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Esos días azules y ese sol de la infancia

Esos días azules y ese sol de la infancia

Libros que relaten los últimos días de escritores y otras personalidades hay unos cuantos. Pessoa, Chejov, Lord Byron, Kant, Che Guevara, Virginia Woolf… Ahora que el paso del tiempo nos da más perspectiva contemplamos la vida de los otros como algo completo, terminado; de propuestas que hemos visto nacer y morir, de inauguraciones y clausuras, aunque al principio pensáramos que serían para siempre («Ná es eterno», que cantaba Camarón -otra vida al completo-): Adolfo Suárez presidente, Juan Carlos I nombrado Rey y su abdicación, etc. Los hemos visto subir y bajar, empezar y terminar, su compromiso, su cese… y su muerte. Fulgor y muerte de Joaquín Murrieta, que escribió Pablo Neruda; Santiago Carrillo, de estranjis con peluca por Madrid. Los Beatles como fenómeno musical, un cuarteto de imberbes formidables de los que solo viven Paul McCartney y Ringo Starr. «Esos días azules y ese sol de la infancia» han sido los últimos versos escritos por Antonio Machado en su corto exilio en Collioure, antes de fallecer en tierras francesas por la indignidad de la guerra.

El tiempo pasa y nos hace más sabios, que dijo aquel, aunque yo preferiría que pasara más lento y ser un poco menos…, pero, en fin, es lo que hay.

tolstoi 1910

Tolstoi en 1910

Antes de recordar algunos de estos libros sobre “los últimos días de”, ahí va esta cita extraída de Resurrección (1899), última novela de Leon Tolstoi,  (Alianza editorial, Pretextos…), un libro sobre la injusticia de las leyes humanas y la hipocresía de la iglesia institucionalizada. Son, sobre todo, palabras para momentos como el que vivimos, en el que los profesionales de lo público continúan practicando políticas de tierra quemada. Pero que no se crean que siempre va a ser así –Tolstoi dixit– porque siempre es primavera.

“Por mucho que cientos de miles de personas, reunidas en un corto espacio de terreno al que se han apegado, se esfuercen en llenar el suelo de piedras para que no crezca nada en él; por mucho que limpien ese terreno hasta de la última brizna de hierba; por mucho que impregnen el aire con el humo del carbón y el petróleo, por mucho que corten los árboles y obliguen a marcharse a todos los animales y aves, la primavera, hasta en la ciudad, siempre es primavera”.

Pessoa

De Sueño de sueños: los tres últimos día de Fernando Pessoa. Antonio Tabucchi. Anagrama

Antes tengo que afeitarme, dijo él, no quiero ir al hospital con esta barba, se lo ruego, vaya a llamar al barbero, vive en la esquina, es el señor Manacés.

Pero es que no hay tiempo, señor Pessoa, replicó la portera, el taxi está ya en la puerta, sus amigos han llegado ya y le están esperando en el recibidor.

No importa, respondió, todavía queda tiempo.

Se arrellanó en la pequeña butaca donde el señor Manacés acostumbraba a afeitarle y se puso a leer las poesías de Sá-Carneiro.

El señor Manacés entró y le dio las buenas noches. Señor Pessoa, dijo, me han dicho que no se encuentra bien, espero que no se trate de nada grave.

Le colocó una toalla alrededor del cuello y empezó a enjabonarlo. Cuénteme algo, dijo Pessoa, usted, señor Manacés, conoce muchas anécdotas interesantes y ve a mucha gente en su establecimiento, cuénteme algo.

 

CHEJOV

Chejov

De Tres rosas amarillas. Raymond Carver. Anagrama

Chejov. La noche del 22 de marzo de 1897, en Moscú, salió a cenar con su amigo y confidente Alexei Suvorin, editor y magnate de la prensa; era un revolucionario, un self-made man cuyo padre había sido soldado raso en Borodino. Al igual que Chejov, era nieto de un siervo. Tenían eso en común: sangre campesina en las venas. Pero tanto política como temperamentalmente se hallaban en las antípodas. Suvorin, sin embargo, era uno de los escasos íntimos de Chejov, y Chejov gustaba de su compañía.

 

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De Che, la vida por un mundo mejor. Pancho O´Donnell, Plaza&Janés

Pacho O’Donnell reproduce el testimonio de lo ocurrido en la aldea boliviana de La Higuera el 9 de octubre de 1967. Un relato de los últimos instantes de la vida de Ernesto Che Guevara, narrado por su verdugo, el sargento boliviano Mario Terán, a su ministro del Interior, Antonio Arguedas.

“¡Serénese y apunte bien! -me dijo como si me ordenase-. ¡Va usted a matar a un hombre!

Entonces di un paso atrás, hacia el umbral de la puerta, cerré los ojos y disparé la primera ráfaga. El Che, con las piernas destrozadas, cayó al suelo, se contorsionó y comenzó a regar muchísima sangre. Recobré el ánimo y disparé la segunda ráfaga que lo alcanzó en un brazo, en un hombro y el corazón.

Ya estaba muerto”.

 

WOOLF

La muerte de Virginia. Leonard Woolf. Lumen

El 28 de marzo de 1941 Leonard Woolf, (1880-1969) escribió a lápiz con mano temblorosa la palabra «Muerta» en uno de los diarios de bolsillo de su esposa. Horas antes, instantes efímeros en el destino de la vida de ambos, Virginia Woolf (1882-1941) se adentró en el río Ouse con los bolsillos de su abrigo llenos de piedras y se ahogó. Era el final de una larga y dolorosa agonía, provocada por el trastorno bipolar que no le fue diagnosticado en vida, y que se vio intensificada por el estallido de la Segunda Guerra Mundial y el desmoronamiento de cuantos cimientos personales la escritora británica luchó por edificar a lo largo de su frágil existencia.

Esos últimos años, el sufrimiento desgarrador de quien siempre tuvo la muerte «a flor de piel» en su imaginación, como aseguró su marido en su autobiografía, vuelven a estar de actualidad después de que la universidad de Sussex anunciara la compra de ocho dietarios personales de la escritora, fechados entre 1930 y 1941, por los que la institución británica pagó 73.500 euros en una subasta en Sotheby’s en diciembre. En ellos, la autora de «La señora Dalloway» reflejaba su actividad cotidiana, desde citas amistosas y profesionales a sus pensamientos y sensaciones. Se trata de una valiosa aproximación a la figura de una de las escritoras más importantes y fascinantes del siglo pasado, cuya vida ha hecho correr tantos ríos de tinta como los que ella derramó en cuadernos, como ha contado en ABC la periodista y escritora. Inés Martín Rodrigo.

 

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Camus et l´Algerie. Javier Lenzini. Edisud

Albert Camus (1913-1960), que obtuvo el premio Nobel de Literatura en 1957, fue hasta el final de su vida ese hombre discreto, obsesivamente inquieto, que, por apego a sus orígenes africanos, revistió su talento con una capa de humildad, como lo hacen los bereberes para protegerse de los vientos y el frío del desierto. Como lo hizo San Agustín, a quien dedicó parte de sus estudios de filosofía.

Los últimos días de la vida de Albert Camus, cuenta Carmen Grimau, es un libro minúsculo de José Lenzini. Basta con 143 páginas para contornear sobradamente al autor que se comió el siglo XX francés. Lenzini conoce muy bien a Camus. Le ha dedicado varios libros. Lo quiere. Y se nota. El abordaje es sentimental, y lo es en el mejor de la palabra. Lenzini recrea, basándose en testimonios, lo que pudo pasar hace exactamente 50 años:

El 4 de enero de 1960, el Facel-Vega que conducía el riquísimo Michel Gallimard (sobrino del gran patrón Gaston Gallimard) se estrelló contra un árbol. Mató al escritor en el acto. Una recta había animado a Michel a pisar el acelerador, la carretera helada hizo el resto. Segundos antes, Camus preguntó por el nombre del pueblo al que iban acercándose. Petit-Villeblevin, contestó Michel. Silencio en el coche. Camus oye los neumáticos patinar, tensa sus piernas instintivamente, no ve nada, “¡Endereza… Ende…!” grita.

Así de tonta, así de absurda, la muerte súbita. Encontraron en el bolsillo de nuestro hombre un billete de tren. Cambió de idea para no hacer un feo a Michel, pues ya no le quedaban apenas amigos. Tenía 47 años.

 

Más bibliografía:

  • Virginia Woolf. Horas en una biblioteca. Seix Barral
  • Oliver Todd. Albert Camus. Una vida. Tusquets
  • Albert Camus. El extranjero. Alianza editorial
  • Leon Tolstoi. La muerte de Ivan Illich. Alianza editorial
  • Antonio Tabucchi. Sostiene Pereira. Anagrama
  • E. J. Trelawny. Los últimos días de Lord Byron y Shelley. Alba editorial
  • Fernando Pessoa. Libro del desasosiego. Acantilado
  • Raymond Carver. Catedral. Anagrama
  • Thomas de Quincey. Los últimos días de Emmanuel Kant. Ediciones Valdemar
  • Inés Martín Rodriguez. Azules son las horas. Espasa
  • Miguel Barrero. Camposanto en Collioure. Trea editorial
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