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«Miquiño mío». Cartas a Galdós, de Emilia Pardo Bazán

«Miquiño mío». Cartas a Galdós, de Emilia Pardo Bazán

«Miquiño mío» fue para la condesa de Pardo Bazán su amado don Benito Pérez Galdós. En edición de Isabel Parreño y Juan Manuel Hernández, la editorial Turner recoge estas cartas a Galdós en el volumen Miquiño mío.
Zenda publica tres de ellas, las que la autora de Los pazos de Ulloa le escribiera desde La Coruña en 1883 y 1889, y desde París en 1886.

Carta n.º 2

La Coruña, 7 de abril de 1883

Sr. Dn. Benito Pérez Galdós

La Coruña Abril 7 de 1883

Muy ilustre maestro y amigo: debo a V. infinitas muestras de benevolencia, y su carta del 5 es una de las más gratas a mi corazón; pero no obedecí a la gratitud al adherirme a la fiesta del 26 de Marzo, sino solamente al entusiasmo y admiración profunda que experimento por su genio, desde el día fausto (cuatro años hará) que leí la primera novela de V. que cayó en mis manos, La Fontana de oro.

Lo que tuve la satisfacción de declarar ante el público, lo repito aquí privadamente pero con la misma sinceridad y calor.

No sé si de mis artículos sobre La cuestión palpitante habrá V. leído ya el xix, donde más especialmente hablo de V., haciéndole, lo mejor que supe, justicia. No salió en la Hoja del Lunes, sino el martes, en el mismo periódico, La Época.

Reciba V. una vez más el testimonio del afecto y respeto que le profesa su amiga

qbsm

Emilia Pardo Bazán

Carta n.º 7

París, 13 de marzo de 1886

París Marzo 13 de 1886

Amigo querido (lo de maestro me contentaré con pensarlo, y a mucha honra), esta prontísima contestación no se debe exclusivamente al deseo de tener pronto otra carta de V., sino al de comunicarle un plan que aquí se está tramando contra su sosiego de V.

Es el caso que Paulowsky [sic.] piensa ir a Galicia este verano y enseguida que se enteró de que V. me había prometido una visita (porque me la ha prometido V. solemnemente) se ha fijado, mejor dicho nos hemos fijado, en la grata idea de que coincidan ambas cosas y de que visitemos juntos algunos puntos bonitos de Galicia que V. no conoce aún.

La ida de Paulowsky [sic.] será a fines de Junio; pero V. puede ir antes, a fines o mediados de Mayo, y estaremos juntos algún tiempo antes de hacer excursiones. En cuanto a que nos cansemos de su presencia, sólo puedo decir que es V. un coqueto y quiere que le regalen el oído: la madre, el padre, la hija, el nieto de casa de Pardo Bazán, todos están seducidos y encantados por V; le quedan a V. por conquistar dos chiquillas muy monas, que enseguida le harán mil fiestas; nosotros no llegaremos a tal extremo, pero sí (hablando seriamente) a tratarle como a un hermano; ya sabe V. que se lo digo con la más absoluta sinceridad y afecto.

Mi novela saldrá mañana para Barcelona. Estoy muy descontenta de ella; y lo peor es que no atino a precisar en qué consisten sus lados flacos, acaso precisamente porque tiene innumerables. Además ¡es tan sosa! No sé cuándo piensa Cortezo publicarla, pero me la ha pedido para mediados de Marzo.

Me queda en el telar la 2ª parte, que formará un tomo enteramente aislado y se llamará La Madre Naturaleza. También la publicará Cortezo.

Mis trabajos de erudición siguen su marcha; pero tengo para rato.

Verdad es que nuestro público exige más todos los días; y no es como el de aquí, que admite a los novelistas con su género y manera propia, sino que busca siempre, como aquí dicen, midi a quatorze heures, y reclama en Pereda lo que V. solo puede hacer y viceversa.

Creo que el novelista, menos hostigado, haría aún mejores cosas; más individuales por lo menos.

Dejo a Paulowsky [sic.] poner dos líneas y me despido rogándole no eche en saco roto todo lo indicado al principio de esta carta.

Su cariñosa amiga Emilia

[Escrito por Pavlovsky]

Muy estimado Señor mío, me dispensará V. de escribir poco, no sabiendo explicarme en su idioma y no teniendo tiempo ahora de escribirle en francés. Tengo la esperanza de estrecharle el [sic] mano en Galicia y voy a mandarle esos días una novelita de mí en francés.

Su admirador y amigo

I. Pavlovsky

38, rue Milton

Carta n.º 43

La Coruña, 27 de abril de 1889

Hoy Sábado 27.

Miquiño, mi bien: me están volviendo tarumba tus cartitas. Creo que jamás escribiste con tanta sencillez, con una gracia más bonita y más tierna. No sé las veces que he leído esta última epístola, ni el bien que me hizo, ni cuánto se me humedecieron los ojos… Un beso del fondo del alma.

No dudes que te amo: será raro raro, será incompleto, pero es grande mi cariño, muy grande.

Siento al recibir cartas como la de hoy esa misma “alegría triste” de que tú hablas. Pero acaso esta misma tristeza es sana y fortalecedora. En tan extraña situación como la nuestra, un regocijo brutal o una tosca indiferencia probarían que éramos un par de almas de cántaro; y ciertamente que no lo somos. Solo tú y yo podemos comprender hasta qué punto es disculpable y hasta loable este modo de sentir nuestro: la absolución por consiguiente tiene que venir de nosotros mismos, pues el público no es capaz de entender en qué consiste la bula que disfrutamos.

Yo imagino que en medio de todo te he proporcionado instantes de felicidad en esta última temporada. ¿Te acuerdas de aquella tardecilla en que sin malicia alguna fuimos tan dichosos? Aquella tarde puede titularse “los extasiados sin éxtasis”, no tiene más defecto el título que parecerse a la receta del “trufado sin trufas”. No, formal: yo estuve en la gloria aquella tarde, y las demás también.

Pues bueno, esas venturas tienen que hacerse con algunas melancolías. ¿No es cierto?

Voy a contestar a tus tres plieguecitos encantadores.

Eres tan indulgente conmigo, que por encontrarme algo bueno te fijas en que pongo cuidado en no herir a nadie con una apreciación indebida o injusta. ¡Bonito papel sería el mío si además de mis gatadas amorosas cometiese delitos groseros, de lesa gratitud! El agradecimiento a los beneficios materiales ya impone deberes muy estrictos; cuanto más el de los bienes morales, el del cariño que a uno le tienen y que uno no merece.

Yo haría por ti no sé qué barbaridad. Ahora conozco que no había frialdad en ti durante aquella época en que se me figuró verte un poco desaborío; pero también yo he de reconocer la verdad de los hechos: cuando adquirí el convencimiento de que te inspiro verdadera pasión, con todos los caracteres de tal, ha sido de dos meses acá; mejor dicho, desde que me escribiste aquellas epístolas que te restituí. Entonces pude cerciorarme de que ese amor moderno, nervioso y hasta con sus ribetes idealistas (que es el misticismo que hoy puede gustarse) lo tenías tú por esta princesa galaica. Ya ves que analizo y que te estudio como estudiaría un caso novelesco. Aquellas cartas, el encuentro a dos pasos del candelero*, junto a aquellos bancos en que yo creía buenamente que nos sentaríamos; tu actitud en el coche, en fin, todas las circunstancias del paseíto me demostraron que eras para mí, que me pertenecía esa alma tan de primo cartello. En quererme antes no hacías nada de extraordinario; pero en quererme así, después…

Mira de qué alhaja te has ido a enamorar. Mientras te recostabas confiadamente en la almohada de mi hombro, la almohada se convertía en un saco lleno de serpientes… Esta imagen es bastante cursi; bueno. En cambio tiene algo de exacto y pictórico. Anda, miquito, retuérceme el pescuezo, y me quedaré tan descansada. Te debo una reparación.

Para tenerlo todo en cuenta, hay que decir que tú sabías que yo, a pesar de mis maldades, te quería, te quería, te quería. Ese cabito suelto fue acaso el que tiró de tu corazón hacia el mío.

Algunas veces se me ha ocurrido que es verdad lo que me aseguras: que nadie en el mundo me ha querido como tú. Esta idea, si tomase cuerpo, influiría mucho en nuestro destino. Solo que no puedo admitirla enteramente. Yo valgo muy poco estéticamente considerada, pero he mareado siempre a los que se me acercaron: la diferencia está en que ellos no eran el miquiño tonto, autor de “El Ángel de la Muerte” y del “Mártir del Gólgota”. Creo que esta fascinación mía (qué romántico resulta eso de la fascinación) se debe a mi condición moral reverberante y no iniciadora.

Lo que sí juzgo indudable es que nadie me quiere de la manera que tú. Pero esta diferencia de modo, ¿afecta a la cantidad? No lo sé. No tengo ánimos para investigarlo.

Si yo adquiriese el convencimiento firme de que tú me quieres más que nadie, sería para ti solo: lo comprendo. Siempre existiría el peligro de un contagio momentáneo, pero con alguna precaución podría evitarse, pues ese peligro, aunque parece tan inminente e imprevisto, requiere sin embargo muchísimos perendengues para ser verdadero riesgo.

Precisamente lo que a mí me ha desviado del camino en que deseaba seguir, fue el espectáculo de una pasión muy grande. Esto obró sobre mí como sobre el hierro el imán. (Qué comparación tan nueva. A bien que escribo para un acéfalo incipiente y no para el respetable público).

Mi ratón: lo del viaje tiene la mejor sombra del mundo. No creí palabra (fastídiate) de aquello de llevarse a una odiosa rival por frotarme el viaje en los hocicos. No la llevarías; qué ibas a llevarla. Yo sola; yo.

Si la indignación te da fuerzas, puedes proponer un rapto a Joaquina Vilama. Disfrázala de paje y llévatela a saludar a la estatua de Erasmo. Tan sordas están la una como la otra. Paséate con ella (con Joaquina digo) a orillas del lago de Ginebra, y verás cómo os toman por hidráulicos contemplativos.

Tú habrás soñado mucho con el esquinazo europeo: más que yo, es imposible. Antes de que me conocieses, cuando no nos unía sino ensoñadora amistad, ya me figuraba yo (con pureza absoluta, que ahí está lo más sabroso de la figuración) las delicias de un paseíto ensemble por Alemania. Los que habíamos dado al través de Madrid me tenían engolosinada, y pensaba yo para mí: “Qué bonito será emigrar con este individuo. Me tratará como a una hermana, o mejor dicho como a un amigo de confianza entera. Le oiré hablar a todas horas. Aprenderé de él cosas de novela, de estética y de arte. Veremos todo con doble interés y con doble fruto. Parece delicado de salud: le cuidaré yo que soy robusta; me lo agradecerá: me cobrará mucho afecto, y ya siempre seremos amigos. Nos creerán marido y mujer, y como no seremos nada, nos reiremos…”. En fin, así, un puñado de tonterías. En otras cosas no pensaba, palabra de honor. Tu aparente frialdad, el respeto que te tenía, tu aspecto de formal y reservado, me quitaron esa idea enteramente. Creía posible ir contigo a Moscou sin detrimento de tu virginidad.

Después del sillar, mayor deseo de viaje. Calculaba así: “Este pícaro que no me concede ahora sino tres o cuatro horas, entonces me dará por fuerza el día todo. Y la noche también. Dormiremos juntitos y pasaremos las horas de la mañana, esas horas tan íntimas, en brazos el uno del otro”.

Cometida la atroz crueldad, poco a poco se me fue imponiendo la idea de que no era posible el esquinazo. Y (no sé si lo creerás, pero es verdad) lo sentía tanto que en mi entender quedaba incompleta no solo nuestra página de amor sino toda mi vida.

¡Ya ves! Ahora ¿deseas tú llevarme?

Bien sabes que iré. Serán unos días muy hermosos, y sin partage alguno. Me perdonarás entonces la gran perrería del verano pasado, que en mi intención no fue perrería. Arréglalo tú, mico. El maquiavelismo corre de tu cuenta: desempeñas tan bien ese negociado maquiavelistiquitidisimuliforme, que no te daré nunca la cesantía.

¡Como que hasta de maquiavelismo para disimular las perrerías que te hago a ti propio me has dado lección!

Yo viajaré bastante este año. El Director del periódico bonaerense me telegrafía aceptando mis proposiciones, por lo cual a poco de llegar ahí tendré que dar una vueltecita por París.

Dos palabras no más sobre Revista. No sé si es buena o mala, pero no se me ocurre cómo podría hacerse mejor. Si la redactásemos entre tres o cuatro (Pereda, Clarín, y estos dos nenes) naturalmente que iría muy bien. Solo que eso es casi imposible, y no es tampoco muy revistiforme. En fin, si se te ocurre algo salvador, dímelo, que yo me apresuraré a sugerirlo.

No habla en mí el amor propio, pues apenas he sugerido nada respecto a conformación y tendencias: como no falta iniciativa por el otro lado, la ninfa Egeria ha dejado en total libertad a Numa. Mi único interés es que no ocurra una desgracia y que no se me ponga entre ceja y ceja que debo irme a las Américas a estudiar los pastos.

[Los dos párrafos que siguen están añadidos, al parecer por falta de espacio, al principio de la carta].

Saco el muguet porque abulta. No sea caso que “por meterme en floreos” secuestren esta carta “los crudos funcionarios de correos”.

¿Qué tal el versito? ¿Ni por esas me harán académica? Pues parece que Cheste fuera el alma.

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Autor: Emilia Pardo Bazán. Título: «Miquiño mío»: Cartas a Galdós. Editorial: Turner. Venta: Amazon

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