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Yolanda Pantin: “La poesía puede intuir lo que aún la prosa no sabe”

Yolanda Pantin: “La poesía puede intuir lo que aún la prosa no sabe”

Mirar a Yolanda Pantin es asomarse a las mujeres que la antecedieron. Por eso en ella algo siempre alumbra, trae al mundo. Su sonrisa de dientes grandes; el cabello discreto; la media melena canosa; la piel lisa y clara. Su primer poemario, Casa o lobo (1981), marcó a generaciones de lectores y escritores. Abrió la primera herida de esa arcadia que forman, juntos, sus versos. Yolanda Pantin es una de las voces que sostiene la literatura venezolana contemporánea. Sentada en una butaca del palacio Linares, la poeta sonríe. Acaso sin saber que sus palabras son una casa. De las pocas que quedan de pie en aquel país arrasado en el que nació, Venezuela. Ése al que hoy sólo pueden contarlo sus muertos, sus exilados o sus sobrevivientes, a quienes ella concede sus poemas como un paritorio o una sepultura. Esos lugares que no se niegan a nadie.

Yolanda Pantin nació en Caracas, en 1954. Pero sus raíces, lo que la sujeta, están en Turmero, un pueblo de los valles de Aragua, en la cordillera central venezolana, a unos cien kilómetros de la capital, Caracas. Un sitio donde crece la caña de azúcar y al caer la tarde los murciélagos muerden el cielo y la piel de los caballos —por eso en la obra de Pantin siempre hay vampiros y potros—. Allí transcurrió su infancia, ésa que ella ha buscado desde su primer poemario y que más de una decena de libros después vuelve esencial, arrancada hasta los huesos, en Lo que hace el tiempo (Visor, 2017), con el que la poeta ha ganado el XVII Premio Casa de América de Poesía Americana, el primero que se concede a un autor de su país. Ese es el motivo que trae a la escritora a Madrid.

"Lo que hace el tiempo es un poemario íntimo que activa al mismo tiempo las regiones de la meditación y el pensamiento."

Lo que hace el tiempo está dividido en cuatro partes que recorren la trastienda de una vida: el poso que forman los soles de la infancia y los ecos de aquella familia de once hermanos en la que, sin mencionarla, Yolanda Pantin sigue siendo la mayor, la amanuense de los recuerdos maternos y las demoliciones del presente. Es eso lo que irriga este poemario. El sabor del guarapo, ese caldo dulce que alimenta —“lleva memoria y clavitos, en partes iguales, se bebe al amanecer”, escribe—. El peso del testigo, del que observa y registra la ruina —“El miedo a terminar junto con los ciudadanos de tu país, presa de campos oscuros”—. El hueso duro de roer que quita el hambre con belleza —“Si una comía lenguaje”, frasea Pantin—.

A esa estructura básica del poemario se añade lo que Yolanda Pantin llama una coda. Se trata de un relato que le dictó su madre —su mamá, dice ella con su acento aguayabado—. El corneto: la historia de un potro de la infancia que echa a correr, enloquecido, hasta encontrar la muerte en una carretera. Esa estampa cierra el poemario magro, de frases justas. En apenas dos páginas, la poeta atraviesa la historia de su país con esa imagen.

Antes de que el petróleo llegara a la economía de Venezuela en las primeras décadas del siglo XX, aquel país vivía de lo que diesen de sí la finca y el fundo, pero también habitaba la llanura como campo de batalla, lugares en los que se desangró el siglo XIX. Quien se asome a la historia de la pintura venezolana —Arturo Michelena o Martín Tovar y Tovar— podrá constatar cómo los desastres de la Guerra Federal están representados en potros sin jinete que corren de un lado a otro, rodeados de cadáveres. El caballo es la figura del escudo nacional venezolano: un corcel blanco que arquea el cuello, acaso resistiéndose a su destino, y que reaparece en esta evocación. Ese es el animal que cierra el tiempo de este libro.

El jurado del XVII Premio Casa de América de Poesía Americana, integrado por Luis García Montero, Jesús García Sánchez, Juan Malpartida, Jorge Galán, Santiago Miralles y Anna María Rodríguez Arias, decidió por unanimidad otorgar el galardón a Yolanda Pantin. Según el acta, Lo que hace el tiempo es un poemario íntimo que activa al mismo tiempo “las regiones de la meditación y el pensamiento. Con gran fuerza narrativa y simbólica, el libro avanza desde un sujeto ficticio cargado de expresividad e imaginación. El tono es contenido. Y elegante en su brevedad formal y su pureza estilística. El paso del tiempo y la memoria son un tenue hilo conductor en el que se van engarzando los poemas, con un brillo a la vez común y distintivo”. Lo que hace el tiempo es el resultado, la sustancia de Yolanda Pantin. De quienes nacieron antes y después de su obra. Todos sus temas están ahí, cual ungüento o alimento. Algo que recompone. Que sana al mismo tiempo que escuece.

Si su poemario anterior, Bellas ficciones, retomaba el camino de Casa o Lobo,  ¿con qué se conecta este, Lo que hace el tiempo?

Subraya lo que estaba en Bellas ficciones. Lo que hace el tiempo es un desprendimiento de ese poemario. Sólo puedo verlos juntos. Son libros mellizos. Lo que los hermana, aunque con algunas sutiles diferencias, es el hecho de que, después de muchos años, por primera vez la frase salió completa. Ya no existe el tartamudeo de Casa o lobo, que es donde está la infancia. Ahí todo está dicho con mucha dificultad. Es un libro atravesado por la pérdida: la muerte de mis hermanos, la pérdida de la casa materna. Esa cosa que tengo por ser la hermana y la hija mayor en una familia de once hermanos. Alguien que sostiene un peso. Después de tantos años, de tantísimos años, Lo que el tiempo hizo fue darme la frase.

O la fuerza.

No, la frase. Quise depurar todo lo que no hiciera falta. La frase va al hueso. Al hueso de la palabra y de la idea.

"Este es un poemario que quiere proteger a sus criaturas, a las que están dentro de ese libro. Esas criaturas son mis padres, que podríamos decir las personas mayores. También los niños, los animales."

El corneto, el relato de un caballo desbocado, cierra el poemario. ¿Por qué acabar un poemario tan esencial y concentrado con un relato en prosa?

Es una coda del libro, que se titula La hora del cuento. Este es un poemario que quiere proteger a sus criaturas, a las que están dentro de ese libro. Esas criaturas son mis padres, que podríamos decir las personas mayores. También los niños, los animales. Trato de proteger todo lo que es vulnerable. Eso está muy presente en mí, por ser la hija mayor de una familia numerosa. Esa responsabilidad pesa. Y eso fue lo que hice en el libro, por eso al final decido contarles a todos un cuento. Era como decir: ‘Siéntense aquí, que les voy a contar un cuento’.

Uno que pertenece a su madre, además. Usted lo aclara en el libro.

Sí…Un día, mi mamá me dijo que quería contarme una historia para que yo la escribiera. Ella no puede ver, tiene muchas dificultades. Le respondí que sí, sin ningún problema. Te va a gustar mucho el final, me dijo, y comenzó a dictar el cuento de principio a fin. Descubrí, e incluso me perturbó esa idea, de que durante toda mi vida yo he sido la amanuense de mi mamá. No es fácil eso. Verlo con tanta claridad me sorprendió y me sacudió.

Lo desasosegante y hermoso de este cuento de infancia es que se trata de un caballo, el caballo de papá, que corre hacia la muerte.

Sí, es la pérdida. Pero mi mamá tiene razón: el final es hermoso, porque aparece otro animal que se parece al que muere. No es idéntico, pero se parece.

En la iconografía venezolana el caballo tiene un peso. Aparecen en paisajes militares devastados, en revueltas de caudillos.

Sí…

"Los caballos en Venezuela están ligados de una manera muy natural a nuestra vida."

Lo digo por los caballos de Tovar y Tovar en los frescos de la Guerra Federal: bestias sin jinete, corriendo aterrados entre cadáveres. ¿El país, como el caballo de su poemario, va hacia la muerte?

No había hecho esa lectura. No había pensado en ese caballo como el país. Cuando mi mamá me contó la historia, ella estaba profundamente conmovida. Yo no sé si tenía conciencia de lo que estaba relatando. Pero creo que en efecto se puede leer así: el caballo desbocado es el país desbocado que va hacia la muerte. Los caballos en Venezuela están ligados de una manera muy natural a nuestra vida. No es el caballo de equitación. No está asociado a los cortijos o lo aristocrático. El caballo al que me refiero en el libro es el caballo de trabajo de un fundo.

En este caso, asumo, en Paya, ese pueblo que pertenece a Turmero, en la cordillera central venezolana donde usted creció.

Sí, la historia del caballo ocurre ahí. Es el recuerdo que tiene mi mamá de Paya como ella la conoció. Incluso como yo todavía la conocí. Ahora ya no existe sino en el recuerdo.

Turmero, ese pueblo del estado Aragua venezolano, atraviesa toda su obra. Es para usted la Arcadia. ¿Lo duro de Turmero es su desaparición?

Yo tampoco lo sé. Quizá la poesía haya sido ese intento mío por contener una hemorragia, que es la pérdida.

¿De qué? ¿De pertenencia, de la tierra, de la infancia, de la familia, del pasado y el futuro?

De todo. La pérdida del país, de la vida, en este caso el envejecimiento de mis padres. La pérdida del pueblo, de Turmero, que ya no existe como aparece en mis libros… porque se ha convertido en el derrame de Maracay. Turmero es hoy lo que excreta Maracay, una zona de marginalidad muy dura. Paya, que es mi Arcadia, es una de las zonas más violentas del país. Ahí está concentrado el pranato del estado Aragua, el tren de Aragua —Yolanda Pantin se refiere a grupos muy violentos de delincuencia organizada que se caracterizan no sólo por desafiar a la autoridad pública, sino también por desafiarla y superarla—. El distrito Mariño, donde está ubicado Turmero en el estado Aragua, es el que tiene el índice de crecimiento poblacional más alto de toda Latinoamérica y esa población es marginal. Viene de Maracay, Valencia y de Caracas. Ese territorio fue devorado. El momento de las pérdidas fue doloroso, muy doloroso. Porque era quedarse en la nada. Ahí estaba el aire que respirábamos y desapareció.

"Entendí, de alguna manera, que yo leía la sucesión de pérdidas, en relación a la familia y a la historia del país. Por ahí pasaron las dictaduras, por ahí pasó Gómez, la democracia, por ahí llegó Chávez…"

Los lugares propios que desaparecen son lugares confiscados, expropiados.

Fue en ese momento cuanto entendí que la historia del país puede pasar por la historia de una familia. En este caso, la mía. Entendí, de alguna manera, que yo leía la sucesión de pérdidas, en relación a la familia y a la historia del país. Por ahí pasaron las dictaduras, por ahí pasó Gómez, la democracia, por ahí llegó Chávez…

En Maracay está el Samán de Güere, ese árbol que el dictador Gómez convirtió en monumento de la independencia.

Sí, son los samanes del estado Aragua.

Y en el que Hugo Chávez hizo el juramento previo al golpe de estado de 1992. Tiene un verso usted: “Yo no sabía que había tanto odio bajo esos samanes”.

Maracay era el territorio de las bases militares. Fue siempre una ciudad militar. La creó Juan Vicente Gómez —la poeta se refiere al dictador pecuario venezolano que gobernó el país desde 1908 hasta su muerte en 1935 y que despachaba desde ahí—. Maracay fue la capital simbólica en todos los años de la dictadura de Gómez. Tiene una cosa militar muy fuerte, de despotismo. Yo siempre tuve conciencia de eso. Por eso esto es como un intento vano mío. Por eso distraigo a mis criaturas y les digo: “No se angustien, déjenme contarles esta historia”. Es un empecinamiento mío, diciendo: “No lo voy a perder, no me lo van a quitar, no van a morir”. Yo pude elegir otra manera de relatar las cosas. Pude elegir la tragedia, la comedia, el drama. Pero elegí a voluntad un cuento, una bella ficción. Creé un lugar bello para mí y para los míos, y para quien quisiera meterse en esa casita. Cuando digo bello me refiero a algo tocado por la luz, que en este caso es la ficción. Es un cuento.

II

Yolanda Pantin es autora del ya mencionado Casa o lobo (1981), también de Correo del corazón (1985), La canción fría (1989), Poemas del escritor (1989), El cielo de París (1989), Los bajos sentimientos (1993), La quietud (1998), El hueso pélvico (2002), Poemas huérfanos (2002), La épica del padre (2002), País (2007), Veintiún  caballos (2011) y Bellas ficciones (2016). En 2014 la editorial Pre-textos publicó en España País, poesía reunida 1981-2011.

Desde la publicación, en 2002, de La épica del padre, la obra poética de Yolanda Pantin ha logrado hacer suyo —y del lector— el dolor y la extrañeza invidividual y la de un país que se cae a pedazos en el desencuentro, la persecución política, la humillación y la carestía. «Ay, nada puede intimidarte, poeta./ Ni el viento en los alambres. Sí, (…) Mañana será el día del/ enfrentamiento. Te ruego/ Levanta la cabeza./ Pero que haga/ sentido lo que escribes», escribió Pantin en 2002, en El hueso pélvico, ese poema que se alza como las caderas humanas que sostiene entre las manos la diosa María Lionza, una figura plantada en un pedestal de cemento en medio de una autopista caraqueña, una mujer que atraviesa la sociedad que la venera.

Desde aquella imagen del fervor y la imaginería popular, Pantin narró el dolor nacional. Esa criatura, María Lionza, nos emparenta en la fertilidad y el destrozo. Una imagen que se relaciona con Vitral de mujer sola con ascensor, aquel poema incluido en Correos del corazón (1985) con el que Yolanda Pantin retrató la intemperie de vivir, de arrancarse la piel en cada año cumplido. La soledad se reinventó en aquellos versos.

Años después de sus primeros versos, Lo que hace el tiempo aparece como esa forma de levantar lo que queda. La casa en ruinas, el pueblo en ruinas, el país en ruinas: el de ella y el de quienes la leen. El de quienes crecieron habitándola, el de quienes cruzaron largos desiertos con sus palabras bajo el brazo. En Yolanda Pantin el verso actúa como ficción y cemento de todos los huesos rotos. Por eso, mientras podamos recordarlos, seremos ciudadanos de sus versos. Nadie podrá desterrarnos de ellos. Nadie.

En una ocasión dijo usted que el poeta iba siempre con el pico y la pala…

En estos últimos dos libros ya no voy con el pico y la pala. Porque todo está a la vista. Todo está ahí. Todo está puesto, porque eso es lo que hace el tiempo. La luz está sobre las cosas y las ilumina. No tengo que hacer otra cosa que afinar el oído para escuchar lo que me están contando mis padres. Ver cómo se mueven los niños o qué pasa con los animales. Ya no excavo, porque todo lo que me rodea lo puedo meter en una bella ficción.

"La poesía es una mirada que va a lo esencial, que no se detiene en los detalles en los que sí se detendría el relato."

La poesía ha sido siempre el gran género de la literatura venezolana. Hoy más que nunca toca el nervio más doloroso de lo nacional. ¿Por qué?

Quizá porque la poesía puede intuir lo que aún la prosa no sabe. La poesía es una mirada que va a lo esencial, que no se detiene en los detalles en los que sí se detendría el relato. La poesía, con esa capacidad de intuición, puede tocar la fibra sensible de lo que está ocurriendo. Ahí está el libro de Igor Barreto –se refiere al poemario El muro de Mandelshtam, del también poeta venezolano Igor Barreto- y otros libros notables de poesía venezolana contemporánea que estremecen.

Cuando publicó País (2007), asumió una posición de la demolición venezolana a través de la poesía. 

País fue un libro que escribí casi obligada. Era una forma de decir: “¿Ustedes quieren saber lo que yo pienso? Pues lo van a saber”. Quién soy. De dónde vengo. Quiénes son mis padres. No quedaba nada oculto. Era un testimonio que partía de la vida personal y familiar y tocaba el país. Eso me dio mucha tranquilidad. A partir de ahí me sentí libre de hacer lo que yo quisiera y eso me llevó a Veintiún caballos, que es la apuesta mayor.

Ese poemario lo publicó en 2011, justo antes de estos dos más recientes .

Sí. Veintiún caballos es el libro donde intento, porque soy muy burra y muy terca —no es la primera vez que alude a su terquedad, la poeta—, entender qué era la tentación del poder. Qué era la tentación ante el poder absoluto. Me empapé de eso leyendo muchos diarios, crónicas, libros de historia sobre los territorios de la Unión Soviética, viajé mucho por esos territorios, hasta que me encontré con un muro: la cerrazón, que diría el poeta chileno Gonzalo Rojas —Yolanda ríe, y añade: “Él usaba mucho esa palabra, la cerrazón, tenía un poema que se titulaba así”, dice, aunque en su acento la palabra pierde la zeta y se embellece: cerrasón—. Ante esa cerrazón, giré la mirada. Me dije: “Tiene que haber vida”. Cuando toqué la muerte, eché para atrás.

¿Ese fue el momento en que escribió Bellas ficciones, el gemelo de este poemario premiado?

Sí…  Yo me considero optimista. Me gusta la vida. Soy resiliente. Mis padres son resilientes y yo me considero resiliente. Crecí en esa fe en la vida, en la celebración de la vida. Toqué la muerte en Veintiún caballos y simplemente eché para atrás. Me quedé en silencio un largo tiempo, hasta que comencé a ver señales de vida en las cosas más tontas: un rayo de luz que se posa sobre una mesa e ilumina una parte de la mesa. Ahí estaba la poesía. Ahí estaban las bellas ficciones.

"No quiero decir que voy a estar permanentemente con una mirada celebratoria, porque sería tonto, pero sí soy capaz de ver cosas que antes no veía."

Comenzó a publicar muy joven, Casa o Lobo es de 1981. ¿Cuándo es el punto de inflexión en su obra?

Todos los libros son puntos de inflexión. Como te digo, soy una persona muy empecinada, muy terca. Cada vez que terminaba un libro era como si algo se agotara dentro y me obligara a seguir. A partir de Veintiún caballos sí diría que hay una segunda parte. No quiero decir que voy a estar permanentemente con una mirada celebratoria, porque sería tonto, pero sí soy capaz de ver cosas que antes no veía.

¿Cómo cree que se lee su poesía fuera de Venezuela? ¿Qué percepción tiene?

Para mí sigue siendo una gran pregunta y me da mucha curiosidad, porque no tengo ni la menor idea. No sé cómo se puede entender en España, porque son mundos muy distintos. A veces siento que nos separa realmente un abismo. Las búsquedas son muy diferentes, las realidades son muy diferentes. Existen los medios literarios que son muy fuertes y cada grupo hala para su lado. Eso ocurre aquí, allá, acullá. En Venezuela y en todos los países de América hay algo que fluye, que comunica, que pasa por el lenguaje. Creo que nosotros tenemos esa fascinación de quedar atrapados en el lenguaje. Y la poesía española, aunque también pasa por el lenguaje, pasa por otras cosas, por lo que quiere decir. Eso crea un poso difícil, aunque hacemos el intento de lado y lado. Yo he leído mucha poesía española y hay autores contemporáneos que respeto y admiro mucho.

"La fibra, la historia profunda que toca la poesía más allá de la historia personal, esa cosa del caballo, es casi intransferible."

Hubo mucha correspondencia, si no me equivoco, con los novísimos. También con Gil de Biedma.

En aquella época sí. Los novísimos fueron muy importantes, Gil de Biedma también, es un gran poeta. Lo que ocurre, en general, es que la poesía es ensimismada. Los países se ensimisman en su poesía. Las experiencias, me refiero a la experiencia nacional que recoge la poesía, es intransferible. La fibra, la historia profunda que toca la poesía más allá de la historia personal, esa cosa del caballo, es casi intransferible. Es algo antiguo, arcaico. Hay algo que no puedes comunicar y que, insisto, pasa por el lenguaje. Por la construcción de la frase.

Ha dicho que en su poesía llegó a una sensación de blanco sobre blanco, pro lo esencial

Eso está en Veintiún caballos.

Pienso en la potencia que tiene la luz en la circunstancia creativa venezolana. La luz en la pintura de Armando Reverón, en la poesía de Ramos Sucre. ¿Esa luz… dónde está?

Esa luz es engañosa. Es tan poderosa que no te deja ver. Esa luz de Reverón, de fogonazo, o como dice Luis Alberto Crespo, la resolana, no te deja ver. En esa luz no hay matices. Falta el claroscuro. A la poesía venezolana le falta el claroscuro, el que está en la poesía antillana. Es curioso que siendo un país con una costa enorme sobre el Caribe hayamos preferido guardarnos hacia adentro y no ver la luz sino el resplandor. Yo quiero el claroscuro, para poder ver.

Foto: Jorge del Campo – Casa de América