Inicio > Blogs > Callejón de los piratas > Mangantes de ordenanza
Willem Boight

Wilhelm Voigt era una verdadera joyita. En febrero de 1906, lo largan de prisión. Tiene cuarenta y cuatro otoños, aparenta diez inviernos más, y ha pasado los últimos seis lustros, entrando y saliendo de la cárcel, por robos, estafas y hurtos varios. Con su pinta y antecedentes, uno no triunfaba en la Alemania del II Reich. A Voigt sólo le cabe vivir en Berlín, recogido en casa de una hermana, y currar en el oficio paterno: zapatero.

Pero los dioses no iban a favorecer a Wilhelm y los diablos tampoco. El subcomisario de su barrio, lo identifica como delincuente habitual. Su jeta asomaba en una ficha con epígrafe: “peligroso para la seguridad y la moral pública”. Entonces, recae sobre él esa normativa imperial, que inspirará a Franz Kafka su novela El proceso.

Aquel metijón policial provoca su despido y el ex presidiario afronta una tesitura insalvable. Por ley, no puede morar en la urbe, pues está ya sin empleo; y no puede trabajar, porque no vive en la ciudad. Se decreta su expulsión, por indeseable.

"Wilhelm Voigt concluye que, en la mentalidad prusiana, cualquier vocinglero con galones constituye una autoridad con mando en plaza, sea de armas o de abastos."

Wilhelm finge marcharse, pero se muda a otro barrio y se dedica, de tapadillo, a una singular actividad: la compra de prendas para un uniforme de oficial del ejército, con sus distintivos. La pretensión de aquel individuo, macilento y pobre, no suscita recelo alguno, por raro que parezca. El II Reich extendió el afán militarista de sus gobernantes a toda su población.

Philip Bloom detalla en Los años de vértigo cómo la buena gente germano-prusiana se pirraba por lo castrense. Las clases populares bebían en jarras y tazas decoradas con armas, piezas artilleras, escenas de batalla, y alegres uniformados marchando hacia el frente. Ningún modesto hogar carecía de miniaturas en latón, reproduciendo bandas militares de música o batallones desfilando.

En la escuela,  los profesores, fieles al manual en vigor, se dirigían a sus alumnos con órdenes cuarteleras: “¡Siéntense derechos! ¡Dispongan lápices! ¡Saquen cuadernos!”. Por entonces, los chavales entonaban un villancico, pidiendo a San Nicolás “un cuerpo entero de ejército”, amén de sables, cañones, gaitas y tambores. Incluso ministros, académicos, banqueros y menestrales; se encasquetaban entorchados y uniformes a la menor ocasión.

Wilhelm Voigt concluye que, en la mentalidad prusiana, cualquier vocinglero con galones constituye una autoridad con mando en plaza, sea de armas o de abastos. El 16 de octubre de 1906, aquel randa muda sus ropas en las cabinas de un popular parque recreativo y sale ataviado como un capitán del 1º Regimiento de Infantería de la Guardia Imperial, con todos los avíos. Después, toma un tren y recorre 35 kilómetros hasta Köpenick, pequeño municipio al sureste de la capital.

Baja en la estación y, a golpe de galones, detiene a una patrulla militar que procedía a su cuartel tras un adiestramiento, a la cual pone bajo su mando para “una misión especial”. Como el sargento de la escuadra recela, Voigt lo despacha a informar a la superioridad de que todo discurre según lo previsto. Luego, estimando que su tropa aún resulta escasa, el buen Wilhelm se anexiona otra patrulla más, a su regreso del campo de tiro. Junta así una fuerza de diez hombres, la cual encabeza, marcial, hasta el ayuntamiento.

Llegados al consistorio, el “capitán” aposta soldados en las entradas, para impedir el acceso. Notifica a la guardia municipal que cumple una misión por orden de la Cancillería del Reich, y sube al despacho del burgomaestre con el resto de su hueste. Aquí, Wilhelm procede con rigurosa meticulosidad. Notifica al alcalde su detención por malversación de caudales públicos. Ordena el arqueo de la caja: 4.000 marcos con 37 peniques y, seguidamente, se incauta de ese numerario, firmando el pertinente recibo.

Sin que nadie rechiste, Voigt ordena a parte de su fuerza, conducir al regidor arrestado a Berlín. Los centinelas aguardarán otra media hora en sus puestos, antes de reintegrarse a sus cuarteles. Él  trinca la pasta, calcorrea a la estación, sube a un convoy y se pira. Al día siguiente, la prensa refiere el descaro de “el capitán de Köpenick”.

Lo apresan, diez días más tarde, y le caen cuatro años. Pero el káiser Guillermo II  indulta a Voigt, divertido por el episodio. Sale a los dos años y comienza una turné por Alemania y varios países, relatando su hazaña. Incluso una industria lo contrata de modelo, para un anuncio donde aparece uniformado y escrutando la calidad de una bañera, para certificar que es de buena fundición y no falsa amalgama. Al fin, se arruina y muere pobre.

Pero la humanidad evoluciona imparable. Dick Cheney, vicepresidente con Bush hijo y director de Halliburton Co, hizo ganar a su antigua firma 3.950 millones de dólares, con la guerra de Iraq. Ya ven, Donald Trump tiene muy claras sus aspiraciones.