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Memoria cultural y más

Explica la periodista, y recientemente también narradora, Lea Vélez cómo surgió su interesante y apetitoso La Olivetti, la espía y el loro. Cuando vació la casa familiar encontró en la bodega cuatro cajas de Cariñena que llevaban cerradas cuarenta años. Contenían las grabaciones magnetofónicas de un programa que su padre, Carlos Vélez, dirigió en Televisión Española entre 1976 y 1981, Encuentros con las letras. Fue éste un magazín cultural ejemplar, exigente y popular, posible en una época en que la caja tonta todavía respetaba a un sector de la audiencia. Se debió a un hombre ilustrado, escritor y crítico, lector infatigable, promotor de diversos empeños periodísticos literarios. Rescatar aquellas cintas habría tenido un valor histórico y documental grande, y no sería la primera vez que se intentara sacarlas de olvidados archivos. Hace unos años un grupo de profesores zaragozanos se propusieron recuperar las grabaciones en vídeo, aunque, que yo sepa, la bendita burocracia y las dificultades económicas dieron al traste con el proyecto.

Lea Vélez vio la conveniencia de sacar a la luz pública esos valiosos materiales, pero también valoró que resultaría una recopilación convencional, falta de gancho y limitada a su atractivo como documento de época; un libro para profesores, estudiosos y letraheridos. Así que decidió convertir esa áspera materia en una obra sin género, a partes iguales testimonio histórico, biografía paterna, autobiografía familiar y pura narración. La Olivetti, la espía y el loro resulta un intencionado popurrí que Lea Vélez levanta con admirable destreza constructiva mediante la eficaz mezcla de dispersos materiales: comentarios suyos personales, conversaciones con su madre, María Luisa Martín, secretaria de facto de los Encuentros, la correspondencia con dos amigos íntimos, el escritor Isaac Montero y su mujer, la traductora Esther Benítez, algunos apoyos hemerográficos y variadas consultas a gentes que le proporcionan información oportuna para su reconstrucción detectivesca.

"La reivindicación del padre es un eje vertebral de La Olivetti, la espía y el loro. Y no solo por devoción filial, sino por un estricto sentido de justicia histórica"

En este puzle, y como un Guadiana, se intercalan fragmentos de entrevistas emitidas en el programa. Fernando Sánchez Dragó, Daniel Sueiro, José Luis Jover, Esther Benítez o Jesús Torbado hacen reposadas y serias entrevistas a Borges, Susan Sontag, Marguerite Duras, Cortázar, Alberti, Sábato, Cela, Onetti, Umbral, José Hierro, Juan Goytisolo, Vargas Llosa, Eduardo Mendoza, Rosa Montero o Cristina Fernández Cubas. Ha pasado un cuarto de siglo largo y las conversaciones mantienen plena vigencia.

La reivindicación del padre es un eje vertebral de La Olivetti, la espía y el loro. Y no solo por devoción filial, sino por un estricto sentido de justicia histórica. Varios personajes de la vida cultural de posguerra del todo olvidados merecen el gesto de memoria que ya Jorge Manrique lamentaba que fuera tan poco frecuente en nuestro pueblo. Nada se recuerda hoy de Rafael Vázquez Zamora, Juan Ramón Masoliver o Dámaso Santos, quienes, muy influyentes en su momento, cada cual con sus hipotecas, volcaron un permanente trabajo periodístico en beneficio de nuestras letras.

Lo mismo ocurre con Carlos Vélez. La hija, Lea, destaca su labor en los todavía añorados Encuentros, e incluso resulta en exceso comedida en valorar los méritos paternos. Se queda corta en advertir la importancia que tuvo como capitán de la revista crítica del SEU Acento Cultural. Podría haber recordado como seña de una intensa vocación veinteañera su presencia en Aldebarán, las juveniles, inquietas y efímeras páginas que codirigían unos muchachos universitarios, su permanente amigo y colaborador Sánchez Dragó, el cervantista Carlos Romero o el propagandista de la nueva literatura comprometida José Ramón Marra López. Y no habría estado de más que hubiera reproducido algunos versos del padre. El homenaje filial lo habría justificado de sobra.

"Vélez encarna las contradicciones de un falangismo que no se sentía representado por la política nacional-católica del Régimen"

Carlos Vélez volcó la pasión por la lectura y la cultura en la mencionada Acento, donde dio calculado pero serio respaldo a la literatura y el arte contestatarios del medio siglo. Ello desde posturas falangistas que la hija no oculta, aunque con la benevolencia de calificarlo con el socorrido «falangista de izquierdas». Mejor sería considerarlo hombre de talante pragmático que aprovechaba los resquicios que dejaba el Régimen. Menciona Lea Vélez el homenaje que Acento dedicó a Machado y que motivó la suspensión temporal de la revista. Se sumaba la publicación del SEU a la conmemoración del vigésimo aniversario de la muerte del poeta en un pueblecito costero francés. Fue, dice con razón, «todo un evento durante el franquismo» que contó con numerosas adhesiones. Y resume eufórica: «Todos en Collioure». El entusiasmo, sin embargo, no siempre coincide con la realidad.

Hubo aquel 22 de febrero de 1959 tres celebraciones. Una en Collioure, nutrida por exilados y antifranquistas del interior (allí se plasmó la conocida foto fundacional de la generación poética del medio siglo). Otra, clandestina, en Segovia, a donde acudieron escritores y políticos disidentes distanciados del Régimen y que dio lugar a algún alboroto público. La tercera tuvo lugar en Soria. Fue una contraprogramación oficial y precipitada de las otras dos, organizadas por la oposición, sobre todo por el PCE. En la jornada soriana intervinieron el Director General de Prensa, Muñoz Alonso, y varios poetas adictos. Carlos Vélez no estuvo en Collioure, ni se acercó a Segovia, que le quedaba más cerca; viajó a Soria. Su paisano Dámaso Santos lo menciona en la crónica que hizo en el vespertino Pueblo. Vélez no se encontró al lado de la disidencia sino con el oficialismo. Y aceptó publicar parte de los materiales del acto soriano en Acento. Asumió la imposición a regañadientes por ese pragmatismo que permitió la supervivencia, corta, de una revista que tantos buenos servicios prestó a la nueva literatura española del momento. Vélez encarna las contradicciones de un falangismo que no se sentía representado por la política nacional-católica del Régimen. Pero de ahí a tener ideas «de izquierda liberal», etiqueta que le atribuye la hija, hay un largo trecho.

"La riqueza literaria que aporta al libro el conflicto de la lealtad contado tan sin pelos en la lengua no evita la sensación de que los Vélez, hija y madre, se han dejado llevar por un rencor perjudicial para la narración"

La Olivetti, la espía y el loro añade a sus dos grandes motivos, la memoria palpitante del padre y la antología de Encuentros, uno tercero que llega a robarles el protagonismo a los otros: la relación entre Carlos Vélez y el matrimonio Isaac Montero y Esther Benítez. Vélez apadrinó a Montero y le ayudó en circunstancias muy difíciles con desprendimiento. Así lo refiere Lea y lo certifica su madre, María Luisa. Pero Montero le dio a su protector una puñalada: con engaños maniobró para usurparle la dirección del programa que habría de suceder a Encuentros. Lea Vélez cuenta esa historia con abundancia de detalles. Utiliza el golpe de efecto de emparejar la deslealtad del amigo con las cartas rebosantes de cercanía y afecto que enviaba desde Dakar el tiempo en que dio clase en la capital senegalesa. Culpa a Esther Benítez de instigar el comportamiento de su marido, desvela con una indiscreción demoledora que pagaba negros para sus traducciones y denuncia la falsedad de su militancia pecera. Todo suena a un brutal ajuste de cuentas con la ventaja para la acusación de que los damnificados no pueden defenderse.

La historia se remata con la reconciliación de Carlos Vélez y Montero mucho tiempo después de cometida la supuesta felonía. Este detalle no es anecdótico porque convierte la crónica enardecida de una alevosía en un tema literario, la traición de la amistad. Y este asunto le da al libro un vuelo particular, un relato que se asoma a los enigmas y enfermedades del alma y pone sobre el tapete los límites y miserias de la condición humana. La riqueza literaria que aporta al libro el conflicto de la lealtad contado tan sin pelos en la lengua no evita la sensación de que los Vélez, hija y madre, se han dejado llevar por un rencor perjudicial para la narración.

Con esta línea temática, La Olivetti, la espía y el loro eleva al territorio de la literatura algo que, en principio, podría no haber tenido mayor ambición ni mérito que exhumar unos documentos interesantes. Lea Vélez insufla vida a una crónica de nuestro pasado literario reciente por medio de un rompecabezas ingenioso y logrado. En él va explícita una calurosa profesión de fe en la literatura y la cultura, que en sus páginas vibrantes tiene la categoría de refugio salvador contra un mundo prosaico. No se trata, por supuesto, de una obra para el gran público, pero a la amplia minoría a la que puede atraer le resultará un relato ameno e instructivo.

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Autora: Lea Vélez. Título: La Olivetti, la espía y el loro. Editorial: Sílex. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro

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