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‘Mogambo’: Pasiones primordiales

‘Mogambo’: Pasiones primordiales

Es muy conocida la historia de que una vez alguien del New York Times dijo de Lola Flores: «No sabe bailar, no sabe cantar, no puede usted perdérsela». Hace poco, su hija Lolita desmontó la historia, ya que nadie ha encontrado la cita por escrito, y ha quedado, como mucho, como una de esas leyendas urbanas que merecen ser ciertas. Bueno, pues algo similar, y confirmado por telegrama, dijo en 1940 Louis B Mayer, el de la Metro Goldwyn Ídem, al conocer por primera vez a una Ava Gardner de 18 años: «She can’t sing, she can’t act, she can’t talk, she’s terrific!» (lo de que no sabía hablar iba por su marcado acento sureño, de Carolina del Norte, donde creció como la más joven de siete hermanos y hermanas, entre la modestia y la pobreza, en las últimas plantaciones de tabaco). Y durante el rodaje de Mogambo, la propia Gardner dedicó una frase parecida a su director, John Ford: «The meanest man on Earth. Thoroughly evil. Adored him!»: El hombre más cruel de la Tierra. Profundamente malvado. ¡Lo adoraba!

La extraordinaria belleza de Ava Gardner siempre ha provocado debates sobre si de verdad era buena actriz o no, o si era su magnetismo visual lo principal (o lo único) que tenía que ofrecer. Este, el de la artista y ligona internacional Eloise «Honey Bear» Kelly, fue su papel más reconocido (nominada al Oscar, lo perdió contra Audrey Hepburn por Vacaciones en Roma), y el que contribuyó en buena medida a que fuera apodada «el animal más bello del mundo». En esta película de aventuras y romance interpreta a una cantante americana a quien un maharajá oriental deja plantada en plena Kenia, donde habían quedado para ir de safari, y en vez de eso se ve obligada a pasar varias semanas en compañía del veterano guía Victor Marswell (Clark Gable) y de una pareja británica, los Nordley (Donald Sinden y Grace Kelly, también nominada al Oscar por este papel). Entre leopardos, serpientes, gorilas y guerreros tribales, y a mucha distancia de las costumbres occidentales, los apetitos se van desatando, y no solo entre los animales salvajes.

[Aviso de destripes en canoa en todo el texto]

La película en sí es una aventurilla agradable cuyo principal atractivo puede quedar resumido en la abrupta frase del grimoso Leon Boltchak (Eric Pohlmann), uno de los dos ayudantes de Marswell: «Two pretty girls in one week» (y eso que ninguna de las dos, ni Gardner ni Kelly, fueron las primeras opciones para sus papeles, por increíble que parezca). Si bien es cierto que las imágenes de los animales africanos causaron sensación en su tiempo, no eran una novedad absoluta. También se nota que provienen de otros rodajes, y la diferencia entre las cámaras se advierte claramente. Sin embargo, es justo mencionar que la única música que aparece en la película es africana real (excepto, lógicamente, cuando Ava Gardner canta una canción americana a la pianola), y esto era tan inusual que solo hay una otra película de la Metro de la época que no tiene banda sonora como tal.

Clark Gable, en su papel de galán al viejo estilo, ante quien caen todas las mujeres, a pesar de que al principio les repela, reinterpretaba aquí un papel que ya había hecho, ya que esta película es un remake de Red Dust, rodada veintiún años antes, ambientada en la Indochina francesa (hoy Vietnam) y donde Gable aparecía acompañado por Jean Harlow y Mary Astor. La Metro estaba encontrando un buen filón haciendo versiones en color de sus viejos éxitos en blanco y negro, y este, basado en una otra de teatro del año 1928, fue uno más de ellos, junto a Las minas del rey Salomón o Quo vadis. Quizá el toque más notable que se le da a su personaje es que, teniendo 51 años ya (Gable moriría a los 59), interpreta a alguien que tras décadas de mística estilo «estoy demasiado ocupado cazando como para dejar que me cacen», se encuentra con la que podría ser su última oportunidad para juntarse con una mujer a la que ame (y si esa mujer es una Ava Gardner de 29 años o una Grace Kelly de 22, mejor todavía). Dado el lío que monta debido a la coincidencia de dos mujeres tan ideales en el mismo sitio y lugar, se merece quedarse sin ninguna, y el rebufo que le da Gardner antes de irse río abajo queda perfecto, hasta que luego arruina el momento arrepintiéndose ante esa sonrisa de cínico veterano. Mientras tanto, todo esto lo observa el clásico secundario robaplanos del cine de John Ford, que en este caso es su otro ayudante, Brownie (Philip Stainton), orondo, cachazudo y fumador en pipa, que sabe lo que va a pasar antes que todos los demás.

Las dos mujeres aparecen como el arquetipo de la morena remangada, buscavidas y echada para adelante, con su profesión de cabaretera como añadido picante extra, contra la rubia pudorosa, fría, reprimida y ya, tan joven, casada con un científico empollón que, de pura admiración por su guía, es el último en enterarse de que se está cepillando a su mujer. Queda claro a cuál de las dos se «prefiere», por así expresarlo, y además es la Gardner quien salva los muebles, al menos parcialmente, con una mentira de reflejos rápidos para hacer ver a Nordley que Marswell desea a su mujer, pero que ella, al final, prefiere quedarse con su marido. La verdad completa no es, pero al menos no llega la sangre al río Congo. Antes, Gardner (debería llamarla Kelly, porque es el apellido de su personaje, pero la podríamos confundir con Grace Kelly) le había dicho a Marswell que él no se atrevía a confesar la verdad al marido cornudo «por nobleza», pero la verdad es que más bien parece por cobardía: si nadie se entera, nada ocurrirá. Ese parece ser su modus operandi.

El tema de lo estirado de los británicos merece mencionarse, porque John Ford tenía una verdadera espina clavada con esto: descendiente de irlandeses maltratados por el imperio, tenía una manía instintiva hacia cierto tipo de tópico inglés, y aquí se manifestó en varias ocasiones: entre la gente asignada al rodaje para proveer protección y alimento estaba un Cazador Blanco profesional (así se los llamaba) llamado Lord Marcus Wallscourt, vizconde de Mandeville, a quien Ford se dirigía siempre con mucha dureza y desprecio, en especial en público. Se supo después que el abuelo de Ford, el que luego emigraría a América, había sido explotado por los antepasados del vizconde, así que se trataba todo de una especie de venganza retardada. Donald Sinden, el actor inglés que interpreta al marido, Mr Nordley, recuerda que Ford no le trataba con mucha cortesía, y que esto se debía a que el director del casting le había dicho a Ford que Sinden siempre se tomaba su trabajo muy en serio, a lo que Ford había respondido: «Pues ya le quitaremos eso bien quitado». Y bueno, Grace Kelly, a pesar de ser estadounidense, enseguida en su carrera empezó a hacer personajes de gente rica y distinguida, e incluso su acento se aproximaba ya mucho al británico (Ava Gardner también hizo a menudo de condesa y princesa y demás), y su lectura del personaje aquí, sin descender hasta la caricatura, también puede verse como parte de la misma manía personal de Ford. La Gardner le echó una mano en esto cuando el gobierno local (británico todavía, antes de la independencia) se quejó de que ella se bañara cada día en una bañera exterior cerca del set, y que los nativos podían verla: ella se rio y se paseó desnuda por el campamento. Su marido, Frank Sinatra, encargó entonces que le construyeran una ducha privada.

De todas formas, los demás actores tampoco se fueron de rositas en sus relaciones con el famosamente huraño Ford: ya hemos recordado lo que Gardner dijo de él (al parecer él quería a Maureen O’Hara, pero el estudio le impuso a Ava), y cuando Gable y él se enfrentaban, el director no dejaba de mencionarle al actor su edad y apariencia ya no tan juvenil. Gable, además, ya empezaba a sufrir de temblores debido a años de alcoholismo. Ford, a quien le pasaba lo mismo, y que por lo tanto simpatizaba con él en esto, tenía siempre cuidado de que no se notara en pantalla, pero cuando el tiempo empezó a apremiar tuvo menos paciencia y volvieron a las broncas. Nunca más trabajaron juntos. Quizá también tuvo que ver el hecho de que esta fue una de las pocas películas en las que Ford no tenía a su alrededor a casi ninguno de los actores habituales que le seguían de rodaje en rodaje (Denis O’Dea, que interpreta brevemente al sacerdote, fue el único).

Esto nos lleva a que, por lo que se ve, varias de las cosas más interesantes sobre esta película son algunas que ocurrieron fuera de la pantalla. Dentro de ella, los tres personajes principales añadieron un gran éxito a sus carreras, pero fuera ocurrieron varias cosas tremebundas. Mencionemos antes de pasar a ellas el muy conocido detalle de que en España se cambió la relación entre los Nordley de esposos a hermanos, para evitar presentar a los españolitos de los años 50 una historia de infidelidades conyugales: si la rubia no estaba casada, entonces no había problema en que el ligón del Gable se la llevara al huerto, como ya había hecho con la morena. El problema es que, dado que los Nordley duermen en la misma cama en su tienda, entonces en vez de reflejar una infidelidad se nos puede presentar un incesto entre los dos.

Esto aparte, el rodaje se produjo durante una revuelta en Kenia, y las lluvias durante el rodaje en otoño causaron la muerte a cuatro empleados en el rodaje, entre ellos el director ayudante, John Hancock. En la escena en la que aparecen rinocerontes se mató a dos de ellos cuando cargaron contra el vehículo. Clark Gable, cuyo pecho era lampiño, insistió en que cualquier otro hombre que apareciera por el rodaje sin camisa, saliera en pantalla o no, debía afeitarse el pecho también, para no parecer él menos varonil que los demás. Ava Gardner estaba embarazada de Sinatra al inicio del rodaje, y sufrió un aborto. Esto nunca se contó en público (ni siquiera que estaba embarazada), y simplemente se dijo que había ido a Londres a recuperarse de una anemia producida por el calor. Sí se sabe también que en ese momento de su relación ella y Sinatra se peleaban (y reconciliaban) con tanto ardor que ella no quería tener un hijo suyo. Sinatra intentó estar en el rodaje todo lo que pudo y, según Ford, solo se lo permitió porque invitó a comida italiana traída ex profeso para todos los empleados. Sinatra estaba en la ruina, y le regaló a Ava, como regalo de primer aniversario, un anillo… y luego la factura de lo que costó. Ella fue también quien ayudó a sacar a su marido de su mala situación al interceder ante Harry Cohn, el director de Columbia Pictures, para que lo contratara como secundario en De aquí a la eternidad. Ella hizo la llamada, Clark Gable pagó el billete de Sinatra de ida y vuelta a Hollywood, él consiguió el papel, lo celebró ruidosamente con la parienta, su carrera se rehizo decisivamente… y Grace Kelly perdió el Oscar a mejor secundaria contra Donna Reed por esa película precisamente.

Una de las cosas más sonadas, sin embargo, fue que Gable y Grace Kelly se liaron de verdad durante el rodaje, especialmente durante la parte de interiores, que se hizo cerca de Londres. La madre de ella estaba tan encantada con el affair, y ya se veía como suegra de tan gran estrella, que él rompió la relación, y cuando Kelly fue a contárselo a Gardner, ésta le dijo que «a él le gusta conquistar, y cuando lo consigue, las deja». A pesar de eso, al año siguiente, 1954, los dos retomarían el romance durante otro rodaje, no obstante los 30 años de diferencia de edad. La relación entre los dos nunca fue a más, y cuando un año más tarde, en 1955, Grace Kelly conoció a Rainiero de Mónaco durante el rodaje de Atrapa a un ladrón, su vida cambiaría definitivamente, convirtiéndose en realeza de verdad. Para el recuerdo, sin embargo, cuatro de los mayores nombres del cine de su tiempo (y de todos) han dejado una historia de grandes pasiones… con todo un iceberg de intrahistoria por debajo.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

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