John William Polidori era el médico personal de Lord Byron y, en su diario personal, que además incluye algunas cartas, encontramos el relato de su estancia, junto a Byron, Mary Shelley, Percy Shelley y Claire Clairmont, en Villa Diodati durante el famoso verano de 1816,
En Zenda ofrecemos un extracto de Mi viaje con Byron (El Desvelo), de John William Polidori.
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Hice mis cuentas y me sobresaltó mínimamente un déficit de 10 napoleones, que al final vi que era un mero error de cálculo. Cabalgué unas treinta millas en total.
En Bruselas, la gente pasó por una gran confusión la noche de la batalla de Waterloo. Los sirvientes y demás los despertaban a cada minuto para decirles que los franceses estaban a las puertas. Algunos alemanes se acercaron hasta allí con gran valor. Lord W[ellington?] envió a un coronel a preguntar si iban a huir de o hacia la batalla, dándole a elegir para actuar a su criterio. Al escuchar esto, dicho coronel se dio la vuelta audazmente y trotó a Bruse las con su tropa. Un ayudante de campo supernumerario, el hermano de N., con otros dos, estaba cabalgando entre las filas mientras los franceses disparaban. Cuando, los nuestros gritaba «les están apuntando», los tres fueron heridos en la mandíbula y casi muertos en el sitio. Después de la batalla, un amigo preguntó qué había sido de N., el sargento señaló a sus pies, diciendo «ahí», lo cual era un hecho. Dacosta, el guía, dice que Bonaparte estaba tranquilo y sereno hasta que llegaron los prusianos, que entonces le dijo a Bertrand: «Parece ser el águila prusiana» y, al asentir Bertrand, su rostro palideció momentáneamente. Dice que, cuando guio a la Guardia Imperial, al llegar a la casa de tejas rojas, se fue detrás de un montículo para no ser visto y así se les escapó. Wellington actuó como sol dado cuando debió haber actuado como general, y como bailarín de piernas ligeras cuando debió haber sido soldado. No puedo, después de ver el terreno y tener en cuenta el coraje superior de los hombres, darle a Wellington la palma del generalato, arrebatada para él por tantos de sus admiradores. Napoleón solo tomó un vaso de vino desde el principio de la batalla hasta el final de su huida.
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5 de mayo.— Me levanté a las diez fatigado. Mientras desayunaba, llegó el señor Pryse Gordon por L[ord] B[yron]. Yo lo entretuve. Ha estado en Italia y viajado mucho —un caballero de buen carácter—. Lo llevé a ver el carruaje. Allí llamó a su hijo mediante una trompeta. Después de su partida, salimos hacia el Château du Lac, donde encontramos una fachada trasera mucho más bo nita que la otra a falta de la sorprendente (?) cúpula y ventanas bajas. Tiene todos sus aposentos principales en la planta baja: están extremadamente bien distribuidos tanto en cuanto a comodidad como a magnificencia —fueron amueblados por Nap[oleon]—. Vimos la cama donde Josefina, María Luisa y la Reina de Holanda han estado pisándose los talones rápidamente una a la otra. La sala de conciertos divide los aposentos del Emperador de los de la Emperatriz —tiene una apariencia rica y es corintia. El piso del Emperador es todo de madera de diferentes colores, a cuadros, pareciéndome más agradable que los alfombrados de la Emperatriz. Me senté en dos sillas en las que se había sentado el que gobernó el mundo en su momento. Algunas de sus águilas aún permanecían en las sillas. El sirviente parecía un poco asombrado por nuestra reverencia ante ellas.
Regresamos, lloviendo todo el tiempo. Después de la cena, el señor G[ordon] vino a buscarnos para ir a to mar café. Fuimos y nos recibieron con amabilidad, a Lord B[yron] por ser él mismo, a mí como adorno. Allí vi una pintura de la esposa o madre de Rembrandt hecha por él mismo y plena de vida, y algunos versos de Walter Scott escritos en el álbum de la anfitriona, donde dice que Waterloo perdurará más que Crécy y Agincourt. ¡Qué diferente! Solo coinciden en una cosa: que ambas fueron causa de injusticia. Las novelas de Casti me fueron presentadas por el señor Gordon, lo que me sorprendió un poco. Ter minamos. Scott escribe en el libro de la señora G[ordon]: «Por una breve hora de fama inmortal». [Scott]. «¡Oh Wal ter Scott, qué vergüenza, qué vergüenza!». [Byron]
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Autor: John William Polidori. Título: Mi viaje con Byron. Traductor: Javier Fernández Rubio. Editorial: El Desvelo. Venta: Todos tus libros.


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