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Verás caer una estrella, de José Luis Martín Nogales

Verás caer una estrella, de José Luis Martín Nogales

José Luis Martín Nogales, colaborador habitual de Zenda, publica Verás caer una estrella (Anaya), una novela recomendada para lectores a partir de diez años, ambientada en la Segunda Guerra Mundial, en la que combina la aventura, el peligro, la inocencia, el humor, el asombro y la fantasía.

Martín Nogales es profesor de Literatura; director de la UNED en Pamplona; del Premio Mario Vargas Llosa NH de relatos y autor de varios ensayos sobre la novela y el cuento contemporáneos.

Zenda publica los dos primeros capítulos.

1

—Nunca te he contado cómo atravesó Lucía el bosque, sola, de noche —dijo la mujer.

—¿De noche? —Se asombró la hija—. ¿Y sola?

—Iba huyendo. Corría para que no la encontrasen… Llevaba todo el día perdida entre los matorrales del campo. Así que se detuvo un momento y se apoyó en un roble que había junto al ribazo. Recostó la espalda en él y miró hacia el camino. No pudo ver si iban siguiéndola. Hacía frío, pero ella ni lo notaba. Tenía el jersey roto, desgarrado en uno de los brazos. El pelo, revuelto. Las piernas, sucias de carbón. Y la cara manchada, como si se hubiera pintado en ella un borrón de carboncillo. Sostenía una bolsa colgada al hombro, que la protegía con las manos, porque era lo más valioso que tenía en esos momentos. Lo único que podía salvarla.

—¿Qué había en la bolsa? —preguntó la hija.

—Ella entonces aún no lo sabía. Se la había dado su padre con mucho secretismo. Le dijo: «te ayudará a llegar a donde tienes que ir».

—¿Nada más?

—Solo le dijo eso, y se la puso entre las manos. Luego le dio otro objeto más pequeño, envuelto en una bolsita de tela. Le dijo: «escóndelo en el bolsillo de tu abrigo. Cuando cruces el río, esto te salvará la vida». Lucía miró a lo lejos. No se veía el sol, oculto tras las nubes. El aire era pálido y amarillento como el rostro de los niños enfermos. «Camina siguiendo siempre al sol», le había advertido. Pero el sol ni se veía. Escuchó para identificar los ruidos del campo. En ese momento no se oían ni los trinos de las aves ni el cricrí estridente de los grillos. «¿Qué raro?», se extrañó. Aquello parecía el valle del silencio. En el suelo vio unas huellas impresas en el barro. Eran como pezuñas. «¿Un jabalí?», pensó asustada. ¿Un lobo? A unos pasos de allí, el sendero se bifurcaba en dos direcciones opuestas. ¿Cuál tenía que escoger? Miró hacia arriba, buscando la luz del sol. Las nubes eran una chapa de latón oxidado que tapaba el cielo. ¿Dónde estaba el sol? ¿Hacia dónde tenía que correr? Lucía decidió seguir por la senda más escondida.

—¿Y acertó? —interrumpió la hija.

—Eso quería saber ella. Avanzó aprisa entre arbustos. Y mientras corría, se iba preguntando dónde llevaba ese camino. Y si hubiera sido mejor haber escogido el otro. Eso es la libertad —especificó la madre—, poder escoger. Aunque nos equivoquemos. Equivocarse forma parte de la vida. Y no hay nada malo en ello.

»Estaba atardeciendo… Lucía se sentía muy cansada. Había estado andando todo el día.


—¿Sin parar? —preguntó la hija.

—Claro, porque no debía detenerse. Tenía que seguir mientras hubiera un poco de luz en el cielo. Para que no la alcanzasen. Solo pensaba en escapar. «Huye», le había dicho su padre. «Y no te detengas, para que no te encuentren».

»A su alrededor se iba extendiendo la penumbra. En poco tiempo llegaría la noche. Oyó un ruido detrás de ella. Como si alguien hubiera pisado una rama. Entonces le pareció vislumbrar en la lejanía una lucecita temblorosa. Podía ser la bombilla que colgaba del techo de una casa. O la vela que iluminaba una cabaña en el monte. O el fuego encendido de la chimenea. Oyó de nuevo unos chasquidos. Sonaban como si los pasos de alguien aplastaran las hojas secas del suelo. Estaban a poca distancia. Cada vez más cerca. Metió la mano en el bolsillo. Revolvió entre la tela hasta encontrar el objeto que le había dado su padre. Lo apretó entre los dedos. Y echó a correr con todas sus fuerzas hacia la luz que parpadeaba a lo lejos.

2

—Lucía se acercó hasta el árbol más próximo a la casa y se quedó escondida detrás de él para que no la vieran. Luego, asomó la cabeza despacio y estuvo observando con atención la cabaña. Era de madera. Podía ver la ventana y, a través de ella, una luz amarillenta que envolvía la estancia con un aire misterioso. No se veía a nadie en el interior. Tampoco se oía nada. ¿Quién vivía en aquel lugar tan apartado del mundo? Estuvo espiando durante un tiempo. No se atrevía a acercarse más. Era de noche. Desconocía quién podía habitar ese paraje de sombras. Tal vez un leñador. O un bandido… Se sentó al pie del árbol para descansar. Sintió frío. Encogió las piernas y las agarró, con los brazos cruzados contra el pecho.

»Era un tejo, ¿sabes? —aclaró la madre—. Ese árbol era un tejo. Se dice que quien duerme bajo las ramas de un tejo ya no despertará. Lucía no conocía el árbol. Tampoco había oído hablar de esa maldición. Se recostó en él. Y estaba tan agotada que al momento se quedó dormida.

—¿Tú quién eres? ¿Y cómo has llegado hasta aquí?

Lucía oyó de repente una voz lejana que no podía entender.

—¿Qué haces ahí?

Alguien hablaba, pero ella no sabía desde dónde.

—¿Qué haces ahí, eh? ¿Cómo has venido? ¿Y cómo te llamas?

Abrió los ojos y vio aquel rostro que la auscultaba con curiosidad. Se sobresaltó. Apoyó las manos en el suelo y se arrastró hacia atrás, alejándose unos metros, asustada.

—¿Quién eres?… Di, ¿quién eres? —Volvió a oír.

El muchacho dio unos pasos y se inclinó hacia ella. Tendría unos catorce años.

Lucía solo se fijó en sus ojos de loco y en su pelo largo, cuyos mechones, al agacharse, casi le tapaban la cara.

—A ver, ¿cómo te llamas?

—Lucía —respondió. Al haberse despertado tan de repente, no sabía dónde estaba, ni quién era aquel chico, ni qué hacía ella allí, tirada en el suelo.

—¿Lucía? ¿Y por qué estás aquí?

—Voy de camino —le dijo.

—¿A dónde?

Lucía se puso de pie. Sacudió las hojas que se le habían pegado al vestido y levantó la vista. Miró las nubes buscando el sol. El cielo estaba cubierto de un polvillo blanco, como si alguien lo hubiera espolvoreado de harina.

—Hacia allí —respondió, señalando con el dedo en dirección al bosque.

—¿Vas a cruzar el bosque tú sola? —se extrañó el muchacho.

Ella no respondió.

—El bosque es un laberinto. Y te perderás.

Lucía miró a un lado y a otro, buscando hacia dónde ir.

—Ven conmigo —le ordenó el muchacho—. Sígueme.

Lucía no vio alternativa y siguió al muchacho hasta una cabaña. El hombre que estaba dentro la miró durante un instante, cuando cruzó la puerta. Fue solo un momento: levantó la cabeza, se fijó en ella y siguió bebiendo la leche que removía en un tazón. No dijo nada. No preguntó nada. No mostró ninguna extrañeza. Como si estuviera esperando que ella llegase. Y la hubiera reconocido.

—Se llama Lucía —dijo el muchacho—. Va a cruzar el bosque.

El hombre partió un trozo de pan y se lo llevó a la boca. En silencio. Iba vestido con un chaleco negro y una camisa de cuadros grises como la ceniza y rojos del color del vino. Estaba mal afeitado, con una barba descuidada. Y como si fuera a salir de la cabaña en cualquier momento, llevaba puesto en la cabeza un gorro de lana.

Lucía se acercó con miedo a la chimenea. Eran días de otoño y ya se notaba el frío del amanecer. Aquella cabaña entre los árboles, a la que nunca daba el sol, era un lugar inhóspito.

—Se han llevado a mi hermano —dijo el muchacho, acercándose a ella desafiante—. ¿Tú los has visto?

—No, yo no —dijo con voz temerosa.

El muchacho cogió un tronco y lo colocó entre las brasas que ardían en la chimenea.

—Yo no les tengo miedo —dijo poniéndose de pie y estirando el cuello con orgullo—. No tengo miedo a nadie.

Lucía miró con recelo el interior oscuro de la cabaña. Le pareció un lugar triste para vivir. Junto al fogón había una caja de cerillas, la cogió y la guardó en el bolsillo del abrigo.

—Tengo que irme —dijo, deseando salir de allí cuanto antes—. He de seguir mi camino.

—¡Quédate! —pronunció el hombre desde la mesa con voz grave—. Puedes quedarte con nosotros.

Lucía le miró con desconfianza. Su voz sonaba ronca como el trueno. Y su mirada era torva y sospechosa. No parecía una invitación, sino una orden.

—Quédate, sí —repitió el muchacho; y al mover la cabeza, un mechón de pelo negro le tapó la cara.

Lucía miró a los dos con desasosiego. Recordó las últimas palabras que le había dicho su padre. «No te detengas en ningún lugar hasta que hayas cruzado al otro lado del río».

—¿Cuántos años tienes? —le preguntó el hombre.

—Once —respondió ella—. Pero pronto voy a cumplir doce.

En ese momento se oyeron unos golpes. Parecían zarpas raspando la madera de la entrada.

—¡Diablo! —gritó el hombre—. ¡Vete de ahí!

Lucía se sobresaltó al oír ese áspero bramido. Afuera comenzaron a sonar los ladridos roncos de un perro.

El muchacho se acercó a la puerta.

—Es un perro viejo —dijo—. Se habrá soltado de la cadena. Está medio ciego. Pero es una fiera.

Salió de la casa, lo agarró del collar de cuero y lo arrastró hacia el cobertizo que había al otro lado de la cabaña. Era un perro grandote. Le llegaba al muchacho hasta la cintura y se movía torpemente, resistiéndose a que lo empujara.

Lucía se acercó a la puerta. Cuando comprobó que ya habían girado la esquina de la cabaña, miró hacia el bosque. El hombre seguía dentro, sentado a la mesa. Y el muchacho se había metido en el cobertizo con el perro. Ahora no la podían ver.

******

—¿Tú qué habrías hecho entonces? —le preguntó la madre a su hija, que escuchaba la historia con atención.

—¿Yo?

—Sí. ¿Tú qué habrías hecho?

—Yo me largaría pitando de allí.

—Pues eso mismo es lo que hizo ella.

Salió afuera y, sin pensarlo un minuto, echó a correr lo más rápido que pudo.

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Autor: José Luis Martín Nogale. Título: Verás caer una estrella. Editorial: Anaya. Venta: Amazon

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