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Los narcisos que quizá no vuelvan

Los narcisos que quizá no vuelvan

Ya estamos a finales de enero, ¿cómo pasó? ¿Cuándo cayeron las hojas del calendario y me ha dejado el año desnudo de sus principios? ¿Cómo no lo vi? ¿Tan absorta estoy en la mezquindad de las tareas cotidianas que pueden robarme un mes entero sin que me dé cuenta? Pueden, al parecer. A Sabina le robaron el mes de abril y a mí enero completo, pero sin inocencia, ni juventud ni melancolía.

Lo cierto es que el problema de mis olvidos viene de lejos. El año pasado ni siquiera recordé retirar los bulbos de primavera para replantarlos en noviembre. Los dejé a su suerte, dormidos, esperanzada de que entrasen en un estado de latencia que les permitiese llegar vivos al próximo mes de marzo. ¡Qué ilusa fui! No contaba con un período de sequía extrema en el verano en el que la tierra se volvió poco más que arena rojiza, polvo entre mis manos. Nunca hasta entonces la falta de agua había sido tanta. Pensé entonces: “Quizás algunos sobrevivan. Los narcisos más fuertes, los amarillos”.

"Despuntan los brotes de los tulipanes, minúsculas puntas que hasta finales de febrero no asomarán en serio y hasta marzo no mostrarán todo su esplendor por entero"

Puede que quizás lo hiciesen entonces pero, ¿para qué? Para ir a ahogarse entre las lluvias imparables de este invierno sin final en que una borrasca se encadena detrás de otra. Incluso las temperaturas han llegado a ser tan bajas como no lo han sido en años. Si no se han podrido se habrán congelado, o quizás hayan servido de alimento para algún topo hambriento. No seré yo quien le culpe. Y sin embargo… Sin embargo cada vez que paso por el trozo de tierra en el que los bulbos están enterrados no puedo evitar mirar todavía con esperanza, aunque sepa que es casi imposible que de allí surja nada.

Pero me emperro en seguir pasando, y en mirar con anhelo. Igual que miro a las macetas que, protegidas del relente de la noche por el tejadillo del patio, ya empiezan a dejar asomar a sus inquilinos tímidamente. Estos sí lo hacen. Despuntan los brotes de los tulipanes, minúsculas puntas que hasta finales de febrero no asomarán en serio y hasta marzo no mostrarán todo su esplendor por entero. ¡Qué dramáticos son los tulipanes! ¡Qué exhuberantes en su minimalismo! Los tulipanes son las Effie Trinket de las macetas (los fans de Los juegos del hambre saben de lo que hablo), especialmente los papagayo con sus pétalos retorcidos, deshilachados y llenos de volantes. En comparación, los muscari son todo discreción pese a su vibrante color azul cobalto, que les lleva a ser llamados nazarenos. Tampoco faltan los narcisos, de los cuales me gusta pensar que son una especie de primos Zumosol de los Muscari, a los que se les va la mano con la colonia.

"El jacinto se convirtió en un diplomático silencioso, demostrando que la belleza y la orientación correctas pueden suavizar incluso los corazones más rígidos"

Hablando de narcisos, me viene a la memoria una vieja leyenda según la que, un ministro, agobiado por las intrigas palaciegas, decidió colocar una de estas flores en su escritorio para purificar el Chi de su despacho. Al poco tiempo, la fragancia era tan envolvente que los conspiradores, al entrar, olvidaban sus rencores y se sumían en una honestidad inesperada. Así, el jacinto se convirtió en un diplomático silencioso, demostrando que la belleza y la orientación correctas pueden suavizar incluso los corazones más rígidos. Por eso los maestros de Feng Shui colocan siempre un jacinto azul en los rincones que dan al norte. Hacen esto a modo de “ancla de calma” cuando arrecian los vientos de tempestad.

Ya me he vuelto a perder… esta memoria mía… ¿De qué estábamos hablando? De mi preocupación por los narcisos, los pobres. ¿Volverán a renacer este año? Precisamente ellos, que simbolizan la llegada de la primavera, la esperanza y la renovación. Si no vuelven a aparecer, ¿será un mal augurio?, ¿deberé preocuparme? Espero que sean fieles a la cita pese a tenerlo todo en contra y que un año más vuelvan a aparecer. Soy consciente de que llegará un día en que aguardaré en vano su aparición, y que incluso los que siempre parecemos salir indemnes de todos los males encontraremos la piedra final. Pero aún tengo esperanzas. Un consejo: nunca regaléis un solo narciso, atraen la desgracia.

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