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Matar al ángel

«Mi profesión es la literatura». Admiro y envidio a Virginia Woolf por poder afirmar tal cosa. Claro que no escribió Al faro en sus inicios ni razonó Una habitación propia sin trabajar y luchar mucho, también contra sí misma. Woolf comenzó su carrera como reseñista y, ya mientras trabajaba en su primer encargo, hizo un descubrimiento: «Si iba a dedicarme a comentar libros, necesitaría enfrentarme a cierto fantasma» [1]. El fantasma que la acechaba era una mujer. La rondó bastante, y cuando llegó a conocerla bien la bautizó como el ángel del hogar. A este ángel lo describía Virginia Woolf como una mujer intensamente simpática, completamente altruista. «Se sacrificaba diariamente», nunca tuvo un deseo propio y era, sobre todo, pura. El nombre hace referencia a The Angel in the House, un poema de Coventry Patmore, de 1854, —escalofriante a día de hoy— que incluye versos como:

Man must be pleased; but him to please,
Is woman’s pleasure

Un hombre debe ser complacido, pero complacerle
Es el placer de la mujer

Cuando empezó a escribir las primeras palabras para comentar la novela de un hombre famoso, el fantasma del ángel se deslizó detrás de Virginia y le susurró: «Querida, eres una mujer joven. Estás escribiendo sobre un libro que ha sido escrito por un hombre. Sé amable; sé tierna; adula (…). No dejes que nadie adivine nunca que tienes ideas propias».

"Matar al ángel del hogar formaba parte del trabajo de una escritora si de verdad quería escribir, y si quería escribir de verdad. No le fue fácil y le llevó tiempo"

Se interponía constantemente entre el papel y ella hasta que —confiesa—: «por fin la maté». Lo hizo en defensa propia, asegura, porque «si yo no la hubiera matado a ella, ella me habría matado a mí», arrancándole el corazón de su escritura. Para opinar de una novela (y de cualquier cosa) uno tiene que tener una mente propia, pero para el ángel, ciertas cuestiones no podían ser tratadas abiertamente y con libertad por mujeres. Ellas «deben ser encantadoras, deben ser conciliadoras».

Matar al ángel del hogar formaba parte del trabajo de una escritora si de verdad quería escribir, y si quería escribir de verdad. No le fue fácil y le llevó tiempo. «Es mucho más difícil matar a un fantasma que a alguien real». Sin embargo, cuando este desapareció «lo que quedó fue algo simple y común: una mujer joven, en una habitación, con un tintero». Y escribió lo que quiso.

"Hace pocos meses nació mi segundo hijo, y con esta coincidencia entro en conflicto, porque la relación entre la nueva maternidad y el estancamiento profesional deja asomar un halo a ángel del hogar que racionalmente rechazo"

Yo no creo tener un ángel del hogar susurrándome al oído; al menos no del tipo que me exige ser una buena esposa, madre y ama de casa desde el punto de vista victoriano, ni en la línea de La perfecta casada de Fray Luis de León, que no solo guarda a la mujer en el hogar («de puertas para adentro») sino que asegura que no está capacitada ni física ni moralmente para otro oficio que no sea el matrimonio. Por suerte mía y por trabajo suyo —de Virginia y de muchas otras mujeres— eso ya no es así hoy donde yo vivo. Pero cada uno tenemos nuestros propios fantasmas. Entonces como escritora, para poder escribir libremente, me pregunto: ¿a quién debo matar yo?

Como a Virginia Woolf, me parece que no hay «nada tan maravilloso en el mundo como contar historias». Aun así, llevo meses —desde que se publicó mi segundo libro— que no escribo asiduamente historias, no he avanzado en mi próxima novela ni he escrito relatos cortos. Tan solo algún poema y, eso sí, muchos artículos. Coincide que hace pocos meses nació mi segundo hijo, y con esta coincidencia entro en conflicto (lo que es buenísimo para la literatura), porque la relación entre la nueva maternidad y el estancamiento profesional deja asomar un halo a ángel del hogar que racionalmente rechazo. La otra explicación que se me ocurre es que quiera descargar en mi bebé inocente la culpa, que es otro gran tema para la literatura.

"Y, sí, tengo mi propio despacho, ¿pero cómo concentrarse en reescribir una frase si en el cuarto contiguo mi bebé está llorando?"

La propia Virginia, tan solícita como siempre —tan amable y conciliadora— me apunta hacia una posible respuesta. Describe el estado mental de un novelista como un letargo constante. El «deseo principal de un novelista es ser tan inconsciente como sea posible». Necesita tranquilidad y regularidad, rutina. Así nada interrumpe «la ilusión en la que vive, nada puede perturbar o inquietar los misteriosos merodeos» de la imaginación.

Luchas matinales para los desayunos, sorpresas, pañales. Recados, imprevistos, llamadas de trabajo, urgencias y biberones. Todo viene junto en la descripción del trabajo de la conciliación. Mi mente que no puede dejar de pensar… ¿Cómo abstraerme, si yo sé que ese llanto no es de hambre sino de sueño? Tan solo tengo que asomarme un momentito. Y otro y otro después. Para escribir se necesita independencia económica y una habitación propia. Ya lo dijo antes [2] y ya lo sé (pero también silencio y ausencia de distracciones). Y, sí, tengo mi propio despacho, ¿pero cómo concentrarse en reescribir una frase si en el cuarto contiguo mi bebé está llorando?

«Visto desde fuera», se pregunta Woolf, «¿qué es más sencillo que escribir libros?» Sin embargo, desde dentro, hay muchos fantasmas contra los que luchar aunque estos vayan mutando según nuestro momento vital.

Cuando se escribe siempre hay un ángel al que matar.

***

[1] Profesiones para mujeres: Matar al ángel del hogar, Virginia Woolf. Carpe Noctem (2021).

[2] Una habitación propia, Virginia Woolf. Austral (2016).

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