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Lillian Boyer

Lillian Boyer siempre aferró la vida con uñas y dientes. Más dientes que uñas, en su caso. La llamaban la Diablesa del Aire y solía colgar de aeroplanos, que raseaban sobre pueblecitos rurales. Lillian Boyer era una “asaltagraneros”. La mejor.

En los locos años 20,  quienes ejecutaban espectáculos de acrobacia aérea eran apodados “asaltagraneros”. El mote tenía lógica. Apenas florecía la primavera, un estrépito atronaba los cielos agrícolas. Uno, dos y, a veces, hasta cinco biplanos; aparecían sobrevolando a baja altura. No era por fastidiar. La cartografía aeronáutica aún no existía y para aquellos aviadores, la mejor forma de orientarse consistía en seguir vías de tren, ríos y carreteras.

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Cuando avizoraban alguna granja con grandes cobertizos. Los pilotos tomaban en el llano más próximo y negociaban con el dueño el alquiler de uno de sus graneros, como hangar provisional. Pagaban en mano y rara vez permanecían más de una semana. El tiempo justo para realizar varias funciones y seguir camino.

Aquella fauna de saltimbanquis del aire, con sus propios códigos y moralidad al margen de convicciones, la retrata William Faulkner en su más iconoclasta novela Pilón (Ed. Alfaguara 2002), llevada al cine como Ángeles sin brillo, con la turbadora Dorothy Malone encarnando a una pasional funambulista aérea o “corre-alas”.

portada pilon Alfaguara EditorialLillian Boyer también era una “corre-alas”, la acróbata que ejecutaba proezas gimnásticas fuera de la carlinga. No era, ni de lejos, tan atractiva como Malone. Tampoco tenía sus sensuales piernas. Físicamente era una granjerita de Nebraska: 1,62 de estatura, recia, de cabellera morena, nariz ancha y sonrisa fácil. Incluso sus muslos apuntaban cartucheras que los breeches (pantalones de equitación usuales por entonces entre pilotos) apenas disimulaban.

Recién cumplidos los veinte, Boyer tenía un pasado anodino, un presente vulgar, un futuro imperfecto y trabajaba de camarera en un café de Chicago. Allí amistó con dos parroquianos habituales, un par de zíngaros de la aviación, que la invitarían a volar. En su cuarto paseo aéreo, uno de ellos, Elmer Partridge, le preguntó si le gustaría colocarse en pie sobre el ala. Ante su sorpresa y angustia, la chica saltó del asiento posterior y caminó hasta el extremo del plano sin temor alguno.

Sin embargo, sería un veterano de la Gran Guerra, William Billy Brocks, quien  convertiría a Lillian en una leyenda, adorada por el público y la prensa. Tras someterla a riguroso entrenamiento físico y a estricta dieta; aquella joven sin lustre se convirtió en “Lillian Corazón de León, la chica que hace lo que ningún hombre osa”, según proclamaban los titulares.

Era cierto. Entre 1921 y 1928 —cuando la Administración Federal liquidó aquel mundillo, refugio de grandes ases, héroes osados y chiflados suicidas—, Lillian Boyer actuó en 22 estados del país y en Canadá, con un espectáculo consagrado a su personal gloria: The Lillian Boyer’s Flying Circus. Existían otras buenas acróbatas femeninas, como Ethel Dare, pero sólo Boyer y Mabel Cody bautizarían a sendos circos volantes. (En el caso de Mabel, más que sus habilidades, pesaba el tirón del apellido familiar: su tío era William Búfalo Bill Cody).

Ángeles sin brillo

El trabajo de Lillian ponía los pelos de punta.  Volando a 80 kilómetros por hora, ejecutaba verticales a pulso sobre el ala; pendía de ella, asida con una mano; hacía la bandera aferrada a un pilar del biplano; o se colgaba por las rodillas del tren de aterrizaje. Fue la primera mujer en pasar de un automóvil en marcha a un avión, y la tercera especialista en saltar de un aeroplano a otro. Pero su número estrella era “la ruptura”. Tras situarse al extremo del plano inferior, Boyer desenrollaba un fino cable de acero, oculto bajo su cinturilla y rematado por una férula de goma, la cual introducía en su boca. Después saltaba al vacío y quedaba colgada por los dientes de aquel mordedor, balanceándose de un lado a otro, entre gritos aterrados de una audiencia que, 900 metros por debajo, no distinguía el cable.

"Después saltaba al vacío y quedaba colgada por los dientes de aquel mordedor, balanceándose de un lado a otro, entre gritos aterrados de una audiencia..."

Su arrojo rendía buenos dividendos. El circo volante hacía cajas de hasta 1.200 dólares por función. Ella percibía 100 dólares por actuación y tenía todos los gastos pagados. Una buena suma en un país con los impuestos más bajos en su historia. En tres días de curro, Lillian habría podido pagarse un coche. En siete, comprarse un biplano “Jenny” como en el que volaba. En quince, adquirir una confortable unifamiliar.

Lillian_Boyer1Tras siete años de jugarse el físico, vino la prohibición de aquellos espectáculos. Pero Lillian disponía de un seguro. Tenía 14.000 dólares invertidos en acciones. Entonces llegó el desplome bursátil del 29 y la Gran Depresión, gracias a la impagable iniciativa de un notorio banco estadounidense. Por si fuera poco, el primer marido de Boyer, un piloto de carreras, fallecía cuatro años después.  A la Emperatriz de los cielos no le quedó sino trabajar como chica de guardarropas, hasta que un segundo matrimonio con un antiguo amigo y admirador, la sacó de penurias.

La Chica Coraje siempre admitió que su peor accidente fue la insaciable codicia de Goldman&Sachs. El mismo banco que, 80 años después, repetiría la faena con todo éxito. Eso sí, esta vez, situó a sus propios (Draghi, Monti,  Papademous,…) en sitios clave buscando  impunidad, y ha comprado a Durao Barroso, el mayordomo infiel, para acabar de saquearnos la casa.