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Los tres nombres de Ludka, la historia de los niños robados por los nazis

Los tres nombres de Ludka, la historia de los niños robados por los nazis

Unos 150 niños polacos que fueron arrebatados a sus padres por los nazis en la Segunda Guerra Mundial para ser «germanizados» por sus rasgos arios, acabaron acogidos en un orfanato de Barcelona y su historia ha servido de base a la escritoria Gisela Pou para escribir una novela sobre el desarraigo.

Los tres nombres de Ludka, publicada por Planeta, es el título de esta novela en la que Pou (Castellar del Vallés, Barcelona, 1959) cuenta la historia de Luka, una niña polaca secuestrada, germanizada y adoptada por un oficial de las SS y su mujer, y posteriormente trasladada a España, dentro del grupo de menores que llegó al puerto de Barcelona en 1946 desde Italia.

Una historia de la que tuvo conocimiento a través de una crónica periodística, explica la autora a EFE, que recuerda que una veintena de ancianos, que fueron algunos de estos niños polacos, regresaron en 2008 a Barcelona para participar en unas jornadas de conmemoración.

Los 150 niños, después de ser rescatados por la Cruz Roja, vivieron en el orfanato barcelonés de Vallcarca de 1946 a 1956 bajo la dirección de la también polaca Wanda Morbitzer, secretaria del cónsul honorario de Polonia. Después de meses o años, algunos fueron identificados por sus familias y volvieron a Polonia mientras que otros fueron adoptados en Estados Unidos.

A partir de rasgos de estos niños reales, la autora ha creado al personaje de ficción Ludka Nowak, una menor de nueve años que, como otros muchos de sus compañeros, fue secuestrada y sometida a un intenso proceso de germanización.

Formaban parte del programa Lebensborn de las SS creado para propagar la raza aria y dentro del cual niños polacos, recuerda la autora, fueron secuestrados en Silesia porque su fisonomía era la adecuada para ser «germanizados», haciéndoles olvidar su lengua y su pasado.

En su novela, Gisela Pou retrata a personajes históricos reales como Wanda Morbitzer y su esposo Harry Tozer y otros muchos de ficción que ha basado en sus investigaciones sobre los hechos, que van desde la Alemania nazi y el campo de exterminio de Sobibór a la Polonia comunista, el París de los 40 y la Barcelona de la posguerra.

A pesar de esa situación, cuando aquellos niños regresaron a Barcelona ya ancianos recordaban los años que vivieron en la ciudad como un «paraíso» después de haber vivido la guerra, explica la escritora, que destaca los padecimientos que siguen viviendo los menores cuya vida transcurre entre conflictos bélicos como ocurrió en Siria o ahora en Ucrania.

La autora habla del desarraigo de estos niños, de cómo les quitaron sus raíces: la protagonista «iba de una ciudad a otra, de un país a otro, sin saber quién era ni dónde pertenecía, como un pequeño árbol con las raíces al aire, sin conseguir arraigar en ninguna parte».

Ludka, que de niña solo recuerda a su madre adoptiva alemana, para la que ella era Hedda, regresará de adulta a la Polonia comunista para buscar sus raíces e intentar recuperar su verdadero nombre.

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