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Los privilegios de clase

Lawrence Osborne (Inglaterra, 1958) es un heterodoxo, a pesar de haberse criado al amparo de Cambridge y Oxford, o tal vez por eso mismo. Nómada impenitente, no ha sido hasta hace poco cuando ha fijado su residencia en Bangkok, aunque tal vez «fijar» sea mucho decir. En cualquier caso, Osborne pertenece a la estirpe de los raros: esos escritores que parecen hablar de cualquier cosa menos de ellos mismos, cuando en el fondo sólo hablan de ellos mismos. La rareza no reside exclusivamente ahí, pero mucho de ella hay en su postura vital. Con su última novela todavía por traducir al castellano —The Glass Kingdom—, aparece ahora Perversas criaturas, tras la magnífica Beber o no beber (2020), crónica de viajes por lugares donde complicarse la vida, habida cuenta que trataba de contravenir las ordenanzas de países donde la bebida está prohibida. Lo suyo es correr riesgos y tratar de salir ileso del desafío.

De perverso envite podría catalogarse también la redacción de la novela que ahora nos ocupa, una ficción en toda regla en la que Osborne se adentra en los conflictos que surgen cuando el primer mundo se topa con elementos que pertenecen a otros mundos, sean de la categoría que sean, y hacen saltar en pedazos sus creencias o disposiciones. La historia es simple: sucede un verano, durante una de las últimas crisis de refugiados que asolan vergonzosamente el Mediterráneo, cuando la isla griega de Hidra, colonia de bohemios de alta alcurnia —con el recuerdo de Leonard Cohen como faro—, hierve literalmente debido a las tretas del diablo meridiano, mientras los cócteles y los paseos en yate socorren a artistas, intelectuales y veraneantes, de esos que no suelen mirar los precios de las cartas de los restaurantes y tienen servicio de aparcacoches. El epígrafe de Cavafis ya adelanta la atmósfera que reinará en estas páginas: “No hay barco para ti, no hay camino. / Al arruinar tu vida en este rincón, / la has destruido en toda la tierra.” Al menos, es lo que alienta hasta el desenlace, del que mejor no hablar, para preservar la peripecia imaginada por Osborne en el último tramo del relato.

"Lawrence Osborne ofrece un ácido retrato, no exento de ironía, de un mundo que levanta barreras ilusorias en la esperanza vana de que serán suficientemente altas como para evitar que sean traspasadas por los indeseables de un mundo que sólo queremos frecuentar"

Lo cuenta el paratexto de contraportada. Hay un crimen impremeditado, falso altruismo y una carga importante de hipocresía primermundista. Es lo que les ocurre a las privilegiadas Naomi y Samantha, dos veinteañeras que, en el transcurso de una excursión, se topan con un náufrago exhausto que luego se presentará como Faroud, tras el primer auxilio de las chicas. La pareja de amigas irá entablando amistad con el hombre que precipitará la tragedia anunciada, dándole la razón al tópico de que el camino al infierno está empedrado de buenas intenciones. Desde que la madre de Naomi murió de cáncer, ella había pasado de ser una adolescente rota a una adulta igualmente rota; mientras, Samantha, Sam, era una selecta estadounidense que no encontraba en sus congéneres ningún tipo de estímulo. En realidad, ambas eran el resultado de una existencia creada por los medios de comunicación, no por la vida misma. Y en esas circunstancias, cualquier decisión conduciría a la perdición, si a ello le sumamos una carga importante de prejuicios y un ingenuo paternalismo que lastraba cuanto emprendieran en aquel ocioso verano las dos jóvenes. Como dice el narrador en un momento de inflexión, “tenemos la peonza y tenemos la chica, pero ambas se funden en su girar”. Entre ouzo y Sinatra para acallar las cigarras transcurrirá el verano y se urdirá la tragedia, que pasará de Grecia a Italia en un viaje que mucho debe a las tretas narrativas del talentoso Ripley de Patricia Highsmith.

Con un elegante manejo de los detalles, cargados de apuntes culinarios y enológicos, datos geográficos y amparado en el sabio manejo de la información que aprovisiona en sus viajes, Lawrence Osborne ofrece un ácido retrato, no exento de ironía, de un mundo que levanta barreras ilusorias en la esperanza vana de que serán suficientemente altas como para evitar que sean traspasadas por los indeseables de un mundo que sólo queremos frecuentar, no recordar, y mucho menos habitar. Como nuestro compatriota El Roto, también el autor de El turista desnudo (2017) sabe que cuando esos indeseables descubrieron que la esperanza los mantenía a flote, ningún océano los iba a detener. Con novelas así, bien se puede brindar al amparo de Na pethanei o charos («que muera la muerte»). Sin duda, se trata de la novela de Osborne más lograda hasta la fecha. Lo mejor, que el linaje heterodoxo no es preciso para aventurarse en sus páginas.

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Autor: Lawrence Osborne. Traductora: Magdalena Palmer. Título: Perversas criaturasEditorial: Gatopardo. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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