Inicio > Libros > Poesía > Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor

Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor

Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor

Fue la primera novela pastoril de la literatura castellana. Mezcla el verso y la prosa narrando los amores y pasiones de una pastora llamada Diana. A continuación reproduzco Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor.

Los siete libros de la Diana, de Jorge de Montemayor

«Ojos que ya no veis quien os miraba
(cuando erais espejo en que se veía)
¿qué cosa podréis ver que os dé contento?
Prado florido y verde, do algún día
por el mi dulce amigo yo esperaba,
llorad conmigo el grave mal que siento.
Aquí me declaró su pensamiento,
oíle yo cuitada
más que serpiente airada,
llamándole mil veces atrevido;
y el triste allí rendido,
parece que es ahora, y que lo veo,
y aun ese es mi deseo.
¡Ay si le viese yo, ay tiempo bueno!
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Aquella es la ribera, este es el prado,
de allí parece el soto, y valle umbroso,
que yo con mi rebaño repastaba;
veis el arroyo dulce y sonoroso,
a do pacía la siesta mi ganado
cuando el mi dulce amigo aquí moraba;
debajo aquella haya verde estaba,
y veis allí el otero
a do le vi primero,
y a do me vio: dichoso fue aquel día,
si la desdicha mía
un tiempo tan dichoso no acabara.
¡Oh haya, oh fuente clara!,
todo está aquí, mas no por quien yo peno;
ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Aquí tengo un retrato que me engaña,
pues veo a mi pastor cuando lo veo,
aunque en mi alma está mejor sacado.
Cuando de verle llega el gran deseo,
de quien el tiempo luego desengaña,
a aquella fuente voy, que está en el prado.
Arrímolo a aquel sauce, y a su lado
me asiento, ¡ay amor ciego!;
al agua miro luego,
y veo a mí, y a él, como le veía,
cuando él aquí vivía.
Esta invención un rato me sustenta,
después caigo en la cuenta,
y dice el corazón de ansias lleno:
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Otras veces le hablo, y no responde,
y pienso que de mí se está vengando,
porque algún tiempo no le respondía;
mas dígole yo triste así llorando:
Hablad, Sireno, pues estáis adonde
jamás imaginó mi fantasía.
No veis, decí, ¿que estáis en el alma mía?
Y él todavía callado,
y estarse allí a mi lado,
en mi seso le ruego que me hable;
¡qué engaño tan notable,
pedir a una pintura lengua o seso!
¡Ay tiempo, que en un peso
está mi alma y en poder ajeno!
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

No puedo jamás ir con mi ganado,
cuando se pone el sol a nuestra aldea,
ni desde allá venir a la majada,
sino por donde aunque quiera vea,
la choza de mi bien tan deseado,
ya por el suelo toda derribada.
Allí me asiento un poco, y descuidada
de ovejas y corderos,
hasta que los vaqueros
me dan voces diciendo: «Ah pastora,
¿en qué piensas ahora?
¿Y el ganado paciendo por los trigos?»
Mis ojos son testigos,
por quien la hierba crece al valle ameno.
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Razón fuera, Sireno, que hicieras
a tu opinión más fuerza en la partida,
pues que sin ella te entregué la mía;
¿mas yo de quién me quejo? ¡Ay perdida!,
¿pudiera alguno hacer que no partieras,
si el hado, la fortuna lo quería?
No fue la culpa tuya, ni podría
creer que tú hicieses
cosa, con que ofendieses
a este amor tan llano y tan sencillo,
ni quiero presumirlo,
aunque haya muchas muestras y señales;
los hados desiguales
me han anublado un cielo muy sereno.
Ribera umbrosa, ¿qué es del mi Sireno?

Canción, mira que vayas donde digo,
mas quédate conmigo,
que puede ser te lleve la fortuna
a parte do te llamen importuna.»

4.7/5 (3 Puntuaciones. Valora este artículo, por favor)