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Maternidad, de Óscar Esquivias

Maternidad, de Óscar Esquivias

Óscar Esquivias narra la historia de una mujer y un muchacho en Maternidad, cuento que abre La marca de Creta, libro publicado por Ediciones del Viento en 2008, y ganador del Premio Setenil al mejor libro de relatos del año. Este cuento vuelve a estar de actualidad porque la guionista y directora Eva Saiz lo ha convertido libremente en imágenes en el cortometraje Mujer sin hijo, que se ha estrenado en el Medina Film Festival, en Medina del Campo y que en el Festival de Málaga ha ganado el premio del público y (ex aequo) el premio a la mejor dirección.

 

Una semana después de morir la señora Leonides, apareció en su piso una cuadrilla de obreros, todos extranjeros y –según les juzgó Teresa– con trazas de delincuentes. Hoy tiraban las paredes, mañana cambiaban las tuberías, pasado acristalaban la terraza y al día siguiente todo estaba pintado y listo. Pese a su aspecto, los trabajadores desaparecieron sin haber violado a ninguna vecina ni haber atracado a nadie.

Teresa, que tenía sus ventanas frente a las de la señora Leonides, había seguido con envidia los cambios en la casa de la difunta. La suya estaba llena de humedades, las puertas se abrían y se cerraban solas, el techo tenía grietas y la nevera padecía tiritonas propias de un agonizante. Pero ella no tenía dinero para arreglos ni humor para soportar una obra.

"También les espiaba desde la ventana del cuarto de baño y observaba sus cuerpos desnudos, tan masculinos, sin tacha"

Una semana después, un grupo de estudiantes ocupó el piso de la vecina. Teresa les veía al otro lado del patio, apenas a dos metros de su ventana. Acabó conociendo sus costumbres, los turnos de cocina, cuándo iba a clase cada uno, cómo se repartían las labores domésticas. También les espiaba desde la ventana del cuarto de baño y observaba sus cuerpos desnudos, tan masculinos, sin tacha. Los miraba con indiferencia, quizá con cierta nostalgia, a veces con alegría por tener cerca tanta juventud y tanta perfección. Hasta tenía su favorito entre ellos: Jaime, el más guapo, el más delicado.

Un día Jaime discutió con los demás, recogió sus cosas y se fue. Gritó que ya podían buscar a otro, que él no volvía. Dio un portazo terrible.

Las persianas de su habitación llevaban un par de semanas sin levantarse. Entonces llamaron a la puerta de Teresa. Era un muchacho con un recorte de periódico:

–¿Es aquí donde alquilan una habitación?

Le miró de arriba abajo. Era joven, de unos dieciséis años, desgreñado y mal vestido, como si llevara las ropas de un hermano mayor o de un pariente más gordo. A su lado, una maleta enorme, furiosamente atada con cinchos. El primer impulso de Teresa fue indicarle que debía llamar enfrente, pero se contuvo. Sin decir una palabra, le cedió el paso y le condujo hasta el cuarto de la plancha, donde tenía una cama turca que nadie había usado jamás.

–¿Cuánto cuesta? –preguntó el chico.

–¿Cuánto puedes pagar?

–Yo había pensado… –tragó saliva–. Había pensado unas quince mil al mes. Todavía no tengo trabajo y…

–Está bien. Ahora te vacío el armario para que metas tus cosas.

Sin duda, el chico no esperaba encontrar refugio por un precio tan bajo y su rostro se iluminó. Se animó a preguntar.

–¿Está incluida la comida?

–¿Qué te gusta comer?

–No sé. De todo.

–Si te gusta todo, sí. Me da igual cocinar para uno que para dos, ya ves tú.

"El chico había venido a la capital con la intención de trabajar en una fábrica. Aborrecía la vida en el pueblo"

Preparó macarrones y frió unas platusas. El chico había venido a la capital con la intención de trabajar en una fábrica. Aborrecía la vida en el pueblo. Había acabado los estudios y necesitaba salir de casa: allí se asfixiaba, se sentía muy desgraciado, sin otro destino que ser ganadero, como su padre.

–Di que sí, has hecho muy bien –le animó Teresa.

El chico era locuaz. Repitió mil veces que odiaba las vacas y los cerdos y los conejos, que a su pueblo no llegaba la señal de la televisión ni la de la radio, que se iba a morir de tristeza si seguía rodeado de viejos, de páramos y de bichos. Por fin, confesó que tenía miedo de su padre, que le arreaba a menudo y que temía que le buscara y le obligara a volver. No se había despedido de él, sólo le había dejado una nota sobre la mesa. Fue incapaz de contener el llanto.

–Tú no te preocupes. Tienes dieciséis años, ¿verdad? Ya puedes independizarte.

–Tengo diecisiete.

–Pues mejor. Aquí vas a estar de maravilla, claro que sí.

El chico se llamaba Esteban. Era delgaducho y nervioso, tenía mal color, el rostro lleno de ronchones y unas manos ásperas y agrietadas. No era guapo pero sí joven, y eso era –para Teresa– el mejor elogio que se podía hacer a una persona. A partir de su entrada en la casa, ella sintió una continua y secreta alegría de la que a veces se avergonzaba.

"Los sábados por la tarde se vestía de negro, se echaba encima su chupa de cuero y salía a divertirse con un brillo en los ojos que a Teresa le desazonaba"

El muchacho pronto consiguió un contrato en un taller mecánico. Era hábil con los motores y con las herramientas. La casa se llenó de olores masculinos: el cigarrillo de después de la cena, la grasa de los buzos, el sudor en las sábanas, la loción del afeitado. Ella desempolvó sus libros de cocina, se esmeró en las comidas y vio con satisfacción cómo poco a poco el chico mejoraba de color y se ponía lustroso. Teresa le compraba ropa, le aconsejaba cómo peinarse, le regalaba frascos de colonia. El joven se volvió presumido. Llevaba varios anillos en los dedos y se desabotonaba la camisa para enseñar su pecho velludo, donde brillaban las cadenas que se colgaba del cuello. Le encantaba bailar. Los sábados por la tarde se vestía de negro, se echaba encima su chupa de cuero y salía a divertirse con un brillo en los ojos que a Teresa le desazonaba. Pasaba la noche en vela hasta que, de madrugada, oía cómo Esteban llegaba y se dirigía tambaleante al cuarto de la plancha. Dormía hasta la tarde del domingo y se levantaba hosco y retraído, pero con media sonrisa en los labios. Al anochecer, el chico solía salir a la terraza y fumaba un pitillo tras otro, a oscuras, mientras miraba las ventanas iluminadas. A veces cantaba.

–Ayer vi a su hijo. Se parece mucho a usted –le dijo a Teresa una vecina cuando coincidieron en la panadería.

–Sí, ya es todo un hombre, ¿qué edad tiene? –preguntó el tendero.

–Diecisiete años –respondió, estupefacta, Teresa. Llevaban toda la vida en el mismo barrio y ambos sabían que ella nunca había sido madre. Sin embargo, no les desmintió y les agradeció su interés. Después del asombro, se sintió invadida por una inexplicable felicidad y por la certeza de que, pese a todo, aquellas palabras no estaban equivocadas. Volvió alegre a casa y aquel día hizo una paella, como si fuera fiesta. Ni siquiera se extrañó cuando llegó Esteban y la saludó:

–Hola, mamá.

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Autor: Óscar Esquivias. Título: La marca de Creta. Editorial: Ediciones del viento. Venta: Amazon 

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