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Manhattan, de Fernando Schwartz

Manhattan, de Fernando Schwartz

A continuación reproducimos Manhattan, un cuento de Fernando Schwartz, diplomático, comunicador y autor de El desencuentro (Premio Planeta de Novela 1996) y Que vaya Meneses (2019).

A P.G. Wodehouse

En Manhattan, los atardeceres de primavera son particularmente benignos. El cielo, entrevisto allá arriba a una altura imposible entre calles y avenidas y reflejado en el cristal de los rascacielos, va templando su azul cegador y adquiere tonalidades índigo mientras las nubes, blancas como el mejor algodón, sin un hálito de brisa que las empuje, permanecen inmóviles, pacíficas. La temperatura es agradable, ni frío ni calor, y durante semanas permanecerá así, estable antes de la llegada de la canícula agobiante de los meses de verano. De hecho, los neoyorquinos discuten si su mes preferido es mayo o septiembre. El del bueno de Daniel es decididamente mayo.

En semana, las calles de Nueva York, bulliciosas durante todo el día, se van quedando desiertas al caer la tarde hasta que ya de noche vuelve a animarse el ritmo de la ciudad. Mucha gente vive fuera y cuando los edificios de oficinas se vacían, sus ocupantes, precipitándose hacia la estación de Grand Central, se suben a los trenes en cuyos finales de trayecto en Connecticut o en el condado de Westchester, en Long Island, en Montauk y en Poughkeepsie les esperan sus esposas, sus ruidosos niños y los martinis con que sobrellevar tanta melodía familiar.

Nada de esto le ocurría a Daniel. Vivía en Manhattan, en el piso 27 de un rascacielos sito en la calle 52, un fondo ciego en realidad, puesto que su edificio lindaba con el East River y allí se acababa la calle. La ventana del salón de Daniel se asomaba al río por encima del FDR Drive. A la derecha podía verse muy cerca el edificio de la ONU; enfrente, Brooklyn, con Roosevelt Island de por medio, y a la izquierda, el puente de la calle 59, Queensboro’ Bridge. Una situación verdaderamente inmejorable, que Daniel había tenido la suerte de encontrar apenas regresado a Nueva York para tomar posesión de su cargo como subdirector de uno de los bancos españoles.

– Manhattan -, le había dicho su jefe el primer día, – en realidad es la ciudad ideal para un soltero. ¿Hablas francés?

– Pues sí, pero ¿qué tiene eso que ver con Nueva York?

– ¡Ah, amigo mío! Los neoyorquinos son unos esnobs tremendos y nada les seduce más, sobre todo a ellas, que en un bar pidas un agua de Perrier o un croissant y que les digas que las baguettes que te han traído para mojar en tu café au lait en un restaurante cualquiera te recuerdan a las de tu calle en la Rive Gauche… Si hablas bien el francés, todo esto lo debes decir con un ligero acento parisino. Caerán como moscas.

Su jefe, que le había parecido un tonto absurdo desde el primer momento, seguramente había olvidado que Daniel conocía bien Nueva York o, si lo recordaba, debía de creer que por su condición de estudiante empobrecido (aunque fuera de buena familia de toda la vida) había tenido vedado el acceso a los restaurantes y bares de copas de la ciudad de los rascacielos. Ergo, la discusión sobre los croissants con acento de París quedaba fuera de su alcance, sencillamente porque para ello, era necesario estar instalado en el dólar. Así se decía entonces: estar instalado en el dólar.

Pero Daniel había vivido varios años allá, no sólo de estudiante sino después también de meritorio en el Chase Manhattan Bank y se había familiarizado con sus gentes y sus lugares. Desde sus tiempos de la universidad de Columbia se había decantado por el lado más canalla y divertido de los y las portorriqueñas hasta que un día había sucumbido a otros encantos, los de una novia riquísima con piso en Sutton Place, y ésta a su vez, y solo con una mínima resistencia, se había dejado sacudir parte de la tontería de niña bien (y la mayoría de las otras cosas) y le había ayudado luego a encontrar el piso en la calle 52 con el río, que Daniel ocupó nada más regresar desde Madrid.

Por consiguiente, nadie le iba a enseñar nada de aquella ciudad y sus habitantes que él conocía tan bien: miró a su jefe, abrió las manos con lo que le pareció debía de ser un gesto de complicidad y no dijo nada. Le dio la sensación, eso sí, de que debía evitar ir de copas con él para no dejarlo en ridículo y para evitarse de paso un ligue con una chica lo suficientemente idiota como para dejarse seducir por un tipo que hablara francés y comiera croissants. De todos modos nunca le había gustado el agua de Perrier (demasiadas burbujas), aunque estaba dispuesto a concederle al ingenio francés que la botellita verde era un acierto de diseño.  Y en cualquier caso, Elaine, que así se llamaba su riquísima novia, no iba a permitir que se dedicara a ligar con otras neoyorquinas, esnobs o no, amantes de la bollería francesa o no.

A veces, sin embargo, su fe en los neoyorquinos, que era grande, se tambaleaba, como cuando comprobó que todas las mañanas llegaba desde París un cargamento de croissants a bordo del Concorde; y no le sorprendió que la iniciativa tuviera a Air France al borde de la quiebra y plenamente satisfecho a Donald Trump, dueño de un imperio inmobiliario y de las torres que en Manhattan llevaban su nombre, y que era el que se comía unos cuantos con el desayuno aunque no habría sabido distinguir un croissant de un donut. Durante un tiempo, Daniel tuvo una novia francesa, que al cabo de los meses se volvió a París con su marido.

La vida en Manhattan era francamente divertida. Se trabajaba con intensidad, y eso incluía desayunos, almuerzos y cenas de negocios, pero los fines de semana eran sagrados y en primavera podía verse con frecuencia a Elaine y a Daniel sentados en un prado de Central Park  tomándose pequeños sándwiches de pepino y una botella del mejor chablis en copas de cristal traídas en una cesta de mimbre para picnic. Estas cosas Elaine las bordaba, como Grace Kelly en La ventana indiscreta. También jugaban al tenis en el sótano del edificio de la calle 52 y, como eran jóvenes y dormir les parecía una pérdida de tiempo, entre semana cenaban juntos cuando podían y se iban al teatro a Broadway o a bailar a algún local de la noche neoyorquina. Elaine, rubia, alta y etérea, dedicada por tanto a una incipiente carrera de modelo, se había escandalizado con los ambientes portorriqueños, asegurando con un mohín de disgusto que prefería los clubes del Upper Manhattan en donde no arriesgaba una violación ni un asalto navaja en mano. Nunca se le pasó el rechazo a estos ambientes poco recomendables y Daniel, que estaba muy enamorado, abandonó de golpe el  mundo canalla de los bajos fondos portorriqueños, aunque sintiéndolo mucho porque le encantaban la salsa y el ron con coca-cola y más de una nativa latina. Cuando volvió de Madrid para trabajar en el banco no reanudó tan peligrosas amistades.

Todo iba francamente bien en su vida de soltero neoyorquino, tal vez con excepción de la antipatía que sentía por él la madre de Elaine, la elegantísima Grace Loson, una rubia de tez pálida que solo adquiría una mínima tonalidad de azúcar tostada cuando la familia había pasado un fin de semana en su casa de Mustique, en las islas Grenadinas en el Caribe, un refugio de nombre horrible y considerable concentración de millonarios (y, naturalmente, de insectos).

En los mejores momentos, Grace miraba a Daniel con una condescendencia distante basada en la sospecha con la que los neoyorquinos bien contemplan a un hispánico, probable pretendiente de la hija, con oscuros designios sobre la considerable fortuna de ésta. Un play-boy viva la virgen, vamos. En las peores ocasiones le hacía desaires mal disimulados, y solo mal disimulados para no tener problemas con su hija, que era persona de mucho carácter. El padre de  Elaine, que era banquero y sabía de estas cosas, se había ocupado de averiguar quién era este novio de su hija, y las opiniones de Grace le merecían en consecuencia poca atención (como todas las suyas, por otra parte).

En fin, la cosa era más o menos tolerable, sobre todo porque Daniel, desde su regreso de Madrid, no se trataba mucho con los suegros. Y en los momentos en que el contacto era inevitable había entre todos una entente más o menos cordial que permitía que las escasas salidas familiares a las que Daniel era requerido trascurrieran de modo bastante pacífico. Todo ello sin olvidar nunca que en lo que a Grace hacía, concluida la cena, seguramente Daniel regresaba a un cuchitril maloliente del que era ocupante en el Bronx a título de squatter, de okupa, vamos, sin que le importara que su marido le hubiera explicado la realidad. Se empeñaba en no enterarse de que los tórtolos, por cosas de los hados, habían vivido en el mismo edificio de la calle 63 Este hasta un año antes (cuando Daniel volvió a Madrid para incorporarse a su banco y luego regresar y Elaine se decidió por un apartamento más lujoso en Sutton Place – una alegría para Grace, que pensaba que había acabado la pesadilla del novio okupa). De hecho, Daniel había conocido (visto, más bien, mudo de la impresión) a Elaine en el ascensor de la casa de ambos cuando ella bajaba en compañía de un joven, un imbécil cualquiera, evidentemente para ir a cenar a algún restaurante de Manhattan o acudir a alguna fiesta. Impactado por su extraordinaria belleza y por el vertiginoso escote, había removido Roma con Santiago hasta  averiguar su nombre y le había mandado tres docenas de rosas rojas con una entusiasta tarjeta; ella se lo agradeció con una breve nota manuscrita que venía a decir cuánto le había gustado el detalle por romántico, a lo que él contestó con otro brutal ramo de rosas rojas. Así se conocieron, sin que a Daniel le importara gran cosa la severa mengua de sus ahorros derrochados en flores. Facilitó el encuentro que Elaine recordara vagamente del breve contacto en el ascensor que el chico aquel era un moreno de ojos verdes y estatura aventajada (luego, antes de la primera cita estuvo convencida de que la iba a raptar para violarla y pedir un rescate, lo que  produjo en ella un delicioso escalofrío).

Daniel daba por bueno tener una suegra así cuando la hija era como Elaine. Y se sentía feliz en esta vida, que trascurría digamos que en una especie de nube rosada con solo una mínima amenaza de lluvia en el horizonte. Precisamente, el contacto más incómodo posible de Daniel con la familia Loson se iba a producir el 28 de mayo, fecha del aniversario de boda de los padres de Elaine, que se festejaba con una gran cena seguida de baile en la casa de Oyster Bay. Siempre asistían el alcalde y los dos senadores por Nueva York, además de un montón de presidentes de grandes compañías y bancos, actores de cine, muchas caras conocidas de la jet-set internacional, un miembro o dos de la casa real británica, un gran modisto de Chanel o de Dior, el Secretario General de Naciones Unidas y los embajadores de Francia y Gran Bretaña. De hecho, si no estabas en la lista de los Loson, no eras nadie, “estás muerto”, había añadido Elaine riendo de buena gana.

Pues el 28 de mayo de aquel año, Daniel también fue requerido a la fiesta de Oyster Bay.

– ¿Estás segura?-, preguntó.

– ¡Claro que estoy segura! -, contestó Elaine. –Te invita mamá.

– Será para darme croquetas envenenadas.

– No. Debes agradecer el gesto.

Su voz en el teléfono no admitía discusión.

– Pero si no me quiere nada.

– No hace falta, Danny. Te ha invitado y vienes. Mamá sabe que si no vienes, yo tampoco voy. Y le da un síncope…- Soltó una risita alegre. –Y además en el fondo te tiene simpatía.

– Pues con esa simpatía que me tiene, mejor será no caerle mal. ¿Estará Charlize Theron?

– Te mato si te acercas a ella.

– Bueno, pues Gwyneth entonces…

– Ni se te ocurra. Haré que los gorilas de papá te rompan las piernas.

Daniel no habría jurado que la amenaza fuera solamente una broma.

– ¿Y qué hago con todos los moscones que te estarán alrededor, esos herederos de los Vanderbilt y de los Ford y de los Einsehower y de los Kennedy?

– Sufrir y bailar conmigo sin parar.

– ¿Podremos subir a tu habitación de cuando eras pequeña y hacer el amor locamente mientras los invitados hablan de tonterías debajo de tu ventana?

– Tú no digas tonterías-, respondió Elaine con severidad.

Quedaron en que el 28, a las 6 de la tarde, Daniel acudiría en un taxi a recoger a Elaine a la casa de Sutton Place y, desde allí, ambos irían a Oyster Bay en una limusina del banco de papá. Puntilloso hasta el final, Daniel se empeñó en que la limusina no fuera a buscarlo para que nadie, y menos que nadie su suegra, pudiera sospechar de sus motivos y acusarlo de ser un caza fortunas aprovechado. Una tontería, sí, pero así son las cosas de la vida.

Hizo mal.

Impecablemente vestido con esmoquin de Armani, camisa de seda color crema y escarpines de charol de Walter Steiger, a las 6 menos cuarto de la tarde, Daniel se encontraba en la esquina de la calle 52 con la 1ª Avenida esperando a que pasara un taxi. A los pocos instantes vio que uno se acercaba rodando a gran velocidad por el otro lado de la calle. No había mucho tráfico en ese momento y la avenida estaba desierta, casi sin coches entre el semáforo de la 51 y el de la 52. Daniel levantó el brazo para llamar la atención del taxista e inmediatamente, sin el más mínimo respeto por lo que pudiera venir detrás, el coche cruzó la avenida de parte a parte. Como cualquiera sabe, las calles de Manhattan están llenas de baches y de abolladuras; siempre le explican a uno que la culpa es del subsuelo, que es de roca y no permite un asfaltado razonable y duradero; todo lo más, unas grandes planchas de hierro que cubren enormes socavones sin que se sepa muy bien lo que esconden y unos tubos de color rojo y blanco o amarillo que salen del subsuelo como chimeneas escupiendo espesas nubes de vapor de agua.

Esa configuración del terreno y la suspensión de los enormes automóviles americanos hacen que los taxis de Nueva York den la sensación de flotar sobre el terreno con gran estruendo de ballestas y llantas y con un rítmico temblor de sus entretelas. Plan, plan-plan, plan, plan-rataplan.

Con un salto final, un sobresalto como si se dispusiera a levantar el vuelo pero sin decidirse a hacerlo, el taxi, un enorme Chevrolet amarillo, se detuvo frente a Daniel, que abrió la portezuela y se acomodó en el asiento (los asientos de los taxis neoyorquinos se hunden de tal manera que la cabeza del pasajero suele quedar a la altura de sus rodillas e incluso algo más bajo, dependiendo de cómo esté de desvencijado el automóvil).

– Sutton Place, entre la 56 y la 57-, dijo Daniel.

La taxista, puesto que de una taxista se trataba, dio un gruñido y arrancó a toda velocidad. Apretando el acelerador como si le fuera en ello la vida, cruzó la avenida como una centella (debe de estar encaprichada con el otro lado de la calle, pensó Daniel). Su foto, sujeta a la licencia de transporte de viajeros de la Autoridad de Nueva York, era la de una carita redonda, con el pelo negro muy corto y ensortijado y unos grandes ojos color azabache que miraban a la cámara fijamente y sin sonreír. Debajo de la foto ponía MARY JO FERNÁNDEZ. La señorita Fernández parecía ser la única conductora de aquel tanque volador y lo manejaba con verdadera indiferencia por la suerte que pudieran correr los pasajeros.

Apenas hubieron llegado al otro lado de la avenida, Mary Jo se vio obligada a frenar bruscamente en el semáforo de la calle 53.

Oh God! Oh shit!-, exclamó de pronto, dando con la palma de la mano dos o tres fuertes golpes en el volante.

– ¿Le pasa algo?,-   preguntó Daniel con solicitud, aunque, sorprendido por el repentino exabrupto de la chica, había tardado unos segundos en reaccionar. – ¿O la tiene tomada con los semáforos?, – añadió en voz baja, no se lo fuera a tomar a mal.

Oh shit shit!-, recibió como única respuesta de la muy frustrada taxista.

– ¿Qué le pasa?

El semáforo se puso en verde, pero el taxi no arrancó.

– ¿Tenemos alguna avería?

– ¿Avería?-, contestó Mary Jo en inglés. Y luego prosiguió en un español teñido de fuerte acento portorriqueño: -¡Este huevón no se entera! ¡Qué avería ni qué niño muelto! ¡Avería la que tengo dentro!

– ¿Le pasa algo?-, volvió a preguntar alarmado Daniel, esta vez en español.

– ¡Qué me va a pasal! – De pronto, a Mary Jo le empezaron a resbalar por las tersas mejillas unos lagrimones como cerezas. -¡Qué me va a pasal! ¡Que he roto aguas! ¿No los ves?

– ¿Que ha roto usted qué?

– ¡Aguas! ¿No los ves? Este hombre es tonto. Que voy a tener el baby… Oh shit! ¡Y mi Wilfred trabajando esta noche en New Jersey! ¡Me los dijo! Me dijo que no tenía que conducil…

– Pero, vamos a ver,- dijo Daniel con voz tranquila, para no alterar a Mary Jo más de lo que ya estaba. – ¿Qué va usted a hacer?

– ¡Pero este tipo es zonzo! Qué voy a hacer, qué voy a hacer. ¿Cómo que qué voy a hacel? ¡Pues tener el baby! Eso es lo que voy a hacel. Oh, Dios mío. ¡Tengo contracciones! ¡Haga algo!

– ¿Yo? ¿Y qué quiere que haga?

– ¡Ayudalme!

– ¿Yo?

– ¡Ay! Que me viene…

Daniel empezó a mirar a todas partes, como si de algún improbable rincón de la avenida pudiera aparecer un ángel salvador en forma de  comadrona o médico ginecólogo. Pero se hubiera dicho que la población entera se había esfumado en una milla a la redonda.

– ¡Haga algo!, – repitió Mary Jo, dando un berrido que no parecía posible que emanara de un cuerpo tan pequeño.

El grito, una mezcla de desgarro, dolor, angustia e impaciencia, tuvo la virtud de galvanizar a Daniel.

– ¡Hay que llamar a una ambulancia! – Pero se había dejado el móvil en casa y al teléfono público que podía ver en la misma esquina de la avenida le faltaba el auricular, arrancado por algún desaprensivo. Daniel tuvo tiempo de pensar ¿qué diablos querrá hacer un tipo con el auricular de un teléfono público?

– ¡No hay tiempo!

– Pues habrá que ir a un hospital… Espere, que pararé un taxi para que la lleve.

– ¡Ay!

Pero por allí no pasaba nadie.

– ¡Ay, mi mami!

Por fin apareció un taxi rodando a toda velocidad por el otro lado de la avenida. Daniel le hizo gestos imperativos y luego, desesperados, para que se detuviera. Pero el conductor, evidentemente aquejado del mal del taxista invidente, con un acelerón siguió calle arriba mirando hacia otro lado.

– ¡Dios!, – exclamó Daniel retorciéndose las manos. – ¡Ese tipo no se ha parado!

– ¡Ay, que lo voy a tener aquí mismo! ¡Ay! Mi Wilfred no me vuelve a tocal ni un pelo en toda su vida. Que no pasa nada, mi amol, que es una gozadera… Gozadera le voy a dar. Me duele… Ay, ay, ay, ay. ¡Tengo otra contracción! ¡Ay, que lo tengo!

De pronto, a Daniel le pareció que las contracciones anunciadas a bombo y platillo por Mary Jo se hacían más frecuentes. Cualquiera sabía que, cuanto menos espaciadas fueran, más inminente era el parto. Y con la misma celeridad y firmeza de decisión que empezaban a admirar en su banco cuando se trataba de elegir entre varias opciones financieras, Daniel comprendió que, si no hacía algo con toda urgencia, le iba a tocar asistir al parto allí mismo, en la mismísima 1ª Avenida con la calle 53 Este. Y él, vestido para el baile de aniversario de boda de los padres de Elaine en la mansión de Oyster Bay. Y, por supuesto, sin haber cortado en su vida más cordón umbilical que el que hasta un año antes le retenía atado a sus padres y a la insulsa vida de Madrid.

Cualquier cosa antes que hacer de partero en una calle desierta de Manhattan.

– Mary Jo, ¿puede moverse?

– ¿Adónde quiere que vaya?

– Bájese del taxi y póngase en la parte de atrás.

– ¿Atrás? Ay, Dios mío, Virgen de la Divina Providencia, patrona de Puelto Rico, ay Dios mío.

– Atrás, sí, donde yo iba sentado. ¡Ahora! Yo la ayudo. – Daniel alargó los brazos y tiró de Mary Jo hasta conseguir sacarla del asiento del conductor y ponerla de pie en la acera mientras ella se colgaba de su elegantísima chaqueta de esmoquin y dejaba chaqueta y camisa de seda perdidas de sudor y de carmín y algo del rímel que se le había corrido por las mejillas, mezclándose con las lágrimas que derramaba en abundancia. Como en un extraño baile de elaborados pasos, ambos, bien agarrados, fueron desplazándose hacia la parte trasera del automóvil. Cuando la tuvo enfilada hacia la portezuela trasera, la cogió a peso y la colocó delicadamente en el asiento trasero. Delicadamente tal vez no sea la palabra porque, tropezando con el considerable volumen de Mary Jo, casi le cayó encima. Pudo evitarlo en el último instante, no sin deslizarse hacia el espacio bastante exiguo que la Chevrolet reserva para las piernas de los pasajeros. Para incorporarse, Daniel tuvo que apoyar una elegantísima manga sobre la gastada alfombrilla de goma; con muy malos resultados, puesto que al  incorporarse, le quedaron pegadas tres colillas de cigarrillos sin filtro y un chicle  previamente mascado.

– No se mueva, – dijo. – Y ahora, dígame cuál es el hospital más cercano…

– ¡Y yo que sé! ¡Ay mamá!

– Usted es la taxista, Mary Jo. Usted debe saberlo… Vamos, piense un poquito.

– No sé… no sé. Dios mío y la Virgen María. No sé. El… el… Bellevue, supongo.

– ¿Dónde está?

Mary Jo resopló:

– Buf… 25 y 1ª creo.

– Muy bien. Daré la vuelta y bajaremos hasta allá.

Por toda respuesta, recibió un grito desgarrador.

Aunque por un momento, Daniel pensó en ir primero a Sutton Place para advertir a Elaine de lo que pasaba, la inminencia del parto lo disuadió.

Se sentó firmemente en el asiento del conductor. Huelga decir que nunca había conducido un taxi por Manhattan. Lo primero que notó fue que estaba encajado muy adelante, como correspondía a la pequeña estatura de su dueña. Tenía el volante pegado al estómago y las rodillas a la columna de la dirección.

Lo segundo y peor fue que toda la zona del conductor estaba empapada en líquido amniótico. Daniel notó enseguida la desagradable sensación que se percibe cuando se le empapaban a uno los muslos (y se le diluye la raya del mejor pantalón). Se sintió pegajoso y, de pronto, poco preparado para ir a un baile en Oyster Bay acompañando a su bellísima novia. No después de Mary Jo.

– ¡Ay!, – exclamó Mary Jo.

Su llegada al Bellevue Hospital vestido de esmoquin y conduciendo un taxi destartalado no despertó, sin embargo, mayor interés. Los camilleros de la entrada estaban acostumbrados a gente estrafalaria y estrafalariamente vestida, con un atuendo fruto de peleas, borracheras, sangre y vómito. De modo que ni lo miraron. Solo un ordenanza de la entrada quiso saber sus datos y las circunstancias que rodeaban al caso; por si era preciso localizarlo en un momento posterior, usted me entiende (para llevarlo a la cárcel, pareció sugerir). Durante el interrogatorio algo brusco y ante dos policías que se limitaban a observar sin molestarse en tomar nota, el ordenanza miraba a Daniel con la desconfianza que provoca la presencia de un delincuente, como si fuera culpable de algún crimen monstruoso culminado en una rotura de aguas más que sospechosa.

Terminada la entrevista con el ordenanza, Daniel quedó en la calle, mirando desconcertado a diestro y siniestro ante la indiferencia de las pocas gentes que circulaban por allí. Fueron los dos policías quienes, dando por concluido el incidente, lo acercaron a Sutton Place haciendo sonar la sirena de su coche azul con las portezuelas marcadas NYPD en grandes letras debajo del pertinente escudo del departamento. “La próxima vez que salga vestido de fiesta para conducir el taxi no deje de avisarnos”, le dijeron. Y luego: Just kidding, “es broma”. This is New York, buddy, have a good day, “esto es Nueva York, colega; que tenga un buen día”. Y los dos soltaron una carcajada. El que conducía levantó una mano en señal de despedida y el coche arrancó con el habitual acelerón, haciendo patinar las gomas sobre el maltrecho asfalto.

Mary Jo, por su parte, fue inmediatamente atendida. Se la llevaron para dentro por los cavernosos pasillos del hospital y nunca más se supo. Daniel esperó que Wilfred, padre de la criatura, llegara a tiempo de verla aterrizar en este mundo. Pobrecita; vaya comienzo.

Elaine fue más complicada de manejar y apaciguar. Estaba furiosa.

– Tenía yo razón: al final tus portorriqueños te han jugado una mala pasada.

– Pobres, no han hecho nada. Ha sido una taxista que se ha puesto de parto.

– ¡Pero era portorriqueña!

– No tiene nada que ver..

– ¡No te atrevas a hablar! Han arruinado un esmoquin estupendo que acababas de estrenar. Me has dado plantón durante más de dos horas.

– Te mandaré flores, chica. De verdad que lo siento. No ha sido culpa mía…

– …Y encima te ha traído la policía como a un borracho cualquiera y te han plantado en la acera delante de Fred el portero. ¡Qué vergüenza! Por lo menos no te han quitado el reloj que te regalé en nuestro aniversario. Bah. No hemos ido a la fiesta de mis padres…

– Bueno, eso…

– ¡No te atrevas, que no me hace gracia! Te tendrás que enfrentar tú solo con  mamá y darle explicaciones… que no aceptará. Quiero que sepas que le voy a dar la razón. La pobre ha tenido que decir que yo me perdía la fiesta por un inoportuno viaje a Londres para firmar un contrato de moda. Y aunque no me guste verte, al menos estás entero: menos mal que te ha librado la policía de alguna cuchillada de esos tipos del Bronx.

– ¡Pero si no dan cuchilladas! A mí por lo menos…

– ¡Silencio! Estás en cuarentena, Danny, y no sé cuándo va a volver a apetecerme verte.

– Lo dices en serio.

– En serio.

– No me lo creo.

– Pues créetelo.

A la noche siguiente pudo verse a Daniel ahogando sus penas en un local no muy recomendable de la calle 98, en compañía de su antigua pandilla latina.

Pero estaba muy triste.

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