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Monika Zgustová (o la nieve que respira)

Monika Zgustová (o la nieve que respira)

Pensad en el frío. En la nieve. En lo más intenso de un aire como hielo en suspenso, más fluido, igual de cortante. Pensad en la estepa, el destierro, Siberia.

Lo que para la mayoría es poco más que una leyenda, las heladas extremas en las estepas del extremo del mundo, es para algunos su casa y fue para muchos su condena. Así como la evocación del frío siberiano resulta espeluznante, espeluznante es el relato de lo acontecido en sus campos y en sus pueblos. Se conoce como el otro Holocausto, resultado de la miseria de un gobierno que se creyó el más grande, fruto de la desviación de un líder que se encumbró a sí mismo en nombre de lo contrario, vergüenza de la locura de Stalin. Hasta 90 millones de personas pudieron morir en el archipiélago gulag. Una tragedia que alcanza condición literaria en el trabajo de Monika Zgustová, que actúa de recipiente de condensación del helado testimonio flotante de una decena de mujeres que, de viva voz o a través de sagrados restos como cartas y otros papeles, otorgan la materia prima que Zgustová comprime hasta obtener las gotas esenciales que definen uno de los episodios más terribles de la humanidad. Lo hace en Vestidas para un baile en la nieve, publicado por Galaxia Gutenberg. Un libro en el que esta checa afincada en Barcelona eriza el alma de la lectora sin necesidad de un ser hipersensible. Una selección de historias que comparten la aceptación de la catástrofe, la aniquilación de la expectativa, la adaptación a una nieve que invade el fuera y el dentro, que vigila. Una nieve perpetua que parece que respira.

"No se encuentran nunca más amigos como en el gulag, piensa alguna. No sería la misma si no hubiese estado en el gulag."

Este trabajo revive fragmentos de vidas de mujeres que por distintos caminos atravesaron la misma gran tragedia. Unas, detenidas mientras celebraban una fiesta y trasladadas en viajes de meses hasta el final del mundo vestidas como para un cóctel. Otras eran divas que pasaron a ser víctimas de la insatisfacción de hombres terciados que las humillaron con la intención de arrasar su condición humana. Las hubo que atacaron al sistema porque así las había moldeado el sistema mismo: “Nos educaron para que estuviéramos siempre dispuestos a sacrificarnos por el bien común. Como consecuencia, cuando cumplí diecinueve años, entre varios compañeros de clase formamos una organización terrorista clandestina con el fin de atentar contra Stalin y Beria”. Cada cual luchó contra el mal como pudo, si es que pudo, en una organización social en la que una pena de cinco años de trabajos forzados era despreciada como un castigo para niños. Un país y una época en la que la ciudadanía soviética estaba convencida de la relevancia de su misión histórica y de ser un ejemplo para el mundo. Tanto, que una mujer instruida, una médico, al morir Stalin gastó lo que no podía en enviar al funeral a su pequeña hija. Algunos nunca dudaron del líder ni de su modelo de arcadia comunista. El gulag, los castigos, el hambre, los campos de internamiento, el abandonar a su suerte a los suyos y la aniquilación de los enemigos del pueblo, el apoyo a la delación, que nunca se cuestionaba porque era la base del sistema, fue para algunos más un camino torcido que una aberración cruel. Viviendo lo que vivieron, resulta difícil creerlo, pero así era. También está quien valoró la experiencia como el elemento esencial que la hizo como es. Y la amistad. La bandera de la amistad exacerbada y transformada en sentimiento de liberación y supervivencia. No se encuentran nunca más amigos como en el gulag, piensa alguna. No sería la misma si no hubiese estado en el gulag. El gulag convertido en un campo de pruebas de hasta dónde puede llegar la bondad.

"Allí donde el libro estaba prohibido y el papel apenas existía, una invisible red de seres esclavizados pero lúcidos se rebelaron contra el proceso de vaciado mental."

En Vestidas para un baile en la nieve también están presentes los fundamentos y los absurdos de la obra y los padecimientos de grandes poetas como Marina Tsvetáieva o Anna Ajmátova. Y de otras que, como la editora Olga Invinskaya y su hija Irina se convirtieron en la diana a la que disparar para dañar a otras luces, como la de Boris Pasternak. Y tantos seres más.

Y mujeres y hombres que estuvieron y vivieron para contarlo. Y así se sabe, porque lo cuenta Zgustová, que la cultura fue el clavo al rojo al que se agarraron muchos de los que lo vivieron. Memorizando poemas, recitando letras, construyendo historias en su cabeza, intercambiando saberes y anécdotas. Agarrándose a aquello que les apegaba sin remedio a su condición de seres humanos complejos. Allí donde el libro estaba prohibido y el papel apenas existía, una invisible red de seres esclavizados pero lúcidos se rebelaron contra el proceso de vaciado mental y, como antídoto a la insuperable destrucción del ánimo, echaron mano de lo bello y lo convirtieron, ahí sí, en lo más necesario del mundo. Nunca como entonces.

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Autor: Monika Zgustová. Título: Vestidas para un baile en la nieve. Editorial: Galaxia Gutenberg. Venta: Amazon, Fnac y Casa del libro