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Los pájaros y el coronavirus

Hace unos días volví a ver con mis hijos Los pájaros, de Hitchcock. Quería comprobar cómo había envejecido este clásico del cine, presente en la infancia de tantas generaciones. Todavía recuerdo a mi padre entusiasmado, a finales de los años setenta, alquilando un fin de semana la película de celuloide en varias bobinas para invitar a mis amigos a casa y proyectarla sobre una gran sábana blanca. Por aquel entonces, aquellas secuencias de ataques de cuervos y gaviotas al ser humano nos provocaban miedo. ¿Qué opinaría yo y qué opinarían mis hijos sobre el film cuatro décadas más tarde?

A los niños, los ataques ya no les provocan miedo alguno. Advierten de inmediato que las sobreimpresiones de planos para simular picaduras son falsas; al igual que la sangre, que les parece carmín o salsa de tomate. En alguna ocasión, incluso se les escapa la risa.

"Los planos de las aves atacando tienen una plasticidad bellísima, como la de las puñaladas de Norman Bates en la ducha de Psicosis"

Ciertamente, una obra de arte no puede juzgarse por el estado de la técnica en el momento que se produjo. Siguiendo ese razonamiento, también nos parecerían imperfectos los cuadros de Giotto, que fueron auténticas obras maestras en su tiempo, como lo eran los efectos especiales de Hitchcock en los años sesenta. Los planos de las aves atacando tienen una plasticidad bellísima, como la de las puñaladas de Norman Bates en la ducha de Psicosis, la obra maestra del Mago del Suspense que mejor ha resistido el paso de los años. Pese a lo anterior, mis hijos tienen algo de razón, porque el objetivo de Los pájaros era, en parte, aterrorizar, y ya no aterroriza en absoluto.

El mayor problema de la película, lo que de veras la lastra y envejece, es el ritmo narrativo de la primera parte hasta el comienzo de los ataques. Ese primer tramo es un largo melodrama entre Mitch Brenner (Robert Taylor) y Melanie Daniels (Tippi Hedren), con suegra, hermana pequeña y ex novia incluidas. Hoy día resulta mojigato, pasado de moda e inservible, pues el idilio ya no se desarrolla en el resto del film, con lo cual parece un relleno para alargar el metraje.

Pese a todo lo anterior, hay una escena que sigue resultando magistral y plenamente vigente. Hasta tal punto, que parece alegorizar la crisis actual del coronavirus. Se trata de aquella que se desarrolla en el bar de Bahía Bodega —localidad californiana de la acción—, convirtiéndolo en un escenario teatral improvisado.

"El borracho representa la irracionalidad de las religiones: los pájaros o el coronavirus nos los envía Dios para probar nuestra integridad"

Al bar llega la protagonista, Melanie Daniels, y anuncia que los pájaros han atacado la escuela. Pronto le lleva la contraria una anciana ornitóloga que toma café en la barra, alegando que ella ha estudiado a las aves y semejante comportamiento es imposible. De nada sirve que Melanie le responda: “Oiga, me ha ocurrido a mí”. La anciana sigue denegándolo, al igual que Fernando Simón, el ínclito experto del Gobierno en epidemias, afirmaba taxativo el 7 de marzo que era imposible que hubiera un contagio masivo por coronavirus, atendiendo a los datos de otras gripes anteriores. Un mes y medio más tarde, cuando Simón y la sociedad española se han contagiado, ante la reapertura de las calles y las tiendas, afirma con la misma seguridad un posible rebrote de los contagios. De lo cual se deduce que la ciencia se basa en datos empíricos cambiantes, que en ocasiones fallan, dejando al descubierto la arrogancia intelectual de algunos.

Junto a la anciana ornitóloga hay otro personaje interesante, un alcohólico que bebe whisky en la barra y cuando oye hablar de los ataques comienza a sermonear al profeta Isaías: “¡Es el fin del mundo, es el fin del mundo…!”. El borracho representa la irracionalidad de las religiones: los pájaros o el coronavirus nos los envía Dios para probar nuestra integridad; debemos arrepentirnos de los pecados y aceptar con resignación la enfermedad o la muerte.

"El bar de Bahía Bodega es un pequeño teatro que encarna en breves diez minutos de metraje a toda nuestra sociedad pandémica"

En el bar hay otros personajes secundarios, como el dueño o un marinero: seres compasivos que desean creer a Melanie y ayudarla. O una madre que, aterrada por sus hijos, la acusa de ser diabólica, pues los ataques comenzaron cuando ella llegó al pueblo. Esta última señora sería émula de ciertas personas que afirman sin pruebas que el coronavirus lo creó un maléfico doctor chino, a quien le explotó un tubo de ensayo en Wuhan. Por último, también hay otro individuo que encarna la despreocupación: no le importa que los pájaros ataquen, no va a tener la mala suerte de que le ataquen a él. Este señor es como tantos españoles que salen por las calles o entran en las tiendas sin protección. En definitiva, el bar de Bahía Bodega es un pequeño teatro que encarna en breves diez minutos de metraje a toda nuestra sociedad pandémica.

Cuando concluye la película, advierto que ninguna obra de arte es la misma cuando uno vuelve a admirarla. La vida es un tránsito del conocimiento a la muerte, en el cual solo poseemos el presente inmediato: el instante en que concluyo la escritura de este artículo. Mañana, mis palabras tal vez serían otras.

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