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México, una novela de horror

México, una novela de horror

México protagoniza una extraña novela que ha pasado del policíaco al negro, del realismo sucio al gore, del terror al horror. El retrato que hace esta narración es todo menos fantasía o ciencia ficción, y la distopía se ha vuelto apocalíptica. Los personajes, el pueblo mexicano sin distinción de clases sociales, han experimentado la trama de esta narración primero con sorpresa y estupor, después con miedo y angustia. El argumento es terrible y doloroso. México es un país enfermo, casi terminal, que se está dando cuenta de que vivir y trabajar en lugares donde la violencia es algo cotidiano, sencillamente les está cobrando su salud. Así que muchos mexicanos prefieren renunciar a sus empleos, a sus estudios, a su vida cotidiana para no estar cerca de los lugares más peligrosos. Y sencillamente intentan cambiar de residencia buscando un lugar donde ponerse a salvo. Pero no parecen quedar muchos lugares seguros y la desesperanza crece.

"En un país de “machitos”, las únicas que protestan y se encabronan son las mujeres, hartas de feminicidos"

En este hermoso país de gente entrañable, la violencia fratricida parece indestructible y arrodillados ante esa amenaza, los mexicanos se desenvuelven en esta trama como personajes sin voluntad, ajenos a todo, pasando de un día a otro, de una página a otra, de un capítulo a otro tratando de no meter las narices en ninguna situación que no ocurra de puertas adentro de su casa, no vaya a ser que les alcancen las balas de una brutal masacre, o sean asaltados, secuestrados, torturados, violados, decapitados, echados en un barril con ácido, arrojados a la carretera como viles despojos o colgados de un puente para escarmiento de todos.

Esta novela habla de un país donde se ha roto la cohesión social; una sociedad fragmentada en millones de pedacitos, donde cada uno vive mirando para sí, tratando de sacar adelante su mínima parcela de humanidad: su familia, su casa, sus pertenencias. Y poco más. El factor social, las nociones de trabajo, derechos civiles, educación, ecología, salud, comunidad, están tan erosionadas que es prácticamente imposible generar un movimiento nacional que devuelva a los mexicanos la certeza de que componen una sociedad, concepto que ha sido devastado por la clase política durante décadas de expolio, mentiras, desidia, desprecio e indiferencia, lo que ha dado como resultado que en este México novelesco la cooperación se haya vuelto desatención y abandono. Para colmo, en un país de “machitos”, las únicas que protestan y se encabronan son las mujeres, hartas de feminicidos.
Es evidente que México es un país que sigue funcionando. En las ciudades y pueblos más o menos grandes, abres un grifo de agua y aparece el líquido; das a un interruptor y se enciende una bombilla; los semáforos regulan el tráfico y las fábricas, las empresas, las escuelas, los hospitales, los mercados, los centros comerciales, los teatros, los restaurantes y las instituciones de todo tipo abren cada día y se llenan de público con aparente normalidad. Hay turistas, fiestas, espectáculos. Pero ya nada es normal, porque casi nadie tiene la certeza de que, tras acudir a uno de todos esos lugares, algo vaya a cambiar para mejorar su vida.
"Es cierto que todo es cuesta arriba y muy difícil de resolver cuando el presidente tiene que vivir pendiente, además de las escaramuzas de un gobierno vecino encabezado por un idiota supremacista blanco"
En un país donde el pueblo es adicto al caudillismo, el nuevo presidente-tlatoani, Andrés Manuel López Obrador (AMLO), no parece haber asumido la estatura que le correspondería y, para empezar, no ha invocado un urgente pacto nacional más allá del voto y las siglas de su partido (Movimiento de Regeneración Nacional), un pacto que funde un verdadero movimiento nacional que haga salir a la calle a la gente para protestar por la barbarie que padecen. Parece vivir feliz en su teatrillo político al que acude puntual y religiosamente todos los días para escenificar el ritual del poder, una liturgia vacía porque no resuelve nada. Ni siquiera ha tenido los arrestos, absolutamente necesarios en este momento, para impulsar una legislación que despenalice las drogas y haga salir de sus madrigueras a los salvajes, cínicos y codiciosos narcos a quienes el país y su gente les importan una chingada. Es cierto que todo es cuesta arriba y muy difícil de resolver cuando el presidente tiene que vivir pendiente, además de las escaramuzas de un gobierno vecino encabezado por un idiota supremacista blanco, de mantener una economía saqueada, donde impera la ley del FMI y del Banco Mundial, y la nueva ruta que van trazando las grandes corporaciones tecnológicas en su afán de comerse el mundo.
Pero ocho meses después de que AMLO asumiera oficialmente la jefatura del ejecutivo mexicano, aún no se notan signos de mejoría en el país.  Y en la narración de los hechos la impunidad campa a sus anchas mientras los sangrientos episodios de la novela siguen redactándose: según cifras oficiales, en un territorio donde circulan 1,6 millones de armas “sin control”, en la primera mitad de este año se han contabilizado al menos 17 mil 608 asesinatos y se han cometido 402 mil “delitos de impacto”, muchos de ellos tan macabros como muestra el más reciente episodio del hallazgo de 19 cuerpos mutilados —nueve de ellos colgados de un puente semidesnudos— en una de las ciudades más prósperas del oeste mexicano, Uruapan, Michoacán, donde en 2006 cinco cabezas fueron lanzadas sobre una pista de baile en una discoteca. Antes, en mayo pasado, apareció un video que mostraba un desfile paramilitar en la ciudad de Zamora, también en Michoacán, con miembros presuntamente de un cartel fuertemente armados y acompañados por carros que portaban la insignia de su organización. El cartel fue acusado de haber protagonizado una batalla contra la policía local ese mismo día, la cual dejó al menos cuatro oficiales muertos. Y no habrá que olvidar el crimen del reportero Jorge Celestino Ruiz, que cerraba una semana trágica para el periodismo mexicano, pues con su muerte, el pasado 2 de agosto, ascendía a tres la cantidad de comunicadores asesinados en los últimos días, a cuyos crímenes se sumó el ataque con bombas molotov sufrido por la redacción del diario El Monitor de Parral, Chihuaha, incidente por el que el medio decidió dejar de publicar información policial, y su edición en papel dejó de imprimirse. Ruiz, corresponsal del diario Gráfico de Xalapa, había sido ejecutado a tiros por la noche en el municipio de Actopan, en la región central del estado de Veracruz, apenas 24 horas después de conocerse el caso de Édgar Alberto Nava, director y editor del portal de noticias La Verdad de Zihuatanejo, asesinado en circunstancias que aún no han sido esclarecidas por las autoridades, en tanto que pocos días atrás el cadáver de Rogelio Barragán, director del portal periodístico Guerrero Al Instante, había sido hallado en el interior de la cajuela de un automóvil abandonado, en el vecino estado de Morelos.
"El nuevo caudillo se ha tenido que ver obligado a pedir a los propios ciudadanos no proteger a las bandas del crimen organizado"
Cuando llegó al poder en diciembre del año pasado, AMLO prometió reconsiderar la lucha contra el crimen, en la que sus predecesores habían fracasado estrepitosamente, y se le ocurrió la peregrina idea de crear una nueva fuerza de seguridad que bautizó como Guardia Nacional —despreciando así a unas fuerzas de seguridad del Estado corruptas y temidas por su complicidad con los malos a la que es incapaz de enfrentarse para sanearla—, jurando eliminar las raíces sociales de la delincuencia mediante el ofrecimiento de escolarización a los adolescentes marginados, lo que ciertamente es una de las causas del problema.
Pero ahora, cuando los casos de inseguridad, violencia y crimen siguen sin disminuir y la susodicha Guardia Nacional se las ha visto negras durante unos enfrentamientos en Tlaxcala (para impedir el saqueo de un tren) y Guanajuato (por el asalto a una casa de seguridad del hampa), el presidente ha tenido que salir al paso para rechazar que su nueva policía esté rebasada, y asegura que sus elementos actúan con “prudencia”.
En ese contexto, el nuevo caudillo se ha tenido que ver obligado a pedir a los propios ciudadanos no proteger a las bandas del crimen organizado. “Seguimos llamando a la gente para que no participen como escudo protector de delincuentes, que no se dejen llevar por las bandas, sobre todo en las regiones humildes, ahí hay una gran reserva de valores y queremos que no se pierda eso”, dijo.
¿Novela del absurdo? No. El argumento de esta narración no tiene límites. El columnista Carlos Puig recuerda que hace muy poco aparecieron en Veracruz doscientos noventa y ocho cráneos y veintidós mil restos humanos. Muchos de ellos tan quemados o en tal estado, señala, que es imposible obtener ADN. Jacobo Dayán, miembro de la Comisión Mexicana de Defensa y Promoción de los Derechos Humanos le ha llamado, con razón, el narcocementerio más grande de América Latina. “Tras tres años ha concluido la exploración de ese lugar de muerte y horror. Exploración que no llevó a cabo el Estado mexicano, no llevó a cabo gobierno alguno, no. El esfuerzo, la labor, la inteligencia, el sufrimiento, el dolor, todo eso lo ha cargado el colectivo de madres y familiares que se nombraron hace un tiempo El Solecito”, escribió Puig.
"Esta novela, por desgracia, no ha acabado de escribirse. Ni mucho menos. Cada día se narran distintos capítulos, protagonizados por toda clase de personajes"
En estos días, los gobernadores de los estados del país se reunieron con el fiscal General de la República, Alejandro Gertz Manero y otras autoridades federales, a fin de mejorar la cooperación en el combate al crimen y analizar el avance en el despliegue de la Guardia Nacional. Los políticos estatales pertenecientes a la Conferencia Nacional de Gobernadores (Conago), pidieron al gobierno federal —es decir, al presidente— “coordinación y voluntad política” para combatir la delincuencia que asuela México, y acordaron trabajar en el combate al homicidio doloso, el tráfico de armas, la toma de casetas de peaje y el bloqueo de vías estratégicas, una situación que muestra a un país, aunque nadie lo denomine así, en estado de emergencia. ¿O cómo lo llamaría usted?
Esta novela, por desgracia, no ha acabado de escribirse. Ni mucho menos. Cada día se narran distintos capítulos, protagonizados por toda clase de personajes: los estudiantes secuestrados y asesinados; los parroquianos que compartían mesa en un restaurante donde se produce un tiroteo; las amas de casa que compraban tranquilamente en el súper y son víctimas del fuego cruzado en un robo; los conductores que son asaltados y asesinados en plena autopista; la adolescente que vuelve de una fiesta y es violada por policías; los comerciantes que son tiroteados porque no quisieron o no pudieron pagar la extorsión por abrir su negocio; el policía que no quiso problemas y fue ejecutado; el político que recibió un tiro en la nuca cuando se hacía un selfie con un votante; los arrepentidos mutilados; las familias de los rivales masacradas… Imagine una historia lo más truculenta que su imaginación pueda, vaya tan lejos como quiera, y la realidad de la novela México lo superará todo. Porque lo que allí ocurre, no es literatura.
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