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Mudanza naufragio

Mudanza naufragio

Una vez, hace tantos años que no quiero ni contarlos, me regalaron un libro de frases. Hoy en día no veo tantos libros de esos, pero en aquella época eran algo bastante común; ocupaban la mitad de sus páginas con sentencias y proverbios de todas partes del mundo, y la otra mitad con imágenes supuestamente inspiradoras de lugares remotos, de atardeceres, de osos pardos vigilando los rompientes de un río a la espera de que saltara el siguiente salmón…

He olvidado la mayoría de las frases de aquel libro. He olvidado dónde estará el propio libro. Supongo que en algún momento aparecerá, debajo de otros libros, y tendrá otro color, y me parecerá más pequeño. Todo parece más pequeño cuando ha pasado el tiempo suficiente.

Recuerdo algunas de las frases. Sólo unas pocas. Pero no las recuerdo siempre; eso es lo más curioso. Las recuerdo en ciertos momentos concretos, porque permanecen agazapadas dentro de una recámara de la memoria que sólo las permite asomar cuando es oportuno resucitarlas. Y, sólo entonces, vuelvo a tenerlas presentes, y vuelvo a tratar de desentrañarlas.

"Mientras llenaba cajas, mientras amontonaba ropa, mientras me aseguraba de dejar vacíos los cajones. La frase estaba ahí"

Está claro que regresan porque dejaron algo pendiente que decir. Algo que recordarme. O porque no las he entendido del todo. O porque son demasiado buenas para ser olvidadas.

Son eso que siempre he pensado que es el arte: esa cosa indescriptible que te marca y que no se marcha.

El arte regresa. Siempre.

Hay una frase que ha regresado hace poco. Una que no tiene nada que ver con nada que me haya pasado nunca: “Un hombre sólo posee lo que no puede perder en un naufragio”.

La primera vez que la leí visualicé a aquel náufrago; uno como los de las películas, abrazado a una tabla que contenía la masa justa para mantenerlo a flote, mientras, delante de él, se sumergía un barco hacia las profundidades del océano, dejando al náufrago abandonado a la merced de unas olas de dimensiones titánicas.

Creí que aquel era todo el mensaje que aquella frase quería transmitir. Probablemente fuera todo lo que podía transmitirme en aquel entonces, siendo yo un chaval de escasos diecisiete años al que la vida le había puesto poca posibilidad de pérdida por delante.

Después la frase se marchó, durante mucho tiempo, hasta que empezó a regresar, una y otra vez, puntualmente, para acompañarme en cada una de las mudanzas que he tenido que hacer.

Mientras llenaba cajas, mientras amontonaba ropa, mientras me aseguraba de dejar vacíos los cajones. La frase estaba ahí. Se repetía, o tomaba una forma diferente, o me hacía repensarla. Pero no se iba.

"Los niños saben poco de lo que significa una mudanza, pero saben mucho de lo que significan los objetos. Las cosas que hay en una casa tienen más importancia para ellos que para nosotros"

No creo que haga falta explicar que la parte del naufragio no es la que trae a la frase de vuelta. Seguro que no se trata de eso. Seguro que lo que la revive es la parte de la posesión: la de lo que tenemos y lo que vamos dejando por todas partes.

Aunque, de alguna manera, lo del naufragio está ahí, porque para los que transcurrimos por una vida carente de peligros, alejada de los vaivenes del mar, de las tormentas sin refugio en la montaña o de los riesgos de una travesía por una zona de guerra, una mudanza representa —nos guste admitirlo o no— un momento de naufragio. Es una de las situaciones más extrañas en las que podemos encontrarnos; a medio camino de ninguna parte, con tantos asuntos sujetos con pinzas en el aire, y que no terminan de cerrarse, y que nos cansan por el mero hecho de no acabarse, y que transformar cualquier cotidianeidad en una suerte de océano desconocido en medio de lo conocido.

Las primeras cajas de esta última mudanza las llené con ayuda de mis hijas.

Los niños saben poco de lo que significa una mudanza, pero saben mucho de lo que significan los objetos. Las cosas que hay en una casa tienen más importancia para ellos que para nosotros. Su vida se desarrolla en un mundo en el que cualquier elemento aparentemente anodino puede transformarse en otro amuleto; uno que no puede ser guardado en cualquier parte ni acompañado por cualquier cosa.

"Las otras cuatro fueron mudanzas accidentales, o mudanzas forzosas. Mudanzas amargas"

Y, mientras guardábamos las cosas, recordábamos las mudanzas que ellas no recordaban, repitiendo el clásico error adulto de querer que los niños hagan memoria sobre cosas en las que estuvieron presentes cuando aún ni siquiera sabían que lo estaban.

Fue así como, haciendo cuenta, nos percatamos de que ésta era la sexta mudanza en la que nos veíamos envueltos, aunque fuera sólo la segunda en la que nos metíamos porque queríamos meternos.

Las otras cuatro fueron mudanzas accidentales, o mudanzas forzosas. Mudanzas amargas. No guardas las cosas en cajas de la misma manera cuando son las circunstancias las que te obligan, ni tomas las decisiones, tampoco, con el mismo ánimo.

Una mudanza es una cadena incesante de decisiones; de pequeños dramas dentro de un drama, cuando te encuentras de frente con un recuerdo en forma de objeto, y te asomas al precipicio de una pérdida. Porque la diferencia básica entre la vida cotidiana y una mudanza es que en una mudanza te ves obligado a decidir entre lo práctico y lo sentimental, mientras que en tu vida diaria pasas el tiempo creyendo que estás acercándote todo lo posible a lo práctico, cuando en realidad no te alejas un ápice de lo sentimental.

"Una mudanza es un conjunto de pequeños momentos de reflexión sumidos en el cansancio"

En tu vida diaria te alegras de encontrar ciertas prendas en el armario, o de haber estrenado cepillo de dientes nuevo, o del abrigo bueno que tienes desde hace tanto tiempo, y que sigue cumpliendo con su función y te sigue haciendo sentir a gusto cuando el frío aprieta con el cambio de estación. Ésas son las cosas que creemos que son prácticas, hasta que nos encontramos frente a la dicotomía de tener que deshacernos del abrigo porque se nos dice que le queda poco tiempo, o que es demasiado grande, o que por algún sitio hay que empezar a deshacerse de las cosas. Ése es el fatídico instante en el que descubres que no es tan fácil dejar cosas fuera de las cajas; el instante en el que descubres que lo que se quedan fuera no son los objetos, sino los momentos que has vivido con ellos. La huella que esos objetos parecen haber dejado en ti, aunque hayas sido tú, en realidad, quien la ha dejado en ellos.

Una mudanza es un conjunto de pequeños momentos de reflexión sumidos en el cansancio, fugaces, en los que te preguntas por lo que habrá ocurrido con cierta cosa que dejaste en cierto sitio y que cierta persona habrá agarrado y habrá guardado en cierta caja de la manera equivocada. Pequeños momentos en los que el niño eres tú, y en los que el adulto que siempre te acompaña quiere reñirte por aquel sutil ramalazo de materialismo.

" Esa realidad no es otra cosa que la ficción de creer que un parte de mí está en cada una de esas cajas"

Ése es el adulto que sabe por qué la frase regresa con cada mudanza. Lo sabe de sobra, y me lo susurra al oído, y yo trato de ignorarle, sin éxito. Porque con cada caja que lleno de libros, de fotos, de juguetes, de sartenes… con cada una de ellas, el adulto insiste, y yo tengo que acabar por detenerme, bajar los brazos y reconocer que lo sé, y que es cierto. Que la frase se refiere a que cada caja es un intento de alejarme de la realidad en la que vivo. Esa realidad no es otra cosa que la ficción de creer que un parte de mí está en cada una de esas cajas, cuando, a decir verdad, no hay nada de mí en ninguna de ellas.

Si yo fuera ese náufrago, y estuviera agarrado a esa tabla, y contemplara cómo el barco que transportaba mis cajas se hunde precipitadamente hacia la inexorable oscuridad de la tierra, y una ola de dimensiones titánicas se cerniera sobre mí, no me quedaría ninguna duda del significado de la frase: que todas aquellas cajas están vacías, y que también lo estoy yo. Porque no hay nada que un hombre no pueda perder en un naufragio. Hasta la propia vida puede perderse, en un suspiro, y todo lo que hacemos para fingir que no lo sabemos es una demostración de la fortuna que nos acompaña cada día. Especialmente, a los que habitamos lejos del peligro.

Olvidamos lo que es perderlo todo.

Olvidamos que no poseemos absolutamente nada.

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