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“Materiales de derribo”, de Juanma Ruiz

“Materiales de derribo”, de Juanma Ruiz

Juanma Ruiz (Madrid, 1982) ejerce como redactor y crítico cinematográfico en la revista Caimán Cuadernos de Cine, y además es profesor de narración audiovisual y de crítica de cine; pero sobre todo es poeta, y lo demuestra con sus versos. Acaba de publicar Materiales de derribo (editorial Cuadernos del Laberinto), su tercer poemario tras Tratado de egoísmo y Paseos o derivas.

Disfruta eludiendo las reglas de estilo y apostando por temas como la música, los cómics o la propia creación; pero igualmente aprecia poder ceñirse a las pautas clásicas —como la de la rima y la métrica— para elaborar un soneto jugando con la premisa de que la poesía no es tanto un género literario como una forma de afrontar el arte, una cualidad que tiene que ver con la búsqueda de lo esencial.

Lo primero que llama la atención como elemento que hilvana tus tres libros es el carácter metatextual de muchos de sus poemas. No son necesariamente versos sobre la poesía, pero sí incorporan de algún modo reflexiones sobre el proceso de escritura…

"Siempre me ha gustado mucho el arte que deja sus costuras al descubierto y muestra su propio proceso de creación"

—Esto es algo que empieza a repetirse en mis poemas sin que yo me dé cuenta, y solo empiezo a ser consciente cuando paso a la fase de reunir un puñado de ellos y darles forma de libro. Y es lógico: en esa fase de la escritura es cuando se pueden empezar a identificar los elementos recurrentes, y esa recurrencia es lo que al final llamamos «estilo». Si mi poesía tiene algún estilo (eso no me corresponde a mí decidirlo), desde luego la metatextualidad es parte de él. Siempre me ha gustado mucho el arte que deja sus costuras al descubierto y muestra su propio proceso de creación, desde el pintor que se incluye a sí mismo y a su lienzo en el cuadro que está pintando hasta las películas que no respetan los gritos de “acción” y “corten” y nos dejan ver qué hay antes y después de ambos momentos, como Los ilusos de Jonás Trueba, o la más reciente Violeta no coge el ascensor, de Mamen Díaz. Y a mí me gustaría poder hacer lo mismo dentro de un poema, o alrededor de él. Por eso incorporo las reflexiones, las correcciones y, en Materiales de derribo, hasta los tachones sobre versos y hasta poemas enteros. 

Materiales de derribo (Cuadernos del Laberinto, 2019) se presenta casi como una prolongación directa de tu poemario anterior, Tratado de egoísmo. Ambos, además, suponen una ruptura notable con respecto a tu primer libro, Paseos o derivas. Cambian las formas métricas, pero también se aprecia un tono algo más reflexivo, aunque sin dejar la visceralidad que estaba ahí desde el principio.

—Es, entre otras cosas, por una cuestión de cronología. Paseos o derivas se publicó en 2015 en la editorial Devenir tras un proceso larguísimo de edición que empezó casi dos años antes y una escritura todavía muy anterior. ¡Hay poemas que se remontan a finales de los años noventa! Después de eso, Tratado de egoísmo no aparece hasta 2018, ya en Cuadernos del Laberinto y compuesto íntegramente por poemas nuevos, así que el tiempo que pasa entre la escritura de ambos libros es enorme. Y, sin embargo, entre la génesis de Tratado de egoísmo y Materiales de derribo no hay ni dos años. Mi forma de escribir es parecida, y mi situación vital tampoco ha cambiado tanto de uno a otro. Al final, Paseos… no dejaba de ser un libro muy primerizo y, ya puedo confesarlo, poco más que adolescente. Como tal, le faltaba un barniz de templanza que creo que se adquiere (o se intenta adquirir) con el tiempo. Sí es verdad que los tres libros comparten una escritura que se podría considerar visceral, pero no sé si, en el caso del primero, era más un defecto que una virtud. Cuando echo la vista atrás, me parece que le falta mucho pulido, aunque tiene algunas cosas que rescataría.

En todo caso, y sobre todo a partir de Tratado de egoísmo, no es ese tipo de vehemencia que se traduce en un descuido del estilo y de la forma. A propósito de esto, en el prólogo de ese libro Rodolfo Serrano habla de «musicalidad» en tu forma de escribir…

"Hacer verso libre no exime de cuidar la cadencia de los versos, los ritmos, las aliteraciones o las acentuaciones"

—Es que creo que ahí está una de las fronteras, no ya de la poesía, sino del quehacer literario. Si el escritor trabaja con la palabra, al final la voz (incluso la escrita) no deja de ser, también, un instrumento musical. Si de lo que se trata es de ejercer la escritura como un arte, no se pueden ignorar sus posibilidades eufónicas. Y eso que no soy muy dado a los poemas rimados. Pero hacer verso libre no exime de cuidar la cadencia de los versos, los ritmos, las aliteraciones o las acentuaciones para que el poema provoque un efecto concreto, ya sea al leerse en voz alta o en la cabeza del lector.

Pero también hay en tus poemas constantes referencias explícitas a la música. Desde composiciones que llevan el nombre de obras musicales (las Gymnopédies de Satie o el Claro de Luna de Beethoven, en Paseos o derivas) a la aparición de instrumentos o terminología musical (timbales, corcheas, semitonos o zortzicos).

—Imagino que esto viene, de manera más o menos inconsciente, de mi formación como músico. He estudiado solfeo y varios instrumentos casi durante toda mi vida, he tocado durante muchos años en una banda y en una orquesta… Al final, la música ha formado siempre parte de mi vida en términos teóricos y prácticos, y supongo que eso hace inevitable que se cuele por uno u otro lado en lo que escribo. Sobre todo por esa concepción de la palabra, la voz, como instrumento. 

O sea, que es otra forma de metalenguaje…

"Uno puede escribir versos y leer a Robert E. Howard a la vez"

—Si consideramos la poesía como música, supongo que introducir terminología musical en cierto modo es metalingüístico, sí. Y, bueno, las citas directas a Satie o Beethoven tienen que ver también con una cierta tendencia referencial mía que no sé bien si no puedo o no quiero evitar.

¿Por eso en Tratado de egoísmo convive, por ejemplo, la iconografía bíblica (“tus dedos, lanza de Longinos”) con La isla del tesoro (“el Almirante Benbow de mi inocencia añeja”)?

—O Bruce Springsteen con Conan el Bárbaro en Materiales de derribo. También es una querencia por eso que llaman cultura popular, que al principio trataba de disimular artificialmente y ahora asumo con naturalidad. Al fin y al cabo, como puede atestiguar Luis Alberto de Cuenca, uno puede escribir versos y leer a Robert E. Howard a la vez. En mi caso esas citas son pequeños detalles que se han ido colando siempre en todo lo que escribo, y que finalmente plasmé sin más disimulo en mi poema más intertextual, «Apaches prestados». La materia prima de ese poema son, de forma explícita, las novelas de aventuras y fantasía, las películas de terror… Hasta el título es una veladísima referencia a un texto ajeno: el poema «Al oeste hay Apaches», de Rodolfo Serrano.

Al final, de ahí viene también un poco la combinación de título y portada en Materiales… Esa colección de retazos de cómics superpuestos que forman la ilustración de cubierta vienen a resumir la condición del libro (y diría que de mi poesía en general) como acumulación quizá no tanto de citas, pero sí de influencias, y muchas veces de carácter pop. A lo largo del camino, en los libros que lee o el cine que ve, uno va contrayendo deudas que es de justicia reconocer sobre el papel. En mi caso, esas deudas van de Sherlock Holmes a las historias de piratas o el cine de superhéroes, además de algunos poetas a los que leo con una cierta sensación de afinidad. 

Hablando del cine que ves, algo tendrá que ver también tu profesión de crítico cinematográfico… ¿Es también, como decías en el caso de la música, por pensar el cine «en términos teóricos»?

"El cine de Wong Kar-wai o de David Lynch me parece profundamente poético"

—Imagino que sí. Lo que es seguro es que mi formación académica es fundamentalmente audiovisual, cinematográfica. Es lo que he estudiado, y es a lo que me dedico la mayor parte del tiempo, ya sea como crítico o como profesor de Comunicación Audiovisual. Pero hay otra razón más, que tiene que ver con una cierta idea sobre lo poético que aprendí de mi profesor de literatura, el poeta Ricardo Lobato (de nuevo, hay que dejar constancia de las deudas contraídas). De él me llevé una forma de entender la poesía no como una disciplina específicamente literaria, sino como una cualidad de la obra artística, independientemente del medio. Esa cualidad, que podríamos llamar «lirismo», puede estar en un poema, pero también en una composición musical, una novela o una película. Por eso el teatro de Lorca es poético, independientemente de que su forma sea o no el verso. Y aunque todas las disciplinas artísticas pueden incorporar esa poesía, me parece que el cine es una de las que lo hace con mayor facilidad. Quizá porque en el cine confluyen lo visual y lo auditivo, las artes plásticas y las performativas… El caso es que los códigos cinematográficos se prestan a trabajar ese lirismo, cuando la mirada que hay tras la cámara es la de un poeta. Por ejemplo, el cine de Wong Kar-wai o de David Lynch me parece profundamente poético. Pocas obras he encontrado recientemente que contengan más poesía que la película Largo viaje hacia la noche, de Bi Gan. Y cuando me siento a escribir me gusta jugar a trasladar al papel ciertas sensaciones que me produce la experiencia del cine.

Incluso la segunda parte de Paseos o derivas se estructuraba en cierto modo como el guion de una película, a base de «secuencias», con algún «flashback» e «interludio»…

—A pesar de que hay muchas cosas en Paseos o derivas que hoy me resultan lejanas, esa es una de las cosas que sí me gustan. La idea, un tanto arrogante (insisto en que Paseos… era un poemario de juventud, con todo lo que ello conlleva), era hacer lo contrario que había hecho Lorca en su Viaje a la Luna. Allí, él trasladaba a un guion cinematográfico los mecanismos de la poesía y del surrealismo (como también había hecho en el teatro). Lo que yo quería era jugar a trasladar a la poesía los mecanismos del guion de cine. Nada nuevo, por otro lado, pero que me permitió dos cosas a la vez: primero, estructurar esa parte del libro, y segundo, reflexionar de forma simultánea sobre el cine y la poesía, sobre lo que los une y lo que los separa. Fue un proceso bonito de escritura, independientemente de los resultados.

Ya es la segunda vez que te refieres a escribir como “jugar”. ¿Es una forma de restarle importancia a tu dedicación poética frente a tu ocupación profesional, más “seria”?

—¡En absoluto! Todo lo contrario: lo que creo es que deberíamos tomarnos más en serio el juego. En la vida en general, y en la creación artística en particular. Para probar cosas sin miedo a equivocarnos conviene que mantengamos un espíritu lúdico cuando nos sentamos a dar forma a un poema o a cualquier otra cosa. Hay que conservar esa actitud infantil inquisitiva, que busca aventurarse por sitios nuevos con afán de descubrir algo, pero sobre todo de divertirse en el proceso. Lo nuevo es divertido; no hablo de reinventar la rueda o de hacer grandes aportes a la historia de la literatura, sino de hacer algo que a mí me resulte nuevo, que no haya probado antes. Eso me mantiene en movimiento; si no, cada poemario sería igual al anterior, y eso no solo aburre a quien lo lee, también al que lo escribe. Y nunca me he identificado con el mito ese de que la escritura hay que sufrirla. La disciplina es importante, claro, y la dedicación, pero eso no está reñido con una sensación de disfrute. Una consecuencia de todo esto es que, aunque practico sobre todo el verso libre (o, al menos, no rimado), cada cierto tiempo vuelvo al soneto, que es una de las formas de poesía más codificadas, más regladas. En todos mis libros hay al menos un puñado de sonetos ortodoxos. Y eso es porque me gusta planteármelos como un juego, un reto lúdico: la rima consonante, el endecasílabo, la estructura… abordar el poema como quien trata de resolver un crucigrama, encajando las piezas con cuidado. El día que no encuentre ese disfrute escribiendo, cerraré el procesador de textos y leeré una novela de aventuras.

SEIS POEMAS DE MATERIALES DE DERRIBO

Born to Run

Yo nací para escapar

y aún no me reconozco. Nací vivo,

pero mudo y asustado. Casi roto

y con los bronquios ateridos.

Llegué

al mundo con el nombre de mi padre,

los ojos —dicen— de mi madre, y las heridas

solo mías, las de serie y las que estaban por abrir

(mi primera cicatriz fue por mi mano,

lo cuento

ahora que mi barba la disimula).

 

Y hoy soy tan solo canas

que ocultan, por virtud de reflectantes

aquel miedo de entonces, siempre el mismo.

Que no hay, al fin y al cabo, siesta o suerte

o broncodilatador en el bolsillo

que sirva para hacer frente a los gritos

que nunca pude dar frente al espejo.

Salva inicial / 6

Silueta de sordina, dolor sin eco,

y vomitar es negro sobre blanco.

Ni grito ni recuerdo, ni cobaya

de dientes al acecho y del peligro.

Te habito, me duelo y os desangro,

por ese estricto orden de llegada.

Me pide alguna esdrújula este verso

y yo me pliego fiel a sus demandas.

Prefiero someterme

a sus reglas pías,

postrarme ante la letra que afrontar su carne.

Así nazco poema,

que es mucho mejor que nacer hombre,

que vivir clavado siempre en el ahora

y meditarme hacia todos los adentros.

Escombros

Mañanas de reproche despectivo.

Tardes de crucigrama y desencanto.

La noche en duermevela y, cada tanto,

morder, desinfectar y mal de archivo.

 

Y vomitar pronombres posesivos,

y desoír más duelos y quebrantos,

a veces beber piel, a veces llanto

y (a veces) acordarse de estar vivo.

 

Por qué ahorrarse el veneno y la soflama,

por qué no destejerme en otras telas

en aras de otros hierros y otros hombros.

 

Por qué no jubilarnos en pijama

si, en fin, entre la asfixia y la acuarela

solo queda el amén y el desescombro.

La boca

La boca de un león dormido,

eso somos.

El hambre a la espera, el instinto de muerte,

el silencio. Y contra todo, y a pesar de todo, sueños.

Y somos una daga de marfil, sabor a hierro,

y a veces un bostezo de la España de Machado.

Tales son las fauces que nos forman.

Y somos sal y vino derramado,

y solo desamparo cuando llueven los cristales.

Pero esa, por desgracia, es otra historia,

con más imperativos y hasta algún recuerdo amargo.

Hoy la cuestión no es ya desperezarse

de toda la inconstancia de otras voces

sino regodearse en las miradas

que acarician con asombro al león durmiente.

Crusoe

Llamaré Viernes al silencio de esta noche.

Le enseñaré modales exquisitos.

Sabrá vestir chaqué y fingir sonrisas

y saludar por la calle a los vecinos.

Moldearé como un gólem mis heridas,

alfarero de sangre coagulada.

Así, después de acunarlas y nutrirlas

las armaré de falsa hipocresía

(tan doble negación, tan no ser nada).

Y cuando sepan impostar como es debido

(burlar igual miradas y polígrafos),

saldrán al mundo al fin por vez primera,

embajadoras de mi piel vencida y ermitaña,

heraldos de mis ojos arrancados,

para dar fe, sin más, de mi alegría.

Apaches prestados

Las tardes de calor y cerrar mares.

París al fondo y Estambul al frente

pintado por la pluma de Espronceda.

Canciones sobre indios y vaqueros

(duelos de O.K. Corral sobre tu cama)

y cuentos de aventuras y piratas.

Películas de sustos en streaming,

novelas sobre viajes en el tiempo.

Mira, ahí arriba,

el viento entre las hojas de ese árbol

o entre las de este libro en tapa blanda

es réplica al sonido de tu calma.

Tardes rumor de ola y tomar aire,

y hallar en letra ajena el amor propio

para trescientas luchas venideras.

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Autor: Juanma Ruiz. Título: Materiales de derribo. Editorial: Cuadernos del laberinto. Venta: Todostulibros y Amazon

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