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El hilo del oro, por Agustín Fernández Mallo

El hilo del oro, por Agustín Fernández Mallo

Fragmento de La marcha de Gálvez, de Augusto Ferrer-Dalmau.

200 años separan y unen al mismo personaje en El hilo de oro. El protagonista del relato de Agustín Fernández Mallo, junto con Fray Junípero Serra, descubrirá tierras —en su viaje por el Misisipi— de las que ni tan siquiera Google Earth podrá dar cuenta en el futuro. 

Este cuento está incluido en el libro Bajo dos banderas —editado por Zenda e Iberdrola—. Doce miradas, doce relatos de España en la Guerra de la Independencia de Estados Unidos, firmados por doce relevantes escritores españoles: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte Clara Sánchez y Lorenzo Silva.

 

Cuando lo que se pretende es contar una historia, el asunto a decidir, el asunto de verdad importante, se reduce a la siguiente pregunta: ¿qué es el cine? O mejor aún: si nos atenemos a las dos películas fundacionales del séptimo arte: ¿es el cine un tren entrando a toda velocidad en una estación?, ¿o por el contrario el cine es la imagen de unos trabajadores que camino a su casa salen de una fábrica? E incluso puede decirse mejor: ¿deseamos narrar la peripecia de personajes y cosas que se mueven al ritmo de una prometedora aventura, o por el contrario nuestra historia será una sucesión de imágenes sin otra pretensión que registrar la realidad tal como nos viene dada, en modo documental? Ya sé que estas preguntas son tramposas, ya sé que no hay aventura sin realidad documental ni realidad en bruto sin peripecia que la asista, pero me son útiles por dos motivos. El primero: quizá más adelante hable de una película, y así voy introduciendo conceptos de los que podré echar mano; el segundo es meramente metodológico, situar los dos polos que mueven la historia que inmediatamente paso a contar, porque, en efecto, hace siete días —exactamente el 26 de agosto del año en curso, 1779— hemos sufrido las consecuencias de un huracán, llegó de golpe y ni nos dio tiempo a contar cuántos tornados vinieron prendidos a él, 

"Imagino que ustedes estarán pensando que me he vuelto loco, que cómo es posible que yo sea un humano del año 1779 y al mismo tiempo haya visto un documental de huracanes en la televisión"
como frutas maduras fueron cayendo sin otro fin que demoler nuestros barcos y arruinar nuestros víveres, no así nuestras pretensiones; el objetivo de esta expedición permanece incólume, más sólido si cabe. Y no por casualidad una de mis obsesiones son los huracanes y los tornados, en tanto que fenómenos de la madre naturaleza y al mismo tiempo vientos que afectan al alma de todo aventurero que se precie. En una ocasión vi un documental en el que un tipo mostraba a cámara una antigua fotografía, se trataba de una escena de una boda cuáquera, celebrada en torno al año 1900, la foto había viajado doscientas millas transportada por el ojo de uno de esos gigantes del aire para caer en la localidad de Ardmore, Oklahoma. El tornado —decía el presentador—, había tenido lugar en el año 2000, y al ver aquella foto, por lo menos 100 años más antigua que el tornado y que no obstante había sido transportada por el tornado, recuerdo haber pensado en una coctelera de tiempo, e imagino que ustedes estarán pensando que me he vuelto loco, que cómo es posible que yo sea un humano del año 1779 y al mismo tiempo haya visto un documental de huracanes en la televisión, o que sepa de la existencia de artefactos como el cinematógrafo; no se asusten, a medida que avancen estas páginas se percatarán de que, tal como le ocurre a los huracanes, mi vida —y acaso también la suya—, es una coctelera en la que sin litigio se diluyen toda clase de tiempos. Pero a lo que iba: después, en el citado documental, el presentador explicaba cómo los objetos atrapados en el remolino van cayendo a tierra progresivamente. A medida que el torbellino pierde fuerza, los objetos caen en bloques y según su peso. Los más pesados se precipitan antes que los más ligeros, esto es algo obvio, que, no obstante, yo nunca había pensado, y que de algún modo constata que a pesar de todo el mal que aquí y ahora azota nuestra expedición, el mundo futuro está tan bien hecho como el pasado del que todos venimos. Y junto a esa fotografía de la boda cuáquera habían caído del cielo todo tipo de papeles, que incluían cheques sin fondos, pequeños trozos de comida como rodajas de embutidos, corchos de botellas, pequeñísimos pendientes de latón, ropa interior y, en definitiva, objetos que tienen un peso entre 1 y 50 gramos. Y kilómetros antes, en otra franja de masa —porque así llamaban a cada conjunto de objetos que caían, «franja de masa»—, habían caído cosas un poco más pesadas, tuercas, pelotas de golf, tenedores y cuchillos, pomos de puerta, libros no muy voluminosos, entre los que se encontraba una edición reducida de Moby Dick —detalle que no sé por qué al conductor del programa le hacía mucha gracia—, y aún muchos kilómetros antes, en un lugar ya cercano al origen del tornado —que es un decir pues un tornado nunca se sabe dónde exactamente se genera—, el precipitado de objetos había constado de puertas de automóviles, ruedas de carros, tejados seccionados y en general las cosas más pesadas; como si el mundo fuera no más que las diferentes deposiciones que un remolino de aire deja a su paso.
"No todo lo que será llamado Estados Unidos de América estará en su día cartografiado; la existencia de determinadas tierras americanas, de las que ni tan siquiera Google Earth podrá dar cuenta, es un secreto que Junípero y yo nos llevaremos a la tumba"
Pero entre todos esos objetos había uno que, según decía el presentador, los expertos no habían podido filiar ni encontrarle genealogía, se trataba de un pañuelo que, por las letras MJSR, bordadas en hilo de oro y entrelazadas como delfines en sus cuatro esquinas, supe al instante que había pertenecido a mi buen amigo y mejor evangelista Fray Junípero Serra, bautizado como Miguel José Serra Ferrer, pañuelo originalmente bordado por su abuela en la villa de Petra, en el corazón de Mallorca, con humilde hilo de algodón. Conozco bien la historia de ese pañuelo, él mismo me la contó: una vez hubo llegado a América, el bordado que años atrás había hecho su abuela fue repasado con hilo de ese noble metal, puntada sobre puntada —como quien subraya decenas de veces las mismas letras en un libro—, por tejedores de las tribus que en la costa Oeste el buen Junípero a lo largo de estos años ha ido evangelizando. Ahora mismo, mientras mi expedición y yo remontamos el Misisipi, él debe de seguir fundando Misiones por toda California. La de correrías que hemos vivido juntos Junípero y yo. Por ejemplo, cuando en 1769 proyectamos no pocas expediciones y llegamos al poblado que algún día será la gran ciudad de San Diego, o cuando llegamos a tierras que ni tan siquiera en pleno siglo XXI habrán sido descubiertas, porque —y esto hay que decirlo alto y claro—, no todo lo que será llamado Estados Unidos de América estará en su día cartografiado; la existencia de determinadas tierras americanas, de las que ni tan siquiera Google Earth podrá dar cuenta, es un secreto que Junípero y yo nos llevaremos a la tumba. Pero a lo que iba: sé que apenas podremos sobrevivir a este viaje que con intención de remontar el Misisipi hace siete días hemos comenzado, y ustedes, si son leídos, ya habrán adivinado que me llamo Gálvez, Bernardo Gálvez. Cuando me preguntan me gusta decirlo así, primero el apellido y luego el nombre completo, como otro personaje que dentro de dos siglos se llamará Bond, James Bond, hombre de honor que tendrá abundantes concomitancias conmigo; no en vano, ese tal Bond será unos de los tataranietos del general británico Henry Clinton, el mismo que aquí no para de hacernos la vida imposible. Y hago ahora un inciso para admitir que ésa es precisamente la virtud que asiste a los británicos: conquistarán el mundo porque sabrán mantener la línea de su memoria como ningún otro pueblo sobre la faz de la Tierra, y no me refiero únicamente a las largas genealogías de las que disponen y que como buenos monárquicos usarán a su antojo, sino a esa protestante practicidad que vierten en todas sus relaciones afectivas; no hay amor si no hay intercambio de bienes, utilitarismo del que carecemos los españoles, el pueblo más sentimental sobre la faz de la Tierra.
"Todos juntos, remontamos el Misisipi a bordo de barcos que carecen de quilla para poder navegar adecuadamente estas aguas, estranguladas por manglares"
 De ahí que James Bond sea famoso en todo el planeta pero que de mí tan solo se acuerden eruditos hispanistas. Pero a lo que iba: llevamos siete días remontando este pantanoso y palúdico Misisipi, el río más estúpido que he navegado jamás, y hemos dejado atrás Nueva Orleans, donde como he dicho un huracán casi nos deja para el arrastre, y contamos con que un segundo huracán llegue muy pronto, porque los huracanes siempre llegan en bloques de dos, incluso a veces de tres, como las olas del océano que ahora mismo nos separa de la Madre Patria. He partido con seiscientos hombres, blancos, negros y mulatos, y hoy mismo he reclutado seiscientos más, todos indios, y ése es otro detalle que nos diferencia de los británicos; nosotros, allí donde vamos nos mezclamos, y si es carnalmente, mejor, porque a fecha de hoy, sin globalización ni redes sociales que nos asistan, el único modo de trasmitir una cultura es a través del contacto físico, no hay red ni enlace que supere a dos gotas de sudor fundiéndose en una para siempre. Y así, todos juntos, remontamos el Misisipi a bordo de barcos que carecen de quilla para poder navegar adecuadamente estas aguas, estranguladas por manglares, y no es que sean peores aguas que otras que en el pasado algunos de mis compatriotas convirtieron en cartas de navegación, como las que Diego Ordás levantó del Orinoco, pero es que aquí el río tan pronto cuenta con quince metros de profundidad como apenas dos, lo cual dificulta el avance. Nuestros barcos van cargados hasta arriba de armas y víveres, parecen criaturas prehistóricas que no dan más de sí, moles como esas que dentro de un par de siglos llamarán dinosaurios, de los que se sabrá que desaparecieron de la faz de la Tierra por causa de una bola de fuego caída de la cúpula celeste, y a veces imagino que eso mismo nos ocurrirá a nosotros, una bola de fuego en forma de Imperio Británico, con sus hordas de atildados protestantes atiborrados de alcohol barato y sus armas holandesas, dará fin no sólo a nuestra expedición sino a toda una civilización. Como contrapeso a ese destino, aclaro que la verdadera fe, la católica, está de nuestra parte, y esto se ve en multitud de detalles, por citar uno, nuestros navíos no sólo son rectangulares sino que vistos desde el cielo dibujan el mejor rectángulo que pueda existir, aquel que cubren las dos aspas de una perfecta cruz, con estos barcos hemos conquistado el Mundo conocido, y también con ellos llegó a América el amigo Junípero, de quien, como he dicho, tengo noticias de que se halla en la Alta California dando nombre a todo lo que se cruza en su camino; bien hecho, viejo loco mallorquín, lo que no tiene nombre, no existe, de ahí la importancia de propagar nuestra lengua, porque propagar una lengua es propagar metáforas, hacerlas reales y eternas, como él y como yo, que ya somos de todos los españoles y de ninguno.
"El tercero, un tipo llamado Tom Waits, no dice nada, tan solo se repite, «esta cabaña no existe, este río no existe, estos mosquitos no existen, esta fuga no existe, estamos en otro lugar, en una playa con bellas indígenas»"
Le echo tanto de menos, prepara un frito mallorquín de vísceras de cerdo salvaje que te chupas los dedos, y mi tarea aquí no es menos importante que la suya, aunque de momento es más discreta, este remontar el Misisipi tiene como objetivo la independencia de los pueblos de estas tierras, liberarlos de la tiranía del Imperio Británico, para ello hemos de alcanzar el puesto de Manchac, cercano a Baton Rouge, y allí acabar con las tropas inglesas, y hace un rato que se ha levantado el viento, trae humedad y el agua se pega al cuerpo y con ella aparecen los mosquitos del manglar, no sé si estamos perdidos pero poco nos falta, y es ahora cuando aprovecho para comentar lo que desde el principio de estas líneas me propuse, y que por una cosa u otra he ido demorando: sé que dentro de dos siglos un director de cine llamado Jim Jarmusch rodará aquí mismo una película, a la que llamará Bajo el peso de la ley, título que le viene al pelo pues su argumento es bien simple, tanto que lleva siglos repitiéndose y aún más se repetirá: tres desgraciados, que sin pruebas han sido encarcelados, se fugan del penal de Nueva Orleans, lo cual es muy lógico pues cómo no van a querer esos tres hombres desprenderse del yugo de la ley protestante, ley que acostumbra a acusarte de hechos no ocurridos, hechos que algún día alguien llamará posverdades, así como de otras tretas que el sistema jurídico de los Estados Unidos de América heredará del no menos arbitrario sistema británico, también llamado Derecho Anglosajón, pero lo llamativo del asunto es que me he percatado de que el travelling de la ciudad de Nueva Orleans con el que arranca esa película es el mismo itinerario que hace siete días hemos hecho nosotros, exactamente el mismo, la única diferencia es que en la película ellos van en coche descapotable y nosotros en barcazas. Y aún hay algo más asombroso: hace un rato, apenas unas horas, acabamos de pasar por el lugar exacto donde esos tres fugados del penal llegarán a una cabaña, esa cabaña aún no existe, claro está, pero donde estarán sus cimientos he dejado una vela, una vela enterrada, la misma vela que ellos hallarán y encenderán para que les alumbre en la oscura y tenebrosa noche sureña, y es ése el momento en el que uno de ellos dice soñar con emprender una nueva vida en Texas, y otro responde que irá a San Diego, y el tercero, un tipo llamado Tom Waits, no dice nada, tan solo se repite, «esta cabaña no existe, este río no existe, estos mosquitos no existen, esta fuga no existe, estamos en otro lugar, en una playa con bellas indígenas», y no saben que nada de eso ocurrirá, no saben que terminarán en un bar de Luisiana bailando canciones de los años 50 con una mujer no menos desgraciada que ellos, y yo, ahora, tampoco dejo de repetirme que este río y esta expedición no existen, y que si existen deben tener un lado B, una cara luminosa que aún no hemos visto, y me digo que probablemente terminemos en Baton Rouge, donde tras acabar con los británicos también bailaremos al son de una banda que tocará canciones de otra época, una época más esplendorosa para nuestro Imperio, porque las cosas se propagan solas de un lado a otro, las cosas van del mito a la realidad y viceversa, no hace falta hacer ningún esfuerzo para que eso ocurra, y uno de esos tres desgraciados, precisamente el ya citado Tom Waits, tras desenterrar la vela que yo mismo acabo de dejarles paseará solo entre esta maleza y pensará en voz alta: «Estos árboles son del periodo mesozoico, llegados directamente del valle del Tigris y del Éufrates», y no le faltará razón, él no lo sabe pero tendrá razón, porque toda esa maleza la trajimos nosotros, Junípero y yo, en nuestra incesante siembra de cuantas semillas de Tierra Santa han caído en nuestras manos, y después, ese mismo presidiario llamado Tom Waits extraerá de su bolsillo un pañuelo que tiene las iniciales MJSR bordadas en hilo de oro americano, 
"Y ahora un golpe de viento acaba de desatar ese pañuelo de mi cara, lo estoy viendo irse, atravesar el Misisipi"
y antes de que pueda secarse el sudor de su frente un súbito golpe de viento se lo arrebatará de las manos, lo verá volar sin prenderse en rama alguna hasta desaparecer de su vista para siempre, y yo regreso al aquí y al ahora para decir que mis hombres y yo no podemos más, que sé que se acerca el segundo huracán y las barcazas se mueven pesadamente, los cocodrilos no paran de dibujar en torno a nosotros elipses como planetas, dejan unas estelas que con sólo verlas te mueres de miedo, un teniente acaba de acercase para decirme que el líder indio de la tercera barcaza ha comunicado a sus súbditos que el segundo huracán está en ciernes, pero lo ha comunicado en clave, como si deseara que el mal nos cogiera a todos por sorpresa, y esto no lo he entendido, nosotros sólo queremos ayudarles, deseamos su liberación del yugo británico, y entonces no he pensado más en esos indios y he extraído de mi bolsillo el pañuelo que el amigo Junípero me regaló justo antes de despedirnos, tras la campaña que hicimos junto con Gaspar de Pórtola en la Alta California, y me lo he acercado a la cara y he palpado sus letras MJSR mil veces bordadas en hilo de oro americano, lo he olido con fuerza, un perfume a savia de cactus del desierto de Mojave, sí, pero también a su Mallorca natal, algas marinas y tocino de cerdo negro, y me viene a la mente una historia sobre su abuela del pueblo de Petra, historia que bajo el radiante sol de los atardeceres del Pacífico él me contó muchas veces, pero ahora no tengo tiempo para seguir pensando en la abuela del amigo Junípero, ya lo haré más tarde, me digo, tengo tiempo, y me ato su pañuelo al rostro, como los bandidos y asaltantes de caminos pero en mi caso para que me proteja del polvo y el agua del huracán que ya viene, y dentro de unos instantes el torbellino nos hará pedazos pero sobreviviremos, llegaremos a nuestro destino y ganaremos esta batalla a los británicos, terminaremos bailando viejas canciones en una taberna de Luisiana, lo sé, y dentro de dos siglos, en otro tornado que asolará la localidad de Ardmore, Oklahoma, aparecerá de nuevo este pañuelo bordado en hilo de oro americano, y caerá a tierra y será mostrado a cámara y un locutor dirá no sé cuántas tonterías, que si las letras MJSR responden a las iniciales de una abogada de Oregón —que ya lo está reclamando—, que si quizá pertenezca a un taxista de Kentucky —quien dice poder aportar pruebas gráficas de ello—, y nada de eso será verdad, siglos en el aire y esos jodidos yankees sin saber que ese pañuelo es español, como casi todo lo que tienen, su libertad, sus derechos, su cacareada Constitución incluso, aunque, desagradecidos, ya lo hayan olvidado. Y ahora un golpe de viento acaba de desatar ese pañuelo de mi cara, lo estoy viendo irse, atravesar el Misisipi y pasar intacto entre las ramas de árboles del periodo mesozoico, volar los siglos venideros de huracán en huracán, colarse incluso unos instantes en una película  porque  está  en  nuestra   naturaleza  conquistar no sólo tierras sino algo mucho mejor, ficciones que no son nuestras.

Portada de Bajo dos banderas

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Título: Bajo dos banderas. Autores: Juan Eslava Galán, Espido Freire, Agustín Fernández Mallo, Susana Fortes, Luz Gabás, Juan Gómez-Jurado, Emilio Lara, Cristina López Barrio, José María Merino, Arturo Pérez-Reverte, Clara Sánchez y Lorenzo Silva. Editado por Zenda con el patrocinio de Iberdrola. Descarga gratuita: Amazon y Kobo.