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Mirada de coautor (Arresto domiciliario 18)

Mirada de coautor (Arresto domiciliario 18)

Los escritores nunca se jubilan porque su mismo oficio les empuja a vivir como jubilados. No es fácil explicárselo a tu madre, afligida sin duda ante la perspectiva de que el fruto de su vientre la rebase en la senda hacia el asilo. Vamos, es descortés y poco natural. Una vez dado el caso, sin embargo, la única coartada decorosa es que estás tramando algo en el encierro, hasta que un día resulta que el mundo entero vive como jubilado y eres la bisabuela colmilluda que hace una eternidad llegó al asilo. Ya has enterrado a dos generaciones, no sería muy raro que terminaras cafeteando a éstos, de ahí que más de uno insista en preguntar por tu secreto.

"Mi experiencia es que la gente tiende a hacer a los perros a su semejanza. No te acerques a un amo cuyo perro muerde"

Si ahora mismo me tocara escribir la historia de esa anciana indestructible, apostaría mi trama a que se hizo muy buena amiga de los perros. Desde pequeños y hasta el fin de sus días, son ellos los auténticos expertos en confinamiento, aunque igual que nosotros sufran en soledad. ¿Cómo explicar, si no, los brincos, carantoñas y apapachos con que premian nuestra tardanza inconsecuente?

Según me hizo saber una vez el psiquiatra, no es fácil para un chucho percibirse sin nuestra colaboración. Somos, en tal sentido, sus espejos, como lo es el objeto de una pasión vibrante en cuyos ojos te desvives por mirarte y comprobar que existes. Somos además todo lo que tienen, por eso ahora que pasan los días en familia en casa viven algunas de sus mejores horas; o las peores, si han de sobrevivir a unos amos distantes y neuróticos. Mi experiencia al respecto es que la gente tiende a hacer a los perros a su semejanza. No te acerques a un amo cuyo perro muerde.

"Nadie como el Coautor, con esos ojos de sapiencia ancestral que escudriñan el alma en un tristrás, sabe que un jubilado sin trama entre las manos es candidato firme al camposanto"

Viví unos cuantos años al lado de un enorme jardín que Vito, mi perrote, recorría a toda hora, unas veces en nombre del deber y otras detrás del gato de la vecina, esto último a tal velocidad y tan corta distancia uno del otro que remitía enseguida al evidente origen de Tom y Jerry. Digamos que en el caso de William Hanna y Joseph Barbera la cercanía de perros y gatos —excluiré a los ratones, dada su timidez por todos conocida— no sólo les fue útil para sobrevivir, sino de paso hacerlo con un gran desahogo financiero.

“Si no tiene nada que hacer, no lo venga a hacer aquí”, reza un cartel muy popular en tiendas de abarrotes y negocios pequeños. Afortunadamente ninguno de mis canes carece de quehacer. Los veo ir y venir a toda hora, según alertas, turnos y rutinas que cumplen con el celo y la vehemencia de un recluta recién fanatizado. A mi lado se tiende cada día el Coautor –jefe de la jauría al que apodamos Chino, por motivos ajenos a la geografía– y tal es otro indicio de que el planeta gira como debería. Nadie como el Coautor, con esos ojos de sapiencia ancestral que escudriñan el alma en un tristrás, sabe que un jubilado sin trama entre las manos es candidato firme al camposanto. Tocaría madera en este instante, si no tuviera a mi lado al Coautor.

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