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Manifiesto contra la trampa de la diversidad

Manifiesto contra la trampa de la diversidad

“Esta es la historia de la popularización de una idea que ha llegado a dominar nuestra sociedad. La creencia de que la satisfacción de los sentimientos y deseos individuales es nuestra máxima prioridad”.

—Adam Curtis en la introducción al cuarto capítulo de su documental El siglo del yo (BBC, 2002)

Sorprende que una de las mayores aportaciones a la sociología y psicología del siglo XXI no haya llegado de parte de un sociólogo o un psicólogo, sino gracias a un cineasta: Adam Curtis. Con su El siglo del yo, estrenado en 2002, se certificaba cinematográficamente un proceso que recorrió el siglo XX: el que enlazó el psicoanálisis vienés vía Bernays con el humanismo juvenil de los universitarios norteamericanos en los sesenta y se popularizó e interiorizó en las sociedades occidentales bien comidas bajo el manto de ese neoliberalismo “thatchereaganiano”, liquidador de la Unión Soviética y, por tanto, del Estado del Bienestar. El resultado de este proceso, en el que se prioriza la expresión de las identidades de los individuos frente a los procesos materiales y grupales que mueven/agitan/violentan a los diversos estratos socioeconómicos, es una sociedad de consumo insaciable y atomizada porque su motor central se encuentra en el deseo individual. Un deseo que se percibe múltiple, sin fondo y, contradictoriamente, uniforme, perfectamente predecible por algoritmos de empresas tecnológicas norteamericanas. La expresión de la identidad, no solo con sus ya tradicionales “nacionalismo”, “credo”, “ideología” o “equipo de fútbol” sino con los actuales “sexualidades” o “activismos”, es recibida por el capitalismo con los brazos abiertos: tanto que ha sido capaz de crear estructuras productivas (generalmente en China o Pakistán) preparadas para fabricar en cadena productos que aplaquen momentáneamente la demostración de las identidades individuales en Occidente. Con rapidez tanto de entrega como de caducidad y ¡a buen precio! arriban a nuestra puerta productos que nos sirven durante un rato para expresar nuestro “yo interior” hasta que “descubramos” y “nos descubran”, en dialéctica implacable, la siguiente identidad que okupar comercialmente. Este proceso es tan contradictorio y transversal como el propio sistema capitalista: acabará resumido en un brazalete de Frida Kahlo aparcado en la pezuña conservadora de Theresa May.

"La reacción virulenta de algunos activistas de esas izquierdas en redes sociales al ¿leer? el libro confirma que su diagnóstico, aún basándose en las herramientas e indicios propios de haberlo escrito en gerundio, es fiable"

Daniel Bernabé explica cómo ha afectado este proceso a la(s) izquierda(s) en su libro La trampa de la diversidad (Akal, 2018). Lo primero que hay que agradecer al autor es que se cure de males y se coloque como médico de cabecera al que le llega a consulta una enfermedad desconocida: se impone a sí mismo un primer diagnóstico rápido y una propuesta de intervención. Así hay que tomarse el prospecto de Bernabé, aunque después de leerlo se le hubiese agradecido un poco más de reposo para asentar alguno de sus capítulos. Su teoría se parece mucho a la de Curtis si tuviese que retomar su documental quince años después: la cultura de la diversidad ha calado tanto en las izquierdas que algunas han dejado en un lugar secundario la lucha de clases y lo material para explicar el mundo en pos de la identidad.

La reacción virulenta de algunos activistas de esas izquierdas en redes sociales al ¿leer? el libro confirma que su diagnóstico, aún basándose en las herramientas e indicios propios de haberlo escrito en gerundio, es fiable. Nada duele más en este mundo occidental que se cuestione la identidad y nada necesitan más estos usuarios bien comidos que expresar su disgusto rápidamente, sin leer nada, en los sistemas tecnológicos de comunicación que nos ceden, tan amables siempre, multinacionales norteamericanas. ¿Habría creado tanto alboroto un libro sobre los condicionantes sociales de la pérdida de afiliados a los sindicatos? ¿Y si se tratase de la atomización de las protestas sociales? Probablemente, no. Aquí está el hueso, de nuevo: no se trata de lo material, se trata de la identidad. Ahí sí que duele, en el dolor está uno de los valores de este artefacto.

No deberíamos equivocarnos con La trampa de la diversidad y analizarlo como un ensayo académico. Es otro tipo de ensayo pero un ensayo, al cabo: convive materialmente con los demás en la misma estantería de la librería. Me gustaría llamarlo manifiesto. Atraviesa épocas a saltos, asume que el lector viene leído de casa y deja algunos grises: pide una definición más operativa de clase media, ya que a veces no se cerca con los suficientes datos, especialmente cuando es central en la tesis del volumen; se manosean con exceso algunos psicologicismos (“inquietud ante el vacío cotidiano”, leo); o se despacha con excesiva liviandad un capítulo dedicado a la cultura, dejando un campo tan minado como la definición de “cultura” a la buena de dios.

"Cuidado, activistas de la identidad, porque vuestra matrioska no tiene fondo: siempre aparece una más pequeña"

Ahora bien: tampoco deberíamos equivocarnos al interpretar la palabra “manifiesto” como algo peyorativo. La trampa de la diversidad es un manifiesto brillantísimo que sirve como primer aviso, previo a entrar en cuestiones mayores, previo a ir al especialista. El discurso de determinadas izquierdas ha amplificado tanto las cuestiones de diversidad que ya casi pareciera que no hubiese pobres, medio pensionistas y ricos, y que no se pudiese medir la pertenencia a unos u otros, sino que fuesen compartimentos donde entras y sales y que no determinan tu vida. Además, afirma, ha dividido la acción de la izquierda, en general, hacia luchas identitarias (menos costosas, más ruidosas) y se ha dejado atrás las luchas de los trabajadores (más costosas, menos ruidosas).

Para determinados feminismos solo hay “hombres blancos heterosexuales”: no existe el derecho a réplica por pertenecer a este pecado original. Para determinadas minorías solo hay “opresores”: no se debe reprochar nada a la víctima, independientemente de lo que diga. ¡Si hasta los votantes burgueses de PdeCAT se sienten “oprimidos” por el Estado español! Tan solo queda al señalado por esta turba, a) asumirse “opresor” y responder como en el catolicismo o el psicoanálisis: entonar “por mi culpa, por mi gran culpa”, esperar la reprimenda, albergar el arrepentimiento identitario sincero y prometer el cambio hacia donde te indiquen los que te señalan tu pecado. O, mi favorita, b) rebelarse con argumentos.

Pero, cuidado, activistas de la identidad, porque vuestra matrioska no tiene fondo: siempre aparece una más pequeña. Bernabé cuenta la anécdota de la última gala de los Goya en la que el discurso se centró en la reivindicación feminista y la actriz Leticia Dolera afirmó que la mayoría de presentadores masculinos era un “campo de nabos”. Mientras tanto, el entonces ministro Méndez de Vigo, recortador e implacable con el cine español, feliz. Y de pronto, el susto de las identidades múltiples e interminables: al día siguiente, la intérprete tuvo que disculparse por su chiste con ¡las mujeres transexuales con pene! Un ejemplo de los peligros de la atomización y eliminación del contexto en las palabras, claramente humorísticas, de Leticia Dolera. Repito: mientras tanto, Méndez de Vigo, gordo pánfilo de ultraderecha moderada y mejor cuna, feliz.

"No deberíamos dejar la crítica de la izquierda en manos de la derecha y de la ultraderecha"

No se cansa el autor de repetir que La trampa de la diversidad no es una crítica a las reivindicaciones sociales sino una aproximación a cómo estas se han integrado en el día a día de la sociedad de consumo, obviando clases sociales, movimientos obreros o injusticias materiales verdaderamente medibles y con acción directa en el estatus de los más desfavorecidos. Y no se cansan sus críticos, instalados en esa identidad impermeable, en descalificarle por “señoro” o por “hacerle el juego a la derecha”. Justo estos berridos le añaden valor a las doscientas páginas: si alguien lee el texto y le achaca cualquiera de los defectos anteriores, es que su activismo identitario se lo ha comido.

No deberíamos dejar la crítica de la izquierda en manos de la derecha y de la ultraderecha: ocurre que, de pronto, te encuentras a líderes de derechas declarándose “políticamente incorrectos” con las armas para caricaturizar a toda la izquierda (o lo que a ellos les suene como tal) y dibujarla como alejada de los problemas de los trabajadores. La trampa de la diversidad reacciona contra ese torrente infantil de lo que conozco como “la izquierda cumbayá”: una izquierda no materialista, identitaria, propia de sociedades occidentales bien comidas, psicologizada, individualista, infantil, iletrada, relativista, fan de las batukadas… Y ataca desde el mejor de los lugares: desde dentro, de manera urgente y con un discurso potente, a la espera de obras más sosegadas.

Recuerdo una de las características de la izquierda. Me la enseñó mi maestro Domingo Caballero, y a algunos se les parece olvidar: la autocrítica. “Los obispos no dudan del Papa. Y menos lo critican. Al menos, de frente”, me decía, riéndose. Si no existiesen libros como este, la izquierda se parecería demasiado a aquello que tratamos de evitar. Se parecería a una religión. O lo que es peor: a una religión new age.

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Autor: Daniel Bernabé. Título: La trampa de la diversidad. Editorial: A fondo. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro