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Mientras mi mirada te busque, de Aranzazu Sumalla

Mientras mi mirada te busque, de Aranzazu Sumalla

Aranzazu Sumalla (San Sebastián, 1970) publica en Huso editorial Mientras mi mirada te busque, la historia de dos hermanas, Zita y Teresa, que vivieron a contracorriente de la sociedad del siglo XIX. Admiradas por Evelyn Waugh, fotografiadas por Cecile Beaton, hijas de artistas, hijastras de uno de los miembros de la poderosa familia Guinness, tremendamente bellas e inteligentes, Zita y Teresa Jungman aparecen en todas las crónicas sociales del Londres de entreguerras. Murieron en la primera década del siglo XXI, ambas a los ciento dos años, en el castillo de Leixlip en Irlanda.

Zenda publica el arranque de la novela.

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HA LLEGADO EL MOMENTO DE CONTAR LA VERDAD

Puede que haya llegado el momento de que esto se convierta en algo más que unas cuantas entradas inconexas y censuradas, controladas y a la espera de lectores y de aprobaciones. Quizás ya va siendo hora. Sí, venga, ya va siendo hora de contar la verdad. De una vez por todas. Para que no tiemble nadie, para que no llore nadie. Tampoco para que rían. Para quedarme tranquila y decir que sí, que lo he dicho, que iba en serio mi amenaza de contarlo todo algún día.

Y no, no ha pasado nada. ¿Qué os creíais? ¿Que se acabaría el mundo, la familia, que mis padres me desheredarían, mi marido pediría el divorcio, mis hijos dejarían de mirarme como la madre estupenda que ven cada mañana y cada noche y cada tarde también, sí, también cada tarde? Pues no, no ha pasado nada. Mis padres siguen sin desvelar el contenido de su testamento, si es que lo han hecho. Y sin intención de morirse. Mi marido no me ha pedido el divorcio, aunque puede que se lo pida yo mañana. O la semana que viene. Y mis hijos, bueno, mis hijos siguen viéndome como lo que seré siempre: su madre.

Así que aquí estamos, para contar la verdad:

Me llamo Alma Mahler, Frida Kahlo, Misia Sert, Camille Claudel y Milena Jesenska.

No. Pero leí las biografías de todas ellas en unas ediciones de tapas negras de finales de los años ochenta. Y así me he quedado.

Me llamo Rosa Chacel, Carmen Martín Gaite, Ana María Matute, Carmen Laforet, Nuria Amat, Clara Janés, Soledad Puértolas, Josefina Aldecoa, Irene Gracia y Ana María Moix. Me llamo Adrienne Rich, Wislawa Szymborska, Carson McCullers, Alice Munro, Margaret Atwood, Charlotte Brontë, María de Zayas, Jean Rhys, Katherine Mansfield, Isak Dinesen, Elizabeth Barrett Browning.

Me llamo Marianela Pérez Galdós Pardo Bazán. Sus apellidos primero, señor, siempre.

Me llamo Itziar Vilella. Eso sí es verdad. Tengo una vida casi entera a mis espaldas, una mochilita repleta de lamentos y alegrías. Tengo un trabajo estable, una carrera profesional bastante coherente, un marido y tres hijos. Y me encanta mirarme el ombligo una y otra vez. Hasta reventar. Cristo marcha a la vid cien veces y una más.

No soy buena.

Puede que fuera buena niña, eso sí, pero no fui buena adolescente, no fui buena novia, no he sido buena esposa, no he sido buena hija, ni buena hermana, ni buena madre. He tenido siempre pensamientos impuros, rencores, ¿envidia? Imagino que también. He mentido, he engañado, he sido infiel. He afirmado ser leal, pero tampoco. Siempre. Tampoco. Nunca. Quizás.

He amado con locura a hombres que nunca me han amado. O que me han amado tan rematadamente mal que más les valdría no haberme amado. He escrito cartas con intenciones tan absurdas como componer la trama de una novela mala de amor. Corín Tellado. Esa he sido yo. A ratos. Novela romántica. También. He creído querer. No he querido a nadie. He deseado que mi marido se muriera de golpe, sin sufrir, claro, pero muerto, ya está, libertad; que mis hijos no hubieran nacido; que mis amigas desaparecieran para siempre y no volver a verlas; que mis novios se quedaran prendidos de mi alma y fueran infelices por siempre jamás y jamás y por siempre.

He jurado adorar un trabajo que en realidad aborrecía; un trabajo que convertía mi pasión en mercancía, mi entretenimiento en obligación, mi refugio en condena. He mentido sobre los libros que he leído, sobre los autores que he amado. He dicho que había leído libros que no conocía y he mentido una y otra vez sobre mi lugar en el mundo y los personajes de los libros que me han acompañado. He adorado personajes que nadie reconocería, pero Marianela es mi heroína imperecedera, más allá de todas las grandes protagonistas de la literatura universal. Solo Marianela ocupa mi corazón. Marianela seré yo, cuando todo lo demás muera. Los ojos de un ciego que la deja de amar cuando la ve. Si me ven, dejarán de quererme. Así que nada mejor que seguir haciendo ver que soy esa niña buena a la que todos van a seguir queriendo siempre.

Pero ¿de verdad os lo habéis creído hasta ahora?

Yo en realidad no quiero triturar el papel en la trituradora que hay en el pasillo que conduce a la última planta, donde se abren las ventanas y, si espabilas, todavía podrás fumar un cigarrillo antes de que suene la sirena del confinamiento.

No. No quiero triturar el papel. Quiero triturar a todos aquellos que se creen mi papel. Quiero ser Jim Carrey en aquella película en la que, tras beber algo o respirar algo, de su interior sale toda la mala fe acumulada durante cuatro décadas. Quiero ser Jim Carrey intentando ahogar a la niña en la fuente. Apriétale un poco más la cabeza y presiona un ratito más, venga, solo un ratito más. A ver si de verdad se ahoga y deja de cantar o de chillar o de llorar. Quiero ser la borracha que grita: «Mójame, riégame» (¿está borracha?); la que sacude la cabeza del esposo con el jamón; el actor de la película francesa que confiesa que aborrece a todos y que solo quiere morir tranquilo. Quiero odiar libremente.

Lo malo es que tampoco es verdad.

Quiero que me quieran mejor. Quiero amar mejor. No quiero que el amor me coma ni comérmelo. Quiero amar en paz. Quiero vivir tranquila. Quiero leer poemas en el sillón orejero que coloqué a tal efecto frente a la biblioteca de poesía. (¿A tal efecto?).

Y decir que sí, que tengo una biblioteca solo para los libros de poesía. Y sí, tengo más libros que los que caben en esa biblioteca. Más poesía. Por toda la casa. Repartida. Como los amores. Repartir amor. De eso debería tratar la vida. De repartir y recibir amor. Amor bucólico y pastoril. Pastorales. Como la campa.

Sí, tengo un sillón orejero que es para eso: para leer poemas y amarlos y dejar que la luz de la tarde de Barcelona ilumine las hojas y levantar la vista y ver la montaña y la torre y el cielo y el rojo de Sant Pere Màrtir, el rojo que veía por el ventanal de la casa de mis padres en las tardes de invierno, cuando esas tardes y ese cielo y ese rojo lo eran todo. No hacía falta más. Eso y los libros.

Desde el sillón también se ven el reloj y el espejo. Y si me muevo un poco más, el mueble que preside la entrada de mi casa. El mueble sagrado de mi infancia. Traído desde allí, desde la casa del mirador.

Tampoco he sido mala. No fui mala adolescente, ni mala novia, ni mala esposa, ni mala madre, ni mala hermana. Ni mala amiga, tampoco fui mala amiga. Tampoco lo soy ahora. Nunca he deseado que mi marido no existiera, ni que mis hijos no hubieran nacido, ni que mis amigas desaparecieran, ni que mis novios murieran de amor por mí. A veces los he querido tanto a todos que me he ahogado también.

Así que diré otras verdades.

Diré que quiero abrazar a mi hijo pequeño antes de oír cómo su respiración se ralentiza y coge por fin el sueño que aleja de su mente esos miedos irracionales e incontrolables que tanto me recuerdan los miedos de mi infancia: el ataúd del conde Drácula abierto en medio de la habitación; el ataúd del conde Drácula abierto debajo de la cama; su cuerpo pálido y demacrado, los ojos inyectados en sangre, los labios de color grosella, sus manos de uñas muy largas agarrándome las muñecas; «dadme más peluches, por favor, que todavía hay sitio en mi cama para que me protejan unos cuantos más». Antes de que mi padre los aparte a medianoche para que pueda respirar.

Quiero que todas las noches de la infancia de mis hijos comiencen con sus miedos acorralados por los brazos de su madre, por los dedos de las manos de su madre cosquilleando el dorso de esas manos que siempre, siempre, serán más pequeñas. Aunque crezcan y sobrepasen las dimensiones de las nuestras.

Quiero levantarme por la mañana con ese despertador de color rojo para desayunar a tiempo con mi hija y hablar un poco, o no hablar nada; para ver cómo se toma sus primeros cafés, las galletas de adolescente vegetariana hundiéndose en esa taza con el dibujo ya casi difuminado, esa taza, tú y yo, la iaia. El reloj de la plaza se pierde en lo alto y ya está, no lo ves. Nunca me asomaré al balcón de la casa donde nació mi padre ni miraré al cielo. Nunca me asomaré al balcón de la plaza de la vila. Solo un balcón a una plaza. Nunca mío. Nunca mía.

Quiero llegar a casa y oír la voz de mi hija, la mediana —idolatrado reflejo de mí misma, de tantas hermanas (condenadas y salvadas en el mismo momento de caer en medio)—, contándome cosas y más cosas, a veces sin prestarle atención, pero oyendo el sonido de sus palabras, queriendo retenerlas todas, incapaz de hacerlo, demasiado ruido en mi cabeza atolondrada mientras repasa el estado del cesto de la ropa sucia, la nevera siempre a medio llenar, si hay o no hay naranjas para el zumo de mañana, ¿habrá pan para los bocadillos del esmorzar? ¿Qué le toca mañana a cada uno de ellos? ¿Vóley, karate, básquet, piano, inglés, teatro, danza?

Quiero venir a trabajar cada mañana y sentarme frente a este ordenador y seguir sintiendo que, a pesar de todo, merece la pena. Que a pesar de que todo se reduce a unos números y a una cuota de mercado y a una facturación y a una cantidad interminable de páginas y más páginas y más páginas, galeradas, paginadas, primeras, segundas, fotolitos (sí, los viví), todavía merece la pena seguir buscando esas palabras que conecten con un universo de personas que, en algún sitio, en algún momento, sentirán que les hablan solo a ellas, que lo han entendido, que por fin alguien lo ha entendido. Oh, el gran poder de la literatura. El gran poder de las palabras. Sí, quiero seguir sintiéndolo. Un ratito más. Antes de bajar la persiana.

A galeras a remar.

Quiero seguir queriendo a quien no debería haber dejado nunca de querer.

Pero para todo ello hay que contar un cuento. A ver si contándolo lo entiendo.

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Autora: Aranzazu Sumalla. Título: Mientras mi mirada te busqueEditorial: Huso. Venta: Todos tus libros, Amazon y Casa del Libro.

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