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Maria Perschy, otra actriz de suerte adversa

Maria Perschy, otra actriz de suerte adversa

Cuando se habla de las actrices de Howard Hawks suele aludirse a las joviales Marilyn Monroe y Jane Russell en la comedia musical Los caballeros las prefieren rubias (1953), a la Rosalind Russell —que sentó cátedra en lo que a la interpretación femenina de la comedia screwball se refiere— de Luna nueva (1940), o a Lauren Bacall, que rayó tan alto como todas ellas en cuanto al noir en Tener y no tener (1944) y El sueño eterno (1996). Si la charla gira en torno al western, la chica por excelencia es Angie Dickinson, la Feathers de Río bravo (1959), como casi todas las de este cineasta, una auténtica mujer de armas tomar. Otras veces se nombra a la Katharine Hepburn de La fiera de mi niña (1938), la Barbara Stanwyck de Bola de fuego (1941) o a la Ann Sheridan de La novia era él (1949).

En fin, que no faltan referencias de enjundia puestos a debatir sobre el elemento femenino en la filmografía de Hawks. Tanto es así que, ya divagando sobre esas mujeres que incorporaron a las chicas del maestro, nadie recuerda nunca a dos actrices sin suerte, condenadas a ese olvido que sucede a las maldiciones que la fatalidad impone al tuntún, sin motivo alguno, sin más ni más, a sus elegidos. La primera de ellas, Michèle Girardon —la Brandy de la Court de Hatari! (1962)—, ya ha sido objeto de uno de los primeros artículos de esta serie; la segunda, Maria Perschy, es nuestra protagonista de hoy.

"En su declive pasó de protagonizar, junto a Rock Hudson y Paula Prentiss, Su juego favorito, a convertirse en una de las musas más frecuentes del fantaterror español"

Hay personas a quienes no les hacen falta vicios, filiaciones ni cualquier otra cuestión que les diferencie de los demás para que su sino sea atroz. Es más, hay veces que el destino es tan perverso que, como esos dioses a los que se refiere Eurípides que primero enloquecen a quienes quieren dar muerte, muestra a sus víctimas lo que hubiera sido una vida entre aplausos y laureles para después, apenas han imaginado que su existencia va a ser tan dichosa como la de los favoritos de la fortuna, devolverles al camino del infortunio del que nunca les debió apartar. ¿A qué sugerir la flor si luego va a ser la piedra?

Esa constante cuesta abajo, ese ir siempre a menos, fue el recorrido de la austriaca Maria Perschy. En su declive, pasó de protagonizar, junto a Rock Hudson y Paula Prentiss, Su juego favorito (Howard Hawks, 1964), a convertirse en una de las musas más frecuentes del fantaterror español. De rodar en Hollywood a hacerlo donde se terciase a las órdenes de Amando de Ossorio y Carlos Aured. Entre medias, estuvo a punto de perder su serena belleza a consecuencia de las quemaduras que sufrió en el rostro durante la filmación de Asesinatos de la calle Morgue (1971), memorable filme de miedo dirigido por el siempre interesante Gordon Hessler en Madrid. En sus secuencias, la actriz coincidió con una compatriota, también estrella truncada a la que se le prometió la flor y recibió la piedra: Christine Kaufmann.

"Las primeras noticias de la actriz nos hablan de ella mientras se formaba en el seminario Max Reinhardt de la capital, una de las mejores escuelas de interpretación del país"

No sé si fueron muchas o pocas. Pero si sumamos a Romy Schneider a las ya citadas, casi podría organizarse uno de aquellos ciclos que animaban la Filmoteca en mi época. Un estigma de Estiria a Viena: Tres actrices malditas en la pantalla europea de los años 70, podría ser el lema. Si sumásemos a la polaca Ingrid Pitt, el conjunto sería aún más sugerente. Actrices centroeuropeas de triste suerte en el cine de terror de los años 70 sería, en este segundo caso, un buen epígrafe de la propuesta.

Dejando para mejor ocasión las afinidades en la desgracia, en los destinos truncados, común a varias actrices austriacas, vamos con Maria Perschy, una intérprete que mereció cuanto su esquiva suerte nunca le quiso dar.

Nacida en Eisenstadt (Burgerland, Austria) el 23 de septiembre 1938 —por cierto, el mismo día que Romy Schneider venía al mundo en Viena—, las primeras noticias de la actriz nos hablan de ella mientras se formaba en el seminario Max Reinhardt de la capital, una de las mejores escuelas de interpretación del país. Merced a su mentora en aquellas aulas, la prestigiosa actriz teatral Susi Nicoletti, la joven Maria —tan dulce como Romy— obtuvo un contrato en Alemania, en los estudios Bavaria Film de Múnich. De las películas de entonces la primera que llamó la atención fue Asfalto húmedo (1958), una intriga de Fank Wisbar en la que Maria compartió cartel con un incipiente Horst Buchholz. Ya muy consagrado en la pantalla alemana de la época, Buchholz, tras ese paso por la cartelera inglesa —casi preceptivo para los actores y técnicos europeos de aquellos días con destino a Hollywood, que en su caso vino dado por el papel protagonista de La bahía del tigre (J. Lee Thompson, 1959)—, ascendería al olimpo cinéfilo protagonizando para Billy Wilder Un, dos, tres (1961).

"Puede que nunca debiera ir a Hollywood... Pero afortunadamente lo hizo. Así brindó a Hawks algunas de las secuencias más sugerentes de su última comedia"

En Maria, el equivalente a ese primer recorrido inglés de Buchholz, le fue dado por una colaboración con John Huston en Freud, pasión secreta (1962), una producción de la Bavaria Film sobre un guión de Jean-Paul Sartre. No sé si se puede asegurar que el filósofo existencialista fuera del interés de Howard Hawks, pero sí parece estar claro que el maestro del Hollywood clásico descubrió a Maria Perschy en Freud, pasión secreta. Y tuvo que afinar mucho la vista considerando que en dicha cinta la actriz austríaca no era más que una figuranta que ni siquiera aparece en los títulos de crédito. En fin, antes de ir y venir de Hollywood, antes de que Hawks la reclamase, Maria Perschy ya se había iniciado en el cine de géneros europeo, ese queridísimo cine bizarro del Viejo Continente, protagonizando un krimi —relato criminal alemán— canónico, El verdugo de Londres (Edwin Zbonek, 1963).

Si su destino era la piedra, a qué mostrarle la flor. Puede que nunca debiera ir a Hollywood… Pero afortunadamente lo hizo. Así brindó a Hawks algunas de las secuencias más sugerentes de su última comedia, aquellas en las que nuestra actriz —en su creación de Isolde Easy Mueller— y Paula Prentiss (Abigail Page) intentan ayudar a un atribulado Roger Willoughby (Rock Hudson), un experto vendedor de artículos deportivos, pero inexperto pescador, a ganar el concurso al que le han llevado sus mentiras. One-hit wonder se llama en la industria musical a los vocalistas de un solo éxito. Eso fue a Hollywood la entrañable Maria Perschy, una preciosidad a la que nunca, nadie, volvió a mirar. Sólo un capricho de la fatalidad puede explicar que, después de haber derrochado tanto encanto a las órdenes de Hawks, su carrera estadounidense tocase a su fin.

"A partir de entonces, todo fueron cintas que pasaban con más pena que gloria por la cartelera comercial, descubiertas en los años 80, en base a la mitomanía de sus espectadores"

Bien es cierto que de vuelta a Europa colaboró en algunas coproducciones estadounidenses con países europeos. Pero no fue igual. De hecho, si los cineastas estadounidenses cruzaban el Atlántico, se debía a que resultaba más barato rodar aquí que allí. Y en ese cine, cosmopolita y de bajo presupuesto, acabaría por encontrar acomodo nuestra actriz. La primera de dichas cintas fue Escuadrón 633 (1964) de Walter Grauman. Sin demasiados miramientos a la hora de elegir los guiones, al menos nunca le faltó trabajo. En Italia se puso a las órdenes del siempre estimable Duccio Tesari en La esfinge sonríe antes de morir (1964). A España, el gran plató de aquella pantalla cosmopolita, la trajo por primera vez una coproducción italogermana, Las siete magnificas (Rudolf Zehetgruber, 1966). Pero con el primer realizador español que trabajó fue con José María Elorrieta en Una bruja sin escoba (1967). Con Jesús Franco lo hizo en El castillo de Fu-Manchú (1969) y con Juan Antonio Bardem en El último día de la guerra (1970). Tras el accidente durante la filmación de Asesinatos de la calle Morgue, cuyos exteriores, en gran medida, fueron rodados en El Capricho, el parque de la madrileña Alameda de Osuna, Maria Perschy tuvo que someterse a una serie de operaciones que la mantuvieron alejada de los rodajes hasta volver a ellos, incorporándose al reparto de El jorobado de la Morgue (Javier Aguirre, 1973). Ese mismo año 73 volvió a ponerse a las órdenes de José María Elorrieta en El espectro del terror.

A partir de entonces, todo fueron cintas que pasaban con más pena que gloria por la cartelera comercial, descubiertas, ya en sus ediciones en video de los años 80, en base a la mitomanía de sus espectadores. A este fenómeno pueden adscribirse títulos como La noche de la furia (Carlos Aured, 1974). Permaneció en España hasta finales de los años 70 cuando, al no tener la nacionalidad, empezó a tener problemas para seguir trabajando aquí.

Volvió entonces a Los Ángeles para emplearse durante algún tiempo como traductora y dedicarse a la compraventa de antigüedades. Seguro que fue un mal trago para ella que su marido, el guionista John Melson, se suicidase en 1983. Se habían casado en el 77. Fue Melson quien la incorporó al reparto de un episodio de Hawái 5.0 escrito por él, realizado por Barry Crane y emitido el 28 de septiembre de 1978.

En el 86, cuando regresó a Viena, la inolvidable Maria Perschy se desempeñó como actriz de teatro y series de televisión. Lástima que el nuevo cine de autor en lengua alemana no reparase en ella, como sí lo hizo en Christine Kaufmann. Por no hablar de la gran Romy, que desde comienzos de los años 70 fue una musa del cine de autor francés. Maria Perschy murió de cáncer en 2004. En sus últimos años volvió a someterse a toda una serie de operaciones —como cuando se le quemó el rostro— para superar la enfermedad que acabaría por llevarla a la tumba. Fue una pena que Hollywood la dejase marchar.

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