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Mis Ítacas: Sicilia (IV), por tierra de cíclopes: Aci Trezza

Mis Ítacas: Sicilia (IV), por tierra de cíclopes: Aci Trezza

Ítaca

Cuando emprendas tu viaje a Ítaca
pide que el camino sea largo,
lleno de aventuras, lleno de experiencias.
No temas a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al colérico Poseidón,
seres tales jamás hallarás en tu camino,
si tu pensar es elevado, si selecta
es la emoción que toca tu espíritu y tu cuerpo.
Ni a los lestrigones ni a los cíclopes
ni al salvaje Poseidón encontrarás,
si no los llevas dentro de tu alma,
si no los yergue tu alma ante ti.

Konstantinos Kavafis

Como dije en otro sitio, desde que con 18 años leí estos versos del poeta heleno anidado en Alejandría, los convertí en un himno vital: conseguía aunar al protagonista de la Odisea y su humilde mas legendaria patria con mi pasión por viajar y vivir paisajes rebosantes de historia y literatura. Tras vivir 17 años en la Sierra del Segura, 3 en A Mariña lucense, 6 en Huelva y varios lustros en la Región de Murcia, me di cuenta de que, a diferencia de Odiseo, yo no tenía una sola Ítaca en la que me aguardaran el cariño de Telémaco, la fidelidad de Penélope y la vejez de Laertes, tal y como volviera a cantar Kavafis en su impactante Segunda Odisea, vertida con maestría al español por la profesora de la Universidad de Murcia  Alicia Morales.

Mis Ítacas eran diversas, poliformes: cualquier lugar en el que la Naturaleza, el Arte, la Literatura o la Historia hubieran dejado su huella; entornos en los que hubiera honrado a los dioses en compañía de mis cofrades ante una buena botella de vino y cualquier vianda que me conectara con mis ancestros; ciertas piezas musicales que me hicieran surcar el proceloso mar de mis emociones; determinadas lecturas u obras artísticas que me desvelaran que el autor había sido besado por las musas en su alumbramiento. Esto me hizo no apátrida, sino polipátrida: tener tantas Ítacas como lugares me habían hecho sentir en plenitud.

Al planteárseme estas navidades viajar a Sicilia, no dudaba de que la isla se iba a convertir en una de mis Ítacas. Lo que no imaginaba es que hallaría tantas en casi todos los lugares que visité en un viaje que, por motivos pecuniarios y de tiempo, no podíamos alargar más de una semana.

"Ya el mismo Goethe se hizo llevar a las inmediaciones de Catania, al Monte Rosso, a ver los restos de la erupción"

La mañana que llegamos a Aci Trezza habíamos paladeado la ambrosía de los olímpicos en el teatro griego de Taormina. Epatados aún por las emociones vividas, condujimos por la carretera costera que une la antigua Tauroménion con Catania. Desde la terraza posterior del teatro habíamos atisbado la Isola Bella, en la que algún mitógrafo local situaba las sirenas homéricas, y la Grotta Azzurra, pretendido enclave de Escila y Caribdis, en clara confrontación con la versión más extendida de que estos monstruos tenían su guarida en el peligroso Estrecho de Mesina. Queríamos verlos de cerca, pero en Italia la mayoría de las playas son de propiedad privada y nos fue imposible disfrutar de la accidentada costa, labrada a golpe de erupciones por el Etna, en un mosaico de formaciones geológicas que hubieran fecundado el genio de Gaudí de haberlas conocido. Ya el mismo Goethe se hizo llevar a las inmediaciones de Catania, al Monte Rosso, a ver los restos de la erupción que devastó la ciudad en 1669. Al tedesco le propusieron visitar los Farallones de los Cíclopes, nuestro destino, pero lo desechó.

Pasamos al lado de los restos de Naxos (actual Giardini Naxos), la primera colonia griega fundada en Sicilia en el 736 a.C., un año antes que la no muy lejana y mucho más afamada Siracusa. Mientras conducía por esas carreteras secundarias de la provincia de Catania, meditaba sobre cómo la Cultura es la que lleva el timón de los viatores, que buscan más allá de los trillados lugares turísticos y, escudados por sus lecturas, audiciones musicales o visualizaciones de obras de arte, escudriñan el alma de un entorno, oculta a los que sólo se acercan con ojos superficiales.

El territorio que recorríamos tal vez no tuviera mucho atractivo, aparte de para los amantes de la geología y para los enamorados de las turquesas aguas del Jónico. Pero esas tierras habían sido glosadas por Homero, Eurípides, Teócrito, Virgilio, Ovidio, Góngora y Verga. Eso, queridos lectores, son palabras mayores.

En el Canto IX de la Odisea el aedo de Quíos narra por boca de Odiseo la aventura del cíclope Polifemo, acaecida según muchos estudiosos en estos lares. Homero nos lo describe así:

“Allí moraba un varón gigantesco, solitario, que entendía en apacentar rebaños lejos de los demás hombres, sin tratarse con nadie; y, apartado de todos, ocupaba su ánimo en cosas inicuas. Era un monstruo horrible y no se asemejaba a los hombres que viven de pan, sino a una selvosa cima que entre altos montes se presentase aislada de las demás cumbres”.

"Precisamente nuestra meta era lo que se conocen como los Farallones de los Cíclopes, en Aci Trezza"

Cuando el rey de Ítaca se presenta en su cueva para pedirle hospitalidad, consagrada a Zeus Xenios y sagrada para todas sus criaturas, Polifemo se mofa del suplicante:

“¡Forastero! Eres un simple o vienes de lejanas tierras cuando me exhortas a temer a los dioses y a guardarme de su cólera; que los Cíclopes no se cuidan de Zeus, que lleva la égida, ni de los bienaventurados númenes, porque aún les ganan en ser poderosos; y yo no te perdonaría ni a ti ni a tus compañeros por temor a la enemistad de Zeus, si mi ánimo no me lo ordenase”.

Para ratificar su impiedad devora a dos de los que deberían ser sus huéspedes. A cuatro más en los sucesivos días, hasta que Ulises, consciente de que los suyos no podrían mover el peñasco que clausuraba la gruta, lo ciega con una estaca tras haberlo emborrachado y consigue escapar con los supervivientes mezclados con el ganado, al que el monstruo ha debido dejar salir para que pueda pacer.

Hasta entonces el taimado itacense ha engañado al cíclope diciendo que su nombre es Outis, Nadie, Nemo en latín (hermoso homenaje indirecto de Julio Verne a Ulises con la creación de su Capitán Nemo). Cuando ya está a bordo de su navío, desvela su presencia al enfurecido ser:

“Así le dije; y él, airándose más en su corazón, arrancó la cumbre de una gran montaña, arrojóla delante de nuestra embarcación de azulada proa, y poco faltó para que no diese en la extremidad del gobernalle. Agitóse el mar por la caída del peñasco y las olas, al refluir desde el ponto, empujaron la nave hacia el continente y la llevaron a tierra firme. Pero yo, asiendo con ambas manos un larguísimo botador, echéla al mar y ordené a mis compañeros, haciéndoles con la cabeza silenciosa señal, que apretaran con los remos a fin de librarnos de aquel peligro. Encorváronse todos y empezaron a remar”.

Precisamente nuestra meta era lo que se conocen como los Farallones de los Cíclopes, en Aci Trezza: ocho espectaculares formaciones rocosas, regurgitadas por el Etna, a las que la tradición quería ver como vestigios de las rocas arrojadas a los prófugos.

Virgilio, en el Libro III de su Eneida, nos vuelve a presentar a Polifemo de la siguiente guisa, primero en palabras de uno de los acompañantes de Ulises, abandonado por los suyos en su angustiosa huida:

“El monstruo que la habita es tan alto que llega con su frente al firmamento (¡Oh Dioses, apartad de la tierra tamaña calamidad!), nadie osa mirarle ni hablarle. Son su alimento las entrañas y la negra sangre de sus miserables víctimas. Yo mismo, yo le vi, cuando tendido en medio de su caverna, asió con su enorme mano a dos de los nuestros y los estrelló contra una peña, inundando con su sangre todo el suelo; le vi devorar sus sangrientos miembros, vi palpitar entre sus dientes las carnes tibias todavía… Pero huid, infelices, huid, y cortad el cable que os amarra a la costa… porque no es ese Polifemo, tal cual os le ha pintado, el único que recoge sus ovejas en la inmensa caverna y les exprime las ubres; otros cien infandos Cíclopes, tan gigantescos y fieros como él, habitan estas curvas playas y vagan por estos altos montes».

No bien había pronunciado estas palabras, cuando en la cumbre de un monte vemos moverse entre su rebaño la enorme mole del mismo pastor Polifemo, que se encaminaba a las conocidas playas; monstruo horrendo, informe, colosal, privado de la vista. Lleva en la mano un pino despojado de sus ramas, en que apoya sus pasos, y le rodean sus lanudas ovejas, su único deleite, consuelo también en su desgracia… Luego que tocó las profundas olas y hubo penetrado en el mar, lavó con sus aguas la sangre que chorreaba de su ojo reventado, rechinándole los dientes de dolor; y avanzando en seguida a la alta mar, aun no mojaban las olas su enhiesta cintura. Temblando precipitamos la fuga, después de haber acogido en nuestro bordo al griego suplicante, que bien lo merecía; cortamos los cables en silencio, e inclinados sobre los remos, a porfía barremos la mar. Oyonos él, y torció su marcha hacia donde sonaba el ruido que hacíamos; mas como no le fuese dado alcanzarnos con su mano, ni pudiese correr tan aprisa como las olas jónicas, levantó un inmenso clamor, con que se estremecieron el ponto y todas las olas, retembló en sus cimientos toda la tierra de Italia, y rugió el Etna en sus huecas cavernas. Concitados por aquel ruido, acuden los Cíclopes de las selvas y de los altos montes, y precipitándose en tropel hacia el puerto, llenan las playas; en ellas veíamos de pie y mirándonos en vano con feroces ojos, a aquellos hermanos, hijos del Etna, cuyas altas frentes se levantaban al firmamento. ¡Horrible compañía! Tales se alzan con sus excelsas copas las aéreas encinas o los coníferos cipreses, en las altas selvas de Júpiter o en los bosques de Diana. Aguijados por el miedo, maniobramos, atentos sólo a precipitar la fuga, tendiendo las velas al viento favorable”.

"La conquista de la Sicilia árabe en pocos años a manos de una mesnada de aventureros normandos comandados por Roger Bosso y su hermano Roberto Guiscardo es digna de una saga de aventuras"

De Eurípides, uno de los colosos de la escena ateniense, se conserva El Cíclope, el único drama satírico que la antigüedad nos ha legado completo. En él se nos presenta a Sileno, padre de los sátiros, que ha sufrido un naufragio junto a sus hijos y han sido esclavizados por Polifemo para apacentar sus rebaños y mantener limpia su cueva, sita en las laderas del Etna, a la vera del mar. Allí se presenta Odiseo, en busca de alimentos. Se gana la voluntad del viejo sátiro con un odre de vino que le proporcionó el mismo Marón, hijo de Dioniso. Son sorprendidos por Polifemo, que devora a dos de los itacenses. Sileno intenta escaparse del castigo del cíclope denunciando a Odiseo, que, ayudado por los demás sátiros, embriaga al monstruo, el cual se ha prendado de Sileno y desea hacerlo su amante. Al final Odiseo consigue cegar al cíclope y en su huida se lleva a los sátiros.

Mi amigo Pepe Luque ha llevado este drama satírico a variados escenarios emblemáticos del teatro antiguo en España con su grupo In Albis del IES Fuente Nueva, del hispalense municipio de Morón de la Frontera. Esto es una rareza: ha sido escasamente representado en nuestro país, a pesar de la frescura y cierta irreverencia del texto y de las posibilidades que da jugar con un coro de sátiros y un cíclope.

En la provincia catanesa hay varios pueblos llamados Aci, de los cuales a la orilla del Jónico están Acireale, Aci Trezza y Aci Castello, famoso por albergar un espectacular castillo normando encaramado en un peñasco que se asoma al mar. La conquista de la Sicilia árabe en pocos años a manos de una mesnada de aventureros normandos comandados por Roger Bosso y su hermano Roberto Guiscardo es digna de una saga de aventuras.

La mitología ha venido en ayuda de la toponimia para explicar por qué tantas poblaciones se llaman Aci: les dio nombre un pastor, Acis (Aci en italiano), de quien estaba enamorada la nereida Galatea. Galatea, tan veleidosa como las ondas marinas, había estado flirteando antes con Polifemo, quien, olvidando su fiera natura, se muestra tierno como un corderillo, entonando al son de su flauta de pan sentidas tonadas en las que tanto ensalza las atenciones de la nereida como sus desplantes. Harta del jugar con el cíclope, Galatea se enamora de Acis, hijo de Fauno, divinidad protectora de los rebaños, y de una ninfa, según Ovidio. Acis la corresponde y pasan una noche entregados a la pasión. Abrazados los sorprende Polifemo, que sale en persecución del aterrado joven y lo aplasta con una gigantesca piedra que arrancó de una montaña. Galatea llora desolada su muerte y, para eternizar su memoria, lo convierte en río: el Akis, el Aci, que, mutado ahora en torrente y conocido con otro nombre, desemboca en el Cabo Mulini, en el Golfo de Catania.

"Teócrito, en sus Idilios VI y XI, nos habla de los amores de Polifemo y Galatea, en un tono preñado de lirismo"

Parece ser que el primer testimonio de los amores de Polifemo y Galatea nos lo dio Filóxeno de Citera, poeta que vive entre los siglos V y IV antes de nuestra era, y que sufrió prisión en las terribles latomías o canteras que descubrimos en Siracusa. Cuentan que fue el tirano Dionisio I quien mandó encarcelarlo por atreverse a disputarle el amor de una joven llamada Galatea. El poeta, para desquitarse, compuso un poema, hoy perdido, la “Galatea” o el “Cíclope”, en donde algunos quisieron ver retratado al tirano.

Este poema gozó de reconocimiento y se cree que en él también se inspiró casi un siglo después el también siracusano Teócrito, padre de la poesía bucólica, tan importante para el desarrollo de la literatura occidental posterior. Teócrito, en sus Idilios VI y XI, nos habla de los amores de Polifemo y Galatea, en un tono preñado de lirismo, donde nos retrata con ternura al cíclope.

Es Ovidio quien une a Galatea, Acis y Polifemo en el Libro XI de sus Metamorfosis y nos canta la fábula en las que se inspirarían artistas posteriores como los pintores De la Fosse, Batoni, Guillemot y Moreau. Este mito también dejó huella indeleble en la literatura española. Sirva como botón de muestra lo recogido por Carmen Hernández Valcárcel en esta excelente página dedicada a la Fábula de Polifemo y Galatea, de Góngora, donde amén de enlaces al texto gongorino se nos ofrecen sus antecedentes, convirtiéndola en imprescindible para los amantes de la literatura comparada.

En música este mito también dejó huella. Así el italofrancés Lully compuso Acis et Galatée, cuya Marcha para la entrada de Polifemo ha alcanzado fama. Händel tiene una ópera: Acis y Galatea. En España Antonio de Literes puso música a la zarzuela heroica Acis y Galatea, cuya tonada «Confiado jilguerillo» es una delicia.

En el Alcázar de los Reyes Cristianos, de Córdoba, se exhibe un fabuloso mosaico romano con los amores (o desamores) de Polifemo y Galatea.

En 1866 el escultor Auguste Ottin recibió el encargo de remodelar la Fontaine Médicis. Añadió a la escena de los jóvenes amantes adormilados una colosal estatua en bronce de Polifemo sorprendiendolos, tal y como podemos disfrutar en la Fontaine Médicis, Jardín de Luxemburgo, París.

Arribamos al puerto de Aci Trezza al mediodía. Compramos unas cervezas y unos arancini, esa bolitas de arroz rellenas según el gusto y fritas al modo de las croquetas que tanto gustaban al comisario Montalbano, en el único bar que encontramos abierto. Las saboreamos como guarnición a los bocadillos que traíamos.

"La vida ha sido pródiga conmigo a la hora de poner en mi camino a esos seres que en vez de amigos han acabado siendo hermanos de alma"

Ante nosotros, la Isla y los Farallones de los Cíclopes. Muchos venían a esa costa a estudiar los efectos de las erupciones del Etna en su morfología. Nosotros veíamos ahí las rocas que Polifemo arrojó a Odiseo. Y el puerto desde el que zarpó La Provvidenza de Padron ‘Ntoni, cargada de altramuces, antes de naufragar engullida por una tormenta, generando la ruina de sus propietarios, Los Malavoglia, tal y como nos lo narra Giovanni Verga en su homónima novela, cumbre del verismo italiano. Verga nace en la cercana Catania y conocía a la perfección estas tierras y a sus gentes, magistralmente retratadas en sus miserias y virtudes en los personajes que acompañan a los Malavoglia, honesta y laboriosa gente de mar, en su descenso al infierno.

La vida ha sido pródiga conmigo a la hora de poner en mi camino a esos seres que en vez de amigos han acabado siendo hermanos de alma. Uno de ellos es Armando Palazzi. Ha sido profesor de lengua y cultura italianas en un instituto romano hasta su jubilación. Lo conocí en mi etapa onubense: había acudido a mi centro, el Pablo Neruda, a participar en un programa de intercambio docente. Era un enamorado de España y de su cultura, pero no hablaba español. En la casa en la que estaba alojado tenían un Quijote y con él empezó a estudiar español. Nos divertíamos mucho cuando le presentábamos a una compañera y él le besaba la mano y la saludaba como “fermosa dama” u otros epítetos cervantinos. Tiene un aspecto que lo asemeja a Vittorio Gassman: nariz aguileña, cuidada barba y elegancia exquisita. Mis conocidos bromeaban sobre su cervantina forma de hablar diciendo que en realidad era Don Quijote Palazzi.

Le debo haber recorrido de su brazo Sevilla, siguiendo los pasos del Fígaro de Mozart y Rossini y de la Carmen de Bizet. Me hizo llevarlo a las Murallas de la Macarena, près de remparts de Séville, en busca de la taberna del amigo Lillas Pastia, a ver si la cigarrera nos obsequiaba con una seguidilla.

En mi etapa murciana he tenido la fortuna de hospedarlo dos veces: la primera lo llevé a cumplir su sueño de visitar enclaves quijotescos. Lo que disfrutó en nuestra visita al Toboso y al Campo de Criptana queda grabado a buril en nuestro ánimo.

La segunda vez vivimos Cartagena y paladeamos los vestigios que cartagineses y romanos dejaron. Para él es impensable llegar a un hogar del que es huésped sin traer un agasajo. Su obsequio esta vez fue una edición anotada en italiano de I Malavoglia. Yo no la conocía, ni a su autor. Con esa sonrisa capaz de hacer atisbar el sol en mitad de un día henchido de tormentas, me dijo que estaba a tiempo de enmendar mi pecado. Nunca jamás me pareció tan dulce una penitencia. Su lectura me permitió conocer a un prosista equiparable a nuestro Blasco Ibáñez y sumergirme en los infortunios que han de afrontar los protagonistas, sobreponiéndose al naufragio, la usura del Zio Crocifisso y la mezquindad de algunos vecinos, con una dignidad y entereza dignas de encomio.

"Mientras conducíamos de vuelta a Catania sonaba Mascagni y nuestros ojos buscaban el carro de Alfio, arriero verguiano"

A nuestras espaldas teníamos un restaurante especializado en pescado que, precisamente, se llamaba I Malavoglia. En esos momentos estaba cerrado (viajábamos en su temporada baja), lo cual nos impidió homenajearnos con alguna exquisitez local al amor de un blanco siciliano, teniendo ante nuestro espíritu los farallones y el puerto desde el que zarpó La Provvidenza y al que fue devuelta para ser reparada, después de que el mar la sacara a la luz, sin rastros ni de su carga ni de sus tripulantes.

Verga, que daba nombre a la plaza junto a la cual nos alojabamos en Catania, es autor de un relato recogido en la antología Vita dei campi (1880). Este relato se llama Cavalleria rusticana y ha pasado a la historia de la cultura occidental porque Giovanni Targioni-Tozzetti y Guido Menasci escribieron un libreto al que le puso música Pietro Mascagni en 1893: Cavalleria rusticana.

Mientras conducíamos de vuelta a Catania sonaba Mascagni y nuestros ojos buscaban el carro de Alfio, arriero verguiano, al que imaginábamos conduciendo esos carrillos sicilianos policromados con escenas campestres, que tanto admiraríamos en Palermo.

Puede que Aci Trezza tenga poco que ofrecer al turista de autorretrato y sanseacabó, pero si, parafraseando a Kavafis, a uno su alma le erige ante sí cíclopes y los personajes de Verga, su visita no dejará indiferente al viator.

Con estos pensamientos, escuchamos a Serrat y su «Viaje a Ítaca» y a Lluis Llach que desgrana los versos de Kavafis en «Viatge a Ítaca».

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