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Maoísmo. Una historia global, de Julia Lovell

Maoísmo. Una historia global, de Julia Lovell

Maoísmo, una historia global (Debate), de Julia Lovell, es una brillante revisión de esta doctrina imperecedera que traspasa fronteras. Un recorrido cronológico de la historia política, diplomática y cultural del maoísmo internacional a través de las vidas, textos y objetos materiales que transmitieron el credo maoísta en China y el mundo. Julia Lovell es profesora de China moderna en el Birkbeck College de la Universidad de Londres, y premio Cundill de Historia 2019.

Zenda publica la introducción a este libro.

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INTRODUCCIÓN

Pekín, otoño de 1936. Una amplia casa con jardín: la residencia allí de los periodistas estadounidenses Helen y Edgar Snow. Helen —casi en la treintena, de complexión delgada y sin curvas, atractiva al estilo Hollywood— se prepara para una mañana de escritura. La puerta de la calle se abre: por ella se asoma Edgar. No lo ve desde hace cuatro meses, desde el pasado mes de junio, un lapso en el que ha estado prácticamente incomunicado a raíz de su travesía al Estado comunista chino desplegado al noroeste del país. Viene, en las siempre agudas palabras de Helen, «sonriendo con una expresión tontorrona detrás de su barba entrecana, como un niño con un juguete nuevo». Bailoteando alegre alrededor de la estancia con «una gorra gris con una estrella roja en su desteñida parte frontal», ordena a su cocinera china un desayuno americano abundante, con huevos, café y leche. Su mochila viene repleta de libretas con anotaciones, película fotográfica y un texto de veinte mil palabras transcritas de Mao. En los próximos meses, transformará ese material en un libro titulado La estrella roja sobre China, que llegará a ser un superventas mundial. La estrella roja sobre China marcará no solo la carrera profesional de Snow como cronista de la Revolución comunista china y mediador entre los comunistas chinos y las varias audiencias internacionales, sino que también convertirá a Mao en una celebridad política. La obra servirá para traducir el pensamiento del líder y su revolución a los nacionalistas indios y la intelectualidad china, los partisanos soviéticos, los sucesivos mandatarios estadounidenses y hasta a los insurgentes malayos, los rebeldes que luchan contra el apartheid, los sectores radicales de Occidente, los insurgentes nepalíes y muchos otros. La estrella roja sobre China significó el inicio del maoísmo global.

Selva de Perak, Malasia, a finales de la década de 1940. Soldados del ejército colonial británico (británicos, malayos, australianos, gurkhas) hurgan entre los restos de los campamentos abandonados por el Partido Comunista Malayo (PCM), donde encuentran docenas de ejemplares de La estrella roja sobre China en su traducción china. En 1948, el PCM —dominado por dirigentes de origen étnico chino— llama a una insurrección antibritánica que los gobernadores coloniales de Malasia bautizan como «la Emergencia». Es una de las más tempranas rebeliones a favor de la descolonización, dirigidas contra los viejos imperios europeos tras la Segunda Guerra Mundial. Mao y su revolución son una fuente de inspiración para estos rebeldes: por su dedicación a una guerra de guerrillas prolongada; por la creación de un partido y ejército firmemente adoctrinados; y por su desafío al imperialismo europeo, estadounidense y japonés.

Washington, noviembre de 1950. La Guerra Fría provoca nerviosismo en las oficinas del Departamento de Estado. Se confirma la intervención de la China comunista en la guerra de Corea y prolifera el temor a una insurrección maoísta de carácter global. El senador Joe McCarthy —«el gran intimidador nacional»— exacerba el pánico de la población por la infiltración comunista en Estados Unidos, lo que causa la destitución de dos senadores liberales tras acusarlos de relaciones con los «rojos». Para los líderes estadounidenses, la Emergencia malaya es parte de la Guerra Fría, no una lucha anticolonial; se dice que su causa es la subversión china de carácter transnacional y que tiene que ser derrotada para evitar la victoria global del comunismo. Nace la «teoría del dominó»; la idea de que sin la intervención de Estados Unidos los territorios del Sudeste Asiático caerán uno tras otro en manos del comunismo chino. Cuando ese invierno la guerra de Corea se recrudece y unos siete mil efectivos del ejército estadounidense son capturados por oleadas de soldados chinos que rompen sus líneas en dirección a Seúl, Estados Unidos se obsesiona con la idea de una presunta guerra psicológica al nuevo estilo maoísta, que estaría poniéndose a prueba con los prisioneros de guerra en Corea. Un periodista estadounidense (y quizá agente de la CIA) llamado Edward Hunter publica denuncias de la nueva y aterradora arma de Mao contra la humanidad: el «lavado de cerebro». Altos funcionarios de la CIA, periodistas, científicos conductuales, novelistas y cineastas se confabularán en los años cincuenta para especular en torno a una poderosa maquinaria de control maoísta del pensamiento. Esta amenaza del «lavado de cerebro» chino —cimentada en el terror previo a la manipulación psicológica soviética— inflará la «esfera encubierta» en Estados Unidos, justificando así la existencia de un estado secreto dentro de otro y el vasto programa de operaciones psicológicas de la CIA. Mediante una serie de iniciativas en clave durante los años cincuenta y sesenta —Azulejo, Alcachofa, MK-Ultra—, la CIA buscará desarrollar una modalidad de ingeniería para revertir las técnicas chinas y soviéticas de control mental, que considera en extremo peligrosas. Eventualmente, este programa se transformará en los «interrogatorios especiales o reforzados» de la actual guerra contra el terror, lo que socavará los cimientos de la democracia estadounidense.

El Bronx, Nueva York, 1969. Un joven radical estadounidense llamado Dennis O’Neil discute con un amigo. Como muchos de su generación, O’Neil es un apasionado admirador de Mao Zedong y su Revolución Cultural. En cambio, su amigo es más afín a Trotski. Entre ambos diseñan un experimento científico para determinar quién tiene una estrategia política superior. Todos los días, durante un periodo de tiempo determinado, cada uno de ellos le leerá obras escogidas de su ídolo a distintas plantas de marihuana en el balcón de su apartamento, situado en la decimocuarta planta de un edificio. «Mi planta floreció y la suya se secó —recuerda O’Neil—. Resultado positivo.» Mientras tanto, en una librería de San Francisco llamada China Books and Periodicals —el mayor local de la Costa Oeste donde se pueden leer las palabras de Mao—, bulle incluso una mayor excentricidad. Entre los montones apilados del Libro rojo, unos «ultrademócratas» con estilo propio, conocidos como «los Siete Excavadores», permanecen en la posición de loto mientras absorben energía de unas magdalenas rellenas de cannabis y leen la obra de Mao y sus impresiones sobre la Revolución china y la guerra de guerrillas. Un par de funcionarios del FBI, con las habituales gabardinas, rebusca entre los sellos postales chinos a un lado de la tienda para monitorear la situación.

En los años sesenta y setenta, los experimentos de la CIA con el LSD durante la implementación de su propio programa de control psicológico desempeñan un papel clave en las rebeliones juveniles propiciadas por las drogas. En torno a 1969, las cantidades de LSD disponibles en laboratorios universitarios de investigación financiados por la CIA se habían filtrado para el uso recreativo de los estudiantes. La escena floreciente de las drogas ayuda a liberar una ruidosa cultura de protesta que se identifica con la Revolución Cultural. El maoísmo hippy —ilustrado por el balcón de Dennis O’Neil y las sesiones de lectura de los Siete Excavadores— prolifera. La fiebre de Mao se difunde en todo Occidente: hay «pósteres con grandes caracteres» en los campus universitarios franceses; los estudiantes de la República Federal de Alemania lucen chapas de Mao en la solapa; citas del Libro rojo aparecen pintarrajeadas en las paredes de las aulas italianas; un grupo de maoístas anarquistas se sube al tejado de una iglesia en Berlín Occidental y bombardea a los transeúntes con cientos de ejemplares del Libro rojo. Pero detrás de tanto ruido hay gestos más duros. Los aspirantes a revolucionarios viajan a China o Albania para recibir adiestramiento político y militar en un programa diseñado y financiado por la República Popular China. Después de 1968, la militancia de la Revolución Cultural maoísta inspira el terrorismo urbano en la facción del Ejército Rojo en la Alemania Federal y en las Brigadas Rojas en Italia, que embisten contra estas frágiles democracias europeas que aún luchan por afianzar su legitimidad tras las secuelas del fascismo y el nazismo.

Nankín, 1965. A medida que el entusiasmo por la revolución de Mao arrasa entre la izquierda política a escala mundial, un profesor peruano de filosofía asiste a una escuela de adiestramiento militar en Nankín. Más tarde se especula que allí conoció a Saloth Sar —que tiempo después sería conocido como Pol Pot, artífice del genocidio de los Jemeres Rojos en Camboya—, que ese año también asiste a clases en la Yafeila Peixun Zhongxin (el centro de entrenamiento en Pekín para Asia, África y América Latina, situado en los alrededores marmóreos del Palacio de Verano imperial), una entidad que acoge a revolucionarios de esas regiones. «Cogimos un bolígrafo —diría Abimael Guzmán más adelante, al evocar una clase de manipulación de explosivos— y el lápiz estalló, y cuando nos sentamos el asiento también estalló. Fue como un despliegue completo de fuegos artificiales […], perfectamente calculado para mostrarnos que cualquier cosa se podía hacer estallar si uno sabía cómo hacerlo. […] Esa escuela contribuyó mucho a mi desarrollo y marcó el comienzo de mi aprecio por el presidente Mao Zedong.» En 1979, como líder del Partido Comunista de Perú —conocido también como Sendero Luminoso—, Guzmán se embarca en su guerra popular maoísta, una campaña brutal que en las próximas dos décadas se cobrará setenta mil vidas y representará para Perú un coste de doce mil millones de euros en perjuicios económicos. Después de doce años de guerra de guerrillas prolongada, Guzmán —como un alarde final maoísta— fija la fecha de su última ofensiva para la toma del poder el día del nonagésimo noveno cumpleaños de Mao: el 26 de diciembre de 1992. La revolución, pronostica, costará «un millón de muertos». Algunos auguran que si la revolución predicada por Sendero Luminoso tiene éxito —una posibilidad real en el Perú de principios de los años noventa— sus secuelas generarán un reguero de sangre que volverá insignificante el perpetrado por los Jemeres Rojos.

Además de Pol Pot, quizá Guzmán se topara con otro aspirante a revolucionario mientras estaba en Nankín: un ciudadano originario de Rodesia del Sur, de aspecto imponente, expresión intensa y muy serio, con el pelo cortado casi al rape y ojos verdes hundidos en un rostro moreno pálido marcado por la viruela: Josiah Tongogara. Es un individuo que suele estar sumido en sus reflexiones sobre la eventual liberación de Rodesia del Sur del dominio blanco; si le presionan para que participe en una conversación trivial, solo habla de su voluntad de morir «frente a un fusil» (de hecho, morirá a causa de una maniobra imprudente en una autopista). Como ocurre con Guzmán, el tiempo que pasa en China convierte a Tongogara en un devoto maoísta. En la academia militar de Nankín, llega a venerar a los chinos como sus «mentores en términos éticos y en cuanto a habilidades y estrategias militares». A finales de los años sesenta, Tongogara regresa a la frontera meridional de Rodesia, donde el Ejército Africano para la Liberación Nacional de Zimbabue (ZANLA, por sus siglas en inglés), el brazo armado de la Unión Nacional Africana de Zimbabue (ZANU, por sus siglas en inglés), se está preparando para la guerra de guerrillas contra Rodesia del Sur. En ese punto abandona las viejas y fallidas tácticas de ZANLA de golpear y huir, y reorganiza la lucha armada según las pacientes y prolongadas directrices maoístas. Traduce a Mao a la lengua shona; sus destacamentos guerrilleros deben depender del pueblo y moverse entre él como simba rehove riri mumvara, «como un pez en el agua», el medio donde adquiere toda su fuerza. Mientras tanto, instructores chinos entrenan a los reclutas del ZANLA cerca de Tanzania; a finales de los años setenta, se reclutan cinco mil cadetes para una ofensiva denominada Sasa tunamaliza («Estamos al final»). Exhaustos por la resistencia del ZANU, los gobernantes blancos de Rodesia del Sur se ven obligados a negociar. Cuando era un niño, Tongogara había trabajado como recogedor de las pelotas de tenis que lanzaba fuera de la cancha un joven niño blanco llamado Ian Smith. En 1979, como representante del ZANLA en las conversaciones de paz, comparte las pausas para el café con él —entonces primer ministro del Gobierno de mayoría blanca de Rodesia del Sur— en la Lancaster House de Londres.

Hoy en día, en las profundidades de las selvas del centro de India, las guerrillas naxalitas, con uniforme verde oliva y saris brillantes, bailan en formación ante la foto del presidente Mao y le declaran la guerra a los «esbirros uniformados» del Gobierno que han confiscado la tierra local por sus preciosas reservas de bauxita. En estas hermosas y brutales selvas, el todavía militante movimiento maoísta indio se remonta en sus orígenes a su propia encarnación de la Revolución Cultural de 1967, cuando sus líderes estuvieron en Pekín junto con hombres como Guzmán y Tongogara. En 2006, los gobernantes de India consideran esta insurgencia maoísta la «mayor amenaza interior a la seguridad del Estado». Mientras la intelectualidad debate en Nueva Delhi si los insurgentes son terroristas tribales guiados por manipuladores de castas superiores o rebeldes con causa pero desesperados, los maoístas y la policía se enzarzan en luchas en las que suele haber víctimas: una semana, una docena de policías son aniquilados con minas terrestres maoístas; a la siguiente, la policía viola y asesina a civiles con presuntas relaciones maoístas. A diferencia de los rebeldes maoístas de Nepal, que en 2006 abandonan la insurrección para participar en la democracia parlamentaria, los camaradas de India son un bastión residual de la doctrina maoísta pura y se niegan a presentarse a las elecciones. Los naxalitas dieron a Arundhati Roy —una de las escritoras e intelectuales más conocidas de India— acceso exclusivo a su historia, y la escoltan por los alrededores de los campamentos clandestinos. A su regreso al mundillo literario de Nueva Delhi, la autora publicó artículos en los que elogiaba su sencilla cultura, dinámica y fraternal. ¿Es Roy una intelectual romántica enamorada de un ideal revolucionario feroz que, en caso de que consiguiera el control de India, no vacilaría (parafraseando a Nabókov al hablar de los admiradores tempranos de la Rusia soviética) en destruirla «con la misma naturalidad que los hurones y los granjeros eliminan a los conejos»? ¿O solo ha puesto de manifiesto sagazmente el atractivo que la anárquica liberación maoísta supone para una perseguida clase marginal de izquierdas, a la que un Gobierno brutal y corrupto no deja alternativas?

En Chongqing, una ciudad a orillas del río Yangtsé considerada oficialmente como «la ciudad más feliz de China», miles de civiles con idénticas camisas de color escarlata se reúnen en una plaza pública a cantar y bailar himnos maoístas: «Sin el Partido Comunista no existiría la Nueva China», «El cielo y la tierra son pequeños en comparación con la benevolencia del partido», «El Partido Comunista es maravilloso, el Partido Comunista es maravilloso, el Partido Comunista es maravilloso ». En la prensa abundan historias sobre las milagrosas propiedades terapéuticas de tales himnos; por ejemplo, sobre una mujer que se ha recuperado de una profunda depresión con solo escucharlos; de pacientes psiquiátricos cuyos síntomas «desaparecieron de repente» al sumarse a los coros revolucionarios; de prisioneros curados de sus tendencias criminales por entonar «cánticos rojos». Los estudiantes son enviados al campo a aprender de los campesinos. Cuadros del partido de aspecto solemne visten toscos uniformes maoístas de color azul y viajan a un rincón montañoso y aislado del sudeste de China «para profundizar en su comprensión y experiencia» de la revolución y, generalmente, para aumentar su «moral roja». «Hay a nuestro alrededor algunos literatos abominables, amargos y apestosos—acota un anciano del Ejército Popular de Liberación, mientras los críticos del régimen desaparecen sin dejar rastro en las prisiones comunistas—. Atacan al presidente Mao y practican la desmaoificación. Debemos luchar para repeler esta contracorriente reaccionaria.» Un hombre joven solicita al Gobierno que juzgue a escritores que critican al Gran Timonel y exige que los vecinos denuncien a la policía a cualquier sospechoso de deslealtad al presidente.

Esto no sucede en 1966, el año en que Mao inició la Revolución Cultural y alcanzó el punto álgido de su febril utopía, que desató la acción de las bandas de Guardias Rojos en las calles de las ciudades chinas, desterró a millones de habitantes urbanos a remotas áreas rurales y dejó un saldo de al menos un millón y medio de muertos (que siguieron a los treinta millones de muertos a causa de la hambruna causada por la mano del hombre a principios de los años sesenta). Esto ocurre en 2011 y es la razón de que esas canciones se escuchen en bares de karaoke, o de que los teléfonos móviles chinos —unos trece millones en determinado momento— sean bombardeados con textos que citan a Mao, de que el mensaje de Mao llegue a las audiencias a través de una programación televisiva dominada por películas revolucionarias clásicas, y de que el Gobierno haya lanzado el «Twitter Rojo», enviando retazos de la lacónica sabiduría de los años sesenta por un micromedio muy del siglo XXI. Bo Xilai —el artífice de este resurgir neomaoísta— es purgado en la primavera de 2012 por corrupción y por el envenenamiento, llevado a cabo por su esposa, de un antiguo graduado de la Harrow School, Neil Heywood Con todo, Xi Jinping, que se convierte en secretario del partido en noviembre de 2012, hereda e implementa el neomaoísmo de Bo a escala nacional En los primeros meses después de su ascenso al poder, Xi lanza un sitio web que es el «frente de masas» (uno de los términos con gancho preferidos de Mao), para tomar medidas drásticas contra la corrupción y reforzar los vínculos entre el Partido Comunista y las bases, y reintroduce la «crítica y autocrítica» al estilo de Mao en el seno de la burocracia estatal Por primera vez desde la muerte de Mao en 1976, Xi Jinping ha rehabilitado las estrategias maoístas dentro de la cultura nacional y la esfera pública de China.

Estos ocho escenarios —que se extienden desde la década de 1930 hasta el presente y recorren Asia, África, Europa y las Américas— ilustran el amplio espectro cronológico y geográfico del maoísmo, una de las fuerzas políticas más significativas y complejas del mundo moderno Una poderosa mezcla de disciplina de partido, rebelión anticolonial y «revolución permanente», todo ello imbricado con el culto secular al marxismo soviético, hace del maoísmo no solo una puerta de entrada a la historia contemporánea de China, sino una influencia clave en la insurrección, insubordinación e intolerancia globales durante los últimos ochenta años Pero, más allá de China, y especialmente en Occidente, la difusión e importancia global de Mao y sus ideas en la historia contemporánea del radicalismo se perciben solo con vaguedad, si acaso Con el fin de la Guerra Fría, la aparente victoria global del capitalismo neoliberal y el resurgimiento del extremismo religioso, el maoísmo ha sido en cierto modo borrado Este libro pretende extraer de la penumbra a Mao y sus ideas y resituar el maoísmo como una de las historias fundamentales de los siglos XX y XXI.

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Autora: Julia Lovell. Traductor: Jaime Enrique Collyer Canales. Título: Maoísmo. Una historia global. Editorial: Debate. Venta: Todos tus libros, Amazon, Fnac y Casa del Libro.

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