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Luz Gabás: “No me considero una autora comercial”

Luz Gabás: “No me considero una autora comercial”

Si por ella fuese, sería la eterna estudiante. Estaría el día entero leyendo un libro tras otro. El último fue Canción dulce, de Leila Slimani. A Luz Gabás le pueden los libros. Viviría para devorarlos. Entre otras cosas, porque vive para escribirlos. Hasta ahora ha publicado tres, editados todos por Planeta: Palmeras en la nieve (2012), convertido en superventas tras su adaptación al cine; Regreso a tu piel (2014) y la más reciente Como fuego en el hielo (2017), una novela ambientada en el XIX, y que Mariano Rajoy —¡Ay, madre!— recomendó este año en Twitter como su lectura para Sant Jordi. “Qué va, qué va. Yo sólo he hablado una vez con él”, dice entre risas, al hablar del asunto.

Nacida en Monzón (1968), esta filóloga inglesa que opositó para dar clase a ingenieros lo dejó todo en 2007. Se mudó al valle de Benasque para emprender una carrera como novelista y desde entonces no ha parado. Entre medias, todo sea dicho, fue también alcaldesa del PP. Pasar de autoridad municipal de los populares a la lista de más vendidos tiene lo suyo. Luz Gabás sin embargo ni se considera una autora de best sellers ni ve rareza alguna en los derroteros de su biografía. Le gustan los cambios, lo inesperado. No en vano se define a sí misma como una tormenta. Hay algo cambiante, asegura.

Cinco siglos en tres novelas. A sus libros los recorre una cierta predisposición romántica, decimonónica en su receta base: trágicos hechos que empujan a los personajes a tomar una decisión. Si en Palmeras en la nieve, Gabás tiró de biografía familiar para contar una historia que atravesaba el siglo XX —su padre viajó a Guinea Ecuatorial en los años cincuenta— y en Regreso a tu piel (2014) desplegó el tapiz del siglo XVI, en Como fuego en el hielo se adentró en el siglo XIX y volvió a su tierra, los Pirineos. Ahí cuenta las historias de los primeros viajeros extranjeros que llegaron a España y exploró la idea del viaje como expresión de modernidad en un siglo bisagra, convulso .

Luz Gabás no se define así o asá. No defiende una isla del estilo, ni siquiera se inflama ante la pregunta sobre si se considera una autora comercial. Encaja bien la repregunta y sabe administrar, a su favor, el tono inocente de los que con nada se ofenden. De la política se aprende y, aunque no lo admita, Luz Gabás conserva de esos años la calma de los que no se dan por aludidos. Un arte de la simpleza, de deliberada neutralidad, que ella despliega en esta entrevista.

—De alcaldesa del PP a escritora de novelas de éxito. ¿Cuántas Luz Gabás hay entre ambos extremos?

—Muchas. Una vez me pidieron una palabra que me definiera, y yo dije: tormenta.

—Ah, caramba. ¿Por qué razón?

—Porque hay muchas y de muchos tipos. Tormentas secas, de rayos, de truenos. Las que anuncian diluvio y se quedan después en cuatro gotas.

—En su caso digamos tormenta prodigiosa, porque editorialmente le ha ido muy bien.

—En mi caso, como vivo en un sitio aislado y pequeño no lo percibo tanto. Mi vida es mucho más normal de lo que puede llegar a parecer.

"Como fuego en el hielo es una novela sobre cómo veo la vida. Una novela sobre el deseo pero también sobre la muerte, y ésta es la vida, o lo que supone vivir: decidir."

—¿Podemos entender la suya como una literatura romántica en el sentido decimonónico?

—En un encuentro con lectores, un señor me dijo que tenía la sensación de que cada novela que escribía parecía formar parte de un plan general sobre mí y sobre cómo veía el mundo. Eso me hizo pensar. Hasta ahora, creo, he escrito una trilogía emocional. Como fuego en el hielo es una novela sobre cómo veo la vida. Una novela sobre el deseo pero también sobre la muerte, y ésta es la vida, o lo que supone vivir: decidir. Lo que determina a los personajes es eso: el hecho de decidir.

—Es, de sus novelas, la que apela más directamente a su biografía.

—Es un homenaje a la montaña. Es curioso, porque con todo lo que ocurre hoy día, veo que Como fuego en el hielo, que se desarrolla en el siglo XIX, refleja momentos convulsos, revoluciones, tensiones políticas, radicalismos. En ese sentido es una novela muy romántica, como señalabas, aunque también hay amor, claro. Pero también una actitud del espíritu.

—Tiene, si se quiere, el elemento crepuscular. De fin de ciclo.

—Es cambio. El romanticismo plantea cambios. La atracción por lo diferente. Por la fantasía. Es el viaje. La percepción del yo como algo diferente y excepcional. De ese conjunto la parte más negativa del romanticismo, que lo dijo Mario Vargas Llosa, es el nacionalismo.

—¿Le sonroja que le digan que hace literatura comercial?

—Hasta ahora me habían dicho que hacía literatura romántica, pero no comercial. Eres la primera que me lo dice. No me considero una autora comercial. Tengo una teoría: uno escribe lo que quiere y lo que puede. Al escribir, pienso en mí como lectora, en cómo me gustaría que me contaran una historia. No me gustan los ladrillos. Hay muchas formas de literatura y muchos momentos para leer. Cada escritor tiene su tono y su estilo. De lo contrario, sería aburridísimo.

—¿Hace concesiones con el lector? ¿Lo tiene presente al escribir?

—Pienso en mí como lectora. Para pensar en los lectores, cómo podría hacerlo: ¿por edad, por género? Pienso en la historia. Me cuesta describir a los personajes malos. Ahí no tengo que hacer concesiones. Tengo que hacer un esfuerzo.

—Después de hacer política, estará curada de espanto.

—Se aprende y se ven muchas cosas allí. También cosas buenas, sin duda. Pero reconozco que he tendido siempre a buscar lo bueno.

"Mi padre fue a Guinea porque allí era posible hacer dinero y adquirir mejores condiciones de vida, y lo hizo."

—En su familia hay un espíritu de aventura y viaje. Su padre vivió en Guinea Ecuatorial. ¿Cómo influye su biografía en sus libros?

—Creo que tanto mi familia paterna y materna tienen, más que un espíritu de viaje, un espíritu emprendedor y trabajador. Buscaban ir a mejor en la vida. Se han esforzado mucho por salir adelante, y eso marca. Venían de entornos rurales no necesariamente ricos y mis padres buscaban lo mejor para sus hijas. Que estudiaran y fueran a la universidad. Eso es lo que he heredado de ellos. Mi padre fue a Guinea porque allí era posible hacer dinero y adquirir mejores condiciones de vida, y lo hizo. Estar en un entorno para ir a mejor.

—¿Con qué autores siente empatía o identificación?

—Ahora tengo un diálogo metafórico y otro directo, entre los autores que leo y los que conozco. Yo creo que estoy en una fase en la que picoteo de muchos estilos. Este último año he conseguido entender y que me guste la novela policiaca. No le pillaba el punto y en esto debo agradecer a Dolores Redondo y a Eva García Sáenz de Urturi que me hayan abierto este mundo. Eso en el caso de escritoras españolas y que he leído. Con los que continúo dialogando es con los clásicos anglosajones que todavía me acompañan. Sigo leyendo a Washington Irving, Emerson… Me encantan. Sigo leyendo a Poe. Me gusta mucho el mundo gótico y la novela del XIX. Por otro lado, intento estar al día de lo que se publica, y últimamente he leído mucho mujeres españolas. Soy muy fan y me entiendo muy bien con Javier Sierra y Santiago Posteguillo.

—¿Qué no haría Luz Gabás, literariamente hablando?

—Iba a decir literatura erótica. Pero, últimamente me dicen que hay mucho erotismo en mis novelas.

"En mi casa tardamos mucho en tener televisión. Así que eso no formaba parte de nuestra vida. Todo el tiempo libre lo dedicábamos a leer."

—Usted es filóloga, ¿cuál es su impronta lectora? ¿Dónde y cuándo apareció la literatura en su vida?

—En la infancia. De niña, me visualizo en la biblioteca de mi pueblo, Monzón. Había solo una. Íbamos al colegio y los trabajos los hacía en la biblioteca. La recuerdo perfectamente. Podría decir qué libro había en cada estantería. Recuerdo, ya desde los seis años, disfrutar leyendo. En mi casa tardamos mucho en tener televisión, así que eso no formaba parte de nuestra vida. Todo el tiempo libre lo dedicábamos a leer. Recuerdo a las tres hermanas siempre con un libro. Mis padres no eran especialmente lectores, pero en casa nosotras leímos mucho. Libros de aventura. Julio Verne, Los Internados…

—¿Qué pulsión la llevó a escribir?

—Ya desde pequeña me presentaba a los concursos de redacción. Quería contar el mundo tal y como lo veía. Va relacionado: cuanto más lees, más escribes. Leía muchísimo y fue normal mi tendencia a escribir. En casa, ordenando, conseguí un libro que me regalaron cuando gané un concurso de redacción, con diez años. Dentro, yo guardé el texto con el que gané y se lo dí a leer a mi hija, que tiene la edad que yo tenía al ganarlo. “Mamá”, me dijo, “no tienes ni una falta de ortografía”. Y la letra redonda, perfecta, pulcra.

—En esta conversación ha mencionado dos veces la educación. Habla de un sistema de bibliotecas. ¿Ha ido a peor? ¿La gente lee menos?

—No lo creo. Los escritores tenemos la gran suerte de estar en contacto permanente con los clubes de lectura. Eso no existía cuando yo era más joven, entonces se leía en soledad. Ahora esa lectura se comparte. La gente lee, y mucho. Quizá la tarea está en conseguir cómo la literatura logre vencer esta batalla con la electrónica. Esa generación que tiene ahora 14 años es la más difícil. Hay muchos colegios que dedican espacios para la lectura. Una hora de biblioteca y lectura. Hay muchas iniciativas para fomentar la lectura. Ojala yo hubiese nacido en esta época: los libros que tienen, las pedagogías que tienen, con la forma como los lectores trabajan los materiales. Esto es un paraíso.

"No tengo relación con Mariano Rajoy, ¡qué va! Pero sé que leyó Palmeras en la nieve y le gustó. Y que leyó los otros y también le gustaron."

—Mariano Rajoy recomendó su libro en Sant Jordi. ¿Cómo llegó esa novela a él?

—Supongo que alguien se la enviaría. Sólo he coincidido una vez. No tengo relación con Mariano Rajoy, ¡qué va! Pero sé que leyó Palmeras en la nieve y le gustó. Y que leyó los otros y también le gustaron.

—¿Le mandó una nota o algún mensaje después de ese tuit?

—La verdad es que no.

—¡Luz!, por Dios.

—Yo soy muy cumplida pero… no se me ocurrió. ¡Uy! Esto es un fallo muy gordo —la escritora ríe—.

—Tiene tiempo de enmendarlo…

—A ver, le voy a dar la vuelta. Si él ha dicho que está leyendo Como fuego en el hielo y le mando una carta, es una forma de meter presión. ¡Que sea libre! ¡Que lea lo que quiera!