra, y luego otra de ropa roja, y luego una camisa muy blanca, y bajo la tela blanca aparece su carne blanca con una cicatriz roja sobre el corazón"

Nosotros nos mostramos muy indignados, porque resulta evidente que al Gran Hombre le enfada mucho que los ingleses sean así. A los ingleses también les duele que los españoles rechacen a su Dios, y hacen de eso algo importante, de manera que estamos acostumbrados a sus gestos y a sus ojos en blanco. Los guerreros más jóvenes imitan muy bien esa forma de mover los ojos de los hombres de la pólvora, y se dan golpes en el pecho, si ven que eso les agrada. El Gran Blanco Gálvez levanta la mano y sigue hablando.

—¿Por qué no vamos a ser amigos de nuevo los hombres pardos y los hombres blancos? Mirad, yo también desprecio la muerte.

Se abre despacio la primera capa de ropa negra, y luego otra de ropa roja, y luego una camisa muy blanca, y bajo la tela blanca aparece su carne blanca con una cicatriz roja sobre el corazón, una marca de honor muy larga, con la que debió sufrir mucho. Luego señala otra herida en el brazo.

—Esta —indica el pecho—, fue de un lanzazo. Casi muero, en ese campo. Esta es de una flecha apache.

Nos acercamos para observar la herida con admiración, porque eso cambia mucho las cosas. El Gran Hombre ha desafiado la muerte, casi perdió el aliento. Pero Dios le ha protegido, y esas señales hay que tomárselas en serio, porque hacen grande a un hombre que comenzó siendo pequeño.

"Aullamos de entusiasmo y agitamos los puños, porque creemos que es lo que el Gran Hombre espera de nosotros, y también porque nos ha gustado su discurso y sus heridas"

—A mí me da igual quién me siga en la batalla, siempre que me sean fieles. Blancos, indios o mestizos, o negros, franceses o españoles, o esclavos que estén luchando por su libertad. No importa la piel, todas las sangres tienen el mismo color —dice, y no podemos menos que darle la razón, porque eso es un hecho que hemos constatado hace mucho tiempo—. Ayudadme contra los ingleses, ayudad a mis amigos franceses y a los americanos que quieren ser libres de los ingleses, y yo os daré honra y regalos.

Aullamos de entusiasmo y agitamos los puños, porque creemos que es lo que el Gran Hombre espera de nosotros, y también porque nos ha gustado su discurso y sus heridas. Luego, cuando la reunión finalice, hablaremos con nuestros sabios y ya sabremos qué hacer, si continuar con los ingleses, o si ayudar a los españoles que ayudan a los americanos, o si, como hasta ahora, oscilar entre unos y otros, capturar su ganado y atacar a los blancos que se descuidan. Pero eso no hay por qué decirlo ahora que nos encontramos en el patio, muertos de sed bajo el sol que pesa mucho, mucho, pero contentos y honrados porque hemos conocido a un Gran Hombre Conde Dueño, y eso no pasa todos los días.

—Sed amigos de España y no os arrepentiréis. Un día hablaremos el mismo idioma, ya que tenemos el mismo Dios. Dadles de comer, y algo de agua, con mesura, que no les haga mal.

El Gran Hombre se marcha, con mucha calma, y nosotros seguimos aullando, hasta que vienen otros blancos menos grandes y sin tierra, posiblemente, y nos indican por señas que volvamos a los cobertizos, pero mucho más amplios y limpios que aquellos en los que hemos estado hasta esa mañana. Hay unas cestas con fruta y con pan, y vasijas de agua que nos pasamos de uno a otro, con muy poca ansia, porque es costumbre entre nosotros no mostrar que nos puede el barro. Así, bebemos sorbo a sorbo y comemos primero poco, luego con más entusiasmo.

El traductor repite:

—Amigos, amigos —en nuestro idioma y en español, y nosotros repetimos.

—Amigos, amigos.

"¿Cómo no vamos a ser amigos de los españoles, y de sus amigos los franceses y de sus amigos los americanos ahora que nos han dado sombra y agua y pan dorado y blando?"

¿Cómo no vamos a ser amigos de los españoles, y  de sus amigos los franceses y de sus amigos los americanos ahora que nos han dado sombra y agua y pan dorado y blando? Sentimos que nuestra suerte quizás haya regresado, porque nos van a soltar, eso dicen, y volveremos a escudriñar entre los árboles, y a agazaparnos, hijos de la Serpiente Cornuda, para cazar ingleses y no ganado.

—Canario —dice el que parece ser menos jefe que  el Gran Hombre, pero algo jefe—. Yo, canario. Del otro lado del mar —dice el traductor por él—. Hemos venido a Pensacola, y a la Florida y a las Américas por la Gracia de Dios, para garantizar que estas tierras sigan siendo cristianas. El Señor Gálvez es un gran hombre, un gran jefe. No sabe lo que es el miedo, no sabe lo que es el deshonor.

Es mejor morir a su lado que vivir con los ingleses. ¿Me entendéis? Yo, canario.

Asentimos con gravedad, porque eso nos ha parecido  ese  Hombre  Grande,  y  además   conocemos sus barcos, y  sus  armas,  que  son  buenas  de  verdad,  y que quizás él  nos  dé  un  poco,  si  tenemos  la suerte que siempre hemos tenido. Y hemos visto sus caballos, que son hermosos, y algunas mujeres negras en el campamento, hermosas, también, que quizás también comparta con nosotros, ahora que somos tan amigos e hijos del mismo Dios.

"Nos será muy fácil imitar a la serpiente y zas, zas, reptar hacia ellos, ahogar su aliento y cortarles la cabellera, y de nuevo venir hasta el Hombre Gran Conde Gálvez"

Y mientras regresamos, saciados, y con el vientre redondeado, y con muchos regalos bonitos y la promesa de obtener más cuando traigamos cabelleras inglesas, nos decimos que hicimos mal al perder la confianza en Hisagitaimisi, que protege y protegerá siempre a los muskogi, a los que los ingleses llaman creek. No aprendemos, somos hombres ignorantes y desagradecidos. ¿No fue Hisagitaimisi quien nos protegió también cuando caímos en manos de los ingleses, y cuando aguardábamos en sus mazmorras, seguros de que nuestro aliento había acabado y nuestra suerte desaparecido?

Tenemos una memoria floja, pero fue él quien nos trajo de buen humor al Gran Jefe Blanco Campbell, que nos dijo:

—Amigos, amigos.

Y que nos dio cuchillos, y mantas, y armas, aunque no muy buenas, y señaló hacia donde estaban los españoles y sus amigos los americanos. Hace muy poco estuvimos con él, de manera que sabemos dónde duermen sus hombres, y los nombres de algunos. Smith, Thompson. De manera que nos será muy fácil imitar a la serpiente y zas, zas, reptar hacia ellos, ahogar su aliento y cortarles la cabellera, y de nuevo venir hasta el Hombre Gran Conde Gálvez. No entienden los blancos, sin suerte, que los amigos y la tierra cambian cada día, que son nuestros y son de ellos. Y que todo, la tierra, la suerte, está ahí para negociar con ella y para robarla. Y nuestro Dios supremo seguirá, por siempre, manteniendo ese aliento humano, y nos lo retirará cuando llegue la hora.

Portada de Bajo dos banderas

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Título: Bajo dos banderas. Autores: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte, Clara Sánchez y Lorenzo Silva. Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Descarga gratuita: Amazon y Kobo.