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Muerte y vida de José Marchena

Muerte y vida de José Marchena

Hace doscientos años que José Marchena murió y hace doscientos años que ha sido olvidado: tanto en Francia, donde se exilió dos veces y en cuya lengua escribió la mayor parte de su obra, como en España, de donde huyó perseguido por la Inquisición, a donde regresó brevemente para colaborar en el gobierno de José I Bonaparte, y a cuya lengua tradujo, entre otros, el Contrato social de Rousseau, La naturaleza de las cosas de Lucrecio y las Cartas persas de Montesquieu.

Pero quizás haya algo peor que ser olvidado, y es ser mal recordado, que es una de las formas de la damnatio memoriae. En España aún hay gente a la que le suena “el abate Marchena”, un mote que recibió poco antes de morir y que ha dado lugar a que, confundiendo el término “abad” con el galicismo “abate”, que haría referencia a un eclesiástico frívolo y cortesano, se lo tome por un clérigo afrancesado. Esa confusión fue fomentada por Menéndez Pelayo para arrojar al Tártaro de la inanidad a aquel al que despreciaba por ser un hombre “sin fe, sin patria y hasta sin lengua”.

"El libro no tiene desperdicio, desde el cerca del centenar de escritos de Marchena hasta el fastuoso epílogo"

Para deshacer este entuerto aconsejo leer la biografía política e intelectual que escribió Juan Francisco Fuentes en 1989 (Crítica), o leer el nuevo volumen de la colección Los ilustrados de la editorial Laetoli, en el que se traduce, anota y estudia todo lo que Marchena escribió en francés durante su primer exilio. Lo cierto es que el libro no tiene desperdicio, desde el cerca del centenar de escritos de Marchena hasta el fastuoso epílogo de uno de los más importantes especialistas en la Ilustración española, como es Francisco Sánchez-Blanco.

Tres textos destacan en el conjunto de esta Obra francesa. En primer lugar, el «Ensayo de teología», de 1797, en el que Marchena enuncia la doctrina de la impostura teológico-política de Spinoza y los “espinozistas”, que afirma que los sacerdotes y los gobernantes colaboran para dominar al pueblo con mitos en los que ellos mismos no creen. Sostiene que los dioses nacen de la tendencia a atribuir realidad a los conceptos o distinciones que elabora la mente; apuesta por una metafísica monista; refuta el argumento del diseño inteligente; niega que la religión sea un modo válido para hacer que el pueblo respete unas normas morales, mientras unos pocos “espíritus fuertes” disfrutan del ateísmo como un lujo aristocrático; propone una nueva moral naturalista basada, como la de Spinoza, Shaftesbury y Holbach, en la empatía y el fomento de las “pasiones alegres”; entona un canto a la tolerancia digno de Locke, Spinoza y Voltaire, que incluye también una defensa a la libertad de culto de los sacerdotes; y hace una apología de los philosophes, quienes no fueron los culpables, sino las víctimas, del Terror.

El segundo texto que llama nuestra atención es el «Fragmento de Petronio», un juego literario que ideó durante su estancia con el ejército napoleónico del Rin, y que causó verdadero furor en su época. Marchena escribió en un latín tan perfecto que engañó a los especialistas de su época un presunto fragmento perdido del Satiricón de Petronio. Si bien lo realmente interesante son las seis extensas notas al pie, que atribuye a un tal Lallemandus, en las que, siguiendo la tradición del Elogio de la locura de Erasmo y de la literatura libertina dieciochesca, realiza un encomio, a la vez irónico y celebratorio, de la masturbación, la homosexualidad, el lesbianismo y, en general, la libertad sexual.

"Todo el volumen es una verdadera delicia que uno no se cansa de hojear"

En tercer lugar, destaca la “Memoria al ministro Lebrun” (1792), donde Marchena informa a las autoridades franceses acerca de las peculiaridades de su país de origen, en caso de que algún día decidan exportar allí la revolución, que considera que debe ser una cuestión de seducción y no de imposición: “Los franceses afirman que nos traen la libertad, pero no nos la presentan en la forma en que la hemos conocido”. En su informe, Marchena se pregunta si los españoles están preparados para una revolución, informa acerca de la presencia de la Iglesia católica, expone las realidades culturales y políticas de cada región, y recomienda, llegado el caso, un gobierno federal.

Todo el volumen es una verdadera delicia que uno no se cansa de hojear: el “Interrogatorio” de 1793, en el que Marchena afirma que su intención es “ir a vivir a América del Norte, lejos de los pueblos europeos”; el ensayo “Los escritores en los pueblos libres”, donde expone su concepción de una vida ilustrada dedicada a la libertad de pensamiento, palabra y acción; el panfleto “No a un gobierno revolucionario”, donde propugna la separación de los poderes frente a las pretensiones jacobinas de reunir todo el poder en unas solas manos; el “Diálogo entre A y B”, en el que defiende la tolerancia religiosa y política y, haciéndose eco de Anacharsis Cloots, imagina una futura Unión Europea; el informe económico “Sobre los bancos”, donde describe las primeras crisis bancarias y los primeros “corralitos”; la carta “A la nación francesa”, en el que critica la “literatura del odio” de su época, tan semejante a la nuestra; o la melancólica “Carta desde la retirada”, donde habla de los errores cometidos por el gobierno y el ejército francés en España tras la sublevación del 2 de mayo.

Dicen que morimos del todo cuando mueren aquellos que nos recordaban. Quizás también renacemos cuando empiezan a recordarnos aquellos que nunca supieron de nosotros. ¿Y qué mejor manera de realizar el milagro ilustrado de devolver a la vida a José Marchena que volver a leerlo?

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Autor: José Marchena. TítuloObra francesaEditorial: Laetoli. Venta: Todostuslibros

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