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‘Eva al desnudo’: Envejecimiento y ambición

‘Eva al desnudo’: Envejecimiento y ambición

Rodada sobre el mundo del teatro, con la sobriedad de una obra de teatro, pero sin mostrar actuación alguna en un teatro, esta película está considerada una de las cumbres del cine. Bette Davis hace de lo que era en ese momento, una actriz cuarentona en busca de alargar sus mejores días, y consiguió con ello cimentar su imagen icónica de mujer de armas (y alcohol) tomar. Alrededor de ella, pero no siempre a favor de ella, están el crítico cínico, la fan encandilada, el marido director, el dramaturgo dedicado, el productor de mucho dinero y que quiere más, la secundaria venida a menos convertida en criada… y Marilyn Monroe.

Es la película con más nominaciones al Oscar de la historia (empatada en 1997 por Titanic y en 2016 por La La Land): 14, seis de ellas convertidas en estatuillas. Mejor Película (Darryl F. Zanuck), Guión (Joseph L. Mankiewicz), Director (Joseph L. Mankiewicz), Vestuario en blanco y negro (Edith Head, Charles Le Maire) y Sonido (Thomas T. Moulton). Nominaciones a Actriz principal (Anne Baxter, Bette Davis), Actriz secundaria (Celeste Holm, Thelma Ritter), Dirección artística en blanco y negro (Lyle R. Wheeler, George W. Davis, Thomas Little y Walter M. Scott), Fotografía en blanco y negro (Milton R. Krasner), Música (Alfred Newman), Montaje (Barbara McLean).

[Aviso de destripes en todo el texto]

Si uno de los mandamientos no escritos del cine es presentar personajes con los que el público se pueda identificar, la verdad es que en principio esta película debería tenerlo bastante crudo. Para empezar, la historia está situada en un mundo del teatro que ya empieza a verse definitivamente eclipsado en popularidad por el cine, lo cual está bastante alejado de la experiencia directa de casi todos. Y para terminar, entre los personajes que aparecen, ninguno pide a gritos el apoyo completo por parte de todos los espectadores. Tenemos a la fan de la estrella, que pasa de mosquita muerta a buitre devoradora de cadáveres. Tenemos al crítico que si al principio nos divierte con su cinismo, luego muestra una falta de escrúpulos preocupante. Tenemos a la amiga de la estrella, cuya falta de juicio provoca primero la entrada en escena de la fan y luego el incidente que le da su primera oportunidad, con la broma del coche que se queda sin gasolina. Tenemos al marido que está fuera todo el tiempo, conchabado con el enemigo de Hollywood. Tenemos al dramaturgo que se ve encorsetado por la estrella veterana y cree encontrar libertad creativa en la cara nueva ambiciosa. Tenemos al productor que sólo busca el beneficio económico. Tenemos a la asistenta ordinaria, que huele el peligro antes que nadie pero luego se aparta de la escena. Tenemos a la rubia explosiva (Marilyn Monroe nada menos) que a base de poco seso y mucho sexo algún día llegará a algo, si llega…

En fin, que rodeada de toda esta gente, al final a quien el público acaba estimando más es a una diva mandona, arisca, soberbia y cuyas inseguridades y paranoias le provocan más problemas aún de los que le vienen de todos los otros personajes. ¿Por qué? Pues quizás porque sí tiene algo con lo que cualquier persona del público puede identificarse. No con llevar una vida de gran dama de la interpretación, obviamente, pero sí con ir notando el peso de la edad e ir sabiendo que tus mejores días profesionales están ya detrás de ti, no delante. En los demás personajes también vemos motivos universales como la ambición sin medida, el instinto de sobrevivir, el chaqueterismo por conveniencia y el aprender a desechar la nobleza en favor de lo práctico. Pero si a todos los otros personajes se los puede llegar como mucho a comprender dentro de sus defectos y motivaciones, sólo a Margo Channing / Bette Davis se la puede llegar a compadecer. Y escribo lo anterior con barra y no con paréntesis, como hago habitualmente, porque en este caso el personaje y la actriz estaban en un lugar casi idéntico, y la identificación es enorme. El problema principal de Margo es que acaba de cumplir 40 años, y el público cada vez más va notando que le siguen dando los papeles más jugosos de jovencita veinteañera, para los que ya no cuela. Y eso en teatro diario y antes del photoshop se notaba mucho más. Ella se lo toma tan a mal que llega a decir que admitir su edad la hace sentirse desnuda. El problema de Bette (que por cierto se pronuncia «Beti», a la inglesa, no «Bet», a la francesa) era que tenía 42 años y hacía ya unos cuantos que no tenía un gran triunfo en taquilla. Así que cuando Marlene Dietrich quedó finalmente descartada para el papel, la Davis le echó el guante, reconociéndolo como la joya en bruto que era. De forma que el espectador de la época no sólo estaba de parte de Margo Channing y su lucha contra la advenediza de malas artes, sino también a favor de Bette Davis y su nueva demostración de personalidad: ya había demostrado que no se necesitaba belleza deslumbrante ni modales de corista sonriente para triunfar en el cine, y ahora iba a romper la barrera de la edad también. Su triunfo sería el de millones de espectadores, cada uno desde su propio oficio. Y ahí está la conexión que el director, Joseph L. Mankiewicz, supo explotar. Todos nos hacemos mayores y tendremos que dejar nuestro sitio a otros, pero el mundo del espectáculo tiene el agravante de que quien hace pasar el testigo de unas manos a otras es el capricho del propio público que hoy aplaude y se enamora y mañana dice cruelmente «qué mayor está», «qué arrugada se la ve» o «vaya kilitos de más que lleva».

Este caso es además otro de esos en los cuales es fascinante enterarse de algunas de las circunstancias del rodaje, que hacían mezclarse la vida real con la actuada hasta llegar a borrar la frontera entre una y otra. Bette Davis no sólo estaba en un momento crucial de su carrera, sino que además estaba a punto de romper su matrimonio con William Grant Sherry. Durante una discusión a gritos con él se quedó medio ronca, y cuando Mankiewicz la oyó, le gustó tanto el tono que se le quedaba, agrio, casi antipático, con mucha personalidad, que le pidió que lo conservara (es por lo tanto, recomendable oír la versión original). La Davis rodó sus escenas en sólo 16 días, así que pudo hacerlo sin demasiado problema. Así pues, este incidente tan significativo de la vida real tuvo de esta forma un resultado que ha quedado plasmado artísticamente para siempre. Y no sólo eso, sino que además ella se enamoró del actor que interpretaba a su marido en la película, Gary Merrill, y se casaron sólo unas semanas después de acabar el rodaje, en julio de 1950. Papel nuevo, estrellato nuevo, amor nuevo, vida nueva. Mientras que Margo Channing en la película iba quedando arrinconada, Bette Davis parecía renacer de sus cenizas. Sin embargo, la vida real nunca tiene finales completamente felices. Aunque la Davis vio su carrera alargada, este fue su último gran papel de verdad.

Además, la vida siguió imitando al arte hasta extremos insospechados. Anne Baxter (la Eve Harrington de la película) en principio iba a ser nominada a Mejor Actriz Secundaria en los Oscars, pero presionó para que la nominaran a Actriz Principal, junto a la propia Davis. Esto se cree que hizo que el voto de los académicos a quienes había gustado la película se dividiera, y no se llevó la estatuilla ninguna de las dos, sino Judy Holliday, por Nacida ayer. Eve le quita su triunfo a Margo también en la vida real. ¿Qué les parece? Y para acabar, 33 años más tarde, cuando Bette Davis abandonó la teleserie Hotel por enfermedad, ¿quién la sustituyó en el reparto? Anne Baxter. La Davis no volvió más a la serie. Real como la ficción misma.

Esto nos lleva a hablar del papel de Eve. Por supuesto, el título original, All About Eve, es menos efectista que el castellano Eva al desnudo. Al principio de la película, el crítico Addison DeWitt (George Sanders) promete contarnos «todo sobre Eva» («all about Eve»), y ahí comienza el flashback que compone la mayoría del metraje. Y esta Eve, ¿es Eva, la primera mujer según la Biblia? ¿Es su historia de ambición equiparable a la que la llevó a comer el fruto del árbol del bien y del mal (que, por cierto, en ninguna parte se dice que fuera una manzana, léanse el Génesis y lo verán)? ¿Se está diciendo que si vemos a Eva al desnudo lo que quedaría de ella es una condición de envidiosa y avariciosa atribuible a toda mujer? Porque estamos, además, ante una rareza de film, poblado en gran parte por mujeres. Los hombres de esta historia están ahí para escribir para ellas (el dramaturgo, el director, el productor) o sobre ellas (el crítico), pero las protagonistas (en ambos sentidos) son ellas. Incluso Karen (Celeste Holm), la esposa del dramaturgo, que en principio es eso, una simple «esposa de», tiene más importancia en el guión que cualquiera de los personajes masculinos. Sea como fuere, el simbolismo de Eva no debe de ser casual, pero antes de empezar a rajar contra los hombres y su misoginia, hay que decir que el guión nació de una historia real sobre la actriz austriaca Elizabeth Bergner, convertida luego en una historia corta llamada The Wisdom of Eve, escrita por Mary Orr. Es decir, que fue una mujer quien metió el tema de Eva en la mezcla. Dicho lo cual, Mankiewicz era de la opinión de que los hombres tienden a ser demasiado simples y que los personajes femeninos son una delicia para un guionista. Si no se lo llegó a llamar nunca un «director de mujeres», como a George Cukor o Pedro Almodóvar, es porque su interés por las mujeres es más frío, cerebral, calculador, se dice que casi de entomólogo, mientras que otros «directores de mujeres» basan el aprecio de sus actrices en satisfacer sus egos a través de sus papeles.

El papel de Eve es bastante complicado, porque requería una actriz que al principio colara ante todos, e incluso ante el público, como una mosquita muerta («mousy», «ratoncita», la califica Margo), pero que luego pudiera transmitir auténtico veneno de serpiente cuando decide despojarse de la piel de cordero y mostrarse como la loba que era. Vuélvase a leer la frase anterior, apúntese el número de animales citados y se verá la dificultad que entraña el papel. La primera parte está estupendamente conseguida. Cuando Eve cuenta en el camerino la triste historia de su vida, la criada de Margo, Birdie (Thelma Ritter), suelta: «¡Vaya historia! Sólo le faltan sabuesos mordiéndole los talones». En ese momento, tanto los otros personajes como el espectador la miran incrédulamente y con reproche ante tamaña falta de tacto. Birdie, que estaba en lo cierto al desconfiar de la chica, acaba pidiendo perdón por sus palabras. Y paradójicamente, son esas palabras lo que acaba provocando definitivamente la simpatía y la piedad de todos los demás personajes, y de aquel espectador que no se huela algo. ¿Olerse por ejemplo el qué? Pues la falta de aplausos meses más tarde cuando le dan el premio a Eve.

Así empieza la Eve de la película, como una fan extrema de Margo Channing, del tipo de las que no se atreve a acercarse al objeto de su devoción, pero que no se pierde una sola representación de la misma obra, día tras día. Haciendo de una dedicación sin tacha y una adoración sin fin sus armas acaba siendo imprescindible para Margo, llegando al punto de reservar una llamada a California en la medianoche en que la pareja de Margo cumple años, de lo cual ella no se había acordado, a pesar de haberse quejado repetidamente de su ausencia. Poco a poco vamos viendo su ambición, y al final descubrimos que todas sus historias y triquiñuelas eran mentira y estaban calculadas para dar pena e ir buscando la forma de, un día, ser califa en lugar del califa.

Lo curioso del personaje es que puede parecer que cuando da el salto de ser suplente oficial de la Channing ya ha encontrado una forma de hacer que los demás personajes (crucialmente, los masculinos) tengan un motivo para dejar de apoyarla y pasarse a ella: el dramaturgo ve una nueva inspiración para poder escribir papeles de veinteañera hechos por una veinteañera (lo cual revela una gran limitación creativa por su parte, la verdad), el productor ha de estar siempre atento a los sabores nuevos que el público siempre demanda, y el crítico puede disfrutar de su posición de árbitro del buen gusto a base de descubrir un nuevo valor en quien nadie había reparado. Eve incluso intenta ligarse al director y pareja de Margo, pero éste la rechaza. Sin embargo, por lo que parece, la chica será una trepa, sin duda, pero resulta que tiene talento de verdad: cuando actúa la noche de la broma de la gasolina, otros críticos que no tienen nada que ver con su círculo le escriben reseñas positivas. Y aparte, por mucho que ella se haya podido ganar a la gente que la rodea con sus fingidas modestia y modosidad, ningún profesional del medio apoyaría su carrera si la chica no valiera. De forma que no estamos viendo el ascenso de alguien mediocre, sino de alguien que se fabrica sus oportunidades. ¿Es tan malo eso? ¿Lo suyo en realidad es para tanto? ¿Qué es lo peor que llega a hacer, en realidad? Mentir sobre su pasado para hacerlo más digno de lástima e intentar ligarse a los hombres de mujeres cercanas a ella, consiguiéndolo una vez sí y otra no. Habrá incluso quien la admire como acabado ejemplo de maquiavelismo: el fin justifica los medios.

Y ese fin es el Premio Sarah Siddons, inventado por Mankiewicz, en cuya entrega comenzamos y acabamos. En otra vuelta de tuerca real que se mezcla con la ficticia, desde 1952, dos años después del estreno de la película, un grupo de aficionados al teatro en Chicago viene entregando el citado premio de verdad, con réplica de la estatuilla y todo. La madre de Nancy Reagan estuvo entre los miembros fundadores, y la propia Nancy Reagan, junto a su marido Ronald Reagan, futura Primera Pareja de Estados Unidos, estuvieron en la lista de actores con posibilidades de haber actuado en Eva al desnudo. Celeste Holm ganó el premio en 1968, y en 1973 se le dio uno honorario a la propia Bette Davis, a pesar de que ella nunca había actuado en una obra de teatro en Chicago, excepto en unas pocas representaciones de La noche de la iguana en 1960.

De todas formas, a mí me parece curioso que nunca veamos actuar a Eve. Tanto sus pruebas de casting como sus primeras representaciones quedan fuera de cámara. Y es que tras el éxito de Anne Baxter como mosquita muerta, le tocaban dos retos más: hacer de actriz novata que a su vez hace un papel primerizo, y luego hacer de esa misma actriz como pozo de ambición. Viendo el resultado del salto de la tercera valla, mucho menos convincente que la primera, no me extraña que no se muestre la segunda. Aunque siendo justos, eso probablemente estaba así en el guión desde el principio, y además tampoco vemos nunca actuar a Margo. Lo de sugerir u obviar en vez de enseñar puede ser un truco efectivo, pero el sitio en la memoria se consigue mostrando. En su justa medida, pero mostrando. Y aquí es donde Bette Davis se come a todos los demás.

Y no se vayan todavía, que aún hay más, porque aún no hemos hablado de Marilyn Monroe. Si ya tenemos la vía del talento arrollador con Margo, y la de la ambición sin medida de Eve, Mankiewicz aún tiene tiempo para presentarnos con este otro personaje secundario, casi de cameo, otra forma de llegar al estrellato, que es la del sexo con quien está ya en la cumbre. Miss Claudia Casswell es una rubia guapa de curvas pronunciadas y encanto irresistible que ella puede encender y apagar cuando quiere, pero, suponemos, sin ningún talento interpretativo. La conocemos como pareja del crítico, que claramente disfruta enseñando el trofeo que consigue gracias a su intelecto (y recordemos que Marilyn estuvo casada con el dramaturgo Arthur Miller, así que, de nuevo, estas cosas pasan en la realidad), y luego éste no tiene ningún empacho en señalarle a la chica un productor al que seducir. «¿Por qué todos tienen pinta de conejitos infelices?», se queja ella, decepcionada por lo desagradable de la tarea. Sin embargo, la decepción dura medio segundo antes de que encienda la sonrisa y se dirija seductor-amenazadoramente hacia Max Fabian (Gregory Ratoff). Aún no se sabía que Marilyn Monroe iba a ser el icono que fue después, pero su imagen de ditzy blonde ya aparece aquí en este papel, que a pesar de ser breve y de meritoria, se queda en la mente, e incluso los críticos de la época lo reflejaron. Nueva historia auténtica: la pareja en la vida real de George Sanders, el que interpreta al crítico, y que no consiguió el papel de Miss Caswell, era nada menos que Zsa Zsa Gabor, la de las ocho bodas. Bueno, pues se empeñó en estar presente en el set de rodaje, marcando el territorio ante la Monroe en los días en que esta tenía que rodar con su marido.

Otra cosa de la que hay que hablar es del director, Joseph L. Mankiewicz, que es probablemente uno de los grandes olvidados de la historia. Pregúntese a cualquiera nombres de buenos directores a bocajarro y saldrán rápidamente los nombres de Allen, Hitchcock, Ford, Capra, Spielberg, Coppola, Scorsese, Fellini, etc. ¿Por qué? Seguramente porque tenían un sello: la comedia neurótica, el suspense, el western, el espectáculo visual, lo que sea. Pero Mankiewicz hacía un poco de todo, y por eso quizá no se lo recuerda tanto. Esta película transmite la impresión de que estamos en un momento en el que el teatro va perdiendo terreno ante el cine (Hollywood aparece en varios momentos como un sitio que se está llevando o se va a llevar a varios de los personajes hacia allí), pero en el que se sigue considerando al teatro como superior, casi étnicamente. Y lo curioso es que Mankiewicz, a pesar de que era de la misma opinión, jamás trabajó en el teatro, y los intentos que hizo por estrenar en Broadway fueron un fracaso. De modo que toda la experiencia de primera mano que se le supone a alguien capaz de escribir un guión así está sacada del mundo del cine, en realidad. Y para acabar de rematar la paradoja, estamos ante una película sobre el mundo del teatro donde no se ve a nadie actuar en el teatro, pero que está rodada de una manera muy teatral, con pocos decorados y muy simples, y mucho diálogo. Lo de los decorados llega hasta el punto de que la escena con Eve y DeWitt caminando por delante del lugar donde van a estrenar esa noche no está rodada en la calle, sino con imágenes de una calle proyectadas tras los actores, mientras éstos fingen que caminan.

Otro par de cosas muy interesantes que saber sobre Mankiewicz: una es que tenía un hermano 12 años mayor que él, Herman, que también era guionista (de hecho, escribió nada menos que Ciudadano Kane) y que era muy admirado en la industria, mientras que Joseph luchaba por establecerse mientras se lo veía como «el pequeño de los Mankiewicz». La gente confundía sus nombres todo el tiempo y Joseph llegó a decir: «Ya sé lo que pondrán en mi tumba: «Aquí yace Herm – estoo Joe Mankiewicz».». Y la otra cosa es que Joseph era bastante aficionado al psicoanálisis (recordemos que Margo le echa la bronca a Bill por portarse con ella como si fuera Freud). Sabiendo lo cual, ¿estamos ante una historia de resonancia personal, donde Joseph es Eve, intentando salir de debajo de la sombra de Herman/Margo? Al final, y en parte debido a la prematura muerte de Herman a los 55 años, Joseph logró cambiar las tornas y ser recordado más que su hermano. Al final, a todos nos llega la hora.

(La lista de todas las reseñas de este blog, por orden cronológico, puede encontrarse aquí)

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