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Miguel A. Delgado: «Hemos perdido de vista lo que cuesta conseguir las cosas»

Miguel A. Delgado: «Hemos perdido de vista lo que cuesta conseguir las cosas»

El título del último libro de Miguel A. Delgado (Oviedo, 1971) es hijo del Esperando a Godot de Beckett. En La costumbre ensordece (Ariel, 2023), este escritor, editor y periodista indaga en todo lo que hay detrás, desde el punto de vista histórico, de los actos más recurrentes, rutinarios e inconscientes de nuestras vidas. De eso que, con brocha gorda burguesa, llamamos “día a día”: hacer ejercicio, lavarse, desayunar, llevar a las niñas al colegio, recogerlas, entretenerse, etcétera, etcétera. Abundan los datos curiosos: que si Platón “era un consumado atleta”, que si, durante la pila de tiempo, muy pocas personas disponían de un reloj, que si la Roma del siglo II era tremendamente más higiénica que el Versalles del XVII… Zenda entrevista al también autor de ensayos y novelas sobre Tesla e inventores españoles injustamente olvidados, amén de comisario de una pila de exposiciones, colaborador de RNE, ABC y Principia y socio fundador y director de Contenidos y Comunicación de Curiosa. En una terraza del centro de Madrid, en la segunda quincena de julio, regateando a la insolación. Con éxito, a Dios gracias.

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—Señor Delgado, ¿se imagina cómo sería el ser humano de no estar ensordecido por la costumbre?

—¡Ufff! Me pregunto si eso puede ocurrir de alguna manera. Supongo que la costumbre es también una capa protectora. No sé si podríamos vivir mientras nos maravillamos todo el tiempo de todas las cosas, viviendo en un entusiasmo continuo. Eso no hay quien lo aguante. Como siempre, lo que me gustaría es que hubiera un término medio, que no estemos ciegos y sordos a muchas cosas que nos rodean.

—¿La costumbre beneficia?

"Aunque tengamos en alta estima nuestro cerebro, en el fondo, tiene una capacidad limitada"

—La costumbre es una estrategia de supervivencia. Aunque tengamos en alta estima nuestro cerebro, en el fondo, tiene una capacidad limitada. Necesariamente, hay una parte importante de lo que hacemos en la que el cerebro tiene que ir en piloto automático. ¿La costumbre beneficia? Sí, nos ayuda en el día a día. Pero, insisto, tiene que ser en su justo término.

—¿Y cuándo perjudica?

—Cuando acaba llenándolo todo, cuando todo acaba siendo costumbre y rutina. Cuando todo transcurre no ya sin aristas, sino sin relieve. Y pasa un día, y otro y otro, y, cuando te das cuenta, se te ha ido media vida.

—En su opinión, ¿a qué se ha malacostumbrado el hombre contemporáneo?

—A la facilidad. Vivimos con la urgencia de que lo que queremos, lo tenemos que tener ya. Hemos perdido, y me da un poco de cosa decir esto, porque temo que se entienda desde el punto de vista moralista, pero hemos perdido de vista lo que cuesta conseguir las cosas, la demora en conseguir las cosas. Que no tengas, inmediatamente, lo que quieres.

—¿Qué ha aprendido mientras escribía La costumbre ensordece?

"La Historia es un compendio de muchísimas causas complejas que se relacionan entre ellas. Y la enfermedad es una parte que no es poco importante"

—Muchas cosas. Sobre todo, a pensar que nuestro día a día es como si fuera la última ola sin fuerza que llega a la orilla, pero que es el último movimiento de una convulsión que hubo en el océano y que generó toda una serie de reacciones. Muchas de las cosas que hacemos a diario, a las que no damos importancia, como cómo desayunamos, dormimos o conducimos, son la cristalización de muchos movimientos complejos, históricos, de descubrimientos y avances tecnológicos y científicos.

—Abordemos algunos de los puntos concretos del libro. Por ejemplo, usted subraya la importancia de las enfermedades en el transcurso de la Historia. Bichos como el SARS-CoV-2 han sido claves en la existencia de la Humanidad.

—Sí. Me sorprende que la Historia, tal y como la entendemos, no se ocupe de muchísimas cosas que tienen una trascendencia inmediata en los hechos históricos. Un bicho, como dices, no sólo ocasiona millones de muertos, sino que trastoca la economía, todavía estamos viviendo tantas cosas derivadas de la covid-19… Cuando coges un libro de Historia, alguna vez se hace mención a las enfermedades. Por ejemplo: la huella que dejó la peste en la escasez de la mano de obra. Eso ocasionó que los siervos tuvieran más libertad para elegir a quién servir, y eso fue una de las vías que marcó el final del sistema económico de la Edad Media y el advenimiento de algo que acabó siendo el capitalismo, otra forma económica. Tampoco pretendo caer en lo mismo que critico. Cuando alguien dice: “No se tiene en cuenta tal elemento en las explicaciones históricas”, a continuación, le da una importancia exagerada que acaba disminuyendo los otros elementos. La Historia es un compendio de muchísimas causas complejas que se relacionan entre ellas. Y la enfermedad es una parte que no es poco importante.

—¿Por qué, durante un tiempo nada desdeñable, “eran muy pocas las personas que disponían de un reloj”?

"Durante gran parte de la Historia, la mayor parte de la población no necesitaba saber qué hora exacta del día era"

—Porque no lo necesitaban. La forma en la que concebimos el tiempo es, en gran parte, una construcción mental. Es el marco mental en el que nos movemos. Hay como dos realidades: por un lado, la Tierra gira sobre su eje y tarda veinticuatro horas, el día existe como concepto astronómico y fácilmente definible; por otro lado, está la cosa de cómo experimentamos el tiempo, y eso es algo muy diferente. Durante gran parte de la Historia, la mayor parte de la población no necesitaba saber qué hora exacta del día era. Además, los relojes eran algo casi caprichoso, salvo para astrónomos y determinados profesionales que sí tenían la necesidad de conocer el tiempo. En el libro no lo comento, pero en la misma música, el tiempo es algo básico, ¿no? Pues el metrónomo sólo existe desde el siglo XIX.

—¿Y cómo es eso de que la Roma del siglo XX o la Bagdad del IX olían mejor que el Versalles del XVII o la Florencia del XVI?

—Porque había una relación con el agua muy distinta a la actual. En general, tendemos a pensar que con la higiene ha habido un progreso continuo, una flecha continua hacia adelante en la que ha habido una mejora constante. Y no ha sido así: ha habido avances, retrocesos, matices… Cuando comienza la revolución científica, cuando despunta la Razón, alguien, de una manera perfectamente lógica para los conocimientos de aquella época, llega a la conclusión de que bañarse es perjudicial porque reblandece los órganos internos y abre los poros, y por los poros entran las enfermedades. Se llega a una conclusión racional y absurda a la vez: que el agua no limpia. Aunque soy un gran defensor de la ciencia, me gusta encontrar estos pequeños fallos.

—Reivindica la importancia del sueño y del buen dormir, y critica a aquellos que asocian el insomnio a la genialidad. Estos no andan lejos de quienes sostienen que un cantante o un escritor brilla más en la ebriedad que en la sobriedad…

"¿Por qué aplaudir al que duerme tres horas y no al que se come diez hamburguesas al día? Está al mismo nivel de defender que hay que fumar tres cajetillas diarias"

—Entonces, todos los borrachos serían unos genios, ¿no? Y la experiencia general nos dice que, a las cinco de la mañana, no hay tantos genios entre los borrachos (risas). En realidad, esto enlaza con el concepto del tiempo. Lewis Mumford sostenía que cuando se empieza a medir las horas, aparece la idea de que el tiempo se puede perder: una hora en la que no produces es una hora perdida. Partiendo de esa base, dormir es perder el tiempo porque no produces. Sin embargo, la neurociencia nos dice que el sueño es un periodo de intensa actividad del cerebro, un periodo necesario para nuestra salud mental. Para estar vivos. Claro, se le aplica un tamiz de pérdida de tiempo. Tesla era de los que se enorgullecían por dormir tres o cuatro horas. Todos sabemos cómo acabó Tesla: eso siempre acaba pasando factura. ¿Por qué aplaudir al que duerme tres horas y no al que se come diez hamburguesas al día? Está al mismo nivel de defender que hay que fumar tres cajetillas diarias.

—Vamos acabando, señor Delgado. ¿Cotiza la curiosidad a la baja?

—Sin lugar a dudas. Tampoco soy un apocalíptico. Muchas de las exposiciones que he comisariado se centran en temas o personajes del siglo XIX. Sobre todo, del paso del XIX al XX. Me fascina ese periodo. Cuando le dedicas atención, te das cuenta de que muchas de las cosas que nos pasan, ya pasaron. Dicho esto, creo que la curiosidad no es el valor que está más en alza. Queremos seguridad, sobre todo. Queremos pensar que conocemos absolutamente todo lo que nos rodea porque eso nos da una falsa sensación de control. Y la curiosidad, necesariamente, si te guía, te está removiendo todo el tiempo. Tienes curiosidad por algo que desconoces, que es nuevo para ti.

—Y, para finalizar, ¿podría contarme uno de esos chistes de Manolito Martín sobre el 23F?

—¡Eran muy malos! Había uno de Morán, ministro de Exteriores, que tenía fama de torpe y de tonto. Entonces, subía a un avión, tropezaba y se daba en la cabeza. En el avión ponía: “DC-9”. Hay que tener en cuenta que Manolito Martín hablaba con acento andaluz. Entonces, el ministro se daba un golpe, dos, tres…, así, hasta nueve. También había chistes de gitanos, de guardias civiles, de homosexuales, de gangosos… ¡No me vayas a meter en un lío! (Risas) ¡Lo peor es que los recuerdo!

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Ricarrob
Ricarrob
11 meses hace

Parece interesante el libro. Habrá que leerlo. Buena entrevista.

De lo que me ha llamado la atención hay una cosa determinada que, por asociación de ideas… Se trata del análisis que hace del entusiasmo. Hay una política, adivinen ustedes quien, que vive en un entusiasmo completo y continuo y que carece del ensordecimiento de la costumbre. Debe ser una rara avis cuyo entusiasmo permanente su eterna carcajada y sus besos a diestro y siniestro (no lo digo con segundas ¿o si?), sorprenden por su emotividad y la sensación que da ante sus permanentes y totales victorias. La auténtica reina de las adas. Parece que sí hay humanos carentes de esta facultad ensordecedora.

Saludos.