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Mycroft Holmes

—¿Pero cómo sabe —preguntó Watson a Holmes— que los poderes que usted posee son hereditarios?

—Porque mi hermano Mycroft los tiene, y en un grado más alto que yo —respondió el detective.

Es difícilmente creíble que llevando viviendo juntos tanto tiempo, Watson tuviera conocimiento ahora de que Holmes tenía un hermano siete años mayor que él y que además era un prodigio de la deducción. Y se enteró porque una tarde de tórrido verano, después del té de las cinco, Holmes se encontraba hablador y quiso que la conversación derivara «desde los clubes de golf, pasando por el cambio de la oblicuidad de la eclíptica y vino a dar por último en la cuestión del atavismo y de las aptitudes hereditarias».

Watson no salió de su asombro y quiso saber más de ese personaje misterioso que Holmes le ha tenido oculto hasta ese momento.

"De Mycroft diremos que llegó a convertirse en el hombre que tenía todo el Imperio en la cabeza y gozaba de la total confianza de los primeros ministros."

Siguiendo el hilo de la charla, el detective le confesó que era un hombre que resultaba desconocido fuera de sus círculos habituales. ¿Y cuáles son esos círculos?, fue la pregunta lógica de Watson indicada para ese momento. Y Holmes le contestó que era quien dirigía el «Club Diógenes», una de las instituciones más excéntricas de Londres y Mycroft su miembro directivo y cofundador más extravagante. Se trataba de un círculo muy reducido, donde no se podía hablar nada más que a media voz y los sirvientes llevaban unas zapatillas con suelas especiales de terciopelo para que no hicieran ruido al caminar. Es más —añadió Holmes—, el Times imprime una edición especial en letra grande para que los socios no se tengan que molestar en ponerse las gafas. Para redondear la rareza de la rígida asociación pongamos como ejemplo que en una ocasión fue expulsado un socio por no poder contener un estornudo.

Viajando un poco hacia atrás en el tiempo sabemos que Siger Holmes, el padre del detective, tuvo tres hijos: Sherrinford (de quien poco sabemos) estaba destinado a llevar y administrar la hacienda de la familia, Mycroft estudiaría altos niveles de contabilidad con los mejores profesores y Sherlock sería ingeniero. Estos eran los planes del progenitor, que por fortuna para los holmesianos no llegaron nunca a cumplirse.

Pero como estamos hablando de Mycroft, diremos que llegó a convertirse en el hombre que tenía todo el Imperio en la cabeza, gozaba de la total confianza de los primeros ministros que se fueron sucediendo a lo largo del tiempo en el cargo y la de la propia reina Victoria. Poseía unas facultades inigualables para resolver problemas, pero no era un sujeto de acción. Por el contrario, era un hombre obeso, indolente y sedentario que cuando necesitaba moverse recurría a su hermano Holmes para que hiciera el trabajo de campo.

Su hermano, el detective, se permite reprocharle en la novela Holmes & Watson 1903-1904 —por boca y escritura de Watson— que tenía todos los días, como trabajo habitual, una ruta previamente trazada, como si fuera un vulgar ómnibus de los muchos que circulaban a diario por Londres. Desde su apartamento de Pall Mall se desplazaba a su despacho en Whitehall y después a su otro despacho en el Club Diógenes. Desde estos tres lugares dirigió uno de los más grandes y poderosos imperios de la Tierra.

"Lo que Watson no cuenta en sus relatos, pero sí lo insinúa, es que Mycroft descansaba en Holmes y que Holmes lo hacía en Mycroft."

Tenía una gran habilidad para traspasar grandes cantidades de dinero de unos ministerios a otros para que todo funcionase como una magnífica máquina bien engrasada. Era como la cámara de compensación que realizaba todo el balance de la nación.

Lo que Watson no cuenta en sus relatos, pero sí lo insinúa, es que Mycroft descansaba en Holmes y que Holmes lo hacía en Mycroft, y ambos llevaron la nación por donde le convenía a la Reina, al Imperio y al Gobierno, por ese orden, y esto aclara de una vez por todas por qué Holmes no detuvo al asesino más famoso de Inglaterra cuando lo tuvo en sus manos desde el primer momento.

Algún día, cuando se descodifiquen todos los documentos que se almacenan en el Banco de Inglaterra sabremos la verdad. El caso es que quizá no queramos nunca saberla con absoluta certeza, por el hecho de que la ignorancia de parte de la misma le da un toque muy especial y misteriosamente especulativo.