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Kinderkaffee (Arresto domiciliario 17)

Kinderkaffee (Arresto domiciliario 17)

Una cosa es que sea uno monje y otra muy diferente que tenga que dormir con el hábito puesto. Durante muchos años me resistí a tomar café, no solamente porque se pasaba de amargo y me veía muy mal vaciando en cada taza cinco cucharas de azúcar (como dicen los gringos, derrotando al propósito), sino también porque ningún atuendo me es tan incómodo como el de escritor. Claro que el uniforme tiene sus privilegios, pero ello lo hace a uno miembro forzoso del vistoso club y yo de esos lugares me hago expulsar por mero impulso digestivo.

Durante un tiempo fue botón de orgullo, como cuando tenías dieciocho años, te gustaba una música que según tus papás era propia de fármacodependientes y nunca habías probado una droga. “Yo no tomo café”, torcía yo la boca y alzaba una mano, como si me ofrecieran carne humana. Hasta que una mañana de reptante y penosa esterilidad me pregunté qué tengo de especial para desestimar un vicio popular entre mi tropa de cuyos beneficios tanto se habla. ¿No me daban confianza cuando menos las recomendaciones de Balzac y Goethe? ¿Qué me estaba creyendo?

"El jarabe, no obstante, es de tan baja estofa como una golosina chatarra. Lo supe esta mañana, mientras la cafetera prodigiosa trabajaba en cumplirme un nuevo antojo"

—¿No te parece como que nos caería bien una cafetera? —sugerí, al tercer día de bloqueo, a mi hoy correclusa.

—¿Vas a tomar café? —plantó unos recelosos ojos de primicia.

—Sí, pero capuccino –respondí muy orondo, pretendiendo que no me daba cuenta de que eso equivalía a montarse sobre una bicicleta con ruedas laterales.

La idea ha sido un éxito rotundo, no porque escriba más o mejor desde entonces sino por los momentos deleitosos que me da el capuccino de la mañana, justo antes de ponerme a camellar. Sin azúcar, por cierto, aunque eso sí: enriquecido con crema irlandesa y un toque de jarabe de chocolate que le otorga, según mi correclusa, una especial riqueza de sabor.

—Sabe a todo —dictaminó al probarlo la primera vez, no exactamente relamiéndose la nariz, aunque tampoco próxima a la náusea.

“Azúcar extrafina”, le llamamos a la crema irlandesa, dado el bajo perfil que desempeña en la preparación del espurio brebaje. El jarabe, no obstante, es de tan baja estofa como una golosina chatarra. Lo supe esta mañana, mientras la cafetera prodigiosa trabajaba en cumplirme un nuevo antojo.

"No sé si el Capuccino Sabeatodo sea una droga o una golosina. Sospecho que algo tiene de ambas cosas"

—Oye… esto no tiene chocolate —trinó mi correclusa, tras leer cuidadosamente la etiqueta adherida al frasco de jarabe.

—Pero aquí dice que es “sabor chocolate” —repuse, muy tranquilo.

—¡Sabe, pero no tiene! ¡Es el puro color! —hizo un segundo intento de escandalizarme, con las palmas abiertas para alumbrar mejor el embeleco.

—Mejor que sepa y no tenga, a que tenga y no sepa —dictaminé, mientras vertía dentro de la taza una viscosa hebra de líquido café con gusto a chocolate. Con su permiso: slurp.

—¡Pero si ya te dije que sabe a todo! –soltó la risa al fin mi correclusa, meneando la cabeza cual psiquiatra rendido a la evidencia.

No sé si el Capuccino Sabeatodo sea una droga o una golosina. Sospecho que algo tiene de ambas cosas. ¿O para qué, si no, compré la cafetera?

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